14/04/2026 21:07

El tiempo no se detiene y con las uvas ya en el recuerdo, no todo van a ser trapisondas en el plano político o en la esfera internacional. Este 2026 es el quinto aniversario del inicio del que sin duda ha sido el mayor escándalo en la historia de la medicina: la administración de un producto experimental de forma indiscriminada a la población mundial. Cada vez quedan menos dudas de que esto ha sido así por más que se intente maquillar con un miserable “bueno, es que es lo que había que hacer”, “no había otro remedio”.

Hoy, cinco años después, podemos decir con contundencia que aquello fue orquestado por los medios de comunicación y la acción política pagados por los laboratorios y demás organismos que sostienen la OMS y con el silencio culpable (culpable, sí) de la comunidad médica y científica entre la cual también hubo algunas figuras a las que se les pagó (y se les paga) para mantener el discurso de la necesidad de productos experimentales innecesarios.

Durante estos últimos cinco años lo que se expone abiertamente en este artículo se ha ido diciendo inicialmente con timidez y acaso con la boca pequeña porque la presión social era grande y el tiempo todavía no había puesto de manifiesto lo que estos productos podrían dar de sí. Ahora es innegable que la decisión de poner pinchazos a troche y moche tras el miedo de una pandemia letal ha sido sin lugar a dudas el error más garrafal de la historia de la medicina. Los medios de comunicación se encargaron de ir abonando el terreno social con olas a golpe de “pecerres” trufando el miedo con mascarillas. Bien clara tenían la consigna los tertulianos: nada de ciencia, superficialidad, emotividad, histrionismo, arremeter contra los que opinasen en contra de las tesis gubernamentales y quitar el micrófono a quien no dijese lo que quería el que pagaba los programas. De esa forma, estigmatizado de antemano quien opinase de forma científica, lógicamente los científicos se callaron. Se untaron a diferentes capos de asociaciones y organizaciones médicas, algunos biólogos y se hicieron con el discurso “científico”. Un discurso que no tiene ningún fundamento, endeble, falaz y que no resiste el más elemental debate al que se ha instado a todos esos catedráticos con conflicto de intereses: ninguno ha aceptado sostener un debate médico sobre la necesidad, eficacia y seguridad de las vacunas COVID. Ninguno, señores.

Ante esta vergüenza, la medicina acumula un descrédito mayúsculo ante la opinión pública. Porque la gente ya no necesita que la Agencia Española del Medicamento y Productos Sanitarios (AEMPS) actualice los datos de farmacovigilancia de estas vacunas COVID, el análisis que debe hacerse de cualquier medicamento para ir viendo su eficacia y seguridad con el paso del tiempo. El último informe de la AEMPS a este respecto es de hace tres años. En ese su último informe ya daba cuenta del desastre con sólo dos años de administración del experimento a la población, así que no se ha atrevido a sacar nuevos datos. Pero la población ya no necesita los datos oficiales: la gente ha visto el deterioro en su salud y en sus familiares, las muertes por ictus y repentinitis, las miocarditis y tumores turbo, los jóvenes deportistas que caen y no se levantan. No necesitamos datos oficiales porque lo constatamos a nuestro alrededor: nuestra salud no está mejor ahora que hace cinco años. Los tímidos intentos que hacen las autoridades sanitarias por justificar lo que es un hecho tratan de derivar la atención a los alimentos, el tabaco, el cambio climático, el estrés, la precariedad laboral, el sedentarismo,… Cualquiera se pone a hacer deporte si te da una arritmia. No pestañee usted muy deprisa ante el televisor no vaya a ser que entre en fibrilación auricular. Ridículo.

Bastaría hasta aquí para que cualquier autoridad sanitaria, catedrático, gerente de hospital o centro de salud, cualquier comisión de deontología médica me llamase al orden si se siente aludido o considera que falto a la verdad. Que cualquiera de ellos rebatiese lo que digo, aceptase un debate científico y con ello expusiese ante la población que las cosas se hicieron bien y como había que hacerlas. Ojalá que hubiese alguna docena de ellos que se atreviesen a mantener un debate público que aclarase lo que pasó. Pero no lo harán: saben muy bien lo que pasó, las pocas dudas que tenían se les han ido disipando al contemplar el desastre. Y los bellacos sin argumentos sólo pueden guardar silencio, un silencio con el que refrendan que vendieron al pueblo. Vergüenza para la medicina, sí. Ocasión propicia para que los que no son médicos digan barbaridades sobre la medicina, lo cual ensombrece todavía más la profesión. Una profesión de lacayos, miserables y verdugos que solo salen a protestar por su alpiste sin reparar un instante en que dejaron de ser médicos cuando se olvidaron de sus pacientes. Una profesión que va a renacer a partir de este año de sus cenizas porque, por fortuna, estamos descubriendo cauces para arreglar algunos problemas, como voy contando a través de artículos en redes sociales.

Vamos dando pasos lentos pero alentadores para ir reparando los desastres en el plano médico que se han derivado de la administración indiscriminada de vacunas COVID. Tardaremos años… pero no tanto como nos llevará recuperar la dignidad de la profesión a algunos que, pese a la vergüenza de lo sucedido, nos apasiona ser médicos.

Autor

Luis Miguel Benito de Benito
Luis Miguel Benito de Benito
El Dr. Luis Miguel Benito de Benito es un experto en el Aparato Digestivo y en Endoscopia en el Centro Digestivo Médico Quirúrgica (Madrid). Además, ejerce en su propia clínica: Clínica Dr. Benito de Benito.
https://clinicabdb.com/
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