El libro «La última palabra de Albert Camus», de Miguel Ángel Blázquez, recrea los últimos días de la vida del escritor y filósofo francés nacido en Argelia. En realidad, no se trata de un libro, ni siquiera se podría considerar un opúsculo, es más bien un relato largo sobre como Camus pasó, entre amigos, los últimos días de su vida.
El relato comienza en el restaurante del hotel Chapon Fin, de Thoyssey. A Camus le acompaña su editor junto a la mujer e hija de éste. Ya le han concedido el Premio Nobel de Literatura –en 1956 y a los cuarenta y cuatro años de edad-, por lo tanto, es un personaje muy conocido y sus libros tienen una gran difusión.
En la cena se enfrenta de forma desairada a su editor, quien le echa en cara su carácter mujeriego e inhumano por no mostrar cierta compasión o cariño, en alguna situación concreta, más allá de sus relaciones personales con las mujeres. Pero lo importante de la obra es el mensaje que quiere hacernos llegar, y es que solo el Amor da sentido y felicidad a la vida. Camus tiene fama de ser un tipo extraño, probablemente adicto a la belleza en cualquiera de sus expresiones. Siendo así, ¿cómo se puede comprender a un hombre que de forma sincera y expresiva manifestaba su amor y afecto por su mujer y su hija, mientras expresaba lo mismo por la actriz de cine y teatro española María Casares?
Sin embargo, el relato nos muestra como en los últimos años de su vida, y al conocer al sacerdote metodista Howard Mumma, su mente se abrió a la incertidumbre acerca de la fe.
Albert Camus fue un ensayista ateo y de izquierdas durante toda su vida, pero mostró una humanidad y comprensión que nunca hicieron otros personajes ilustres de su época como Jean Paul Sarte. De hecho, con éste, acabó muy mal porque no entendía cómo podía defender la violencia y las purgas de grupos sociales para defender el ascenso de una revolución.
Se le ha incluido en la corriente de los filósofos existencialistas, aunque a él no le gustaba. En realidad, acabó liderando la corriente de lo absurdo, por creer que pertenecía a un universo lleno de contradicciones y angustias, a un mundo irracional en el que reina el azar y, por lo tanto, no tiene sentido.
Volviendo al relato, destaca un momento en el que la mujer del editor, intenta hacer comprender a su hija la falta de cercanía, o apego, que suele profesar Camus. La madre le dice que debe entenderle porque él “no ha recibido el abrazo de un padre, la relación con su madre no fue muy afectiva y su abuela era muy severa. Se irá con esas heridas a la tumba que le han marcado más de lo que pensamos. Siempre busca en las mujeres el afecto que no ha tenido”. La hija le dice a su madre que lo adora.
La verdad es que pasó la vida atormentado, por no comprender su existencia e intentar basar todo en lo que el hombre es capaz de desarrollar por sí mismo. Seguramente pretendió escapar de la incertidumbre de la fe y le superó la incertidumbre de la falta de fe.
Al final de la obra, en un momento de emotiva sinceridad con su editor, le confiesa que ha estado hablando con Mumma, el sacerdote, y le reconoce lo que ha experimentado al ser amado y perdonado. Le dice que es como un amor infinito que experimenta a través de las personas, aunque él no las sepa querer. Y concluye que para él eso es la forma más cercana que tiene de notar la presencia de Dios. En esos días la tuberculosis ha avanzado de forma inexorable por sus pulmones, no sabemos si esto le llevó a repensar su vida, pero le insiste a su editor en que ha hablado mucho con Mumma, y lo dejo aquí por no revelar detalles del argumento. De repente, el editor rompe a llorar y se abraza a Albert.
La obra acaba con el editor, su mujer e hija y Albert Camus volviendo en coche a París. En un tono poético narra, de forma fugaz, el pensamiento del filósofo, su mirada por el retrovisor, la lectura de una última carta, los árboles de la carretera, la música de Édith Piaf… Lectura sencilla y recomendable para un ratito de quietud.
