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Antes de la sentencia que considero injusta por su especialísima interpretación del diccionario y de la comprensión de texto, existe una trayectoria. La de Ignacio Escolar, otrora bloguero en tiempos del zapaterismo, donde hizo sus pinitos y méritos para encaramarse a la influencia hoy periodística. Y en toda trayectoria, cuando se observa con el rigor del forense, aparece un patrón. No estamos ante episodios aislados ni ante “despistes” editoriales; estamos ante una forma sostenida de situarse frente a la realidad: una suerte de arquitectura donde se interpreta, se selecciona y se enfatiza con precisión de cirujano. Es una gimnasia lícita, por supuesto; lo que resulta curioso es el momento exacto en que ese ejercicio deja de ser descriptivo para convertirse en puramente “constructivo”.
Pasaré a explicar lo que considero constructivo en la trayectoria de quien ha defendido un derecho al honor, para mí un tanto, o muy, singular.
Ignacio Escolar no es un figurante en el teatro mediático. Su influencia no se mide por el papel que gasta, sino por el marco mental que logra instalar en el imaginario colectivo. Otros lo llaman manipulación, sin ambages. La cuestión de fondo nunca es qué se dice, sino cómo se fabrica aquello que se nos presenta como verdad.
A lo largo de su carrera han florecido controversias públicas sobre el uso del término “bulo”, esa palabra que hoy se lanza como un dardo y mañana como un escudo, y la interpretación de informaciones ajenas. Existe una tensión recurrente entre lo que se nos presenta bajo el barniz de la “verificación” y lo que muchos perciben como una interpretación interesada. Esa fricción no es una anécdota de redacción: es una estructura. Quien a buen árbol se arrima… Algo de eso explica trayectorias y posiciones. Es la esencia de un periodismo que parece haber confundido la crónica con la decoración de realidades a medida.
Cuando el lenguaje se utiliza para etiquetar la realidad —verdadero o falso, legítimo o ilegítimo— deja de ser un instrumento de comunicación para transformarse en una herramienta de clasificación social. Que se lo digan a Julio Iglesias. Nombrar algo como “bulo” no es solo una descripción técnica; es un acto de demarcación que sitúa al otro fuera de una determinada legitimidad. Y ese acto, ejercido desde una posición de influencia, tiene de todo menos neutralidad.
En este contexto, el caso que aquí nos ocupa deja de ser una anomalía para revelarse como una firma de autor. Se inscribe en una praxis donde el lenguaje no solo refleja los hechos, sino que los “reorganiza” en la dirección del viento conveniente. El problema surge cuando esa coreografía semántica se traslada al ámbito judicial: entonces, la elasticidad del lenguaje deja de ser una tertulia ética y pasa a tener consecuencias materiales, contantes y estridentemente sonantes. Y, por ende, muy discutibles.
No se trata aquí de escrutar intenciones, una tarea que dejamos para los confesionarios, sino de observar efectos. Y el efecto es de una claridad meridiana: una interpretación lingüística, como mínimo discutible, ha terminado por ser el eje de una condena con impacto directo sobre el patrimonio de terceros. En estos tiempos de mierda, precisamente.
Ahí es donde la trayectoria cobra su verdadero valor. Lo que podría pasar por un tropiezo fortuito adquiere otro color cuando se inserta en un patrón reconocible. No es una excepción; es coherencia. Y es en este punto donde el silencio vuelve a adquirir su significado más elocuente. No es que no tengan nada que decir; es que cuando el lenguaje se ha utilizado sistemáticamente para construir relatos, explicar el resultado obligaría a mostrar los hilos de la tramoya.
Aquí la construcción no es interpretación: es falsedad. Y ya sabemos que a la magia, Ignacio Escolar, no le sienta nada bien que se le vea el truco… ni el plumero.
Ignacio Fernández Candela
Autor

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Ignacio Fernández Candela es un escritor, ensayista y pintor español, con una trayectoria iniciada en 1988, autor de más de una decena de libros y miles de artículos publicados en medios de comunicación como ÑTV y El Imparcial, además de una producción pictórica de cientos de cuadros y decenas de exposiciones, documentada en repositorios como Wikimedia Commons.
Editor de ÑTV ESPAÑA desde agosto del 2023-en que adquiere el Digital al entonces editor y propietario durante diez años, don Álvaro Romero Ferreiro-hasta agosto de 2025, tomando el relevo don Santiago García Lucio. .
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