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El Ejército español tuvo en el pasado dignos representantes de honor; otros lo han heredado olvidando la custodia de la honra. La historia de nuestras Armadas no se escribió desde la comodidad del cuartel ni desde la sumisión ciega a la arbitrariedad política, sino desde el cumplimiento incondicional de un deber sagrado con la Patria y con la vida de sus hijos. Heredar los galones y los distintivos de quienes entregaron todo por la soberanía nacional sin mantener intacto el fuego de esa responsabilidad moral, es reducir el uniforme a un adorno vacío.
Los militares han sido desarmados en zonas de conflicto y los mandos de los soldados convertidos en marionetas de los trairdores enemigos de España. Soldados uniformados y sin armas reglamentarias.¿Dónde se ha visto semejante burla en el mundo salvo cuando los que mandan políticamente son enemigos del propio Ejército?¿Dónde queda la decencia militar permitiendo que los subordinados arriesguen la vida sin poder defenderse? ¿Dónde, sumisos del mal cargadas las medallas con deshonor? Si bien la muerte no es el final, ¿cómo podréis sostener la mirada a los ancestros, verdaderos héroes de España?
Los ceutíes han increpado a los militares por su pasividad ante la tragedia diaria. Cuando el auxilio debido al pueblo castigado se detiene por el cálculo de un despacho, o cuando la frontera sur se ve vulnerada ante la mirada pasiva de quienes juraron defenderla, la disciplina deja de ser una virtud militar para convertirse en el refugio de los complacientes. La obediencia en el ámbito de las Fuerzas Armadas nunca fue concebida como una patente de corso para legitimar la omisión del deber de custodia territorial. Las Reales Ordenanzas y el Código Penal Militar son explícitos: la lealtad suprema no pertenece a la consigna coyuntural de una cúpula política bajo sospecha, sino a la integridad de la Nación y a la seguridad de sus ciudadanos.
El descontento de los españoles que contemplan absortos la inacción institucional no es un ataque al estamento militar; es el dolor amargo de un pueblo que se siente desamparado por quienes debían constituir su último bastión de soberanía. Quien ampara la inercia amparándose en la jerarquía mientras la soberanía se quiebra a pedazos no preserva el honor: ejecuta la infamia. La honra exige valentía moral, determinación operativa y el valor de anteponer la salud de la Patria a cualquier escalafón o conveniencia personal.
Es la hora de que el estamento militar despierte de la letargia procedural y recupere el aliento trascendente de su historia. La memoria de nuestros antepasados exige que la espada de la defensa nacional no permanezca mellada por la cobardía o la sumisión al mal. El juicio de la historia será inexorable con quienes prefirieron la tibieza a la lealtad incondicional con España. Ni uno solo de los uniformados será digno si protagonizan la pasiva ruindad de la conciencia acomodaticia.
Los siglos de gloria que cimentaron el respeto universal a las Armadas de España no se forjaron con desfiles de gala ni con la ostentación burocrática de quien busca el aplauso del poder político, sino con la entrega de hombres que empeñaron la vida por la custodia inviolable de su suelo. Aquellos tercios y legiones que sostuvieron la dignidad de la Patria en los escenarios más hostiles concebían el servicio como un compromiso sagrado con el destino común de una nación. Hoy, sin embargo, esa herencia de valor ha sido sepultada bajo la inercia de unos mandos reducidos a meros elementos de adorno patrio, árboles de Navidad recargados de condecoraciones que solo lucen bajo las luces de las pasarelas oficiales mientras la soberanía real se desmorona en las fronteras. Cobardes ante las filas de los otroras héroes que escupen la actual indecencia.
Esa liturgia vacía de los desfiles, alumbrada por la sombra de gestas pasadas pero desprovista de cualquier dinámica presente de defensa efectiva, constituye una afrenta directa a la memoria de nuestros antepasados. La solemnidad sin dignidad es escenario de farsantes. La Patria no requiere figuras de salón que contemplen impasibles la quiebra de la soberanía nacional a cambio de la paz social en los cuarteles o la promoción en el escalafón; exige custodios conscientes de que la gloria no es un residuo histórico para exhibir en aniversarios, sino un imperativo moral que se demuestra con la acción protectora en el momento de mayor zozobra. Convertir la tradición militar en un decorado para la complacencia es abdicar del deber esencial de custodia y arrastrar el uniforme por la senda de la irrelevancia y la deshonra.
Y en el vértice supremo de esta arquitectura de silencio se halla la Jefatura del Estado, símbolo constitucional de la unidad de la Patria y Mando Supremo de las Fuerzas Armadas. Ostentar la Corona no consiste en presidir actos solemnes ni en pronunciar discursos de apaciguamiento mientras la integridad del territorio nacional es vulnerada en la frontera sur. Si el Rey se inhibe de su misión axial y no ejerce la máxima magistratura como capitán general en defensa activa de España y de sus ciudadanos, su figura se convierte en el máximo exponente de un ejemplo baldío: un símbolo despojado de autoridad moral que contempla impasible la liquidación de la soberanía que juró proteger.
Un Monarca no se justifica por la pompa de su palacio ni por la inercia institucional, sino por su capacidad de liderar la respuesta de Estado en las horas de extrema zozobra. Pretender salvaguardar la institución dinástica mediante la neutralidad complaciente ante la agresión exterior y la degradación interior es una falacia que la historia no perdona. Felipe VI enfrenta la decisión que definirá su paso por los anales de la Nación: o asume el mandato trascendente de custodiar a su pueblo frente a la alta traición y la invasión, o su reinado quedará consignado como el testimonio final de una Corona que prefirió la comodidad del protocolo al deber sagrado con España.
¿Dónde está el Rey de la España que juró defender como los subordinados escondidos?
RES NON VERBA
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Ignacio Fernández Candela es escritor, pintor y columnista internacional Muck Rack, autor de 17 libros y miles de artículos. Con más de 35 años de trayectoria en muchos medios de prensa escrita y digital como El Imparcial, Rambla Libre, Diario 16, Levante y ÑTV España entre otros, desarrolla una obra que combina análisis sociopolítico y creación artística, con más de 500 pinturas y cincuenta exposiciones individuales.
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Perfil de autor, obra literaria y trayectoria indexada en Google con Google Knowledge Panel.
Propietario y editor de ÑTV ESPAÑA desde julio del 2023 hasta julio del 2025.
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