15/08/2026 06:27
«Bienaventurados los pacificadores porque ellos serán llamados hijos de Dios».
Mateo 5:9
Ha llovido mucho desde aquella calurosa noche de San Juan de 1976 en la que durante la celebración de la onomástica del Rey, tras el besamanos, una tormenta cayó sobre los Jardines del Campo del Moro, obligando a los mil quinientos invitados, ataviados con sus mejores galas, a ponerse deprisa y corriendo a buen recaudo, entre truenos, rayos y relámpagos, haciendo saltar por los aires toda la pompa y circunstancia de la velada.
Convocados por don Juan Carlos se habían dado cita en el Palacio Real, además del Gobierno en pleno -todavía presidido por Carlos Arias Navarro-, representantes de la cúpula militar y del cuerpo diplomático, magistrados, banqueros, empresarios, académicos, aristócratas, artistas…y ministros de Franco.
Tal vez esa tromba de agua fuese el reflejo de la tensión que se palpaba en el ambiente o el preludio de los vientos de cambio que soplaban en la sociedad española, como si simbolizase el fin de una época y el inicio de otra: un parteaguas.
Aquella fue la primera vez que el joven monarca -como tal- festejaba su santo y cuando mis padres regresaron a casa pasados por agua y antes de lo previsto porque se había suspendido el concierto programado esa noche al aire libre, mis hermanos y yo aún estábamos despiertos, repantingados en el sofá del cuarto de estar, viendo una película en la televisión, con las ventanas abiertas de par en par y los visillos levemente inflados por una brisa fresca.
—¿Qué tal? —les preguntamos con extrañeza al verlos tan pronto en casa.
—¡Sanos y salvos! —bromeó mi padre— Y a continuación, al tiempo que se aflojaba el nudo de la corbata, añadió sonriendo: —Nos hemos calado hasta los huesos.
A renglón seguido, mi madre se dejó caer en una butaca y mientras se sacaba un zapato empapado de agua, con una mezcla de indulgencia y ternura, como si achacara a la bisoñez de los monarcas la falta de un plan de contingencia y a la vez tratase de justificar su inexperiencia, tras suspirar, murmuró:
—Son muy jóvenes…
Los Reyes acababan de regresar a principios de ese mes de junio de un exitoso periplo por los Estados Unidos, donde don Juan Carlos había pronunciado en un perfecto inglés un discurso muy aclamado en el Congreso abogando por el restablecimiento de las libertades en España y apenas una semana después de San Juan, tras una abrupta reunión, cesó a Carlos Arias Navarro, con quien nunca tuvo sintonía, reemplazándolo por Adolfo Suárez, el ‘tapado’ de aquella terna que le presentó al monarca el Consejo del Reino, presidido por Torcuato Fernández Miranda, en la cual también figuraban Federico Silva y Gregorio López Bravo.
Don Juan Carlos apostó por un hombre de su generación, audaz y conciliador, a fin de aplacar la pulsión fratricida de los españoles.
Nuestro sempiterno ‘duelo a garrotazos’, que tan certeramente retrató Goya.
Un año después, tras la legalización del Partido Comunista en Semana Santa y la celebración de las elecciones generales del 15 de junio —las primeras  celebradas en España tras cuarenta años—, don Juan Carlos festejó de nuevo su onomástica en los Jardines del Campo del Moro, aunque en esta ocasión todo salió a pedir de boca: la climatología no fue adversa y la fiesta se prolongó hasta bien entrada la madrugada.
Mi padre tampoco faltó a la cita —aunque sí mi madre que guardaba reposo en la cama porque había sufrido una caída—, y a la mañana siguiente nos contó, durante el almuerzo, que entre los invitados había caras nuevas: Felipe González, Tierno Galván, Santiago Carrillo…
Solo unos meses después, el 28 de octubre, Fraga, que había sido ministro de lnformación y Turismo de Franco, presentó una conferencia del propio Carrillo sobre el Eurocomunismo en el Club Siglo XXI.
Por aquellas fechas yo estudiaba COU y recuerdo haber visto en los telediarios la llegada de numerosos exiliados a Barajas: Claudio Sánchez Albornoz, Salvador de Madariaga, Francisco Ayala… y, más tarde, tras la legalización del PCE: Enrique Líster, Dolores Ibarruri, María Teresa León y Rafael Alberti, que pronunció unas palabras al descender de la escalerilla del avión que se me quedaron grabadas:
«Me fui con el puño cerrado y vuelvo con la mano abierta de la concordia».
Era la España de la reconciliación nacional.
Y tenía un protagonista: el joven Rey Juan Carlos.
El fue la argamasa que ensambló las dos Españas.
La Ley de Amnistía tenía ese firme propósito: hacer tabla rasa del pasado y partir de nuevo de la casilla de salida.
Al fin y al cabo, la capacidad de perdonar proviene del término hebreo rechem, que significa útero, es decir, vida nueva.
De eso se trataba.
No de levantar muros, de cavar trincheras, de reabrir heridas y desenterrar muertos.
Por eso no deja de ser una cruel ironía del destino que el hombre que alzó el dedo mojado e indicó la dirección que soplaba el viento guiándonos hacia la democracia; el mismo que abrió la puerta a tantos exiliados, se hallé ahora en el destierro, arrumbado como un juguete roto en el sótano de la Historia.

Autor

Miguel Espinosa Garcia de Oteyza
Miguel Espinosa Garcia de Oteyza
Miguel Espinosa García de Oteyza es licenciado en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid.
Ha desarrollado su actividad profesional en la Bolsa, la Banca y la Empresa.
Hijo del que fuera ministro de Hacienda de Franco, Juan José Espinosa San Martín, Miguel es también autor de tres libros. El más reciente, "Mi tío robó los diarios de Azaña y otras historias familiares".
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