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En esta ocasión rescato una pieza escrita cuando tenía 12 años y una vida de batallas por delante. Acaso vaticiné la dureza del corazón de los hombres sin saber de sus profundas crueldades. Yo no parecía ser de este mundo.
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TEORÍA DE LOS NO CONCEPTOS
O LA NADA MÁS ALLÁ DEL EXISTENCIALISMO
Ignacio Fernández Candela
Surgió del averno y conversó con las leyes más sagradas. Escuchaba dos voces afinadas que crearon fruto de adicción. Acarició con plumas de fuego un firmamento líquido y ahogó la fogosa excitación de su alma muerta. Tomóse el paso del tiempo como singladura de nave frágil en el océano de las pasiones. Las extremidades lucían el silencio del caminar; aterrizó de su vuelo al encuentro del advenimiento. Mas procedía del infierno. Siquiera buscaba el plectro de una oda humana, aunque sentía rimar la respiración de sus entrañas. Discernía aquellos sonidos de sirenas imaginadas; dos llantos, dos risas que le invitaban a reposar.
El tierno hechizo del oxígeno convertido en movimiento deseaba consumir los más remotos espacios y aspirar en la nada el jadeo del intrusismo. ¿Dónde surge el sonido del silencio?, preguntábase el engendro. Solo el sordo piar de mil pájaros rozaba el murmullo de su sordidez. La forma de la mirada irradiaba cegadoras llamas de ilusión; sin embargo, la invisibilidad adueñaba su cuerpo derretido de ignorancia. Era nada en la nada.
¿Por qué la imaginación sostiene la base de los espacios intemporales? ¿Cuándo canta la realidad si su aparición está condenada a no existir? Nadie le relató el encanto de la unión; quedó su saber como suave caricia de vida, sin acoger el estilo dulce de la invitación. Él sabía que los signos visibles concentraban su atención en los cerrojos ignotos de las puertas a violentar. No hallábase en ese cristal compuesto de lágrimas felices, durmiendo en la caricia del trono revelador. No era rey y se sentía dueño del reino de un candor.
Cuando sabía escribir con pluma etérea el entorno de su pedazo de tierra, concebía pasión de prisionero mimado. Y ahora volaba cautivo de dos labios escondidos, consciente de unos versos que escupían con estela de misterio. Pronto sintióse mojado. Un frescor que desde el infinito de su pretérito jamás saboreó su reseca víscera de inquietud. Ya no grababa en la piel de la sabiduría las letras escritas con sangre, con el furor de un corazón atormentado. Si flotaba en el mundo, nadie podría hablarle de la inmovilidad segura, ni despertarle de la pesadilla. Los pasos vibraban como eco de corazón torturado. La aceleración de los ritmos formaba una miscelánea de muerte y nada.
Aventuraba a pasar el frío invierno en aquel desolado paraje. La alta maleza allí reinante comenzaba a fustigar con violencia los frágiles muros de la cobacha; este verde crecía incesante a sus pies y sus suaves ramas, ahora despiertas, formaban un cuerpo sólido como refuerzo de la pared. No solo crecía en aquella desvencijada vivienda, sino que levantaban sus brazos temblorosos en toda la esmeralda pradera, aún luminosa y radiante de agua de rocío. Sí, en verdad, daba paradójica alegría a la inconmensurable tragedia que allí se producía.
La ventolera poco a poco desguazaba las tejas del techo y la cabaña lentamente iba siendo desnudada. Y era tal la fuerza cuando era arrancado un tejadillo, que a través de los cristales rotos, lágrimas dolorosas de agua se dispersaban conjuntándose en el alféizar de la ventana. Llovía; la calma guardaba cierta melancolía, sucediéndose gota tras gota, incesante, por los marcos de las puertas y ventanas, descoloridas por el duro pasar de los tiempos.
Sí, era cierto: el día estaba triste, tradicionalmente triste. Así aquella costumbre no era rota. Soñaba un día donde el cielo adquiría una tonalidad más clara y el bosque colindante saludaba con un vaivén de las copas de los pinos a las grandes migraciones de avecillas; de lindas aves que posaban sus gárrulas en las ramas y troncos, dando una apariencia majestuosa. Era cuando, después de aterrizar suavemente, deslizaban en el aire una magnífica melodía que transformaba el piar en una coral de voces humanas, cantando a la magnificencia de un Dios llamado «Eterno».
