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Estos enfermos mentales creen estar librando la revancha de la Guerra Civil, de ahí que la media España que no comulga con sus radicalidades en pleno siglo XXI de una otrora sociedad moderna y pujante, normalizada, española, sea tildada extemporáneamente de «fascista». Estos enfermos mentales, sembradores de cizaña se lo creen. De ahí la estupefacción de media España que en realidad es el enemigo no declarado para exterminarlo y anularlo silenciosamente. De tanto ir el cántaro a la fuente deberíamos advertir que los incendios es una batalla más de estos dementes que aproivechan el subterfugio de implosionar desde dentro el Estado de Derecho para aniquilar cuanto les es molesto; del mismo modo que hizo el Frente Popular de modo sanguinario, el vistimario real , el verdugo de una España que se vioo obligada a defenderse.

Ya en 2014 en El Imparcial analicé de manera sarcástica lo que suponía el movimiento de piezas de esta izquierda radical. Lamentablemente, no me equivoqué: ellos creen estar librando esa contienda civil, desplegando toda su hostilidad contra una España ingenua que todavía no despierta.

Hacia la contienda civil. El Imparcial 2014

Tampoco me equivoqué cuando radiografié al recién devenido Pedro Sánchez cuando antes que nadie en esta España adulterada que porfía por empujarse a sí misma de sde el recelo y la envidia universal, predije que entraría por la puerta de atrás para secuestrar España con un gobierno aliado con toda la radicalidad enemiga de España. Tampoco, adelantado a mi tiempo y a los previsibles carroñeros de la prensa mediocre  , salvo honrosísimas excepciones, que  solo acierta cuando tiene  el toro encima. Todos a repartirse el pastel de la desgracia ajena con gentuza como Josué Cárdenas, trepando entre cadáveres para asegurar su posición de oportunista. Patanes sin conciencia, así va España.

Las orejas de Pedro Sánchez. El Imparcial 2014

España avanza con la serenidad del que no sabe que camina sobre un terreno que otros han ido horadando durante años. No es que falten señales; es que la mayoría ha decidido no interpretarlas. La ingenuidad nacional —esa vieja compañera de viaje que tantas veces nos ha costado la libertad y la dignidad— ha permitido que una confrontación silenciosa se instale en la vida pública sin necesidad de proclamas ni uniformes. Basta con la pasividad de quienes creen que la democracia es un decorado que se mantiene solo.

El 11M no fue únicamente una tragedia: fue el punto de inflexión que abrió una grieta moral que desde entonces no ha dejado de ensancharse. Aquel día se inauguró una forma de poder que entendió que el dolor colectivo podía manipularse, que la emoción podía sustituir a la razón y que la política podía convertirse en un laboratorio donde la sociedad se fragmenta sin que nadie se atreva a decirlo en voz alta. Desde entonces, España vive en una tensión que no se declara porque la declaración implicaría asumir responsabilidades que nadie quiere asumir.

Zapatero inauguró la era del subterfugio sentimental, donde la memoria dejó de ser un ejercicio de reflexión para convertirse en un arma arrojadiza. Sánchez heredó ese mecanismo y lo perfeccionó con una frialdad que ya no necesita disimulo. Entre ambos han construido un relato que divide, que señala, que clasifica y que convierte al disidente en sospechoso moral. No se trata de ideología: se trata de método. Un método que opera con la precisión de un protocolo administrativo, donde la tragedia se gestiona como si fuera un trámite y la muerte se observa con la indiferencia del que ha perdido el respeto por la vida ajena.

La sedación protocolaria durante la pandemia fue el episodio que reveló la magnitud de esa frialdad institucional. Y aquí no hablo de abstracciones ni de estadísticas: hablo de mi propio padre y de mi suegro, ajusticiados por sedación protocolaria en plena ilegalidad sanitaria, arrancados de la vida sin auxilio, sin despedida, sin justicia. Nos prohibieron velarlos, nos obligaron a enterrarlos en soledad, nos negaron incluso el gesto elemental de llorar a nuestros muertos. Ese crimen administrativo —porque no merece otro nombre— fue la prueba definitiva de que el poder había cruzado una frontera moral que ninguna democracia puede cruzar sin dejar de serlo. Y mientras nosotros enterrábamos a nuestros seres queridos como si fuéramos delincuentes, los responsables del desastre se dedicaban a blindar su relato, a reescribir la tragedia, a convertir la muerte en un trámite y el sufrimiento en una estadística que no les comprometiera.

La tragedia de Valencia, los incendios sin auxilio, la orden de no actuar, la indiferencia ante el sufrimiento… no son episodios aislados. Son manifestaciones de una lógica que se ha instalado en el poder: la lógica de la confrontación civil no declarada. Una confrontación que no necesita frentes porque los frentes están en la mente de quienes gobiernan; una confrontación que no necesita enemigos visibles porque el enemigo es cualquiera que no se somete al relato oficial; una confrontación que no necesita violencia explícita porque la violencia ya está en la indiferencia, en la negligencia, en la manipulación emocional y en la degradación moral.

España sigue caminando como si nada, confiando en que la democracia es un mecanismo automático que funciona aunque se le arranquen las piezas. Pero la ingenuidad tiene un precio, y ese precio es descubrir demasiado tarde que la confrontación estaba en marcha desde hace años, que las señales estaban ahí para quien quisiera verlas y que la guerra silenciosa que se libra no necesita declaración porque ya ha sido asumida por quienes la ejecutan.

La ingenua España aún cree que todo esto son episodios sueltos, piezas dispersas de un puzle que nadie se ha tomado la molestia de completar. Pero cuando se observa el conjunto, cuando se encajan las piezas sin miedo, la imagen aparece con una nitidez que asusta: la confrontación civil no declarada lleva años avanzando, mientras la nación mira hacia otro lado.

 

RES NON VERBA

El oscuro Zapatero del 11-M orquestó el gobierno Frankenstein sanchista. Por Ignacio Fernández candela

Operación Moncloa: La urgencia moral de una intervención cautelar frente a la organización criminal PSOE. Por Ignacio Fernández Candela

Autor

Ignacio Fernández Candela
Ignacio Fernández Candela
Ignacio Fernández Candela es escritor, pintor y columnista internacional, autor de 16 libros y miles de artículos. Con más de 35 años de trayectoria en medios como El Imparcial y ÑTV España, desarrolla una obra que combina análisis sociopolítico y creación artística, con más de 500 pinturas y cincuenta exposiciones individuales.

Información en buscadores de Internet e IA. También como Ignacio F. Candela

Fue propietario y editor de ÑTV ESPAÑA desde julio del 2023 hasta julio del 2025.
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