14/04/2026 21:13

La Iglesia siempre ha recordado el valor universal del Quinto Mandamiento de la Ley de Dios, «No matarás», que se podría extender a cualquier daño, lesión o amenaza sobre la vida humana. Así lo reveló Dios a Moisés en el Monte Sinaí, y Nuestro Señor Jesucristo lo ratificó y avaló en el Sermón del Monte. De ahí que los católicos, durante los veinte siglos de existencia de la Iglesia, siempre (o casi siempre, alguna contradicción existió durante la Historia) hemos promovido la paz, luchado por evitar la guerra y cualquier atentado contra la vida humana: aborto, terrorismo, violencia doméstica, eutanasia, etc.

Pese a este paradigma general, puede suceder que no haya más remedio que estar implicado en una guerra. Por ejemplo, cuando una nación no ha buscado esa confrontación, y se ve atacada por la fuerza, cabría una legítima defensa. ¿Existe, por tanto, una guerra justa?

Ante esta circunstancia los católicos debemos atender a lo que dice el Catecismo de la Iglesia Católica, que es nuestra guía en relación con la Escritura, la tradición y el magisterio de la Iglesia. Según el Catecismo, las condiciones que deben darse a un mismo tiempo para que la guerra sea justa son las siguientes:

  • Que el daño causado por el agresor a la nación o a la comunidad de las naciones sea duradero, grave y cierto.
  • Que todos los demás medios para poner fin a la agresión hayan resultado impracticables o ineficaces.
  • Que se reúnan condiciones serias de éxito.
  • Que el empleo de las armas no entrañe males y desórdenes más graves que el mal que se pretende eliminar.

En este sentido, y dada la potencia terrible de las armas actuales, los últimos Sumos Pontífices han recordado que el poder de los medios modernos de destrucción obliga a una prudencia extrema en la apreciación de esta cuarta condición.

Solo con estas condiciones una guerra se considera justa, condiciones que han sido elaboradas por el magisterio de la Iglesia a partir la revelación de Dios, y de la profundización en la misma llevada a cabo por el derecho y la teología, en la que es destacable el papel de la Escuela de Salamanca y, en concreto, de Francisco de Vitoria (1483-1546), el ilustre fraile dominico español, precursor del derecho internacional.

El catecismo de la Iglesia católica añade que «la apreciación de estas condiciones de legitimidad moral pertenece al juicio prudente de quienes están a cargo del bien común», es decir, a la máxima autoridad de una nación, el Jefe de Estado. Ahora bien, el juicio de esta persona puede ser conforme a la razón y a la recta moral o no, por lo que también se reconoce a la Iglesia Católica la potestad, recibida de Jesucristo, de «proclamar los principios morales, incluso los referentes al orden social, así como dar su juicio sobre cualesquiera asuntos humanos, en la medida en que lo exijan los derechos fundamentales de la persona humana o la salvación de las almas».

Nótese la diferencia entre «guerra justa» o legítima, según los principios de la Iglesia que acabamos de describir, y «guerra legal», que sería la definición actual del derecho internacional positivo. En el ámbito actual de las naciones, la legalidad de una guerra está determinada por un conjunto de normas y principios establecidos por el derecho internacional humanitario. Este marco legal busca regular y limitar el uso de la fuerza en los conflictos armados, con el objetivo de proteger a las personas civiles y minimizar el sufrimiento innecesario.

Uno de los aspectos clave para determinar la legalidad de una guerra es la existencia de una base legal adecuada. Esto implica que el uso de la fuerza debe estar respaldado por una resolución del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, en caso de que se trate de una intervención militar en otro Estado soberano.

Además, se requiere que las partes en conflicto cumplan con los principios de distinción y proporcionalidad. El principio de distinción establece que «las partes en conflicto deben distinguir entre combatientes y personas civiles, y solo deben dirigir sus ataques contra objetivos militares legítimos». Por su parte, el principio de proporcionalidad establece «que los daños y sufrimientos causados por un ataque no deben ser excesivos en relación con el objetivo militar legítimo perseguido».

No se trata en este momento de entrar en detalle en el análisis de la legalidad (y legitimidad que, como vemos, no son conceptos idénticos, pues la legalidad se refiere a la norma internacional de derecho positivo, mientras que la legitimidad hace referencia a las condiciones morales en relación a la justicia de una guerra) de las guerras actuales entre Rusia y Ucrania, la guerra de Oriente Medio o cualquier otro conflicto actual. Lo que está claro es que la guerra debería ser la última opción, una vez agotados los intentos diplomáticos para la paz, y con un uso proporcional de las armas, de tal forma que se ataquen objetivos militares, tratando de evitar en lo posible los daños civiles, que modernamente se llaman «daños colaterales», con un eufemismo bastante indecoroso.

Los católicos somos instrumentos de la paz, la paz que da el Señor Jesús, que es la paz de los pueblos, pero también de los corazones. Como dice una de las Bienaventuranzas: «Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados los hijos de Dios». Desde luego, debemos siempre rezar por la paz, ser agentes de paz en nuestro entorno más cercano y, además, escuchar los dictámenes morales al respecto que el Papa y los obispos establezcan en relación a cada conflicto. En este sentido, recordemos cómo San Juan Pablo II se opuso con vehemencia a la guerra de Irak en 2003, cómo Francisco lo hizo respecto a la guerra de Ucrania en 2022, y cómo en la actualidad León XIV se ha opuesto igualmente a la guerra de Irán.

Para finalizar este artículo, recuerdo un paradigma que me dijo una vez un viejo profesor de derecho internacional: «Se puede morir por tus ideas, pero nunca matar por ellas». En caso de duda, lo de Jesús, y lo de tantos mártires a lo largo del tiempo, ha sido morir por la fe, no matar por ella.

«Busca la paz y corre tras ella» (Salmos, 34-15).

Autor

Fundación Enraizados
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La Fundación Enraizados nace como asociación en 2012 con el objetivo de ser una voz católica en la vida pública. Nuestros valores se basan en los principios de la Doctrina Social de la Iglesia: dignidad de la persona, subsidiariedad, bien común, solidaridad y justicia social. Trabajamos en defensa de la Vida, la Familia, la Educación,
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