Por arte de magia, ese único día era una gran sala de audición, tan natural, que ninguna belleza arquitectónica ni ninguna bóveda adornada de diamantes hubieran podido reemplazar la gran cúpula azul celestial que dominaba dulcemente la tierra. La magia era dosificada por cada segundo que pasaba y los pájaros gozaban una transformación milagrosa: sus picos iban ablandándose hasta tomar formas de pequeñas naricillas, naricillas de encantadores niños de no más de seis años de edad. Todos ellos dotados de extraordinaria belleza.
Ver que de toda rama, por un animalillo con alas, iba apareciendo un fulgor infantil nunca soñado… Una vista que contemplara «la gran verdad» podía saberse proveedora de lo más bonito y fulgurante que ojos jamás hubieran visto. Esta era «la gran verdad»: una inocencia infantil de cálido aliento y afectuoso abrazo. Los pequeños jugueteaban recorriendo el bosque con una algarabía tal, que el ambiente no era lo que rodeaba la casita del bosque, sino aquel sonido de risas esperanzado.
Iban alrededor de cada árbol y en sus manitas parecían llevar un trozo de papel recortado que representaba una A mayúscula. Sin embargo, no era papel corriente, sino piel; una piel que al tacto se sentía como terciopelo. No era recortada esa A de ningún otro sitio que de sus cuerpecillos. Pasaban sobre sus pechos los dedos, estos hacían el dibujo imaginario de una A y se desprendía, tomándola en sus manos. Más de aquel trozo desprendido surgía otra piel, igual de aterciopelada que la otra.
La A mayúscula era la A del Amor que querían compartir. Cada querubín infantil elegía un árbol y en la base de este escarbaban con sus frágiles manitas un hoyo no muy profundo donde depositaban su tira de piel, su piel de amor. Así era que daban una parte de su ser, compartiendo con cada árbol su existencia. Se sentían satisfechos de que los árboles pudieran alimentarse de ellos y, de esa manera, saberse útiles.
En aquellas pieles estaban encerradas la Sabiduría y el buen hacer; las ramas, agradecidas, bajaban y acariciaban con extraordinario candor los cabellos de niñez que abajo sonreían. El calor espiritual se concentraba y los troncos comenzaban a sentir la sangre en sus venas de madera. Circulaba el gran paso de luz y corazón en una madera que hasta entonces no había revelado un carácter sentimental.
El amor había sido sembrado en la tierra del hombre. Entre las arenas de los desiertos surgieron pequeños matojos de verde intenso, fruto de la nueva vida de sentir aparecida. Cada grano de los arenales sabía querer y propagaba ese amor a través de todos los territorios, desparramándose infinitamente hasta el último lugar recóndito. De cada cueva diseminada en los valles, aquellos cantos de alabanzas se multiplicaban, ofreciendo sus oquedades sin fin, semejante a un megáfono universal del cariño. Toda la gran canción lanzada por las gargantas de los niños se dejaba oír traspasando las fronteras, en todos los oídos que con prestación escuchaban complacidos.
Sin embargo, los ángeles rapaces no estaban satisfechos. Era verdad que cuantos oídos escucharan sus melodías vivirían felices y regalarían felicidad; aunque alguien faltaba. Los árboles, el clima, las piedras, los valles, todos compartían un maravilloso mensaje; no obstante, el hombre, el gran ser, no aparecía. Se había escondido del amor, ya que sus intereses negaban cualquier alternativa de amistad.
Por ello, las lágrimas brotaron de cientos de miles de ojillos y el clima fue contagiado de esa tristeza. Repentinamente comenzó a lloviznar y los rayos fulgurantes del Sol apagaron su energía. Al mediodía todo quedó en absoluta oscuridad. Las tinieblas surgieron del seno de la tierra y, a medida que ascendían, todo se marchitaba de un modo seco, cruel. Lo que antes había sido verde se transformó en un gris desolador.
Los gritos de los niños se desvanecieron de todos los espacios en que residían y los árboles, clima, valles, piedras, se sintieron desamparados lanzando un gran grito desgarrador. La llovizna de agua fue desapareciendo y en su lugar arrasó un diluvio de sangre. Todo fue cubierto y todo sufrió. Las piedras cerraron sus párpados y, en lugar de una sonrisa, el rostro formó una horrible mueca de dolor. Los niños hacían físico su dolor espiritual y aquello era muy, muy terrible.
