
No es raro que muchas cosas se juzguen ligeramente por su apariencia o tamaño y que se infravaloren por estar elaboradas con un material modesto. De modo que factores más relevantes como la calidad compositiva y expresiva de la pieza, la armonía de sus proporciones o su factura y acabado queden a un lado; o, dicho de otro modo, que pasemos por alto la destreza del artista. Así sucede, por ejemplo, con los estucos que decoran los techos de las capillas y las cúpulas de tantas iglesias barrocas, considerándose obras menores por su carácter ornamental y por su distancia al espectador. Sin tener en cuenta que, por su misma ubicación, las figuras de estuco suelen parecer “pequeñas” al que las observa, aunque en realidad los ángeles, querubines o santos que vemos a lo lejos sobre nuestras cabezas sean muy grandes y, a menudo, mucho mayores que la mayoría de las piezas situadas a la altura de los ojos.
En cualquier caso, la subordinación jerárquica de los estucos respecto al conjunto del que forman parte –integrados en la arquitectura– no les resta mérito alguno y, como cabría decir respecto a cualquier otra obra, ni el formato ni el material deberían interferir en nuestro juicio sobre el fondo ni sobre la forma. Al fin y al cabo, en las iglesias barrocas cada elemento forma parte de un todo al que contribuye en mayor o menor grado; así las capillas como los pilares; las vidrieras como la rejería; desde el solado a la pila bautismal, pasando por la sillería y el facistol del coro; desde el púlpito, al altar; desde el órgano al lampadario; desde los bancos a las escenas del Via crucis; y, por supuesto, desde las pinturas a las imágenes y los objetos litúrgicos (custodia, cáliz, incensario, etcétera).
Y sí, es cierto que la escayola, el yeso o el estuco[1] pueden resultarnos materiales pobres y, evidentemente, tienen menos entidad y lustre que el mármol, pero muchos grandes escultores del Barroco se formaron realizando stucchi –o presepi (belenes), igualmente considerados trabajos “menores”[2]– y algunos incluso, como el siciliano Giacomo Serpotta[3] (1656-1732), son recordados por su virtuosismo en el trabajo con este material.
En nuestro último viaje a Roma esta Semana Santa hemos prestado especial atención, precisamente, a los estucos que decoran el interior de las iglesias de Roma, pensando en dedicar unas líneas a algunos de los artistas que dieron muestra de mayor talento en tales lides. ¿Y por qué –tal vez se preguntará el lector– este interés en los estucos? ¿Qué atractivo pueden tener, siendo tan sólo elementos secundarios y, por su propia ubicación, con frecuencia apenas minúsculas e irrelevantes “anécdotas”? Pues, sencillamente, por dos razones. En primer lugar, por su valor artístico: así la belleza de los escorzos, la armonía y proporción de las figuras, la fluidez de sus movimientos, la interacción de unas con otras… porque, como diría Keats: “A thing of beauty is a joy forever”, y, en definitiva, admiramos el dominio de la forma y la destreza en la ejecución. Pero también, como apuntábamos al principio, porque en ellos reside una parte relevante de la atmósfera y del encanto de las iglesias barrocas: por su calidez –debida tanto a su temática como a las propiedades del material–; por su valor compositivo, equilibrando y enriqueciendo el conjunto; por su inserción “orgánica” en la arquitectura, y por su efecto sumado a los demás elementos: los mármoles, la madera, la piedra, el bronce, la luz de las velas, el olor a incienso, los destellos metálicos dorados… Hermosas figuras emergiendo de los muros, encaramadas a los dinteles y a los tímpanos, rematando altares, ventanas y sepulcros; santos, profetas, virtudes o sibilas ocupando enjutas y pechinas; alegres y rechonchos querubines alados revoloteando y jugando en las alturas; putti en las más diversas actitudes (llorando a los difuntos, tocando instrumentos musicales, pensativos, portando objetos simbólicos o mostrando un cartucho heráldico o un clípeo con la efigie de un finado sobre su monumento funerario); ángeles “sosteniendo” cornisas o los enormes saledizos de órganos y púlpitos… y enmarcando frescos colosales. Habitantes y guardianes todos ellos de ese espacio sagrado que, con su compañía, sentimos más hermoso, acogedor y entrañable, invitándonos a mirar al cielo… y a fijarnos en los detalles.
