22/04/2026 12:26
Getting your Trinity Audio player ready...

Hay sentencias que nacen revestidas de autoridad, pero cuya severidad se desmorona en cuanto se examina el contexto que las alimenta. La justicia, cuando se aferra a una interpretación única, corre el riesgo de amputar la realidad para que encaje en su molde. Y eso es exactamente lo que ha ocurrido aquí: se ha dictado una sentencia rígida, inflexible, casi punitiva, ignorando que las propias declaraciones de Ignacio Escolar en su momento generaron un abanico de interpretaciones, algunas de ellas incómodas, otras contradictorias, y varias señaladas públicamente por periodistas de distintos medios.

No lo digo yo: lo dijo la prensa. Uno de los ejemplos más claros fue el análisis de Javier Somalo en Libertad Digital, donde se advertía que las palabras de Escolar podían entenderse —según la lectura de algunos profesionales— como una forma de justificación o relativización.

https://www.libertaddigital.com/opinion/2018-03-13/javier-somalo-ignacio-escolar-y-la-negra-6422525/

Si las declaraciones del propio Escolar admitían flexibilidad interpretativa, ¿cómo puede entonces aplicarse una sentencia férrea contra quien reaccionó a ese mismo clima semántico? La justicia no puede exigir literalidad quirúrgica a quien responde cuando tolera elasticidad moral en quien origina el debate. No puede castigar la interpretación cuando la interpretación fue precisamente el detonante. No puede blindar un significado único cuando la hemeroteca demuestra que no lo hubo.

Lo curioso del caso Ignacio Escolar —y lo que convierte en aún más curiosa la manera de pensar de quien ha juzgado severamente— es que la sentencia admite que Ignacio Escolar sí defendió a la asesina Ana Julia Quezada que estranguló a un niño, argumentando públicamente que no era aborrecida sino por ser inmigrante y negra. Lo admite la sentencia porque así lo declara el propio Escolar. Pero hete aquí que el crimen, en la interpretación —a mi parecer un tanto arbitraria, no diré sectaria— es que “otra cosa es justificar”.

Pues bien: si nos ceñimos a la objetividad semántica, bastaba con acudir a la RAE para saber exactamente qué significa “justificar”.

RAE: justificar → disculpar, excusar, defender, respaldar, apoyar, salvar, librar. “Probar la inocencia de alguien en lo que se le imputa.”

O sea: justificar es defender. Acabáramos. Qué poca consideración a la RAE para dictar sentencias con una ligereza un tanto indignante.

Porque si las palabras de Escolar generaron lecturas diversas —algunas incluso señaladas como peligrosas o ambiguas— entonces es evidente que no existe una verdad textual monolítica. Y si no existe esa univocidad, la sentencia que se apoya en ella nace ya viciada: se construye sobre la ficción de que las palabras de Escolar eran claras, indiscutibles, inmutables. Pero no lo eran. Y no lo son.

Quien tiene boca se equivoca, y en el calentón de la soberbia de quien surfea en las olas artificiosas del empuje sectario, luego es fácil esconder la mano después de tirar la piedra. Esa hipocresía repulsiva del victimismo —tan habitual en el clima mediático actual— convierte cualquier rectificación en un teatro moral. Lo asertivo del caso es que una intención puede ir seguida de arrepentimiento, pero el victimismo siempre busca cargar la culpa sobre el ajeno. Nada nuevo para quienes conocemos la técnica de la manipulación social.

Probablemente declararme en rebeldía —porque me asqueaba visceralmente la llantera del victimismo mientras nosotros vivíamos el infierno en marzo y abril del 2020 de perder mi mujer y yo a nuestros padres enterrados en soledad, sin velarlos, sin despedirlos— impulsó el juicio hacia una condena segura. Yo he escrito cientos de veces que viví aquello como un asesinato protocolario, como una sedación injusta que nos arrebató a nuestros Seres Queridos sin el derecho elemental al duelo. Esa es mi vivencia, mi interpretación, mi verdad emocional, y no pienso renunciar a ella. Solo quienes vivimos el infierno sabemos la verdad oculta y asquerosamente encubierta sin derecho a reivindicarla en un tribunal, por esos tejemanejes diabólicos de quienes se han ganado a pulso un llanto y crujir de dientes eterno.

Josele Sánchez, que en paz descanse, me dijo que se presentaría ante el tribunal para aclarar la responsabilidad editorial. No lo hizo. Yo lo hice constar en un correo. Y al no estar personado, destrozado por el dolor y por un cúmulo de desgracias que me llevaron al hospital durante meses, la juez interpretó mi ausencia como una afrenta. Que duerma tranquila la buena mujer. A la soledad de enterrar a nuestros padres sin velarlos, a los confinamientos que nos impidieron llevar flores; a la prueba inhumana emocional se sumó después el ataque de nuestro pitbull que me dejó dos meses hospitalizado, y un infarto por alergia al naproxeno que me obligó a llevar seis stents. Y aun así, después de sobrevivir a todo eso, la sentencia decidió que debía pagar 5.000 euros a quien contaba con apoyos mediáticos y financieros y que ese pago también debía salir del patrimonio de los herederos de Josele. Un muerto pagando a un vivo. Todo un alarde de justicia. Bravos aplausos a quien dormirá en el regocijo del deber cumplido.

