15/08/2026 06:07

Los socialistas se dieron a conocer en la Transición, después de haber disfrutado de una siesta prolongada durante 40 años, de aquellas, que se describían como de pijama, padre nuestro y orinal.

Venían descansados y con ganas de revancha, sus maletas reventadas por un sinfín de consignas, eslóganes y trapacerías de toda índole; entre el batiburrillo de su impedimenta se entreveía una gran cantidad de informes y documentación relativa a las normas y cánones de la «agitprop», agitación y propaganda para influir de manera eficaz en la cándida opinión pública de la época.

La misión a cumplir, era conseguir que llegara el día en que la búsqueda de la verdad habría de convertirse en un acto delictivo.

En 1979, el PSOE celebró su centenario con el lema «100 años de honradez y firmeza»; el diputado del PCE, Ramón Tamames, al ver con qué descaro y desvergüenza tremolaban su consigna, tuvo a bien intervenir, añadiendo la coletilla mordaz «……y 40 de vacaciones», dando a entender la inactividad del PSOE durante los años del régimen de Franco.

Llegaron y sentaron sus reales, siendo conscientes de los caminos que tendrían que hollar, caminos torcidos, conscientes de que la sinuosidad y angostura de esas sendas no iban a conducir al pueblo español a la estabilidad, al progreso, o a la pacífica convivencia social, sino a trastornar la vida ciudadana y la división entre españoles; para ello se valieron de su arma más poderosa, la mentira y el engaño.

De este modo, a veces de forma más sutil que afrentada, iban fundamentando el poder socialista.

A lo que jamás renunciaron, fue a la corrupción, al enriquecimiento personal con la excusa del servicio público y la bula, que así mismos se concedían, por ser los elegidos del pueblo en las urnas.

Así, poco a poco, sin pausas, sin altos en el camino, y reconociéndoles su perseverancia, marchaban inmunes e inalterables hacia su norte, guiados por una brújula especial, cuyo norte indicaba regularmente el mal.

El huevo que iniciaba el proceso de metamorfosis, ya se depositó hace más de una centuria. Felipe González, gozó en su primera época de los colores vivos y refulgentes de la mariposa socialista; los despropósitos y bribonadas del gobierno pasaban inadvertidas, y tomaban carta de naturaleza como verdades incuestionables para el común de los españoles, por otra parte, faltos de juicio e instrucción política.

Al fin, ese dilatado gobierno presentó su verdadera cara, la corrupción endémica del socialismo, ya no se pudo ocultar.

El relevo del socialismo lo cogió el «execrable» Zapatero, dando paso a una fase terminal para España; comenzó a difuminarse la realidad de las humillaciones perpetradas, se promulgaron leyes disgregadoras y rupturistas, que ofendían el espíritu nacional, atentaban contra la integridad territorial, fracturando la columna vertebral de la Nación, que no es otra, que la dignidad personal y colectiva de los españoles. Zapatero nos robó la dignidad Nacional.

Y todo esto, se produjo, si no con el beneplácito del partido de la oposición, sí, con una actitud pasiva y condescendiente; el grado de  beligerancia del PP no se correspondió al daño infligido contra España por el funesto Zapatero.

El Partido Popular, carece de las virtudes que requiere un cirujano de hierro que piense y actúe de este modo: «si pierdo el reino, lo perderé en la calle».

La oposición como el socialismo, tienen varios muertos en la mochila, la diferencia con el PSOE, es que este no es cautivo del complejo que invade a los populares.

Para hacer frente a los enemigos de España, se precisa coraje, valor y determinación. Tomad nota. Las batallas que no se dan, se pierden.

Aquí, hay que detenerse, estamos en la fase de la mutación socialista, que corresponde a las risotadas pútridas de regüeldo carroñero del enfermo de la Moncloa, del gran traidor; el huevo se transforma en oruga, en gusano venenoso. Momento preciso, en que se detiene la metamorfosis, la oruga permanece inalterable, o se la destruye, o acaba con España.

Si por un medio u otro, logramos defenestrar a los sanchistas, y a los diablos que tienen la perversión de actuar como lacayos sumisos, veremos al nº 1 abandonar el poder autócrata lleno de pústulas de traición, de bubas provocadas por su falta de moral, de chancros derivados de su afán incontenible de poder, y de diviesos generados en el largo ejercicio de su cargo, que no ha tenido otro objeto que la descomposición del régimen constitucional, parlamentario y el arrumbamiento del Estado de Derecho actual.

La Historia lo describirá con todos sus atributos, rasgos y singularidades, poniendo especial énfasis en su proterva condición; de esta manera, quedará su recuerdo escrito en letras de plomo como «el gran traidor a la Constitución del 78 y al pueblo español», otorgándole un lugar de preferencia en la Historia negra de España, y situándolo en el lugar que merece, el vertedero de los políticos que sufrieron los españoles.

Autor

Antonio Cebollero del Mazo
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