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El académico de Ciencias Morales y Políticas nos cuenta su proceso de conversión tras estar medio siglo buscando a Dios
Juan Arana Cañedo-Argüelles. Docente universitario desde 1975. Doctor en Filosofía desde 1978. Académico de número de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas de Madrid desde 2015. Catedrático de Filosofía en la Universidad de Sevilla desde 1986.
Docencia impartida en: Universidades de Buenos Aires, Bogotá, Ciudad de México, Santiago de Chile, Lima, Montevideo, Río Piedras y Mayagüez (Puerto Rico), Arequipa, Málaga, Granada, Pamplona, Salamanca y Madrid. Becario Humboldt (Münster, Berlín). Profesor invitado en: Münster Universität, Technische Universität Berlin, Mainz Universität, Paris IV-Sorbonne, CSIC, Madrid. Autor de 18 monografías, 6 ediciones, en torno a 230 capítulos de libro y artículos en revistas científicas.
Editor responsable de 12 volúmenes colectivos. Fundador-director de tres revistas científicas y dos colecciones editoriales. 6 sexenios reconocidos de investigación. Miembro del comité editorial, comité de redacción o consejo editorial de 12 revistas científicas. Miembro de las juntas directivas de 4 asociaciones científicas. Miembro del comité de ética del CSIC, así como del subcomité de bioética del mismo organismo. Ha recibido el premio internacional de investigación “Razón abierta” en la convocatoria de 2018. Bibliotecario y miembro de la mesa directiva de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas de Madrid.
¿Qué es lo que le hizo alejarse de la fe en su juventud?
Nací en una familia católica. A los 10 o 11 años estaba tan desquiciado por los escrúpulos, que incluso fui llevado ante un psiquiatra. Mi padre (muy comprometido con el movimiento de Cursillos de Cristiandad) me prestó una ayuda impagable para superar aquella desazón, pero al salir de la adolescencia seguía teniendo una visión atormentada de la religión.
Entonces me afectó de lleno la crisis del postconcilio: vivía en Navarra, una región muy clerical, y veía a diario cómo muchos sacerdotes postergaban su ministerio para liderar el cambio social. Algunos movimientos bastante consolidados (como los cursillos o la adoración nocturna) fueron desautorizados de facto por las autoridades eclesiásticas locales. Fui a estudiar a Madrid, residiendo en un colegio mayor administrado por dominicos, bastantes de los cuales atravesaban crisis de identidad vocacional. El marxismo predominaba en el ambiente intelectual y yo no sabía por dónde tirar. Mis dudas de fe se hicieron tan acuciantes que decidí abandonar los estudios de ingeniería, poner en suspenso mi práctica sacramental y empezar la carrera de filosofía.
¿Cómo se vive alejado de Dios o al menos de la práctica religiosa?
No lo sé. Nunca jamás dudé de la existencia de Dios, pero durante casi medio siglo estuve buscando agónicamente la forma de concretar esa creencia. Estudié en una universidad regida por el Opus Dei. Obstinado individualista, siempre me he mantenido al margen de esa institución y de cualquier otra.
Sin embargo, he sostenido relaciones de entrañable amistad con algunos de sus miembros (Jesús Arellano, Leonardo Polo, Fernando Inciarte, Alejandro Llano, Rafael Alvira, Jacinto Choza y Javier Hernández-Pacheco, entre otros). No puedo decir que resolvieran mis perplejidades: como suele ocurrir entre los que hemos nacido a orillas del Ebro, soy muy testarudo. Sin embargo, me animó mucho comprobar que ellos mantenían incólume su fe mientras afrontaban los mismos interrogantes que a mí me desvelaban.
¿Por qué, a pesar de sus dudas, siguió buscando el sentido de la vida y el misterio de la existencia?
Nunca he sido capaz de imaginar siquiera la posibilidad de dar definitivamente la espalda a la religión. Durante muchos años viví sin fe, o con una fe en estado de latencia, pero nunca me faltó la esperanza de recuperarla. Me aferré a ella como una lapa y nunca desfallecí en el empeño.
¿Cómo fue el proceso de su lucha para volver a la fe y disipar sus dudas?
Seguí una estrategia poco recomendable: examiné los escritos de toda clase de autores (científicos, filósofos, teólogos, filólogos, historiadores, etc.), tanto de los que defendían como de los que atacaban la religión en general y la cristiana en particular. Poco a poco mi búsqueda se fue haciendo menos crispada, más serena.
La disciplina mental que me habían aportado los estudios de matemáticas en la temprana etapa ingenieril me ayudó a encontrar defectos de argumentación en casi todo lo que leía, pero muy particularmente en los ataques a la religión o a las doctrinas de la Iglesia. Leer a La Mettrie, Nietzsche, Renan, el Dr. Schweitzer, Bultmann, Puente Ojea, etc., dio como resultado que dejaran de impresionarme refutaciones cuyo desconocimiento había hecho que se agrandaran en mi imaginación. Anteriormente no me había atrevido a estudiarlas a fondo. En vez de castigado, fui premiado por mi temeridad, descubriendo aquí o allá la forma de responder a las cuestiones más apremiantes.
