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Último bastión frente a los enemigos de la Libertad, de la Justicia y de la Nación, el Tribunal Supremo merece nuestro homenaje tras haber parado in extremis el gigantesco fraude de ley urdido y perpetrado por el PSOE para alterar el censo electoral, en lo que supone el mayor ataque contra la Democracia desde el pucherazo de febrero de 1936.

Sirva, pues, este paseo por la sede del Tribunal Supremo para dar a conocer un edificio histórico y rendir tributo a los valientes funcionarios que, contra viento y marea, todavía trabajan por que haya justicia en España.

En primer lugar, hay que decir que el palacio que hoy alberga el Tribunal Supremo se halla situado sobre el que fue el antiguo Monasterio de la Visitación, fundado en 1749 por la reina Bárbara de Braganza y el rey Fernando VI. En 1870 fue expropiado por el ministro de Hacienda Laureano Figuerola[1], y transformado en Palacio de Justicia por el arquitecto Antonio Ruiz de Salces (1820-1899). Tras un incendio en mayo de 1915, fue reconstruido y rehabilitado por Joaquín Rojí López-Calvo[2] (1878-1932) entre 1921 y  1926… y así ha permanecido hasta la actualidad.

Accedemos al edificio por una de las ramas de la escalera doble que da a la calle Marqués de la Ensenada. En los laterales del enorme portón, dos estatuas dedicadas, respectivamente, a Jacome Ruiz –uno de los juristas que colaboró en la elaboración de las Siete Partidas–, realizada por Fructuoso Orduna Lafuente (1893-1973)[3]; y la que representa a Gregorio López –fiscal del Consejo de Castilla y presidente del Consejo de Indias–, obra de Mario Capuz. Coronando la fachada, Temis sedente, con el brazo derecho alzado en gesto admonitorio, apoyado el izquierdo sobre un gran fascio romano que simboliza la fuerza de la unión. Se trata de una pieza tallada por el reputado escultor Miguel Blay (1866-1936), autor de piezas extraordinarias como Los primeros fríos (1892) o Eclosión (1905).

Nada más franquear el umbral de entrada, en el vestíbulo y a gran altura sobre nuestras cabezas, observamos dos frescos realizados por Álvaro Alcalá-Galiano (1886-1936)[4], que representan, por una parte, La entrega a Moisés de las tablas de la Ley y, por otra, los Derechos Natural, Romano, Canónico e Internacional. Alcalá Galiano es también el autor de otros cuatro frescos en la llamada Galería de los pasos perdidos, en el primer piso; en este caso, alegorías de la Verdad desnuda, el Progreso, la Riqueza y el Delito. Motivos a los que cabe añadir el Delito y el Progreso, pintados en sendos lunetos por el maestro burgalés Marceliano Santa María (1866-1952).

A continuación, visitamos la Sala Segunda (de lo Penal); un espacio de notable altura en el que reclaman nuestra atención el artesonado de madera del techo, la rica decoración de las paredes, vestidas con seda de damasco de tonos carmesí, así como el estrado de caoba traída de Cuba. Frente al Tribunal, una copia a escala real del famosísimo Cristo de Velázquez, atribuida a la escuela sevillana de Alonso Cano; signo de humildad que recuerda a los magistrados que, por encima de todos, también del Alto Tribunal, está Dios. Por cierto, quepa anotar aquí la innecesaria a la par que absurda explicación de la guía: «Ustedes se preguntarán por qué está aquí una imagen de Jesús crucificado… no tiene nada que ver con la Religión; es Historia y nada más”. ¿En serio? Disparate superlativo, producto, sin duda, de esa educación maravillosa que, al parecer, obliga a sentir vergüenza de Dios, la Nación y la familia como si fueran ideas obsoletas y símbolos de atraso[5].

En esta misma planta, la Sala Primera (de lo Civil) presenta una distribución similar a la de la Sala Segunda, aunque se distingue no obstante por la seda de damasco dorada que recubre sus muros y la Inmaculada situada frente al Tribunal.

Al final del pasillo, y tras atravesar una puerta coronada por otro luneto de Marceliano Santa María con una alegoría de la Rectitud, accedemos a una sala donde encontramos dos copias atribuidas a Goya de los famosos Esopo y Menipo de Velázquez.