Tres de los estuquistas en los que queremos detenernos fueron los brazos ejecutores principales de los numerosísimos encargos y diseños del gran maestro Gian Lorenzo Bernini (1598-1680); a saber: Antonio Raggi (1624-1686), Ercole Ferrata (1610-1686) y Cosimo Fancelli (1620-1688), quizá poco conocidos por sus nombres, pero sí por sus respectivos Ángel de la Columna, Ángel de la Cruz y Ángel con el Santo Sudario, situados en el famoso Puente de Sant’Angelo.
El primero, Antonio Raggi, fue discípulo de Alessandro Algardi[4] (1595-1654) y más tarde de Bernini. Extraordinariamente prolífico, se hizo cargo, por ejemplo, de la decoración de la preciosa y singularísima Iglesia de Sant’Andrea al Quirinale[5], también diseñada por Gian Lorenzo. ¡Cuánta pericia se advierte en los angelitos jugando con guirnaldas sobre las ventanas del tambor bajo la cúpula! ¡Y qué prodigio de “ligereza” la filacteria que envuelve a los dos ángeles sobre el dintel interior del pórtico de entrada!
Raggi tuvo asimismo un papel principal en la ornamentación de la Iglesia del Gesù, elaborando junto a Leonardo Reti (c. 1666-1714) las figuras que acompañan los espectaculares frescos de Giovanni Bauttista Gaulli (realizados entre 1661 y 1679); dejó su huella en la Chiesa di San Domenico e Sisto (en la Via Panisperna, frente al Palazzo Aldobrandini) y colaboró en muchas otras con distintos integrantes del inmenso taller de Bernini[6].
Por su parte, Ercole Ferrata, formado como Raggi con Alessandro Algardi, desempeñó un papel protagonista en las Iglesias de Sant’Agnese in agone (Santa Inés mártir, en la Piazza Navona) y Santa María del Popolo (en la plaza homónima). En la primera ejecutó el gran relieve curvo que representa el Martirio de Santa Emerenciana y otro titulado el Martirio de San Eustaquio; mientras que Antonio Raggi realizó el de la Muerte de Santa Cecilia. En la segunda, Ercole Ferrata realizó una de las parejas que decora el extradós de uno de los arcos de la nave principal: Santa Clara y Santa Escolástica (1655); junto con el omnipresente Antonio Raggi –autor de Santa Tecla y Santa Apolonia, así como de las figuras que sostienen el cartucho con el escudo papal bajo el órgano–, Giovanni Antonio Mari (Santa Cecilia y Santa Úrsula), Giovanni Francesco de Rossi (Santa Catalina y Santa Teresa), Giuseppe Perone (Santa Dorotea y Santa Ágata), Paolo Naldini[7] y Lazzaro Morelli (Santa Práxedes y Santa Pudenciana).
Ercole Ferrata fue asimismo un notable profesor, convirtiéndose en el director de la Academia de Villa Madama (en Roma) y formando en su taller, entre otros, a Camillo Rusconi (1658-1728), Giambattista Foggini (1652-1725) y Melchiorre Caffà (1636-1667). Rusconi, por ejemplo, hizo varios estucos para la Chiesa di Santa Maria in Vallicella (más conocida como Chiesa Nuova, en la Via Vittorio Emanuele II) y las cuatro Virtudes Cardinales para la capilla Ludovisi en la Iglesia de San Ignacio. Caffà colaboró con Ercole Ferrata en la decoración de la Iglesia de Santa Inés y en la Iglesia de San Agustín, realizando a su vez tres magníficos relieves para la Chiesa di Santa Caterina de Siena[8]. ¡Quién sabe dónde habría podido llegar si su dramática y temprana muerte no hubiese truncado su carrera con apenas treinta y un años!
De la valía de Cosimo Fancelli dan fe sus esculturas en Santa Maria della Pace (muy cerca de la Piazza Navona), donde destaca un extraordinario relieve en bronce que preside la Capilla Chigi: Cristo transportado por los ángeles. Flanqueándolo, las magníficas efigies de Santa Catalina y San Bernardino de Siena, realizadas en colaboración con Ercole Ferrata, con quien trabajó también en las alegorías de la Fe, la Esperanza, la Caridad y la Religión, en el transepto de la Chiesa Nuova, y en la Capilla Spada de la Iglesia de San Girolamo della Carità[9] (muy próxima al Palazzo Farnese).
