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Riky Maiky Fernández Chávez, nacido el 29 de septiembre de 2000 en Naranjos-Región San Martín (Selva del Amazonas-Perú). Es psicólogo y neuropsicólogo. Actualmente ejerce como vicepresidente del Hogar Nazaret y psicólogo en los colegios del Hogar Nazaret: Corazón Inmaculado de María y Nuestra Señora del Rocío. Su labor profesional está orientada al acompañamiento psicológico y neuropsicológico de personas en situación de especial vulnerabilidad.

¿Cómo conociste al padre Ignacio María Doñoro?

Tenía quince años y estaba interno en el colegio de Sisa, en la región de San Martín, en plena selva amazónica del Perú. Vivía completamente perdido, marcado por una situación familiar difícil y una tristeza profunda. No tenía rumbo, ni ilusión, ni ganas de vivir.

Al padre Ignacio María le hablaron de mí. En varias ocasiones me invitó al Hogar Nazaret, pero yo siempre me negaba. La vergüenza y el miedo me cerraban por dentro; no quería mostrar mi herida ni aceptar ayuda. El día de mi cumpleaños todo cambió. El padre Ignacio María apareció con dos tartas. Aquel gesto tan sencillo me desarmó por completo. Sentí que alguien había pensado en mí, que realmente yo era importante. A partir de ese momento ya no pude decir que no. En Nazaret encontré algo con lo que cualquier adolescente sueña: que lo traten con cariño, respeto y dignidad. Allí comprendí que yo era importante, que era único y que merecía ser querido. Desde entonces, mi vida cambió para siempre.

El padre Ignacio no solo me ayudó: se convirtió en mi verdadero padre. Así lo llamo hoy, sin dudar: mi papá. Porque me enseñó a vivir y a amar cuando yo ya había perdido toda esperanza.

Mi familia era disfuncional; sin embargo, gracias al trabajo que realicé junto al Hogar Nazaret, hoy mi familia es un espacio de amor, refugio y trato digno. Mis padres mantienen una buena relación y una comunicación constante, y junto a ellos comparto responsabilidades en la educación y formación de mis hermanos pequeños. Todo ello lo agradezco infinitamente a Dios y al padre Ignacio.

¿En qué medida valoras que te facilitase todo para poder ir a la universidad?

Lo valoro con todo el corazón, porque cambió mi vida para siempre. En aquel momento no solo había encontrado una familia que me acogía y me devolvía la dignidad, sino también a alguien que veía en mí lo que yo era incapaz de ver.

Fue papá quien me habló por primera vez de la universidad. Cuando me lo propuso sentí mucho miedo. Pensé que era una locura. No entendía cómo alguien como yo podía soñar con algo así. Se lo dije con sinceridad: no podía, no estaba preparado, era demasiado para mí. Pero él no dejó de creer ni un solo día. Cuando yo dudaba, él confiaba. Cuando yo me sentía pequeño, él me recordaba mi valor. Me sostuvo con su fe, con su cariño y con una paciencia infinita. Nunca me empujó, pero jamás me soltó la mano.

Poco a poco, entre miedos y esperanzas, entre caídas y pequeños triunfos, logré entrar en la universidad. El camino fue duro; hubo momentos de cansancio, de lágrimas y de ganas de rendirme. Y, aun así, nunca estuve solo. Su palabra, su mirada y su presencia constante me daban fuerzas para seguir. Gracias a ese amor fiel conseguí terminar mis estudios en la Universidad Católica Sedes Sapientiae del Perú.

¿Por qué elegiste la carrera de Psicología?

Elegí Psicología porque mi propia vida me llevó a tocar fondo. Pasé por momentos de mucho dolor, de silencio y de soledad, y fue precisamente ahí donde me encontré con Dios. Descubrí que no estaba lejos, que no me había abandonado, sino que estaba sosteniéndome cuando yo ya no podía más.

