|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
Este Manifiesto no menciona a los periódicos de la siniestra porque por sus obras, más allá de la hipocresía, son conocidos…
A El País, que durante décadas se presentó como conciencia crítica de la nación mientras practicaba la moral elástica del que solo se indigna cuando no arriesga nada. Ese diario que moldeó generaciones enteras y que, cuando la verdad exigió un precio, eligió la comodidad del relato. La ética que solo se ejerce cuando conviene no es ética: es escenografía.
A El Mundo, que hizo de la investigación su estandarte, pero que en los momentos en que la injusticia ardía con evidencia insoportable optó por la distancia quirúrgica del cálculo. La independencia que se proclama pero no se ejerce es una máscara. Y las máscaras, tarde o temprano, se deshacen ante la luz.
A ABC, custodio autoproclamado de valores y solemnidades, que no encontró un solo renglón para denunciar la dignidad pisoteada de un trabajador. La tradición sin coraje es un mueble antiguo: pesa, estorba y no sostiene nada. La moral que no se practica es un adorno vacío.
A La Razón, tan firme en sus titulares como vacilante en sus principios cuando la realidad exige algo más que un gesto retórico. La claridad que proclama se vuelve opaca cuando la conveniencia dicta la pauta. La firmeza sin verdad es ruido con pretensiones.
A La Vanguardia y El Periódico, que desde Cataluña han moldeado opinión durante décadas, pero que tampoco quisieron ver lo que era evidente. La injusticia, cuando no afecta al propio ecosistema, siempre parece un asunto ajeno. Esa selectividad del compromiso es la raíz de la decadencia moral: mirar solo donde conviene es la forma más cómoda de no ver.
A los digitales que se presentan como alternativa —Libertad Digital, El Confidencial, El Español, OK Diario, Vozpópuli, Periodista Digital— y que, pese a su discurso de ruptura, tampoco se atrevieron a romper el silencio cuando la verdad exigía un gesto mínimo de coherencia. La rebeldía sin riesgo es marketing. Y el marketing no salva a nadie.
A todos ellos, uno por uno, porque el silencio no distingue cabeceras cuando la cobardía es estructural. El silencio no es un accidente: es una decisión. Y esa decisión revela más que cualquier editorial. A la sucursal colectiva de la hipocresía periodística le conviene la tragedia de España. De no existir, se la inventarían.
El Caso Ignacio Escolar es la prueba definitiva de que el silencio impuesto por los grandes medios ya no surte efecto: su estrategia de ignorar la realidad solo deja en evidencia la hipocresía y la debilitada legitimidad moral de un sistema apesebrado. Mientras ellos callan, la verdad de mi proceso judicial ocupa el espacio digital por derecho propio, demostrando que el monopolio del relato ha terminado y que ninguna estructura mediática puede ocultar ya la victoria de la integridad sobre la conveniencia. Hipócritas todos, como antes, ahora.
Vivió este país lo que significa enfrentarse a un sistema que prefiere triturar a un individuo antes que reconocer una injusticia. Mientras la agresión moral se consumaba, el periodismo español en bastardía —ese que presume de ética, de rigor, de independencia— se replegó en un mutismo que olía a miedo, a cálculo, a servidumbre. No hubo una sola voz que se alzara. No hubo un solo gesto de decencia. Solo un silencio espeso, interesado, funcional. Un silencio que protegía estructuras, no principios.
En esa intemperie moral surgió una palabra libre que, contra todo pronóstico, se convirtió en ariete. Una palabra sin redacción, sin nómina y sin amo, capaz de hacer lo que tantos medios no se atrevieron a hacer. La palabra libre, cuando nace de la conciencia y no del pesebre, tiene más fuerza que cualquier aparato mediático. Y por eso callaron: porque su existencia era una prueba viviente de su renuncia.
Se ha visto cómo ciertos medios que presumen de rigor y valentía se convierten en testigos mudos cuando la verdad exige algo más que repetir consignas. Se los ha visto mirar la injusticia desde detrás del cristal, seguros de que nada les salpicará mientras mantengan la cabeza baja y la conciencia en barbecho. Esa neutralidad impostada, esa prudencia que huele a miedo, esa distancia que es cobardía profesionalizada, es la esencia de un periodismo que ha renunciado a su función moral para convertirse en un oficio de conveniencias.
Mientras ellos se halagaban entre sí, se repartían elogios en tertulias previsibles, cacareaban en debates que no cambiaban nada y se movían en la superficie de los acontecimientos disputándose el mejor bocado del oportunismo mediático, la lucidez quedó relegada porque la lucidez, cuando no conviene, siempre es ignorada por quienes viven de no ver.
Lo mismo ocurrió cuando se defendió a quienes fueron víctimas de injusticias monumentales que un país entero prefirió enterrar bajo toneladas de relato oficial. Expropiaciones, decisiones institucionales, silencios interesados… un país entero mirando hacia otro lado. Un país entero aceptando la injusticia como si fuera un trámite administrativo. Ese silencio fue la prueba definitiva de que la verdad, cuando incomoda, no encuentra aliados: encuentra puertas cerradas.
Y ahí estuvo también La guarrada de El Imparcial, una epopeya sin igual que borró de un plumazo la solemnidad impostada de Luis María Anson, quien se lavaba las manos ante un acoso salvaje contra un colaborador. Se encontraron con la horma de su zapato vil e hipócrita. Pasé a ser, en el silencio de los otros hipócritas, una anécdota que desmontaba sus fingidas importancias. 5 millones de lectores y el blog posicionado justo debajo de El Imparcial durante dos años…hasta que me cansé de sacarles las vergüenzas a diario.