El suelo se agrietó y los árboles quedaron despedazados. Aquella cabaña olvidada era bañada por un torrente sangriento, y la tristeza fluía por cada ladrillo medio deshecho o cada agujero del techo; se sentía horriblemente destrozada. Fue cuando la puerta se abrió lenta y parsimoniosa, asomando unos ojillos asustados; aquella mirada era la misma faz de terror que afuera dominaba. Un chirrido de las desgastadas bisagras indicaba que algo empujaba al vano. Al fin se abría y en su fondo se difuminaba una silueta jadeante que se tambaleaba. El aliento fétido de aquel invadió el aire y la tormenta se recrudeció.
Sus movimientos pausados, perezosos, denotaban que había estado aletargado, ajeno a la fiesta anterior. Sin embargo, era consciente de la gran tempestad sobrenatural. La temía y los truenos lo sabían. Acogotada de miedo, la silueta tropezó y fue a hundir su rostro en el fangoso barro carmesí. Volvió a levantarse y continuó el vaivén de su cuerpo moviéndose pesado y patoso. Hacía tiempo que no había vivido sin soñar y la conciencia no se habituaba a la nueva situación. Por ello, parecía una bestia salvaje acorralada. Levantó sus brazos y hostigando la sangre que caía con magnos zarpazos, perdió el equilibrio y su faz volvió a ser untada de aquel barrizal sanguíneo.
Las ideas no fluían, asemejándose a un zombie, a un cuerpo con movimiento sin ninguna clase de causa que lo moviera. Sus oídos escucharon ese tenue «Tú tienes la culpa de esto». Pareció oír una voz ronca, pero muy baja de intensidad: «Tú tienes la culpa». Esta vez sus oídos estallaron en grandes silbidos extraños, puesto que ahora se lo habían gritado. Aquel grito unísono no pudo romper sus tímpanos completamente, aunque le produjo un sufrimiento físico indescriptible.
¿Quién le había dejado sordo? ¿Qué alarido fue ese que le hizo perder por un momento la noción del sonido tormentoso? Y siguió caminando hablándose mentalmente. Las ideas desordenadamente surgieron y en su fluir le revolvieron más y más su mente. La naturaleza entera le había chillado su dolor. Cada pedazo de tierra, las astillas compungidas de lo que fueron ramas y troncos, las piedras… todos protestaron en una sola voz. Pero el hombre no sabía, no entendía; nunca entendió, cegado por su ambición. Él no sabía ni sabrá. Siguió sumido en su ignorancia, sin coordinar ni conducir su persona. Allí quedó…
No conociendo que se acercaba su fin, que tanto había temido. Pero él no sabía ni sabrá, ya que nunca controlará sus sentimientos. Además, es demasiado tarde. Aún la naturaleza ya casi muerta le fustigó con grandes alaridos de oposición, de venganza; pero no escuchó, pues ya estaba muerto, ahogado por su propia ignorancia y el fango que ahora inundaba a horcajadas cada centímetro de su ser. Muerte, muerte. Todo daba ya igual. Sin embargo, nadie le perdonó su incredulidad, su obstinada incredulidad. Nunca pensó en lo que le rodeaba; así mismo se destruyó. Así se hizo la nada y sobre ella se sepultó.
La cabaña momentos antes fue desintegrada por miles de rayos, rompiéndose en mil pedazos el alma humana donde se escondía aquel ser. Fue una ruina y el hombre mismo se escondía en ella cuando no existía moralmente. El alma que respiró como una gran fortaleza fue poco a poco derruida por la demagogia de los intereses, y el hombre no comprendió su mensaje, y esta murió, creándose otra ley de poderes y egoísmos que minó las fuerzas del bien. Cayó en el mal y fue traspasado por las dagas de Satán, revelando en la mente su malignidad. De todos los modos, volvieron a los principios: la nada, la nada de la nada.
Ignacio Fernández Candela
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Autor

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Ignacio Fernández Candela es escritor, pintor y columnista internacional, autor de 16 libros y miles de artículos. Con más de 35 años de trayectoria en medios como El Imparcial y ÑTV España, desarrolla una obra que combina análisis sociopolítico y creación artística, con más de 500 pinturas y cincuenta exposiciones individuales.
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Fue propietario y editor de ÑTV ESPAÑA desde julio del 2023 hasta julio del 2025.
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