Con el tiempo fui entendiendo que Dios también sana a través de personas concretas, de la escucha y del amor sencillo de cada día. Comprendí que mi historia, como suele decir el padre Ignacio María, no era solo para ser sanada, sino también para ser entregada. Por eso estudié Psicología: para poder acercarme al sufrimiento del otro con respeto y con fe, para ser, humildemente, un instrumento de Dios allí donde el corazón está herido y parece que ya no hay esperanza.

¿Qué especialidad estás haciendo ahora?

Decidí realizar el Máster en Neuropsicología para profundizar en el conocimiento del funcionamiento del cerebro y su relación con los procesos psicológicos. Durante mi formación en Psicología comprendí la importancia de integrar una base científica rigurosa para poder ofrecer una atención más completa y ajustada a las necesidades reales de las personas.

La neuropsicología me ha permitido entender mejor cómo determinadas dificultades emocionales, cognitivas o conductuales pueden estar relacionadas con alteraciones en el funcionamiento cerebral, así como la importancia de evaluarlas y abordarlas de manera adecuada. Actualmente me encuentro en la fase final del máster, centrado en la elaboración del Trabajo Final.

Todo este recorrido formativo está profundamente vinculado a una motivación personal: mi deseo de continuar el espíritu del Hogar Nazaret, fundado por el padre Ignacio María Doñoro, poniendo mis conocimientos al servicio de personas en situación de especial vulnerabilidad, con una mirada respetuosa y comprometida.

¿Por qué desde el primer momento te involucraste con el Hogar Nazaret?

Desde el primer momento me involucré con el Hogar Nazaret porque allí reconocí la mano de Dios actuando en mi propia historia.

No sois vosotros los que me habéis elegido; soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca” (Jn 15,16).

Llegué roto y fui recibido como un hijo. En el Hogar Nazaret descubrí que el amor de Dios no es una idea, sino una presencia concreta que sana y da nueva vida. El Hogar Nazaret no solo fue el lugar donde fui salvado, sino también el lugar al que fui llamado. Mi vida está entrelazada para siempre con esta familia. Esa llamada se expresa en una responsabilidad concreta: soy el hermano mayor, llamado a dar ejemplo desde el servicio, y también, jurídicamente, el vicepresidente de esta obra. No lo vivo como un cargo, sino como una vocación preciosa.

¿Cómo el Hogar Nazaret ha cambiado tu vida?

Llegué, como ya he explicado, con el corazón roto y sin fuerzas para seguir, y allí no me preguntaron quién era ni de dónde venía: simplemente me acogieron con amor. En el Hogar Nazaret volví a sentirme hijo. Era la primera vez que no tenía que esconder mi dolor ni aparentar nada. Me acompañaron sin juzgarme, con muchísima paciencia, y mi corazón, que estaba cerrado por miedo, empezó a abrirse. Volví a llorar, volví a confiar, volví a creer que mi vida valía la pena.

Descubrí que Dios jamás juzga ni abandona. Se hace un trozo de pan para unirse a mí, una Madre que está pendiente de todos los detalles, hermanos que te miran con un corazón lleno de amor.

¿Qué supone para ti poder trabajar como psicólogo y ayudar al padre Ignacio María en los proyectos del Hogar Nazaret?

Para mí supone mucho más que un trabajo; es un regalo inmerecido y una responsabilidad que se vive casi de rodillas. Poder ejercer como psicólogo y caminar junto al padre Ignacio María en el Hogar Nazaret es volver al lugar donde mi vida fue rescatada, pero esta vez para entregarla.

Acompañar y cuidar del padre Ignacio María no es solo trabajar en una Obra de Dios, sino custodiar un fuego nacido del amor, del sacrificio y de una fe vivida hasta el extremo.
Cuando acompaño a un niño, a uno de mis hermanos, desde mi trabajo como psicólogo, siento que estoy devolviendo un poco de la vida que un día me fue regalada.

Es decirle a Dios, cada día y sin palabras: gracias. Y ofrecerle mi vida porque Él me ha salvado y redimido.

