15/08/2026 04:01
Es un título que llama la atención. También bastaría “en pelota”. Así entenderá usted mejor cómo se va a quedar cuando vaya al médico. Y no hace falta que sea médico especialista del aparato digestivo o urólogo, porque hablo en sentido tan figurado como completamente real. Hasta la fecha, lo que el paciente contaba a su médico era tan secreto como el secreto de confesión (del que hablaremos al final). Además, así lo expresa el «Código de Deontología Médica» señalando el deber y obligación del médico de custodiar la historia clínica. También se extiende este deber a la institución que atiende a un paciente de cualquier dolencia. Revelar los datos de salud de un paciente por parte de un profesional de la medicina es, por tanto, aparte de una falta deontológica grave, un delito. Por lo menos, así ha sido hasta ahora. Pero eso ya está cambiando y aquí le explico cómo y por qué.

La información que un paciente da al médico sobre su salud se considera dato sensible. Los datos sensibles hacen referencia a la esfera más íntima de la persona. El paciente, aquejado de una dolencia, acude confiado a un profesional del que espera una respuesta que le ayude a restablecer su salud. Siempre se ha dicho que, en estas cuestiones, ni al médico, ni al abogado, ni al cura se le debe mentir, porque va en perjuicio directo de los intereses biológicos, materiales o espirituales de uno. Puesto que en estos tres ámbitos tan personales sale lo más íntimo, lo que no queremos que nadie sepa, es donde amenazan los cotillas con asomar la nariz. Como “la información es poder”, cuantos más datos sensibles se conozca de una persona, más se puede controlar y violentar, y es por lo que la deontología es más severa a la hora de proteger estas esferas de la intimidad.

La historia clínica recoge, pues, los datos referentes a la salud que el paciente ha comunicado a su médico a través de la anamnesis (interrogatorio dirigido al caso) y de la exploración física. Asimismo, integra los resultados de las pruebas complementarias realizadas, los diagnósticos elaborados, los tratamientos seguidos, operaciones, intervenciones quirúrgicas, etc… Recoge alergias, reacciones adversas o efectos secundarios, e incluso comentarios del médico o del paciente con un carácter menos profesional, simples opiniones. En definitiva, la historia clínica es el recopilatorio de los avatares de salud que ha tenido el paciente a lo largo de su vida. Si usted es joven, es más probable que su historial sea breve o nulo, pero como el tiempo pasa por todos, tarde o temprano comenzamos a rellenar hojas.

Habrá oído usted hablar de los intentos de unificación de la historia clínica, esa pretensión de que la historia clínica quede recogida en algún sitio virtual de manera que, vaya donde vaya el paciente o donde tenga que ser atendido coyunturalmente, no tenga que empezar a contar de nuevo toda su vida al médico que le ve acaso por primera vez (y acaso también por última vez). Sería el sitio ideal al que el médico, cualquier médico, accedería de un plumazo a toda la historia del paciente, y sobre la cual él pueda hacer su añadido coyuntural, que a su vez quede a disposición de quien acceda a su historia clínica más adelante. Parece una empresa deseable, atractiva y ventajosa (no sabemos si para el paciente o para alguien más) y es lo que se esgrime cuando oye usted hablar de “interoperabilidad” de las historias clínicas. Hay tantos sistemas de captura de datos que resulta una torre de Babel, los centros o profesionales que atienden a un paciente no tienen los datos de la atención recibida en otros centros, salvo que el paciente porte informes clínicos que, muchas veces, no son leídos por el médico a quien toca actuar. Para salir al paso de esta heterogeneidad en la captura de información se promueven políticas bajo el sello «One Health» (lo del One es muy atractivo para un One World, dicho sea de paso). Cuando alguien pretende que todo esté recogido en One, no le quepa duda de que One se entera, pero el médico en esas circunstancias ya no puede garantizar que la información que le dio su paciente como confidencial siga siendo privada.

Pero ahora viene lo más novedoso. Irrumpe la inteligencia artificial (IA) como herramienta al servicio de la asistencia sanitaria. Ofrece su amplia base de datos para ayudar al médico al diagnóstico y enfoque terapéutico. Proliferan los titulares que hablan de su precisión diagnóstica, su ojo clínico que se anticipa años a las capacidades del médico, un elemento indispensable en la llamada pomposamente medicina de precisión o medicina personalizada.

Igual que habrá notado usted la presencia de la IA en todas las profesiones y no podía ser menos en la salud. La IA pretende imponer un giro importante en el desarrollo de todas las profesiones. En breve pasaremos de la oferta de la IA como asistente, una ayuda adicional, a la conveniencia de tenerlo en su consulta como elemento imprescindible de una actividad profesional bien hecha. Y de ahí, por la magia de la ventana de Overton, a que sea necesaria e incluso obligatoria hay un paso. Porque siempre se ha actuado así: desde la oferta, pasando por la ventaja y la conveniencia hasta la necesidad, se llega a la obligación. En breve, pasar consulta sin el apoyo de la IA, sin el chivato digital presente entre médico y paciente, será señal de no estar al día, de ser incluso negligencia. ¿Llegará a estar prohibido pasar consulta sin tener la IA presente?