¿Cuál fue el hecho determinante para volver a creer?
Sin duda alguna, encontrar a la mujer de mi vida (creyente profunda y sincera) y formar con ella una familia. Aunque durante mucho tiempo seguí absteniéndome de los sacramentos, volví a asistir a los cultos, participaba en los rezos del hogar y ayudé a dar a nuestra hija una educación religiosa.
En una época donde era muy frecuente decir que uno era “creyente, pero no practicante”, un amigo al tanto de mi situación me dijo que era el primer “practicante, pero no creyente” que conocía. Eso y el avance en mis indagaciones hicieron que poco a poco me acercara más y más al sentir de la Iglesia. Porque siempre tuve clarísimo que no se trataba de diseñar mi propia religión, sino de ser capaz de reconocer la verdadera.
Muchos intelectuales se quedan en un deísmo abstracto. ¿Cómo fue su paso de aceptar al Dios de los filósofos a abrazar al Dios personal del Evangelio?
Mis investigaciones como filósofo profesional se centraron en los siglos XVII y XVIII, así como en el proceso de la ruptura de la unidad del saber. Esto me ha dado ocasión de profundizar en el conocimiento del deísmo y el panteísmo. No tardé demasiado en descartarlos.
Simplificando mucho, resumiría así el porqué: el deísmo mantiene que Dios está demasiado ocupado manteniendo el orden cósmico para prestar atención a criaturas tan insignificantes como las humanas. Leyendo a Frank Tipler, un científico ateo, encontré una respuesta que me convenció: seguir la pista al último grano de arena de la última playa del último planeta de la última galaxia tan solo ocuparía en la Mente divina unos pocos órdenes de magnitud de datos suplementarios. Es ridículo pretender que una fuente de poder y cálculo capaz de crear tal escenario no lo sea de escrutar el destino de sus más nimios habitantes.
Respecto al panteísmo, puedo dar una respuesta aún más tajante: el universo es algo demasiado vasto, complejo y maravilloso para haber sido obra de Quien no sea omnisciente y todopoderoso. Ahora bien, ese mismo universo es demasiado perecedero, repetitivo e imperfecto para aceptar que sea divino.
¿Qué papel jugaron la oración y la vida sacramental en la consolidación de su fe cotidiana?
Sospecho que el papel de mi mujer y de los que me quieren ha sido decisivo. Escaso mérito personal puedo alegar en este apartado, pero incluso antes de retomar la fe de mis mayores rezaba de un modo u otro, a pesar de que la sequedad espiritual forma parte de mi temperamento. Siempre tuve especial devoción a Dios Padre, lo cual supongo que no deja de ser un rasgo de fatuidad, pero, convertido y todo, la mantengo. En ocasiones de gran agobio personal he recurrido a Él y, la verdad, no me quejo en absoluto de sus respuestas.
En cambio, siempre me costó más la devoción a la Virgen… En esto mi mujer e hija han sabido instruirme. Recuerdo que una vez en Ciudad de México me llevaron a visitar a la Guadalupana: nunca he encontrado un fervor de pareja intensidad. Las indiecitas que avanzaban arrodilladas hacia el templo me contagiaron su devoción e hice a la Virgen la petición más ardiente que haya formulado nunca. Mentiría si no confesara que desde entonces he tenido a menudo la palpable sensación de haber sido escuchado.
¿Cuál fue el principal obstáculo que tuvo que superar en el camino de retorno a la fe? ¿Y la principal ayuda?
Mi mayor problema fue pasar del Dios Uno de la razón al Dios Trino de la fe. Tuve pocas dificultades para encontrar argumentos muy poderosos para convencerme de que el Universo es la Creación de un Dios sabio, poderoso e incluso bueno. Me costó bastante más asumir que los seres humanos hemos sido creados a su imagen y semejanza y que poseemos un punto de genuina libertad. Tras un considerable esfuerzo, me pareció indudable que el Creador ha tenido que visitar su obra para comunicarse directamente con los humanos. Durante décadas estuve atascado hasta que conseguí aceptar que ese “Dios con nosotros” no era otro que Jesús de Nazaret.
Ni uno solo de todos esos pasos fue dado con mis propias fuerzas. Entre las gracias que recibí para no fracasar, la primera es la propia razón: la capacidad de plantear problemas y resolverlos, de asimilar argumentos, criticarlos y plegarme a las evidencias alcanzadas. Pero, claro, a medida que se avanza, la capacidad resolutiva de la razón (la mía y la de cualquiera) es cada vez más precaria e insuficiente. Ahí es donde la asistencia de la mucha gente buena (y lista) que me ha salido al paso en la vida ha conseguido que no acabara de extraviarme.