A continuación, la Rotonda que sirve de antesala del despacho del presidente del Tribunal Supremo, cubierta por una cúpula pintada en 1924 por el insigne artista José Garnelo y Alda (1866-1944) con alegorías de todas las ramas del Derecho: Natural, Romano, Civil, Político, Canónico, Internacional, Mercantil y Penal, alrededor de La imposición por España del collar de la Justicia a la Magistratura[6]. Llama la atención la singular iluminación de la bóveda a través de unos ventanales elípticos abiertos únicamente en el lado norte para que el sol del mediodía no impida la visión del conjunto.

Seguidamente, la Sala de banderas –ocupada por las enseñas de las Comunidades Autónomas y Ceuta y Melilla– iluminada por una preciosa vidriera de la casa Maumeajean[7], y, más adelante, el Salón de Plenos, donde cada año, en septiembre, el Rey inaugura solemnemente el año judicial. Cubiertas las paredes de cálido damasco rojo, nos fijamos en el mural del techo: La Ley triunfando sobre el mal, también conocido como El vencimiento de los delitos y los vicios ante la aparición de la Justicia, obra de Marceliano Santa María en 1924. En la pared del fondo, un Cristo en la cruz labrado en madera por un escultor muy poco conocido llamado Fernando de Castro Martín[8].

Nos encaminamos hacia la salida descendiendo pausadamente por una grandiosa escalera cuya caja está cubierta con una cúpula esquifada cerrada por una preciosa vidriera de la casa Maumejean. Enmarcando el vitral, sobre los arranques enyesados de la cúpula, varias escenas que hacen referencia a las regiones españolas y a su actividad productiva: ocho lienzos pintados al temple por Enrique Simonet Lombardo (1866-1927), el autor del impresionante lienzo Flevit super Illam[9] (1892), expuesto en el Museo del Prado.

Al final de la escalera presiden solemnemente el vestíbulo dos estatuas realizadas por Lorenzo Coullaut Valera[10] (1876-1932), dedicadas a Justiniano y Alfonso X, que nos recuerdan la relevancia capital del Corpus Iuris Ciuilis (Cuerpo de Derecho Civil)[11] y de las famosas Siete Partidas del rey sabio.

Salimos del edificio por la puerta que da a la llamada Plaza de la Villa de París, un pacífico y ajardinado espacio en el que distinguimos las estatuas del rey Fernando VI, obra de Juan Domingo Olivieri[12] (1708-1762), y de Bárbara de Braganza, ejecutada en 1887 por Mariano Benlliure (1862-1947).

Desde los jardines volvemos la mirada a la fachada del Tribunal Supremo para observar detenidamente el grupo que la corona, titulado La Justicia acompañada por la Equidad y el Derecho (1920), obra del maestro Miguel Blay. La Justicia aparece representada como una joven que mira al frente, con una estrella sobre la cabeza que, junto a la antorcha que porta en su mano derecha, hace alusión a su capacidad y determinación para arrojar luz sobre la oscuridad. La Equidad se nos muestra como una joven con el cabello suelto y una balanza en la mano, y el Derecho, con el gran libro de las leyes.

A ambos lados de este grupo y mirando hacia él, reconocemos otras dos esculturas también realizadas por Blay: a nuestra derecha, el Derecho Romano, sentado, con un gran libro cerrado y una espada con la punta hacia abajo[13]. En el lado opuesto, el Derecho Civil, representado como una mujer sedente con un gran libro abierto sobre las rodillas y la mano derecha alzada (hoy fracturada), que invoca una inspiración superior.

A la altura de la primera planta, dos hornacinas situadas a los lados de la entrada principal albergan las estatuas de los juristas Emilio Papiniano (142-212)[14] y Gayo (120-178)[15], obras de Mario Capuz Mamano[16] y Julio Vicent Mengual (1891-1940) respectivamente.

Un edificio, en definitiva, con mucha Historia, que alberga obras artísticas notables de la mano de un excelente elenco de artistas, y que, como hemos reivindicado en más de una ocasión, merecerían ser mucho más conocidos y enseñados.

NOTAS AL PIE DEL DOCUMENTO

[1] Continuación de la desamortización de Madoz de 1855 que, en este caso, pretendía sanear las cuentas de una España en quiebra tras la revolución de 1868.

[2] Autor, entre otros, del Palacio de Amboage (1914-17), sede de la Embajada de Italia en Madrid; del Edificio Plus Ultra (1911-13), frente al Congreso de los Diputados; y del magnífico Instituto “Valle-Inclán” de Pontevedra (1905-1927).

