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Los que solo hablan de los horrores del franquismo ocultan las barbaries republicanas

Luz de Trento organizará el próximo 3 de octubre en Madrid el congreso “Mártires de Cristo, Héroes de la Fe”. El historiador Javier Barraycoa analiza algunos de los aspectos esenciales del evento y de su charla Morían gritando ¡Viva Cristo Rey!

¿Qué se puede decir de los mártires en la persecución religiosa entre 1936 y 1939?

Primero, que estamos ante la mayor persecución religiosa cuantificada en la historia tanto en cuanto seglares, como especialmente sacerdotes y religiosos. Segundo, de esta persecución no se conocen apostasías y es un ejemplo para toda la Cristiandad. Tercero, hemos de considerar que su sangre martirial aún no ha dado fruto y será un referente ante futuras persecuciones que se avecinan.

Pero entre los que murieron represaliados, ¿todos son mártires?

Si hay odium fidei es evidente. Como decía San Agustín: “Martyres non facit poena, sed causa” (No hace al mártir el castigo, sino la causa). Para que haya martirio, la muerte debe haber sido infligida a causa de la fe y esta aceptada libremente. El catecismo de la Iglesia católica dice que “El martirio es un acto supremo de libertad”. Fueron muchos que murieron bajo esas condiciones. De ahí que, contando también los mártires de la revolución del 34, la Iglesia ya haya beatificado 2.254 mártires de los cuales 11 son ya reconocidos como santos. Evidentemente hay miles más, pero por desgracia los procesos de beatificación se paralizaron en época de Pablo VI y sólo se reiniciaron con Juan Pablo II.

¿Se puede decir que los que lucharon en el frente eran cruzados y morían por la fe?

Ya el 30 de septiembre de 1936 el entonces obispo de Salamanca, el catalán Enrique Pla y Deniel, publicaba una carta pastoral titulada Las dos ciudades. En ella afirmaba que: “el amor cristiano de la patria puede ser causa de verdadero martirio”. También tomando como fuente de autoridad a Santo Tomás, afirma que puede ser considerado mártir el que muera luchando en una guerra justa o por la Patria referida a Dios. Esta Pastoral es fundamental para entender que aquellos que lucharon por defender la patria y la fe y murieron en combate también fueron mártires, aunque no se les incoe ningún proceso de beatificación. Evidentemente esta condición sólo recae sobre los que vivieron la Guerra como una cruzada por la fe y por la salvación de la Patria.

Entonces, ¿qué tenían en común los que morían en la retaguardia o en el campo de batalla?

Que tanto unos como otros morían gritando ¡Viva Cristo Rey! Una década antes, Pío XI, proclamando la festividad de Cristo Rey, en la Encíclica Quas Primas, había puesto su confianza en el reconocimiento de Cristo como rey de las almas, las sociedades, los poderosos y el universo entero, traería la paz tan deseada un Occidente que salía de la Gran Guerra. Durante el Congreso eucarístico de 1924 se renovó la consagración de México al Sagrado Corazón de 1914. Dicen que ahí se oyó por primera vez el grito de Viva Cristo Rey. Este grito fue popularizado durante la guerra cristera y llegó a España como un grito de cruzada. Por eso, durante la persecución religiosa y en los campos de combate, los católicos morían gritando ¡Viva Cristo Rey! Era toda una jaculatoria postrera antes de encontrarse con Cristo. Gritarlo era reconocer la soberanía de Cristo y su triunfo final a pesar de las persecuciones, las infamias y las maquinaciones de los poderosos del mundo.

Respecto a los mártires de la retaguardia ¿cómo se podrían describir sus martirios?

La inmensa mayoría fueron terribles. No se trataba de juicios formales y condenas a muerte (estos fueron los mínimos), sino de “sacas”, cacerías humanas, checas, humillaciones, crueles torturas. No se trataba de asesinar enemigos, se trataba de “escupir a Cristo” en sus fieles.

¿Puede poner algún ejemplo de crueldad para finalizar?

Un terrible ejemplo es el del padre Tomás Capdevila Miquel. Lo entregaron al Comité de Sarral (Tarragona) y de ahí lo llevaron a Solivella. Durante el trayecto empezó el cruento martirio del sacerdote. Le amputaron la lengua y los miembros genitales, le sacaron los ojos y le fracturaron la clavícula izquierda. La víctima iba desangrándose poco a poco. Llegó Solivella tan exhausto que permaneció desmayado y sin conocimiento en la Plaza Mayor.

La macabra comitiva se puso de nuevo en marcha y se dirigió al cementerio de la localidad. Como el camino era de herradura, lo bajaron del coche, fue arrastrado hasta el cementerio y lo precipitaron por un terraplén. El reloj de la iglesia parroquial tocaba, en aquel momento eran las once de la noche. Los milicianos, siguiendo el pausado compás de las campanas, le descerrajaron once tiros a bocajarro. Y este es simplemente un caso entre miles y miles. No podemos obviar el testimonio de tantos que a pesar de las vejaciones y la injusticia, murieron perdonando y gritando ¡Viva Cristo Rey! A ellos nos encomendamos y les encomendamos España.

Autor

Javier Navascués
Javier Navascués
Subdirector de Ñ TV España. Presentador de radio y TV, speaker y guionista.

Ha sido redactor deportivo de El Periódico de Aragón y Canal 44. Ha colaborado en medios como EWTN, Radio María, NSE, y Canal Sant Josep y Agnus Dei Prod. Actor en el documental del Cura de Ars y en otro trabajo contra el marxismo cultural, John Navasco. Tiene vídeos virales como El Master Plan o El Valle no se toca.

Tiene un blog en InfoCatólica y participa en medios como Somatemps, Tradición Viva, Ahora Información, Gloria TV, Español Digital y Radio Reconquista en Dallas, Texas. Colaboró con Javier Cárdenas en su podcast de OKDIARIO.
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