24/04/2026 11:25
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P. Christian Viña. Felicísimo de ser Sacerdote. Ingresó al Seminario, en 2004, con 43 años; y fue ordenado el 30 de noviembre (fiesta de San Andrés) de 2012, con 51 años. En este 2026, de mis 65 años, cumple, además, 50 años de periodista. ¡De las noticias, a la Buena Noticia! Es plenamente consciente de la necesidad de llevar a Cristo a todos los ámbitos culturales. Por eso escribe libros y artículos -muchos de los cuales son publicados por «InfoCatólica»-; edita vídeos y da batalla en las redes. Tiene la absoluta seguridad de que solo por Cristo, con Cristo y en Cristo, podemos hacer una sociedad más cristiana y, por lo tanto, más humana. Y, periodista al fin de todo, nos deja una primicia: ya empezó a escribir su nuevo libro «Sotana al viento» que, Dios mediante, publicará en 2027; con ocasión de los treinta años de su primer libro «Católico… y periodista». ¡Gracias, Dios nuestro, por todos tus beneficios!

¿Por qué ha escrito un libro sobre el centenario de los cristeros, que será publicado en la editorial Santa María de Buenos Aires?

Porque es un deber de gratitud, en primer lugar, a Dios, por habernos regalado a estos mártires. Como dice Tertuliano: «La sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos». Ellos nos edifican con su fe coherente hasta el fin. Somos enanos parados en los hombros de ellos; gigantes en el testimonio lúcido y valiente de Jesucristo.

Además, como sacerdote hispanoamericano, tengo a Méjico en el corazón. Desde muy niño, los beneméritos Padres Bayoneses -de los que tanto aprendí-, en el Colegio Sagrado Corazón de Jesús, de Rosario, me enseñaron a querer entrañablemente al noble pueblo guadalupano, y su testimonio heroico. Abrigué, así,la esperanza de peregrinar allá, en alguna ocasión. Dios me ha dado la posibilidad de que lo hiciera en tres oportunidades: en 2018, 2023 y 2025. En todas tuve el honor de rezar la Misa en distintas zonas Cristeras; como Zacatecas, Aguascalientes, Guadalajara y Michoacán. Y de dar conferencias y presentar mis libros ante auditorios llenos de fervor. Me conmovió, especialmente, decir la Misa en Santiago Apóstol, de Sahuayo, Michoacán; donde estuvo preso el niño mártir de Cristo Rey, San José Sánchez del Río. Recorrer, luego, las calles hasta el cementerio donde lo ejecutaron, y rezar ante lo que fue su tumba, me resultó impactante. Solo una especial gracia del Señor es capaz de sostener a un niño, que aún no había cumplido quince años, en semejante hora.

Nuevamente me han invitado, para 2027, a Guadalajara. Estoy, pues, muy ilusionado, con esta posibilidad.

¿Por qué lo relaciona con la lucha por la santidad?

Porque el combate por ella es un deber para todo católico. Obviamente, los mártires son un modelo extraordinario. Todos, de cualquier modo, estamos llamados a darle gloria a Dios, con la santidad de vida. De hecho, muchos santos oficialmente canonizados por la Iglesia no son mártires, sino confesores de la fe, o vírgenes. «Martirio es el dolor de cada día si en Cristo y con amor es aceptado. Fuego lento de amor que, en la alegría, de servir al Señor es consumado», rezamos en un bello Himno de la Liturgia de las Horas. Cargar la Cruz, junto al Señor, ofrecer las alegrías y las penurias de cada día, y permanecer fieles en las tribulaciones es un desafío para todo creyente.

¿En qué medida es una continuación de su anterior libro «Buscando nuevos guerreros de Cristo Rey»?

En 2025 quise, con ocasión del Centenario de «Quas Primas», la encíclica sobre la Realeza Social de Cristo, llamar la atención sobre la necesidad de un catolicismo militante, guerrero del «buen combate» (2 Tm 4, 7); capaz de conquistar alma a alma en este mundo descristianizado. La batalla, obviamente, se da en primer lugar en cada corazón. Todo el tiempo debemos recurrir a la gracia del Señor, en nuestra lucha contra el pecado. Y, sanados por Cristo, lanzarnos con decisión al anuncio y testimonio del Evangelio. Y ésa es la Madre de todas las guerras. Las armas son, por supuesto, los Sacramentos; la oración, el ayuno, la limosna, y los otros medios que la Santa Madre Iglesia pone a nuestro alcance. El Tesoro que se nos confía es enorme; y demanda de nosotros, todo el tiempo, sabiduría y coraje. Por eso, en la continuidad de mi anterior libro, quiero recordar que es una obligación permanente, para nosotros, buscar nuevos guerreros de Cristo Rey. Y que, en primer lugar, nosotros mismos debemos proponernos serlo. Los maravillosos ejemplos del Méjico martirial son una fuente de inspiración permanente; que nos alimentan cada día. No deben quedar en los libros de historia, ni en el mero recuerdo, sin compromiso presente.

¿Por qué en sus artículos le interesan siempre vidas cotidianas impregnadas por un sentido profundo de lo trascendente?

