
Cuando Mefistófeles se mezcla en los asuntos humanos puede arruinar una existencia o derribar una patria, y le resulta muy fácil encontrar a cualquier miserable a quien basta con susurrar una palabra al oído para que de inmediato ponga manos a la obra.
A estos miserables que, en nuestras actuales circunstancias y durante la amarga Farsa del 78, se han hallado y se hallan dispuestos a ser agentes del maligno espíritu, ustedes, mis amables lectores, sabrán ponerles nombre con absoluta seguridad, y son, en su mayoría, de profesión políticos.
En la actualidad hay que ser liberal moderado, sensato, progresista, correcto, social, dialogante y consensuador. Es decir, hay que ser un hipócrita puro y duro, o un imbécil que acepta todo lo que los amos le dicen. De modo que los más conspicuos se hallan desconcertados en un país donde los adjetivos de la demagogia cuentan y los sustantivos de la razón no.
Hoy día las contradicciones impuestas en la sociedad por el rojerío y, en general por los políticos oligofrénicos de la casta y por sus amos, han llegado a extremos cómicos. Y, en consecuencia, la trascendencia, la religiosidad, la verdad, la libertad y la belleza son desvalores.
La vida no es más áspera de lo que los mismos hombres la hacen, y una nación cuya justicia protege al delito y en la que, además, los delincuentes más peligrosos son los propios gobernantes, es una nación podrida hasta el hueso. De nada sirve que el sentido común te dé la razón si no te la da también la justicia
Sin duda, como ocurrió a mediados del siglo XVII, la posibilidad de fragmentar a España, es acogida con satisfacción por las principales naciones de Occidente. Y en esto están también hoy nuestros enemigos de siempre, interiores y exteriores. Y no puede decirse que les sea difícil conseguir su objetivo, pues tienen a su favor que los españoles que han vivido y viven en la Farsa del 78 son en su mayoría un pueblo ignorante. Y la ignorancia es, en toda ocasión, perjudicial y, más allá, culpable.
La mayoría, hoy, cree a los canallas o los acepta. Y la credulidad es un grave pecado intelectual que sólo la más invencible ignorancia puede justificar. Ítem más cuando está bajo la bota de déspotas sin escrúpulos y de ideologías políticas pervertidoras y supremacistas. Porque, sin duda, los políticos actuales, en conjunto, pertenecen a este género deshonroso de figuras públicas.
Ciertamente, existe una maquinaria bien engrasada de la demagogia contemporánea, y el ciudadano, fatigado por el ruido, termina aceptando como razonable lo que solo es estridencia, y como profundo lo que no pasa de ser un truco de feria. La palabra pública, antaño instrumento de deliberación, se ha degradado en un juego de prestidigitación donde lo importante no es convencer, sino engañar, entontecer y deslumbrar.
De modo que el debate se transforma en un duelo de gestos; la discrepancia, en un combate tribal; la política, en un teatro de sombras donde cada cual interpreta un papel que nada tiene que ver con la realidad. Y la consecuencia más grave es la depredación de la patria y la infantilización y abyección del ciudadano.
La demagogia trata a éste como a un ser incapaz de juicio propio, necesitado de consignas simples y de enemigos claros. Y, poco a poco, muchos acaban aceptando ese papel. Se renuncia al esfuerzo de pensar, se delega la responsabilidad moral en el psicópata de turno y se confunde la emoción con la verdad. Así se va erosionando la convivencia, pues una sociedad que se alimenta de consignas termina por perder el gusto por la razón y el respeto por la discrepancia.
La polarización, ese mal tan celebrado por quienes viven de ella, no es sino el síntoma visible de una enfermedad más profunda: la renuncia colectiva a la lucidez. Y cuando la lucidez se apaga, la comunidad queda a merced de quienes manejan con destreza los hilos del engaño.
El caso es que los efectos corrosivos de este estado de cosas sobre la comunidad han sido devastadores. Incluso, algunos, en su apocamiento o ignorancia huyen de la tentación de retroceder al pasado. Temen ser tildados de franquistas, a pesar de lo fructífero que sería recuperar algunas de aquellas fórmulas pretéritas, recobrando con sentido común valores y comportamientos que fueron la clave de éxitos del ayer no lejano.
Pero qué se puede hacer si hemos llegado al extremo de que la mayoría de los españoles de hoy no sabe escribir su propia lengua, ni conoce la historia de su patria. Por eso, contra el hechizo que postra a la ciudadanía sólo cabe una llamada a la lucidez. Regenerar a las multitudes en lo posible para que al menos sean capaces de meter a sus diablos políticos en el infierno.
Nos aterra el desorden, pero lo preferimos a la injusticia, pues la injusticia es el desorden institucionalizado. Nunca estará desguarnecida una patria que se corone con muros de hombres y no de ladrillos. Pero aquí y ahora faltan hombres. De ahí que resulte imperioso despertar al vulgo zoquete. Eso, o ceniza amasada con lágrimas, como el pan infecto que se comía en las hambrunas de los siglos pasados, será el futuro de España bajo la bota capital-socialcomunista que la pisotea.
Autor
- Madrid (1945) Poeta, crítico, articulista y narrador, ha obtenido con sus libros numerosos premios de poesía de alcance internacional y ha sido incluido en varias antologías. Sus colaboraciones periodísticas, poéticas y críticas se han dispersado por diversas publicaciones de España y América.
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