No en último lugar hay que contabilizar los “empujones directos” de lo Alto. Yo no he tenido ninguna experiencia “decisiva”, a lo Claudel o lo Morente. Más bien he recibido muchos “empujoncitos”: con el paso de los años noté que mi resistencia a dar el último paso era gratuita. Un buen día paseaba por la Gran Vía de Madrid, vi una iglesia y pensé: “¿Por qué diablos no me confieso ya de una vez por todas?” Entré y le dije al primer cura que encontré: “Han pasado 47 años desde mi última confesión y ni siquiera vengo con el examen de conciencia hecho…” “Bueno, no importa. Entre los dos lo haremos…”
¿Salí de allí completamente renovado? ¡Qué va! Tuve un ramalazo de mis infantiles escrúpulos y volví al confesionario cinco minutos después, pensando que me había dejado un pecado en el tintero. Debió ser una última argucia del demonio, porque con un poco de rodaje dejé atrás los escrúpulos y, sin derivar hacia una conciencia laxa, más bien creo que ahora mismo tengo una corriente y moliente, como corresponde a quien es consciente de que no es uno mismo quien se salva, sino que es salvado por Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Decidí que, por lo que a mí se refería, no iba a haber ningún repique de campanas. Ni siquiera se lo conté a mi mujer: como a diario la acompañaba a misa, me limité a ponerme en pie e ir tras ella a comulgar. Pero —como diría el capitán Haddock— ¡rayos y truenos!, ¡no se dio cuenta! Solo al segundo día lo hizo: “Oye, ¿tú también has comulgado?” “Pues sí. ¿No es acaso lo normal? No esperes que te invite a comer para celebrarlo: esta vez la celebración va a durar el resto de nuestras vidas…”
¿Fue la mía una conversión definitiva? Como todavía no me he muerto, no puedo garantizarlo. Cuando me tienta de nuevo alguna de las dudas de fe que antaño fueron el pan de cada día, no me da por repasar pros y contras, sino que me digo: “Yo ya he hecho mi elección: he apostado por la fe católica lo poco o mucho que me quede de vida (más bien poco, teniendo en cuenta la edad que tengo). Espero que no se lleve la cuenta de los despropósitos cometidos y se me otorgue la gracia de perseverar”. Y a otra cosa, mariposa.
¿Qué pensadores se convirtieron en sus principales referentes espirituales en este camino?
Me parece que he sido un descreído de lo más mediocre: nunca acabé de irme de la Iglesia; siempre estuve racaneando en el atrio. Supongo que eso quita mérito y credibilidad a mi ejecutoria, que mal servirá para convertir a otros. Hasta en eso fui y sigo siendo un egoísta, porque la verdad es que me importa bien poco. Nunca pretendí batir el récord de distancia recorrida: me lo puse fácil, encomendándome a quien me pareció que podría ablandar al incipiente cientificista que era.
Mi primera elección recayó en Teilhard de Chardin, pero la estrategia sólo triunfó a medias: el entusiasmo inicial que me inspiró El fenómeno humano pronto empezó a apagarse y, al día de la fecha, sus propuestas filosóficas apenas me seducen. Sin embargo, la espiritualidad de su otro gran libro, El medio divino, me ha ayudado y me sigue ayudando muchísimo, ahora que estoy pasando de intentar divinizar las actividades a procurar divinizar las pasividades.
Respecto a los teólogos, nula originalidad: tras muchos años de búsqueda encontré en Joseph Ratzinger las respuestas oportunas. Y entre los filósofos-filósofos, ¿por cuáles me decanto? No por demasiados. Admiro un montón la sinceridad de Agustín, la decisión de Descartes, la genialidad de Leibniz, la honestidad de Wittgenstein, el sentido común de Popper…
Pocos más. Siempre he sido bastante autodidacta; para quienes dedican lo más granado de la existencia a filosofar, creo que es una opción aconsejable: aquí no valen las verdades que se aprenden, ni las que a uno mismo se le ocurren; tan sólo las que con harto sudor y agotamiento redescubre.
¡Ah! Un personaje que ha ido como anillo al dedo para consolidar mis conclusiones es Nicolás Gómez Dávila. Y, a pesar de su pregonado agnosticismo, considero que Jorge Luis Borges y Octavio Paz han sido aliados míos en la recuperación de la fe.
¿Por qué nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en Dios?
Eso sí que me parece fácil de contestar: porque estamos hechos a su imagen y semejanza. La distancia que nos separa de Él, más que asustar, anonada. Sin embargo, no podemos ni debemos conformarnos con menos.
Autor
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Subdirector de Ñ TV España. Presentador de radio y TV, speaker y guionista.
Ha sido redactor deportivo de El Periódico de Aragón y Canal 44. Ha colaborado en medios como EWTN, Radio María, NSE, y Canal Sant Josep y Agnus Dei Prod. Actor en el documental del Cura de Ars y en otro trabajo contra el marxismo cultural, John Navasco. Tiene vídeos virales como El Master Plan o El Valle no se toca.
Tiene un blog en InfoCatólica y participa en medios como Somatemps, Tradición Viva, Ahora Información, Gloria TV, Español Digital y Radio Reconquista en Dallas, Texas. Colaboró con Javier Cárdenas en su podcast de OKDIARIO.
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