[3] Discípulo de Mariano Benlliure y autor, entre otros, del monumento a Gayarre en Pamplona y de los atletas expuestos en el Instituto Ramiro de Maeztu.

[4] Ejecutado sumariamente el 28 de julio de 1936 junto a su hermano Juan por miembros de la checa “Radio Comunista número 1”.

[5] Eso sí, que la “guía” demuestre su poca preparación llamando reiteradamente Álvaro Alcalá ¡Gallego! a Alcalá-Galiano, que desconozca el significado de la palabra “luneto” o se refiera al “Menipo” de Velázquez como “Menino”… eso, por lo visto, no les avergüenza ni a ella, ni a sus profesores, ni a nadie de su entorno.

[6] Alegorías de las virtudes que deben acompañar a los jueces –la Asiduidad, la Vigilancia, la Perseverancia, la Reflexión, la Fama, el Amor a la Justicia, la Verdad, la Meditación, la Memoria, el Entendimiento, la Gloria y la Voluntad– rodean la escena en la que una mujer que representa a España le entrega el Collar a un magistrado del Tribunal Supremo. El Gran Collar de la Justicia es una insignia exclusiva del presidente del Tribunal Supremo, creada en 1844 por Isabel II. El collar fue elaborado en la Platería Martínez por el orfebre Pablo Cabrero y está compuesto por dieciocho eslabones esmaltados, que reúnen una serie de símbolos relativos a la Justicia: el libro (la ley), la espada (la magistratura jurisdiccional), la balanza (la equidad), el haz de mimbres (la fuerza unificadora) y el hacha (el poder de la luz). A los que se añaden las serpientes (la Redención y la Prudencia) y el ojo (la Vigilancia).

[7] Con forma de pirámide truncada para reforzar un interesante efecto perspectivo.

[8] Aunque casi no disponemos de datos sobre este artista, se sabe que militó en el bando republicano durante la Guerra Civil y, a su término, estuvo preso hasta 1946. Al parecer, Fernando de Castro realizó la talla del Santo Cristo en la cárcel de Alcalá hacia 1942.

[9] Tomado de un pasaje de San Lucas (Lc 19, 41):“Videns Iesus civitatem flevit super illam” (“Al ver Jesús la ciudad, lloró por ella”), que hace referencia al momento en que Jesucristo contempla Jerusalén desde el monte de los olivos y llora por su futura e inevitable destrucción, que se produciría en el año 70 cuando las legiones romanas de Tito arrasaron la ciudad y el Templo.

[10] Se formó con Antonio Susillo y Agustín Querol. Autor de conocidos monumentos: a José María Pereda (en Santander), Menéndez Pelayo (en la Biblioteca Nacional), Ramón de Campoamor (en el Parque del Retiro), José María Echegaray (en el Banco de España), Miguel de Cervantes (en la Plaza de España de Madrid), Emilia Pardo Bazán (en La Coruña), Juan Valera (en el Paseo de Recoletos) y a los hermanos Álvarez Quintero (en el Retiro). Las estatuas de Justiniano y Alfonso X fueron realizadas entre 1925 y 1926.

[11] Recopilación de textos legales de la época imperial y de jurisprudencia romana desde el año 117 al 565. Realizada por mandato del emperador bizantino Justiniano I el Grande (482-565).

[12] Escultor real y primer director de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, desde 1752 hasta su fallecimiento diez años más tarde.

[13] El libro hace alusión a la ley, y la espada, a su fuerza.

[14] Nombrado por Christian Theodor Mommsen “Príncipe de los Jurisconsultos”. Responsable de los 37 libros de Quaestiones (donde se recogen, exponen y resuelven casos prácticos) y los 19 libros de Responsa (respuestas o soluciones breves sobre casos reales). Ejecutado en el año 212 d. C. por negarse a justificar el asesinato por parte del emperador Caracalla de su propio hermano, Geta. Caracalla exigió a Papiniano que justificara el crimen ante el Senado, pero Papiniano se negó argumentando que “non tam facile parricidium excusari posse quam fieri” (es más fácil cometer un parricidio que justificarlo).

[15] Autor de las Instituciones en cuatro volúmenes, pilar para la enseñanza del Derecho. Incluido, junto a Ulpiano, Paulo, Modestino y Papiniano, en la Ley de citas del año 426, que establecía los juristas y argumentos que podían ser invocados ante un juez.

[16] Hermano del escultor José Capuz (1884-1964), con quien compartía taller.

Autor

Santiago Prieto
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