14/04/2026 21:11
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Hay una soledad que no se elige, una que te viene impuesta por la biología y el destino: la de nacer con una ventana abierta donde los demás solo ven un muro. Se habla con ligereza del «niño prodigio» como si fuera una bendición, una suerte de medalla temprana. Pero nadie habla del precio, del absoluto desprecio que nace de la incomprensión y de la crueldad infinita de quienes, al no poder alcanzarte, deciden anularte.

Teoría de los no conceptos o la nada más allá del existencialismo. Por Ignacio Fernández Candela

Mi infancia no fue el jardín de juegos que dictan los manuales. Fue un campo de batalla silencioso. Ser ese niño que dejaba desconcertados a los adultos —seres que a menudo confunden la inteligencia con la anomalía— significaba, automáticamente, ser el blanco de una hostilidad infantil que no conoce filtros. Los niños, en su pureza cruel, huelen la diferencia y la castigan. Fui el infante que veía el mundo en colores que los demás ni siquiera sabían nombrar, y por ese pecado de clarividencia, fui condenado al silencio y a una vida imposible entre iguales que nunca lo fueron. Y claro, por ese pecado de clarividencia, me condenaron al rincón de pensar… mientras los demás, sospecho, aún siguen allí intentando atarse los cordones.

Lo lógico, dicen los expertos de hoy, hubiera sido un trato especial, un cuidado protector. Pero en mi tiempo, la excepcionalidad se pagaba con el aislamiento. Y lo más amargo es descubrir que esa persecución no termina con la mayoría de edad. Al contrario, madura. Se profesionaliza.

 

Cuando ese niño prodigio se convierte en adulto, la crueldad física de los compañeros de patio se transforma en la patología del mediocre: el recelo, la envidia de despacho, los silencios calculados y esa indiferencia que intenta borrar lo que no puede igualar. He vivido rodeado de una mediocridad que no perdona la excelencia, que se organiza para ignorar la obra de quien tiene 500 cuadros,  16 libros y miles de singulares columnas, como si el silencio pudiera enterrar el talento.

La envidia del mediocre es el tributo que el talento paga a la sociedad. Es un desprecio que nace del miedo; del miedo que siente el que sabe que, por mucho que se esfuerce, nunca podrá habitar la luz que tú emites de forma natural. Y hay muchos grados de mediocridad entre los holgazanes que se reparten el pastel de la sucia competencia. Ser un niño prodigio no es llegar antes a la meta, es correr una carrera distinta, en un circuito donde los demás solo buscan ponerte la zancadilla.

Escribo un libro en una semana, un artículo de 700 palabras en 5 minutos… Pinto cuadros cuyo estilo jamás se había visto en 1999 y que me abrieron las puertas de Centros Culturales y Galerías de Arte hasta sumar en pocos años 50 exposiciones. Una galerista abortó la oportunidad de que una mecenas del arte, a nivel mundial, comprara mi obra para ponerla en circulación al máximo nivel.  Fui reconocido por los mismos genios que sufren la zancadilla y quienes saquean un patrimonio de 18.000 millones de euros con el conchabamiento criminal de todo un Estado corrompido.

Sí, hubo una soledad que no se elige, una que te viene impuesta por la biología y el destino: la de nacer con una ventana abierta donde los demás solo ven un muro de hormigón. Y claro, por ese pecado de clarividencia, me condenaron al rincón de pensar… mientras los demás, sospecho, aún siguen allí intentando atarse los cordones. Es tierno, de verdad, ver cómo piensan que el silencio puede enterrar el talento, como si se pudiera ocultar el sol tapándose los ojos con una mano… y encima una mano bastante sucia.

Pero aquí sigo, con el pincel y la pluma, demostrando que aunque intentaron hacerme la vida imposible, el talento, si es verdadero, es una fortaleza inexpugnable. El niño que dejó desconcertados a los adultos es hoy el hombre que, con su sola existencia, pone frente al espejo la pequeñez de los envidiosos. A fin de cuentas, mientras ellos siguen intentando descifrar el manual de instrucciones de su propia mediocridad, yo sigo pintando el mundo que ellos ni siquiera alcanzan a soñar. Pobres… al menos tienen el consuelo de que sus zancadillas solo sirven para que yo salte más alto.

Supongo que debería darles las gracias. Al fin y al cabo, si aquellos adultos desconcertados y aquellos niños de colmillo afilado me hubieran dado palmaditas en la espalda, hoy sería otro gris burócrata rumiando su frustración en una oficina con olor a café recalentado.

Me querían anular y lo único que consiguieron fue ahorrarme el esfuerzo de intentar encajar en sus moldes de plastilina. Hay que reconocerles el mérito: se organizaron con una disciplina militar para ignorarme, sin darse cuenta de que mientras ellos perfeccionaban el arte del vacío, yo llenaba quinientos lienzos y dieciséis libros.

Pobres diablos. Debe de ser agotador levantarse cada mañana con la misión de ignorar a un hombre que no deja de existir por mucho que ellos cierren los ojos. Es como intentar apagar un incendio forestal soplándole con una pajita. A estas alturas, su desprecio ya no es una herida; es mi condecoración favorita. Al final, el niño prodigio resultó ser un adulto con una mala salud de hierro y un insecticida ideológico tan potente que, cada vez que paso, a los envidiosos les entra una alergia intelectual que no se cura ni con todo el presupuesto del Ministerio.

Sigan soplando, señores. Yo seguiré pintando soles.

Autor

Ignacio Fernández Candela
Ignacio Fernández Candela
Ignacio Fernández Candela es un escritor, ensayista y pintor español, con una trayectoria iniciada en 1988, autor de más de una decena de libros y miles de artículos publicados en medios de comunicación como ÑTV y El Imparcial, además de una producción pictórica de cientos de cuadros y decenas de exposiciones, documentada en repositorios como Wikimedia Commons.

Editor de ÑTV ESPAÑA desde agosto del 2023-en que adquiere el Digital al entonces editor y propietario durante diez años, don Álvaro Romero Ferreiro-hasta agosto de 2025, tomando el relevo don Santiago García Lucio. .
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