Discípulo de Cosimo Fancelli, otro estuquista destacado fue Francesco Cavallini (1640-1703), responsable de las imponentes figuras que rodean la girola de la Basílica de San Ambrosio y San Carlos[10]. ¡Qué grato recuerdo recorrerla en silencio, acomodando los ojos a la penumbra bajo una luz muy tenue en el ocaso!
Muchos son, en cualquier caso, los escultores que participaron en la ornamentación de las iglesias romanas y cuyo nombre ha caído en el olvido, sepultado bajo los más grandes. Quepan estas líneas como recuerdo a todos los que dejaron en yeso la huella de su talento, con la esperanza de que, tal vez, ayuden a mirar con otros ojos esos stucchi a menudo ignorados pero que sin duda merecen alguna atención.
NOTAS AL PIE DEL DOCUMENTO
[1] El yeso es sulfato cálcico cocido; la escayola es un yeso más puro y fino.
Lo que llamamos “estuco” tiene varias acepciones. Por ejemplo, el estuco para enlucido de muros exteriores está compuesto por cal, arena, yeso y cemento. El conocido como stucco veneciano, utilizado habitualmente para cubrir paredes interiores, es una mezcla de cal muerta, polvo de mármol y pigmento, con un acabado brillante. En el ámbito de la escultura, los stucchi son figuras de escayola.
[2] Véase, por ejemplo, el napolitano Giuseppe Sanmartino (1720-1793), célebre autor del Cristo velado en la napolitana Capilla de San Severo, quien fue asimismo un extraordinario belenista.
[3] Responsable de la decoración del Oratorio de Santa Cita, del Oratorio del Rosario de San Domenico y del Oratorio de San Lorenzo en la Iglesia de San Francisco de Asís, en Palermo, así como de los estucos del Monasterio del Santo Spirito en Agrigento, posiblemente participase en la realización de los estucos de la bóveda de Santa Maria della Vittoria en Roma.
[4] Autor junto a Antonio Raggi de dos grandes relieves de escayola en la Basílica de San Juan de Letrán titulados Bautismo de Cristo y Caída de Cristo en el calvario. Raggi se hizo famoso por el grupo titulado Noli me tangere (c.1649-52), en la Iglesia de los Santos Domingo y Sixto, y, sobre todo, por su Bautismo de Cristo por Juan (1669), en la Iglesia de San Juan Bautista de los Florentinos.
[5] Templo de planta ovalada, situado en la Via del Quirinale, a medio camino entre el Palacio del Quirinal y la Chiesa di San Carlo alle Quattro Fontane.
[6] Suyo es, por ejemplo, el relieve de San Felipe Benizi rechazando la tiara papal en la fachada de San Marcello al Corso.
[7] Pietro Paolo Naldini (1616-1691) fue el autor del Ángel portador de las prendas y los dados sito en el Ponte di Sant’Angelo; de las estatuas de San Pablo Apóstol y del Papa Inocencio X en la Chiesa di Santi Silvestro e Martino ai Monti (en la Via Equizia, entre Santa Maria Maggiore y San Pietro in Vincoli) y de numerosos estucos (arpie, tenenti e putti) para la Scala Regia del Vaticano y varios ángeles para la basílica de San Pedro.
[8] Aunque habitualmente permanece cerrada, pudimos visitarla en la tarde del Jueves Santo, día 2 de abril, intercambiando unas palabras en español con una atentísima monja agustina de la rama estadounidense de la Orden a la que pertenece el actual Papa León XIV.
[9] Ercole Ferrata esculpió la figura durmiente de Bernardino Lorenzo Spada, obispo de Calvi, mientras que Cosimo Fancelli talló la de Giovanni Spada, capellán de Inocencio IV. Ambas realizadas entre 1656 y1659.
[10] A saber: San Juan Bautista, San Felipe Neri, Santa Marcelina, San Sebastián, San Bernabé y San Esteban. Cavallini también fue el autor del coronamiento del altar principal y la decoración del sepulcro de Giorgio Bolognetti en la misma iglesia; y de una «guirnalda de flores» sostenida por cuatro querubines alrededor del fresco de Marcantonio Napoletano en Santa Maria in Aracoeli.






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