07/09/2026 11:50

El título del artículo nos acerca a tierras aragonesas(1), a los feraces campos de cultivo del melocotón, a la ensordecedora «rompida de la hora», en que cientos de tambores y bombos quiebran el silencio del viernes santo, y, a la vez, nos recuerdan a un tosco calandino de origen y genial director de cine, además de escritor, constituyéndose en referencia obligada del movimiento surrealista español.

Lástima que no esté entre nosotros, pues el tinglado corrompido, hediondo y putrefacto que han organizado los sanchistas con el presente y el futuro de España, habría sido una fuente de inspiración para sus personajes cinematográficos o literarios.

El término «putrefacto» se aplicaba a todo lo que olía a caduco, anacrónico y decadente, de igual modo que la política de albañal de Sánchez, política impostada de estéticas universalmente denostadas y erróneas por incapaces y criminales; políticas decadentes, falsarias y corrompidas.

El antiesteticismo surrealista de Buñuel cargaría con ímpetu y arrojo contra el esteticismo burgués de los sanchistas, colmado de trampantojos que soliviantan y prostituyen lo que en su día fue la lucha de clases; el sentimentalismo, esa chatarra sentimental del truhan y camastrón Sánchez, esos discursos sinusoidales y circunflejos del sicópata que okupa la Moncloa, serían triturados por Buñuel y sus colegas de la Residencia de Estudiantes con críticas feroces e insultos estratosféricos y sangrantes.

El término «carnuzo», burro podrido, es un trozo de carne viva, desprendida, que sigue moviéndose sola, es el vivo retrato de una política de traición, impulsada por el presidente, y aquellos que no logran encubrir su servidumbre, ese desplome moral que las personas sufren cuando se convierten en animales domesticados.

Sanguijuelas que dicen servir a la Nación ¡valiente servicio que prestáis a la patria, canallas!

A Sánchez no hay que odiarlo, hay que tener en cuenta que el odio da vida al que es odiado; si no se nos permite odiarlo, tendremos que hacer que pene el daño que ha hecho a España y a la sociedad.

Llegados a este punto, ¿quién sabe? quizá no sirvan las palabras.

Pepín Bello rescata el término «carnuzo», que junto con Dalí, Lorca y Buñuel va tomando forma en el surrealismo.

En su obra cinematográfica, Buñuel nos muestra la carroña de los obispos en La edad de oro; ¡Qué pena! no tener la oportunidad de ver reflejada y denunciada la podredumbre de los ministros de Sánchez.

Perdimos la oportunidad de observar a los sanchistas como espectros siniestros, según nos los presenta en El discreto encanto de la burguesía, o las aventuras de un trozo de carne viva que despliega una asombrosa actividad en varios frentes en La agradable consigna de santa Huesca.

Repare el lector en las variopintas actividades de Sánchez, ocio, indiferencia ante los problemas de España, dejación, traición, verborrea incansable, negocios oscuros con sátrapas de mal pelaje, antecedentes con reminiscencias prostibularias, amistades peligrosas, antidemocráticas y totalitarias, y un largo etcétera. No, no olvido, su afán submarinista, mientras Ceuta ha sido invadida por un aluvión de inmigrantes mandados por Mohamed, el fulano narcisista y enfermo se dedica a holgar, a asustar a la fauna marina y a broncear con cremitas su sublime cobardía.

En El perro andaluz se adivina algún ministro, trasunto de los burros aposentados en los pianos, o de cualquier otro sanchista con méritos.

Dalí cazaba los «putrefactos» al vuelo, dibujándolos de diferente manera; ¿cómo hubiera disfrutado llevando al lienzo los diversos putrefactos del consejo de ministros?; podría haber visto la luz un prontuario, un ensayo de política de traición y destrucción de una Nación.

Imaginen al bitongo, melindroso, afectado y cursi ministro de exteriores, plasmado en el lienzo por el pincel del genio de Figueras, como excelso «putrefacto» del sanchismo; con seguridad se convertiría en el membrete oficial del ministerio.

En fin, este nido de golfos, corruptos y mentirosos, esta cueva de sanchistas «putrefactos» quedaría inmortalizada por el arte surrealista, para vergüenza de nuestros contemporáneos y ejemplo de infamia degradante para nuestros descendientes.

La sinopsis de la obra de Buñuel trasladada al sanchismo se concreta en: «Putrefacto», el enemigo a batir, lo que hay que detener, Sánchez y su política; «Carnuzo», la materia con la que se destruye lo «putrefacto», la que se burla de él, se le corrige, o encarcela el surrealismo excremental de la política sanchista.

 

NOTAS AL PIE DEL DOCUMENTO

(1) «LAS OPINIONES VERTIDAS EN LA SECCIÓN DE OPINIÓN CORRESPONDEN EXCLUSIVAMENTE A SUS AUTORES Y NO REFLEJAN NECESARIAMENTE LA LÍNEA EDITORIAL DEL MEDIO».

Autor

Antonio Cebollero del Mazo
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