Así ocurrió también con José María Ruiz‑Mateos, convertido en chivo expiatorio útil para un país que necesitaba un villano prefabricado. La maquinaria mediática repitió sin pestañear el relato oficial, ignoró deliberadamente las absoluciones, ocultó la podredumbre institucional y prefirió la caricatura al hecho. Nadie quiso ver lo que era evidente porque ver implicaba asumir responsabilidades. Y en España, cuando la verdad incomoda, se entierra al mensajero y se bendice la mentira.
Solo desde el plano cenital de la falsedad —esa perspectiva que no se obtiene desde la comodidad del sillón mediático, sino desde la intemperie moral— se comprende que hubo momentos puntuales en los que la cobardía y la hipocresía colectivas quedaron expuestas con una claridad insoportable. Y solo desde esa visión completa puede entenderse la realidad de un país que se ha ido destruyendo paulatinamente a lomos de la distracción moral, la conveniencia oportunista y la bajura ética convertida en norma. Solo quien ha vivido lo suficiente como para ver las transparencias colectivas de las vergüenzas ocultas, solo quien contempla la hipocresía desde la altura de la vivencia, puede traslucir las miserias que de otro modo se confunden con valores compartidos por la misma mediocridad moral que las sostiene.
Hoy un arrepentido de haberse mezclado con gentuza, Víctor de Aldama, quien se sumergió por una entonces inercia consentida en la organización criminal cuya perspectiva con el tiempo se ha convertido en evidente con sospechas hacia la presidencia de Gobierno, hace un llamamiento vital para supervivencia de todo un país y obtiene el silencio acostumbrado de los cretinos parapetados tras la conveniencia y los intereses ocultos, no sea que se pierda la parte del pastel por callar disimuladamente. La omertá de los traidores asociados, bien calladitos.
Dais , en conjunto, asco.
La corrupción no necesita ruido: le basta el silencio de quienes deberían denunciarla. Se fabrican héroes de cartón y villanos de conveniencia, se manipula la memoria colectiva, se entierra la verdad bajo capas de relato institucional mientras quienes deberían fiscalizar se refugian en una neutralidad que no es neutralidad, sino miedo. Esa es la bastardía del periodismo español contemporáneo: no la mentira explícita, sino la renuncia sistemática a la verdad cuando la verdad exige coraje.
La dignidad no se negocia. La libertad no se mendiga. La palabra —cuando nace de la conciencia y no del cálculo— es más poderosa que cualquier aparato mediático. La verdad no necesita redacciones, ni sueldos, ni bendiciones institucionales: solo necesita ser sostenida cuando todos los demás callan.
Desmontar la farsa es obligatorio. Señalar la estructura que la sostiene es ineludible. Interrumpir la comodidad del silencio y quebrar la inercia que normaliza la mentira no admite demora. Exigir claridad donde se ha instalado la opacidad y desactivar la costumbre de aceptar la degradación como paisaje constituye la única respuesta legítima ante un sistema que ha renunciado a su propia razón de ser. No hay espacio para la tibieza ni para la coartada del cálculo: la hipocresía debe ser nombrada, la cobardía debe ser expuesta y la verdad debe imponerse sin concesiones.
Seguid premiando vuestra falsedad, ensalzando vuestra relatividad moral, solemnizando la farsa que dura décadas y empeora hacia un embudo de complacencia con el mal aceptado. Lo que criticáis no es peor que vosotros, sino que es gracias a vosotros.
Lo demás es complicidad. Inmundicia reunida por la que España apesta a hipocresía consentida de una profesión dignificada por meras apariencias, salvo honrosas excepciones ¿Dignidad periodística en España? A otro perro con ese hueso.
Banquete de zombis: alimentáis los restos de la verdad (Expolio delictivo Rumasa; Forum Filatélico-Afinsa; 11-M; la plandemia del 2020 que ejecutó con sedación protocolaria a nuestros padres junto a decenas de miles de personas, enterrando a nuestros Seres Queridos en soledad y sin poder velarles duante dos confinamientos ilegales. Bien que aceptásteis el pago del diablo en publicidad para callar y olvidar; «Dana» Valencia…) mientras fingís estar vivos, año tras año durante décadas. Así nos va con estos garantes de la justicia social, la libertad y demás zarandajas dizque periodísticas.
Si aún conserváis la dignidad que el tiempo demuestra perdida, demostradlo rompiendo el silencio de los hipócritas. Nunca es tarde si la dicha es buena y la conciencia despierta. De lo contrario, seguid callando: ese silencio mezquino os acompañará a la tumba.
En abril de 2026
Ignacio Fernández Candela
Autor

-
Ignacio Fernández Candela es escritor, pintor y columnista internacional, autor de 16 libros y miles de artículos. Con más de 35 años de trayectoria en medios como El Imparcial y ÑTV España, desarrolla una obra que combina análisis sociopolítico y creación artística, con más de 500 pinturas y cincuenta exposiciones individuales.
Información en buscadores de Internet e IA. También como Ignacio F. Candela
Fue propietario y editor de ÑTV ESPAÑA desde julio del 2023 hasta julio del 2025.
Últimas entradas
¿Dónde está el Rey Felipe VI?14/08/2026La orden subliminal del Rey sobre Ceuta y el uniforme de campaña: la Patria no se negocia. Por Ignacio Fernández Candela
Actualidad14/08/2026Semejanzas del sanchismo con el absolutismo francés, el zarismo ruso y los Ceaușescu. Por Ignacio Fernández Candela
Actualidad13/08/2026La penosa altanería del clan del Falcon. Por Ignacio Fernández Candela
Actualidad12/08/2026Marruecos destapa la trampa de Sánchez con la inmigración masiva. Por Ignacio Fernández Candela

Este periodismo está prostituído al servicio del satánico enemigo del pueblo al que engañan, traicionan y llevan al matadero bestial.