Todavía no sé dónde mierdas—con perdón, como decía Don Camilo publicar la sentencia por obligación legal y con añadido al bolsillo. Encima.

Que nadie se preocupe por mí porque soy guerrero de la vida acostumbrado a tratar con escoria y en este caso, con la injusticia. Salgo de las adversidades mucho más fuerte con Dios como mi norte, mi Alfa y la Omega de mi vida. Conozco bien a los hipócritas de este mundo, a las aguas mansas que engullen al en torbellinos instantáneos al desavisado. He tratado con todo tipo de gentuza a uno y otro lado. No me engaña nada. Y sé que la Parca es el único juez que pone a cada cuál en su sitio merecido. me gusta la justicia de la vida. La verdadera.

La justicia, en este caso, ha actuado como si el contexto no existiera, como si la interpretación fuera un delito cuando conviene y un matiz cuando no. Ha castigado la reacción mientras absuelve la ambigüedad que la provocó. Ha decidido que la lectura válida es solo una: la que incrimina al autor que respondió, no la que cuestiona al periodista que habló primero.

Y aquí está la paradoja moral: si las palabras de Escolar podían ser interpretadas de múltiples maneras, la sentencia que se apoya en una sola lectura es, por definición, INJUSTA CON MAYÚSCULAS. Y aquí la doble paradoja: Josele Sánchez cambió el titular con alusión a la justificación y eso resultó en mi condena no por el contenido del artículo —ajustado a la libertad de expresión, como declara la sentencia— sino por las posteriores modificaciones editoriales.

No se puede condenar a alguien por interpretar cuando la interpretación fue el terreno que otros sembraron. No se puede exigir precisión absoluta en un ecosistema donde la ambigüedad fue pública, notoria y debatida. No se puede castigar la reacción sin examinar el origen.

La justicia, cuando ignora el contexto, deja de ser justicia para convertirse en un mecanismo de castigo. Y en este caso, la severidad no es sinónimo de rigor, sino de ceguera. Una ceguera que se niega a ver lo que está a la vista de todos: que las palabras de Ignacio Escolar no fueron recibidas como unívocas, sino como un campo abierto a interpretaciones diversas, algunas de ellas señaladas por periodistas de su propio entorno ideológico.

Por eso esta sentencia no solo es severa: puede haber sido injusta.

Y si una sentencia puede haber sido injusta, también puede ser amoral cuando su peso recae sobre los seres queridos de un muerto, sobre quienes ya cargan un duelo irreparable. Castigar a los vivos por lo que no puede defender el que ya no está es una forma de punición visceral, desprovista de humanidad, que convierte el derecho en un mecanismo frío y desalmado. No hay justicia posible cuando el castigo se aplica sobre quienes ya han pagado demasiado.

Allá cada cual con sus ligerezas y su soberbia con livianas percepciones de la realidad… “Con el mismo juicio que juzguéis, seréis juzgados”. Pobres de aquellos que ignoren el alcance de sus decisiones sin el debido criterio de la ecuanimidad que perjudica a los inocentes. Llanto y crujir de dientes…

El caso Ignacio Escolar III: La verdad periodística como frontera moral si hay decencia. Por Ignacio Fernández Candela

El caso Ignacio Escolar II: cuando las consecuencias esquivan al fallecido y alcanzan a sus herederos. Por Ignacio Fernández Candela

El caso Ignacio Escolar I: La responsabilidad editorial en el caso Ignacio Escolar. Por Ignacio Fernández Candela

Ignacio Escolar: soy condenado por un titular ajeno pese a que el Tribunal valida mi libertad de expresión. Por Ignacio Fernández Candela

 

Autor

Ignacio Fernández Candela
Ignacio Fernández Candela
Ignacio Fernández Candela es un escritor, ensayista y pintor español, con una trayectoria iniciada en 1988, autor de más de una decena de libros y miles de artículos publicados en medios de comunicación como ÑTV y El Imparcial, además de una producción pictórica de cientos de cuadros y decenas de exposiciones, documentada en repositorios como Wikimedia Commons.

Editor de ÑTV ESPAÑA desde agosto del 2023-en que adquiere el Digital al entonces editor y propietario durante diez años, don Álvaro Romero Ferreiro-hasta agosto de 2025, tomando el relevo don Santiago García Lucio. .
Suscríbete
Avisáme de
guest
0 comentarios
Anterior
Reciente Más votado
Feedback entre líneas
Leer todos los comentarios
0
Deja tu comentariox
ÑTV España
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.