17/04/2026 20:59

Las debilidades humanas siempre son útiles para quienes saben aprovecharlas. Y los más aprovechados son los manipuladores y los ventajeros, que, además, saben transformarse en víctimas cuando lo exige la coyuntura. Algo que retrata idóneamente al rojerío y a sus amos y excrecencias, que son un sector del Mal en estado puro y en permanente actividad.

Tanto el socialcomunismo como sus dueños conocen bien que la naturaleza humana es frágil. Y venal. Y de ello sacan partido. En buena parte, de ahí nace su aire de superioridad, que siempre va mezclado de una especie de placer cínico. Y de burla. Como si dijeran: «Mira qué fácil me lo ponen… y ni cuenta se dan».

El socialcomunismo, esa gran contradicción histórica, nunca se ha preocupado, pese a sus palabras, por mejorar a la humanidad. Al contrario, como miembro del Mal que es, ha tratado siempre de envilecerla, sirviéndose precisamente de esa flaqueza a la que nos referimos. Y, en la actualidad, de la mano de sus aliados plutócratas, está consiguiendo, si no lo ha conseguido ya, cambiar los códigos de valores por una relación de sucedáneos. Al menos, en España.

De modo que nos han cambiado el alma —el alma individual y el alma social— por un decorado. La justicia se compravende o se intercepta; o se reinterpreta como revancha; o se maquilla de legalismo sin alma. Y la solidaridad y la caridad se confunden con gestos vacíos para la foto, sin riesgo ni entrega. Lo que queda es una simulación social donde la ética se diluye en discursos formalmente correctos, pero falaces y estériles.

En nuestro tiempo, pues, y en términos generales, ni privilegia la justicia ni la solidaridad. La hipocresía no es sólo mentira, es una mentira bien vestida. Más peligrosa, porque se parece a lo que debería ser verdadero. Se han perdido los valores y se ha acudido a sus falsificaciones. La gente se conforma con las apariencias. Pura hipocresía. Puro ir tirando.

Lo más triste es que decir esto, por inusitado, ya es un acto de lucidez y rebeldía. Cuando debiera habitar en el común de los corazones. Y que hace falta convicción e incluso valor para sostener el pensamiento incorrecto cuando todo empuja hacia la inercia y el consenso superficial. Si los valores se pierden, ¿cómo se reconstruyen? ¿Desde la razón, desde el ejemplo, desde el doloroso sacrificio…? ¿O desde una fe que no necesita aplausos?

Sí, ciertamente, se han de reconstruir los valores desde todo ello, y quizá, más aún, desde la fe y la esperanza. Pero, ¿qué puede hacer aquél que carece de poder y vive rodeado de muertos vivientes? Sólo luchar por la regeneración con sus insignificantes fuerzas, impulsado por la consideración de la naturaleza sabia y del despertar de una vida nueva —el futuro—, aun sabiendo la inutilidad de sus esfuerzos.

De modo que la contemplación como resistencia adquiere toda su validez cuando el poder de la verdad falta y la desolación reina; cuando la mirada limpia que ve belleza en lo pequeño —la hoja caída que el viento mueve, la risa repentina de un niño, el silencio que se respira en la montaña— se vuelve una forma sutil de rebeldía. No es evasión, es afirmación: «Aunque todo decaiga, aún hay verdad, aún hay vida».

No dejar de luchar, en definitiva, aun siendo conscientes de que la lucha a corto plazo es inútil… ¿pero acaso no es eso el heroísmo? No el del que conquista, sino el del que sostiene una llama en medio de la noche, sin audiencia ni recompensa. Una fidelidad a lo humano más honda que cualquier estrategia política.

Y todo ello, insistamos, rodeados de muertos vivientes y de nasciturus a quienes se les impidió vivir, imágenes ambas estremecedoras. Aquellos, porque no son cuerpos sin vida, sino almas anestesiadas, voluntades voluntariamente abandonadas a una inercial indiferencia. Y, éstos, porque siendo almas puras e indefensas, seres humanos concebidos en armonía con la naturaleza, su proceso evolutivo se cercena en aras del nihilismo y de la brutalidad más suicida, de la irresponsabilidad más atroz e inhumana.

Y es en esta patética atmósfera donde el gesto más pequeño —una palabra sincera, un acto ejemplar, una atención generosa— tiene un valor emocionante, como quien grita en medio del vacío.

Lo cierto es que el socialcomunismo y sus cómplices del Nuevo Orden han arrojado al ostracismo a algunos corazones conspiranoicos e incorrectos que habitan en ese territorio —nada utópico— que se conoce como Resistencia. Cuatro gatos mal contados que expresan con actitudes y comportamientos firmes y lenguaje veraz lo que el Sistema encubre y las multitudes ignoran o no se atreven a nombrar. Una jurisdicción que no es sino el exilio interior de los que aún creen.

Su reflexión constituye la voz de quienes piensan en las sombras humanas sin renunciar al matiz. Su atenta mirada tiene filo y hondura. Y lo que hacen y dicen… duele por lo certero. Y, sin duda, esos creyentes, carentes de fuerzas materiales, sin poder, sin masa, sin medios… llevan el germen de una transformación más poderosa que la que viene por decreto.

Porque poseen algo que ni los poderosos pueden soñar o fingir: amor a la verdad y a la justicia; y esperanza con memoria.

Autor

Jesús Aguilar Marina
Jesús Aguilar Marina
Madrid (1945) Poeta, crítico, articulista y narrador, ha obtenido con sus libros numerosos premios de poesía de alcance internacional y ha sido incluido en varias antologías. Sus colaboraciones periodísticas, poéticas y críticas se han dispersado por diversas publicaciones de España y América.
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