Yo entonces tenía veinte años y llevaba el pelo largo(1) .
Era sábado por la tarde y estaba repantingado en el sofá del cuarto de estar, hojeando el suplemento de literatura de El País, Babelia, mientras a ratos echaba un vistazo a la tele donde a esa hora ponían Aplauso, el programa de variedades dirigido por José Luis Uribarri y presentado por María Casal, José Luis Fradejas y Silvia Tortosa, por la que —¡ay!— uno suspiraba.
Por Aplauso desfilaron, entre otros muchos, Mecano, Alaska y Los Pegamoides, Los Secretos, Radio Futura, Hombres G, Nacha Pop, Tequila, Leño, Barón Rojo…
El espacio contaba con un disc-jockey que se hizo muy popular entonces, Nacho Dogan, de voz rasposa, que llevaba la cara pintada de blanco y acabaría muriendo prematuramente de un paro cardíaco.
También había una sección dedicada al humor, que hoy no pasaría el fielato de la cultura woke, por donde se asomaron Bigote Arrocet, Martes y Trece, Arévalo, Zori y Santos, Pajares y Esteso, Los Hermanos Calatrava o Lusson y Codeso.
Aquella tarde otoñal me había citado con mis amigos de la Facultad de Derecho en la cervecería Santa Bárbara para saciar nuestra sed juvenil en los abrevaderos de Alonso Martínez y, tras cenar en una pizzería, rematar la noche libando chupitos de tequila José Cuervo en El Sol, el templo de la Movida, ubicado en el subsuelo de la calle Jardines, al que se accedía descendiendo por una escalera de caracol.
Al local, que todavía existe, lo recuerdo con palcos suntuosos, luces de neón y techos altos, decorado con cortinajes de terciopelo rojo y espejos poliédricos en los cuales se multiplicaban ad infinitum las distintas especies que poblaban la capital; desde rockers enfundados en chupas de cuero con tachuelas a pijos con mocasines con borlas, pasando por heavies con camisetas de lron Maiden, punkis luciendo crestas de colores o mods con parkas militares.
Un totum revolutum que cohabitaba en perfecta armonía.
De repente, tras abrir las puertas correderas de nogal de su habitación, aparecieron en el cuarto de estar mis padres, muy arreglados y fragantes.
— ¿A dónde vais tan elegantes? —les pregunté con curiosidad, arqueando una ceja.
— A la boda de Encarnita —repuso mi padre escuetamente.
— ¡Ah! —exclamé con cierta indolencia mientras pasaba una página del periódico.
Encarnita era una asistenta que había trabajado en nuestra casa diez años y se casaba esa misma tarde.
Nos había invitado a todos a su boda, que se celebraba en Parla, un modesto barrio de la capital.
Pero solo acudieron mis padres.
Cuando los vi caminando de espaldas, en dirección a la puerta, sentí una profunda admiración por ellos y, a la vez, un regusto amargo.
Desde ese día, como si de una epifanía o una revelación se tratase, me hice de derechas.
Supongo que fue porque uno trata de parecerse a quien admira.
Aplauso desapareció de la parrilla televisiva en enero del 83, tras la llegada de los socialistas al poder.
El nuevo director de Televisión Española, José María Calviño —padre de Nadia Calviño—, decidió retirar el programa porque a José Luis Uribarri se le asociaba con el Franquismo.
Pero Aplauso permanecerá siempre vivo en mi corazón.
Lo mismo que aquel sábado por la tarde…
NOTAS AL PIE DEL DOCUMENTO
(1) «LAS OPINIONES VERTIDAS EN LA SECCIÓN DE OPINIÓN CORRESPONDEN EXCLUSIVAMENTE A SUS AUTORES Y NO REFLEJAN NECESARIAMENTE LA LÍNEA EDITORIAL DEL MEDIO».
Autor
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Miguel Espinosa García de Oteyza es licenciado en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid.
Ha desarrollado su actividad profesional en la Bolsa, la Banca y la Empresa.
Hijo del que fuera ministro de Hacienda de Franco, Juan José Espinosa San Martín, Miguel es también autor de tres libros. El más reciente, "Mi tío robó los diarios de Azaña y otras historias familiares".
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