Porque en ellas muestra Dios, especialmente, su delicadeza, sus modos y sus tiempos. No son vidas espectaculares, dignas de grandes titulares en los medios, ni «tendencias» en las redes sociales. No se trata de personas que, llenas de fama y poder, exhiben sus luces. Son personas, por lo general, humildes, sencillas, cubiertas por el anonimato permanente, que me dan magníficas muestras de todo lo que se logra con una fe coherente; o, al menos, con la búsqueda a tientas y, en ocasiones hasta casi sin saberlo, de Cristo. No son, claro está, perfectas, ni confirmadas en gracia. Pero anuncian, aún con sus luchas, dificultades y tropiezos, que es posible vivir con los pies sobre la tierra, sin bajar la mirada del Cielo. Son personas importantes, que me dan ejemplo de humildad. Y al descubrir en ellas chispazos del amor de Dios, trato de rescatarlas del olvido y la indiferencia. Al ser bien cercanas -sacerdotes entregados, religiosas abnegadas, vecinos, compañeros de trabajo, creyentes firmes o que han vuelto a la fe-, llaman con fuerza al cambio de vida. Sus luchas no nos resultan rayanas con lo imposible, sino próximas e imitables.

¿Por qué todo ello enmarcado en el tema de la realeza de Jesucristo, con ocasión del reciente centenario de la encíclica Quas primas de Pío XI (1925)?

Porque si no hay lugar para Cristo Rey tampoco hay lugar para nosotros. Pío XI fue profético al advertir -entre las dos grandes guerras mundiales- que las naciones nunca alcanzarán la paz ni la felicidad si sus gobernantes y su pueblo no se someten a la Realeza Social del Señor. Cristo, por cierto, debe reinar en cada corazón. Y, también, en toda la sociedad. Muy lejos de ello, salvo honradísimas y contadas excepciones, hoy tenemos un mundo descristianizado y, peor aún, anticristiano. Cristo no está ni se lo espera, y es combatido con saña por la inmensa mayoría de los poderosos; serviles al globalismo materialista, ateo y masónico. Urge, entonces, ganar espacios en la política, la economía, la educación, la cultura y en todos los demás ámbitos donde se juega el bien común; para que Cristo sea escuchado e imitado. Y que sus enseñanzas impregnen todas las decisiones.

¿Por qué tiene presente el papel fundamental jugado por los PP. Alberto Ezcurra y Alfredo Sáenz en haber dado a conocer en Argentina lo que supuso el movimiento Cristero?

En los años ’70 del siglo pasado, en pleno apogeo de la teología de la liberación, la teología del pueblo, y la deriva progresista del posconcilio, los padres Alberto Ezcurra y Alfredo Sáenz, en el Seminario de Paraná, firmemente respaldados por su Arzobispo, Monseñor Adolfo Servando Tortolo, lograron formar una generación de lúcidos, valientes y ortodoxos sacerdotes. Tenían conciencia de que, en cada presbítero, debe haber un guerrero de Cristo Rey. Por caso, el lema sacerdotal del padre Ezcurra, tomado del libro de Job, fue «Milicia es la vida del hombre sobre la tierra» (Job 7, 1). En aquellos claustros, la gesta de los Cristeros, como la epopeya de la Vendée, se trataban con frecuencia. Y hasta se hicieron publicaciones en «Mikael»; la célebre revista del Seminario, que se constituyó en una verdadera cátedra de doctrina.

Cuando cambiaron los vientos, en la Iglesia de Paraná, los padres Ezcurra y Sáenz debieron emigrar a la diócesis de San Rafael; donde siguieron formando, del mejor modo, a los futuros sacerdotes. El padre Ezcurra murió muy joven, en 1993, con casi 56 años. Y el padre Sáenz siguió profundizando en la vida de los Cristeros; y, en varios viajes que realizó a Méjico, pudo recorrer buena parte de la ruta martirial. Ya a fines de los años ’80 y principios de los ’90, daba conferencias, entre nosotros, sobre el hoy beato Anacleto González Flores, y los demás mártires. Por entonces, en Méjico, poco y nada se hablaba de los Cristeros; al ser un tema oficialmente prohibido por los gobernantes masónicos. De hecho, aún hoy, en Méjico, se asombran por el conocimiento que hay de la Cristiada en Argentina, y por la gran cantidad de peregrinos de nuestro país que concurren allí.

Yo, en aquellos años, aún muchacho, y en pleno camino de conversión, ni de lejos me planteaba el ingreso al Seminario. La pasión y el fervor del padre Sáenz -quien luego fue mi Director Espiritual-, de la mano de los Cristeros, tuvieron un papel destacado en mi camino vocacional. Recomiendo, vivamente, el libro «La gesta de los Cristeros», de la serie «La Nave y las Tempestades», del padre Sáenz. Me lo regaló, dedicado, el día de mi Ordenación Sacerdotal. Fue, al mismo tiempo, un honor y un desafío. Gracias a Dios, somos varios los sacerdotes que, en Argentina y en otros lugares del mundo, difundimos esta querida epopeya mejicana; faro para este mundo en penumbras.

Autor

Javier Navascués
Javier Navascués
Subdirector de Ñ TV España. Presentador de radio y TV, speaker y guionista.

Ha sido redactor deportivo de El Periódico de Aragón y Canal 44. Ha colaborado en medios como EWTN, Radio María, NSE, y Canal Sant Josep y Agnus Dei Prod. Actor en el documental del Cura de Ars y en otro trabajo contra el marxismo cultural, John Navasco. Tiene vídeos virales como El Master Plan o El Valle no se toca.

Tiene un blog en InfoCatólica y participa en medios como Somatemps, Tradición Viva, Ahora Información, Gloria TV, Español Digital y Radio Reconquista en Dallas, Texas. Colaboró con Javier Cárdenas en su podcast de OKDIARIO.
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