Quiénes de nuestros gobernantes, y más concretamente, los que militan en los partidos de la izquierda, —que supuestamente nos representan en el templo de la soberanía nacional (convertido en cátedra de charlatanes), aquellos que agitan y enardecen con sus mentiras, viles soflamas y discursos tramposos y viciados a hombres que previamente han sojuzgado, serían capaces de emular— o al menos, intentar de algún modo, llevar a cabo un acto de gallardía, de nobleza de espíritu que fuera en beneficio de una causa general, que redundara en beneficio de la sociedad o apuntalara el sentido de protección de los ciudadanos, que al fin y a la postre, es obligación ineludible de todo gobierno que no se parezca al del «extraído» venezolano— a Alonso Pérez de Guzmán, Guzmán el Bueno, hombre que sacrificó a su propio hijo para no rendir Tarifa.
Acto que ha pasado a los anales de la historia como episodio heroico de la Reconquista.
En 1294, siendo alcalde de Tarifa, la ciudad sufrió un asedio de las tropas moras (benimerinas y nazaríes), al no poder quebrantar las defensas, recurrieron al chantaje emocional (algo similar al que ha sufrido la inspectora de policía por parte del DAO), amenazando al castellano con degollar al hijo si no rendía la plaza.
La respuesta fue: «Matádle, si lo habéis determinado, que más quiero honra sin hijo, que hijo con mi honor manchado».
Alguien con un elemental sentido de la justicia, del ordenamiento constitucional (al que se refiere el artículo 8º de la Carta Magna), imbuido de amor a España, celoso de su progreso y exigente de una convivencia en paz, podría negar que gobernantes —salidos del sótano de la abyección, líderes que dejan negligentemente o incluso con satisfacción que crezca la cizaña, que se alborozan cuando observan que el odio se ha instalado en la sociedad, pobres diablos, salidos de los círculos más lúgubres de la divina comedia de Dante, o sus lacayos, sumisos y transigentes con la traición, la corrupción y el caos institucional—, con estos perfiles, puedan en ningún caso, estar en condiciones morales, e intelectuales que refloten la nave carcomida e infestada de ratas de una Nación a la deriva.
A la «olla podrida» cocinada por este gobierno, con ingredientes diversos, de sabores a ceniza, a sangre derramada, a totalitarismos casposos y trasnochados, a desvergüenza, fornicación, corrupción y revolución, aderezada con seculares separatismos xenófobos, no hay Dios que le meta el diente; así presentado el guiso, su destino más favorable es el cubo de la basura.
El marqués de Santillana, escribía: «la vida es un acto militar o de guerra, y es menester cultivar hombres de corazón y no afeminados muñecos».
A esta frase de D. Iñigo, cabría darle un sentido actualizado, incorporando a la negación, otros elementos como los talibanes emasculados o las chocholabas recalcitrantes, tan patéticas como tóxicas.
El lector ya habrá tomado conciencia de quienes son los héroes de hojalata o de cartón piedra, los héroes de la revolución, de la desestabilización social, en definitiva, de la liquidación de España.
Otro ejemplo más cercano de episodio heroico, se produjo en Toledo entre el 21 de Julio y el 27 de Septiembre de 1936, cuando el coronel Moscardó se negó a rendir el Alcázar al Frente Popular, ente político y trágico, que vio la luz con el fórceps del fraude y la violencia en las elecciones de febrero del 36.
El 23 de Julio, el mando de los sitiadores del Frente Popular, formado por los milicianos de la «CNT-FAI» y la «UGT» y guardias de asalto, contactó con el coronel diciéndole, que si no rendía el Alcázar, su hijo de 17 años, que estaba en su poder, sería fusilado.
La respuesta fue: «Puede ahorrarse el plazo que me ha dado y fusilar a mi hijo, el Alcázar no se rendirá jamás».
Un mes después, su hijo fue fusilado junto con unas decenas de prisioneros.
Podemos, ni tan siquiera imaginar, que esta grey de burgueses endiosados, embrutecidos por el oro y la rijosidad soez e insultante, en absoluta y total sinergia con sus más estrechos colaboradores, los lamebotas de los medios afines, siempre interesados por las paguitas y subvenciones, tan diestros en enmierdar las honras del prójimo como en pasar la boina una vez obedecidas las órdenes y concluidos sus desmanes; sinceramente, es inconcebible dar crédito de verosimilitud a la posibilidad de que esta tropa de héroes de hojalata, pudiera en ningún caso, rivalizar con los dos ejemplos de heroísmo, ya que carecen de gallardía, espíritu elevado y sentimientos nobles. Los actos que no procuran el interés particular o no tienden al perverso uso del poder, no figuran en sus postulados ideológicos.
La política que hay que implementar es la de combate, pues, el gobierno ha declarado la guerra al régimen constitucional, y solapadamente, con sigilo a la monarquía parlamentaria.
Es necesario prestar suma atención al irenismo chocho y complaciente, que empieza a causar estragos en nuestro sucedáneo de democracia, en esta ignominiosa pantomima democrática. El ternurismo de celofán, el de los indolentes o los cobardes, incluso, el de los canallas o los reblandecidos por la democracia; en la situación en que nos encontramos, estos sentimentalismos ñoños y timoratos no conducen a nada, no resuelven nada, son la bota que contribuye a hacer añicos lo poco que nos resta de voluntad de vencer.
El cirujano de hierro que propugnaba el regeneracionista Joaquín Costa, sería el esperado doctor que abriera en canal el vientre podrido de la democracia española, que limpiara las excrecencias, tumores malignos o quistes perniciosos producidos por patógenos de índole totalitario y disgregador.
Los héroes de cartón piedra, los héroes de hojalata han de correr la misma suerte que las fallas valencianas, han de ser pasto del fuego purificador.
Esta es la respuesta correcta, la contrarrevolucionaria.
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