La presencia de la IA en todas las profesiones parece que es algo inevitable. Incluso el mero hecho de poner peros a tal presencia te señala como retrógrado o excesivamente alarmista. Hemos apuntado lo que puede suponer una historia clínica digital, unificada, incorporada a una “nube” donde al parecer los datos de los pacientes están encriptados con las máximas garantías de seguridad y a buen recaudo, aunque el médico que los generó ya no tiene certeza de quién tiene acceso a esos datos, ni cuándo ni con qué finalidad.

Cuantas veces presenté mi recelo ante las instituciones médicas sobre las nuevas formas de almacenar los datos sensibles, en una “nube”, he obtenido siempre respuestas similares, entre la ignorancia y la indolencia, que “así han de ser las cosas en una medicina de futuro”. Esto es lo mismo que decir que a las instituciones colegiales médicas, responsables de velar por el cumplimiento de lo que recoge el «Código de Deontología Médica», no parece importarles quién se haga con la información de los pacientes. Acaso porque toda filtración está bendecida por las mismas instituciones que debían garantizar esa privacidad. Cuando he trasladado mis dudas a las empresas que comercializan los dispositivos para colocar el chivato digital (le llaman escribano digital) sobre la seguridad de los datos recogidos, me han contestado que su tratamiento “cuenta con los mayores estándares de seguridad digital y clínica: marcado CE, ENS nivel alto e ISO 27001”. Vamos que obedece los dictados de la Comunidad Económica Europea y la OMS. Ya me ha aclarado mi duda.

En el mundo globalizado, el One, hay afán por tener toda la información posible de cada persona. Los datos son valiosos y la información es poder. Y cuanto más sensibles sean esos datos, más control sobre el individuo. Por eso al médico, al que se le cuentan cosas íntimas, se le convierte en recopilador de esos datos. El médico acepta por voluntad propia (o porque así lo determina y establece la institución o grupo hospitalario para el que trabaja) que haya en su consulta un chivato digital, esa ayuda que asiste de manera inocente al interrogatorio y, a cambio de esa presencia, elabora un informe clínico de la atención dispensada. El médico ve de esta forma que efectivamente esa ayuda le ha permitido atender más pacientes por hora, sin caer en la cuenta (o sí, pero le da igual, lo cual sería peor) de que la conversación con su paciente ya está siendo procesada a miles de kilómetros. Ha dejado a su paciente con el culo al aire. Puede que, si cae en la cuenta, le remuerda un poco la conciencia o se atreva a protestar contra su empleador (dígase compañía de seguros, hospital o grupo asistencial) pero enseguida le harán ver que “es lo que hay” para dar mayor agilidad a la visita de pacientes por los que las compañías pagan la miseria de 10 euros por cada consulta de media. Con el culo al aire, pero eso sí, con los máximos estándares de calidad.

El ofrecimiento del asistente digital, escribano digital o chivato gubernamental, como quiera llamarle, se hace desde la mejora o implementación asistencial, incorporación del progreso. Voluntario, aconsejable, recomendable, imprescindible y obligatorio. El médico ve agilizada su consulta miserable para ganar más granitos de arroz a cambio de suministrar información al gobierno y las multinacionales sobre la salud de sus pacientes. Y todo con la bendición de la Organización Médica Colegial a cuyo presidente han nombrado miembro de honor contra el cambio climático. Si va en contra del «Código de Deontología Médica», cambiará el «Código de Deontología Médica», no lo dude. La presencia del chivato digital será obligatoria hasta en los confesionarios, para garantizar que usted recibe una penitencia proporcionada y una absolución adecuada. Muchos curas y obispos ya son partidarios del rosco. Pero mientras tanto, hasta que llegue la imposición obligatoria (por su bien, claro, siempre por su bien y su seguridad) cuando vaya a la consulta de un médico pregunte si tiene chivato conectado. Podrá pedirle que lo desconecte o incurrirá en un delito si usted no lo autoriza. Dentro de poco, será usted quien caiga fuera de la legalidad si pretende que un médico le atienda sin chivato, en campo abierto, porque las consultas, por exigencia gubernamental, para ser autorizadas tendrán que tener conexión abierta y permanente con nuestros guardianes.

Autor

Luis Miguel Benito de Benito
Luis Miguel Benito de Benito
El Dr. Luis Miguel Benito de Benito es un experto en el Aparato Digestivo y en Endoscopia en el Centro Digestivo Médico Quirúrgica (Madrid). Además, ejerce en su propia clínica: Clínica Dr. Benito de Benito.
https://clinicabdb.com/
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