08/09/2026 11:25
«Aquella casa de allá arriba(1), era la casa de ella. Y nunca, desde el primer día que la vi, me ha sucedido nada tan sobrecogedor ni tan desconcertante. Porque nunca he conocido a ninguna otra persona que me haya hecho sentirme más seguro y más inseguro; más importante y más insignificante».
Ayer volví a ver Verano del 42, que arranca así, con una voz en off, mientras suenan las notas del piano de Michel Legrand.
La vi por primera vez en Salou, sin pestañear, hechizado por Jennifer O’Neill, en un cine al aire libre —el Miramar—, bajo un cielo tachonado de estrellas y repantingado en una silla de tijera, mientras escupía cáscaras de pipas sobre las losetas del suelo, cuando el verano daba sus últimas boqueadas.
Yo entonces tenía quince años, los mismos que los protagonistas de la película, los atolondrados Hermie, Oscy y Benji.
Y también yo, como ellos, quería aparentar ser más mayor de lo que era.
Basada en una exitosa novela de Herman Raucher, y dirigida con mano maestra por Robert Mulligan —Matar a un ruiseñor—, Verano del 42 narra la historia de tres amigos adolescentes que pasan las vacaciones estivales con sus respectivas familias en una apacible y pequeña isla de Nueva lnglaterra         —Nantucket—, durante la Segunda Guerra Mundial.
«El trío terrible» —así se llaman entre sí— está en plena pubertad y matan el tedio emulando, sobre las dunas de la playa, entre flores silvestres, a los soldados que combaten en el frente —tatatatá— y, sobre todo, explorando los misterios insondables de la sexualidad: leen libros «prohibidos» y flirtean torpemente con chicas en el cine.
Sin embargo, Hermie, el más sensible de los tres, va mucho más allá, y se enamora perdidamente de una mujer casada, Dorothy, encarnada por la adorable Jennifer O’Neill, cuyo esposo debe partir a la guerra como piloto.
Hermie aprovecha la ausencia del marido de Dorothy para espiarla cuando toma el sol sobre la arena con un bikini blanco, fantasea con su ropa interior cogida con pinzas de un tendedero y se hace el encontradizo al verla salir de un colmado cargada de bolsas y paquetes, ofreciéndole llevárselos a su casa.
Al cabo de unas semanas, Dorothy recibe un telegrama del ejército norteamericano,  comunicándole que su marido ha muerto en un ataque aéreo y esa misma noche acaba hallando «consuelo» en Hermie.
A la mañana siguiente, Dorothy abandona la isla, no sin antes dejarle una preciosa carta de despedida en la puerta de su casa.
Al final de la película, mientras suena la melodía de The summer knows, aparece de nuevo la voz en off:
«Nunca la volví a ver ni supe nunca nada de ella. Entonces éramos distintos. Los niños de entonces éramos distintos…»,
Manuel Vicent escribió hace muchos años en El País una columna memorable titulada «El tiempo», en la que decía:
«El tiempo no existe. El tiempo son solo cosas que te pasan, por eso pasa tan deprisa cuando a uno ya no le pasa nada. La monotonía hace que los días resbalen sobre la vida a velocidad de vértigo sin dejar huella. Los veranos de la adolescencia, en cambio, eran largos e intensos porque cada día había sensaciones nuevas. En forma de miedo o de aventura estrenabas el mundo cada mañana al levantarte de la cama».
Así es, la vida a esos años era una aventura trepidante, plagada de hallazgos y emociones, como una selva que teníamos que desbrozar a machetazos.

NOTAS AL PIE DEL DOCUMENTO

(1) «LAS OPINIONES VERTIDAS EN LA SECCIÓN DE OPINIÓN CORRESPONDEN EXCLUSIVAMENTE A SUS AUTORES Y NO REFLEJAN NECESARIAMENTE LA LÍNEA EDITORIAL DEL MEDIO».

Autor

Miguel Espinosa Garcia de Oteyza
Miguel Espinosa Garcia de Oteyza
Miguel Espinosa García de Oteyza es licenciado en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid.
Ha desarrollado su actividad profesional en la Bolsa, la Banca y la Empresa.
Hijo del que fuera ministro de Hacienda de Franco, Juan José Espinosa San Martín, Miguel es también autor de tres libros. El más reciente, "Mi tío robó los diarios de Azaña y otras historias familiares".
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