A menudo es conveniente refrescar controversias clásicas, debates que tienen vigencia para todos los hombres de todos los lugares y de todos los tiempos. Lo que atañe a todos tiene mayor enjundia que lo que interesa sólo a unos pocos. Ayer tarde tuve ocasión de cerrar los ojos y transportarme a una clase de 1993. No es mucho evocar 33 años atrás en el conjunto de la historia de la Humanidad, pero en lo que abarca la existencia de una persona… es media vida.
Se hablaba hará ya algunos días en el «Colegio de Médicos de Deontología Médica», si era lo mismo que Ética Médica o Ética Profesional, algunas diferencias a mi juicio más de orden semántico que reducían la Ética a deliberación interna personal y la Deontología más a aspectos normativos para la profesión. Hubo un paseo breve por la historia de la Deontología Médica en este país y un acercamiento al consenso racional, lo que la mayoría acepte, como lo más racionalmente normativo, algo que yo no comparto desde que me contaron el cuento del traje del emperador.
Para ilustrar la parte teórica, amena por otro lado aunque ecléctica, se expuso el caso práctico del paciente que le pide a su médico la eutanasia. Conflicto de derechos, choque de deberes. Ahí es donde me transporté a un caso similar que nos expuso don Gonzalo Herranz hace 33 años en un curso de doctorado. Quizás por eso yo tenía deliberado el caso desde hacía muchos lustros. ¿Debe acceder el médico al deseo de su paciente de suministrarle un veneno? Ya sabemos (ironía) que eso del juramento hipocrático está periclitado, que ahora las cosas son de otro modo. El paciente está en su derecho: el derecho le asiste a solicitar que le borren del mapa. El médico, como quiere mucho a su paciente, puede acceder a su deseo (evaluando con las garantías necesarias que realmente el paciente está en situación desastrosa y lamentable) porque la ley también le asiste. O bien el médico puede alegar que sus convicciones religiosas no le permiten estar de acuerdo con esa decisión ni se presta a colaborar a esos deseos. Parece que en ese caso, debe hacer constar su objeción de conciencia y remitir el caso a otro colega que se muestre partidario de aplicar la eutanasia. Cuando escuché esto se me quedó flotando en la mente una pregunta. «Quien no desea practicar una eutanasia ¿debe hacer objeción de conciencia o realmente quien debe poner objeción a su conciencia es quien la aplica?».
Pero de esta pregunta flotando me distrajo la exposición de unos datos que reflejaban el interés creciente de la profesión sanitaria por que este tema tan peliagudo estuviese articulado legalmente. Sin embargo, a la vez que era muy numeroso el colectivo médico que deseaba que a este asunto se le diese una solución, era sorprendente los pocos que deseaban formar parte de la solución: todo el mundo se escabullía si se le preguntaba si ellos practicarían las eutanasia a sus pacientes. No, para eso “ya habrá otros”. Así pues, el ponente expuso el problema que ante las Comisiones de Deontología se abría para articular el correcto proceder ante ese acto médico.
Al oír esto, como evocando la clase de hacía tantos años, agarré el micrófono y conté en dos minutos la clase de don Gonzalo Herranz, en la que nos advirtió de que veríamos presentar como acto médico lo que no lo es. Efectivamente, la controversia sobre el proceder del médico ante la eutanasia se resuelve en que aplicar la eutanasia no es un acto médico, y por tanto los médicos no necesitamos hacer objeción de conciencia frente a algo que es ajeno a nuestra profesión. Los médicos estudiamos para curar o aliviar. Y si un médico no sabe, es que no ha estudiado lo suficiente. Decía don Gonzalo que gobiernos anteriores, y países actuales con la pena de muerte vigente, habían arbitrado diferentes funcionarios de verdugos para aplicar las penas de muerte. Lógicamente, decía, a un paciente que pide la eutanasia no hay que ejecutarle en la horca o en la silla eléctrica, con métodos violentos, sino que se le puede dormir placenteramente con «propofol» (a dosis para no despertar), y para ello no es necesario ser médico y ni siquiera emplear agujas desechables.
La eutanasia no es un acto médico. Y si desde las Comisiones de Deontología se plantea como tal, es señal inequívoca de que le han colado otro gol por la escuadra, para que se entretenga en lo que no le atañe y se olvide de lo que es un deber clamoroso. No es necesario ser médico administrar una inyección letal. Donde los médicos debemos debatir es sobre lo que se administra que cura, previene o ayuda. Las pretendidas vacunas, entre otros productos inyectables, que las prescribe el gobierno y sobre las que los médicos callan, sí sería objeto de debate. Luego, a debatir sobre el intrusismo. Lo que mata fehacientemente porque es lo que se busca, no hay duda de que no es médico.
Autor
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El Dr. Luis Miguel Benito de Benito es un experto en el Aparato Digestivo y en Endoscopia en el Centro Digestivo Médico Quirúrgica (Madrid). Además, ejerce en su propia clínica: Clínica Dr. Benito de Benito.
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