Albert Camus murió en un accidente de tráfico el 4 de enero de 1960, tenía cuarenta y seis años de edad. No sabemos hasta qué punto sus conversaciones con el sacerdote Mumma, le habrían hecho considerar otras opciones para su vida, pero, desde luego, que le abrió la puerta al beneficio de la duda. Howard Mumma escribió un libro basado en su experiencia con Camus titulado El existencialista extasiado. El sacerdote cuenta como en la despedida que tuvo con Camus, éste le dijo: “Amigo mío, ¡voy a seguir luchando por alcanzar la fe!».
Más allá de lo que narra el relato de Miguel Ángel Blázquez, creo conveniente dar a conocer o, mejor dicho, explicar algunos de los términos e ideas que Camus empleaba, para poder entender mejor su filosofía e intención. En uno de los párrafos anteriores dije que Camus lideró la corriente de lo absurdo. Esto es cierto, pero tenemos que describir con claridad qué es lo que significaba “absurdo” en su pensamiento.
Para Camus, el hombre tiene la necesidad de traspasar la frontera que nos deja estancados como sujetos complacidos. Por este motivo, nos debemos rebelar y luchar por una vida buena, porque el hecho de que esta sea absurda, no quiere decir que nada importe. Llegó a apostar por la idea del suicidio (para huir del sufrimiento de la vida y empezar a vivir), tal y como ya postuló Schopenhauer. Pero, y no como Schopenhauer, Camus encuentra una salida: la rebeldía, para superar la quietud e inacción que introdujo el nihilismo con la muerte de Dios. De esta forma combate el nihilismo de Nietzsche, y frente al libertinaje nihilista propone que la vida ha de ser respetada, hasta llegar a ser feliz y respetuoso con los demás sujetos.
Camus criticó la alienación a la que la sociedad está sometida debido a la opresión de los poderosos. La pérdida de libertad por epidemias -esto lo hemos vivido hace muy pocos años-, por conflictos u otras razones.
El escritor franco-argelino incidió en qué las personas han de rebelarse para conseguir una convivencia justa, tal y como hizo Sócrates. Rebeldía entendida con sentido del honor, no como barbarie (lo clarifica en su obra Los justos, escrita en 1949).
Defendió la voluntad como forma de vida, es decir, una de las cosas que más critica del nihilismo es que arrebata al ser humano la voluntad. La voluntad hace que encontremos un sentido vital para alcanzar la felicidad en sociedad. Y si la voluntad la empleamos para fomentar los valores de solidaridad y altruismo conseguiremos cambiar las cosas a mejor. La conclusión es que, actuando así, conseguiremos nuestra pretensión sin el uso de la violencia.
Al contrario de lo que pensaba Hobbes con su célebre sentencia: “El hombre es un lobo para el hombre”, Camus opina que: “Hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio”. Y para demostrar esto es cierto, propone que el hombre se emplee en conocer su condición en la sociedad para evitar el absurdo en soledad.
Con respecto a la libertad, defendió sin tapujos que el hombre está destinado a ser libre, y para conseguirlo ha de luchar por los preceptos de libertad, justicia y honor, para disfrutar de una vida buena y dar razón al existir.
Autor
-
Fundación Enraizados
La Fundación Enraizados nace como asociación en 2012 con el objetivo de ser una voz católica en la vida pública. Nuestros valores se basan en los principios de la Doctrina Social de la Iglesia: dignidad de la persona, subsidiariedad, bien común, solidaridad y justicia social. Trabajamos en defensa de la Vida, la Familia, la Educación,
la Historia de España (sin leyendas negras) y la Fe Católica.
¡Conócenos!
www.enraizados.org
www.https://martiresenespana.org
www.espanaenlahistoria.org/
Últimas entradas
Actualidad28/07/2026Diana Morant ¿Ministra de qué? Por José Carlos Sacristán
Actualidad13/07/2026¿Qué sentido tiene la vida? Por Juan Andrés Segura
Actualidad03/07/2026Mundial de Fútbol: Honestidad, Respeto y Juego Limpio. Por Julio Íñiguez Estremiana
Actualidad25/06/2026Mundial de fútbol: generosidad, compromiso y disciplina. Por Julio Íñiguez Estremiana

Camus me haya conducido con su busqueda inquieta, e insistente, a Dios, su interlocutor callado pero siempre presente. En su discucion con Sartre sobre si era ateo dijo que no cree ni que Dios existe pero tampoco puede decir que no existe…»El mito de Sisif» es la prueba de su «calvario» en la busqueda de la Fe.