¿Cómo te ha ayudado espiritualmente el vivir los sacramentos y la vida de oración?

La Santa Misa es el centro real de cada día: aquí todo nace y todo vuelve a Dios. Ante Jesús Sacramentado el corazón aprende a callar, a ofrecerse y a dejarse transformar. En el Señor realmente presente encuentro la fuerza para intentar amar como Él ama. No es fácil estar entre los que nadie quiere, entre los niños crucificados, pero con Él realmente se puede.

La espiritualidad del Hogar Nazaret es profunda precisamente porque es sencilla. No buscamos lo extraordinario; intentamos vivir la vida escondida de Jesús en la Sagrada Familia de Nazaret: una vida de amor humilde, de fidelidad en lo pequeño y de presencia constante de Dios en lo cotidiano. Así, lo ordinario, vivido con fe, se vuelve sagrado.

En el Hogar Nazaret se hacen carne las palabras de Jesús: Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis pequeños hermanos, conmigo lo hicisteis (Mt 25,40). Es el mismo Cristo el que está en los rostros aterrados por el miedo de los niños, en su necesidad profunda de ser amados. Jesús Eucaristía, la Santísima Virgen María y los niños más pobres entre los pobres forman para mí un solo misterio de amor.

¿Qué ejemplos te han edificado más en todos estos años?

En todos estos años me han edificado, sobre todo, los ejemplos vividos en silencio. Me ha marcado ver a personas que se entregan cada día sin buscar ningún reconocimiento, solo la gloria de Dios y el consuelo de su Sagrado Corazón. De manera especial, la vida del padre Ignacio María y su forma de amar sin cansarse.

Me han edificado los gestos pequeños, esos que parecen insignificantes pero que sostienen todo el peso del amor. Muchas veces lo que más cuesta y lo que más duele es precisamente lo que Dios pide al Hogar Nazaret.

Ver a la hermana Rut Balbás y a mi papá quedarse cuando sería más fácil irse, cuidar con paciencia a los que están rotos y volver a empezar cada día. Creo que el amor verdadero no hace ruido, sino que sostiene vidas. Ver cómo ese amor devuelve la esperanza a niños que la habían perdido, cómo les hace sentir que importan y que son queridos, es lo que más me ha edificado por dentro y me ha enseñado a vivir con el corazón abierto.

¿Cómo asumes tu cargo de ser el vicepresidente del Hogar Nazaret?

Lo vivo con gratitud, como una forma concreta de responder al amor de Dios y al amor de mi papá. Cada día le pido al Señor ser responsable y fiel; siento un cierto temor y temblor, porque sé que no es una obra mía, sino suya.

Cada decisión la afronto desde la conciencia de que estoy cuidando una familia profundamente sagrada. El Hogar Nazaret me enseñó primero a vivir como hijo, y hoy me pide vivir como hermano mayor. Eso implica renunciar a comodidades, asumir responsabilidades y aprender cada día a amar mejor, con más paciencia y sin protagonismo.

Siempre tengo el mismo deseo: que ningún niño vuelva a sentirse solo, invisible o indigno de ser amado. Si sigo aquí es porque Dios me lo ha confiado. Y mientras Él quiera, seguiré entregando la vida en silencio, porque he aprendido que amar así siempre merece la pena.

Autor

Javier Navascués
Javier Navascués
Subdirector de Ñ TV España. Presentador de radio y TV, speaker y guionista.

Ha sido redactor deportivo de El Periódico de Aragón y Canal 44. Ha colaborado en medios como EWTN, Radio María, NSE, y Canal Sant Josep y Agnus Dei Prod. Actor en el documental del Cura de Ars y en otro trabajo contra el marxismo cultural, John Navasco. Tiene vídeos virales como El Master Plan o El Valle no se toca.

Tiene un blog en InfoCatólica y participa en medios como Somatemps, Tradición Viva, Ahora Información, Gloria TV, Español Digital y Radio Reconquista en Dallas, Texas. Colaboró con Javier Cárdenas en su podcast de OKDIARIO.
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