15/08/2026 06:55

A bombo y platillo, como de costumbre, el Gobierno anticatólico y masón (empezando por Bolaños que lo ha reconocido) alardea del acuerdo marco firmado entre el Estado, la CEE y la CONFER, por el que la Iglesia, con el visto bueno del Vaticano, cómo no, reconoce su culpabilidad en tan feo asunto como es el de los abusos sexuales a menores, acuerdo que tiene por objeto compensar a las supuestas víctimas conforme a la siguiente fórmula: «El Estado decide la indemnización y la Iglesia paga» (Bolaños dixit), ahí es nada; y lo peor, que ya es decir, es que la Iglesia se muestra encantada.

Sobre este tan sucio asunto conviene centrarlo en su justa medida, que desde luego no es ni por asomo la que dice el Gobierno, pero tampoco la que admite, pues el que calla, y además firma, otorga, la propia Iglesia.

En 2023, se registraron en España 9.300 casos constatados de abusos sexuales a menores que supusieron el 43% de todos los denunciados, cifra sin duda tremenda si consideramos que los menores de 17 años no llegan al 20% de la población. Pues bien, de ese 43% a la Iglesia, o sea, a curas, corresponde sólo el 0,2 ó 0,6%, según las fuentes. El resto se da en el ámbito familiar mayormente y en otros colectivos profesionales entre los que destaca el de la enseñanza. ¿Por qué entonces focalizar el tema prácticamente en la Iglesia? Pues por lo siguiente:

  1. Nuestra sociedad experimenta desde hace décadas una brutal ola de secularización, laicismo y materialismo, programada, que conste, e impulsada no sólo por la izquierda, sino también por la derecha liberal que lo es toda ella.
  2. Como único dique contra tal peste está la Iglesia, referente moral por depositaria de la única y verdadera Verdad y por ende de la única y verdadera moralidad.

Por lo anterior, desde hace esas mismas décadas, se la intenta destruir, como tantas otras veces antes en la historia, es decir, que de nuevo se la persigue –lo que la propia Iglesia se niega a reconocer por aquello de lo “políticamente correcto”– y qué mejor que ver en ella la paja de los abusos a menores, ocultando la viga en el propio ojo de una sociedad cada día más amoral, pervertida, viciosa y en franca decadencia.

¿Y la Iglesia qué hace? Pues, o nada, o peor aún y lo que hace lo hace tarde, e incluso  mal como ahora la firma de este acuerdo.

Lo que hoy vemos es el resultado, programado, no se olvide, de la revolución cultural y con ella, y como pilar fundamental, la sexual –ya saben: el mundo, el demonio, pero sobre todo la CARNE–, que comenzó en los primeros años 60 del siglo pasado y a la cual la Iglesia no se supo sustraer, como tampoco supo combatirla, de forma que incluso se dejó llevar por ella e infectarse, gracias entre otros, a la Teología de la Liberación y el nefasto Concilio Vaticano II, dos hábiles y eficaces herramientas del enemigo de Dios y de sus servidores. Así, la Iglesia se dejó llenar de curas sodomitas, algunos de los cuales llegaron con el tiempo a obispos y cardenales, de otros masones y de otros muchos curas tontos útiles, buenistas –incluso Papas–, sin verdadera vocación, menos aún de formación, mediocres y paniaguados, cobardes y un largo etcétera de todo menos de verdaderos hombres de fe, que además de no predicar de verdad y hasta la última coma el Evangelio, se mundanizaron y dan a la vida muelle.

Por lo anterior, los enemigos de Dios y de la Iglesia lo han tenido muy fácil para hacer creer a la sociedad que sólo los curas, y además prácticamente todos, son pederastas o pedófilos; sin ni siquiera diferenciar entre tales pervertidos, los que abusan de niños y niñas púberes, y los efebófilos, es decir, los que sólo lo hacen con niños, que son el 99% del total de ese 0,2 ó 0,6 de casos de abusos en la Iglesia, una prueba más de la penetración de sodomitas en ella.

La otra herramienta que la Iglesia ha facilitado a sus perseguidores es que ante las denuncias, sea por caer ellas en manos de clérigos sodomitas, o en las de estúpidos, cobardes o vagos, o no se reaccionó o se hizo rematadamente mal, especialmente cuando se ocultó o se limitaron a cambiar de lugar al denunciado que, claro, en su nuevo sitio siguió haciendo de las suyas, en vez de haberlo investigado incluso inquisitorialmente –y ya me entienden según conforme al concepto peyorativo de tal vocablo— y, en su caso, eliminado de raíz tal grano purulento; o de ser falsa la denuncia haber arremetido contra el calumniador con todas las de la ley para ejemplo de otros posibles; toda institución, por estar formada por seres humanos, tiene sus ovejas negras, nada hay de vergonzoso en ello, es normal, lo anormal es no expulsarla manu militari del rebaño, eso sí que es vergonzoso, indignante e intolerable, eso sí que mancha a la institución.

Ahora, en esta Iglesia que sigue en manos cuando menos timoratas, cuando no de los que mejor que no hubieran nacido, se comete un grave error al haber firmado este engañoso y malintencionado acuerdo-trampa que estigmatiza posiblemente para siempre a la Iglesia al quedar ante la sociedad como la única abusadora de menores y, además, reconocido por ella misma.

Para terminar de la sinrazón que supone la firma de este acuerdo es que en él se contempla específicamente que sean reparados e indemnizados aquellos que ya no tienen derecho a reclamación legal alguna por prescripción del presunto delito del que fueron víctimas y más aún porque en su día renunciaron a la oportuna y obligada denuncia, otra de esas estupideces alegales que hoy se admiten sin rechistar y que estamos hartos de ver, no sólo en el caso de la Iglesia, sino en otros muchos, de denunciantes de presuntos abusos de hace décadas, que la supuesta víctima dejó pasar, y no sólo eso, sino que ahora no aporta más prueba que su palabra. Así pues, esas indemnizaciones, que el propio Bolaños dice que las cuantificará el Estado y las pagará la Iglesia, son una razón más para no poner la “X” en la declaración de IRPF, a ver si así las pagan de sus bolsillos, y no de los nuestros, o sea de las aportaciones de los fieles, los infames clérigos que han accedido, firmando este acuerdo, a tirar piedras sobre nuestro propio tejado y sobre nosotros mismos, pues todos somos Iglesia.

¿Qué tenía que haber hecho la Iglesia en relación con todo este asunto?

Pues muy sencillo: a) desde el primer instante y ante la primera denuncia haber investigado cada caso hasta sus últimas consecuencias y, de ser verdad, haber expulsado del sacerdocio al abusador y entregado a la justicia civil quedando exculpada de toda mancha o duda; en caso de no haber sido cierta, proceder legalmente contra el interfecto por calumnias e injurias; b) dar fe de que los casos en la Iglesia de abusadores de menores son ínfimos y que los encontrados han sido solventados contundentemente conforme a lo dicho en el punto anterior y c) jamás firmar ningún acuerdo y menos como el de ahora –exclusivo, ad hominen, donde sólo figura ella, y no los colectivos autores del 99,4% de los abusos a menores–, y menos aún con sus enemigos seculares, ni con cualquier otro, para qué hablar de reparar a los que no tienen ya legalmente derecho alguno, pues sienta un precedente por el cual la Iglesia va a tener que reparar, indemnizando, claro, hasta a los descendientes de herejes, moriscos, y otras gentes de vivir dudoso desde hace siglos hasta nuestros días, y si no, al menos en España, tiempo al tiempo.

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Francisco Bendala Ayuso
Francisco Bendala Ayuso
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