15/08/2026 06:25

«La insurrección es la garantía de los pueblos» (San Just). La nuestra, sencillamente, son ustedes. Preparense…porque… ¡Empezamos!

«Tiempos Convulsos. Cuando se decidió el futuro del mundo. Historia de la revolución francesa por Santiago García Lucio»

Vamos a dedicar este tercer capítulo de «Tiempos Convulsos» a poner sobre la mesa toda una serie de temas, de los cuales damos a continuación justo acuse de recibo, a saber:

Índice de contenidos

  • Reyes (Luis XVI)
  • Teoría de elaboración propia sobre el Rey

Antes de comenzar, lo dejamos dicho —Vamos a ser tremendamente insistentes con esto aquí, en «Tiempos Convulsos»—, por favor: Miremos la Historia con los ojos de cada época. Hagamos comparaciones sincrónicas, no anacrónicas, porque entonces no entendemos nada, nos perdemos en buscar buenos, malos y demás trivialidades (Contrahistoria, 2016).

Empecemos, así pues, con algo de marco contextual acerca de los monarcas franceses para así ubicarlos en su contexto —Solo el necio juzga sin conocer la verdad de las cosas—. ¿Nosotros, por nuestra parte, no somos ningunos necios, verdad?

  • Reyes (Luis XVI y Maria Antonieta)

Damos comienzo, pues, con unos sucintos datos de índole biográfica para, como hemos dicho, conocer a quien juzgamos en lugar de, cual oveja al matadero, dejarnos llevar por estéril tópico.

  «Luis XVI, quinceañero incompetente» 

(1754-1793). Su reinado va a extenderse de 1774 a 1792 haciendo historia como último Rey de Francia.

La monarquía vería el final de sus días durante la Revolución Francesa.

Indeciso e ineficaz, sus intentos de conducir a Francia a través de las diversas crisis de la década serán siempre infructuosos, conduciendo así a la Revolución Francesa y posterior destrucción de la monarquía.

Marcará su destino la llamada «Fuga de Varennes», momento en el cual terminará por acusársele de traición, llevándole así a la muerte en la guillotina el 21 de enero de 1793.

«Siempre la última persona con la que hablase podía hacerle cambiar de opinión». «Estas no son las cualidades que tendría que tener un líder», llegaría a asegurar David Bell, Profesor para la Universidad Johns Hopkins.  (David Bell, entrevista)

«Luis no solo no estaba interesado en gobernar, tampoco lo estaba en amar y las primeras noches no le hizo mucho caso a su mujer ni por extensión a su matrimonio», opinaría Jack Censer, profesor de la Universidad George Mason.

Puede observarse —de seguir a Bell— un líder ineficaz, poco carismático e incluso veleta. Sencillamente, Luis va hacia donde sopla el viento

Se aprecia asimismo una galopante falta de empatía, desinterés y apatía en relación a su matrimonio los cuales, a posteriori, se harán también extensibles al conjunto de su pueblo: el francés.

Farquhar, autor de A Treasury of Royal Scandals iría aún más lejos para terminar tildándole de «quinceañero totalmente incompetente sin ningún tipo de distinción». (Farguhar 2001)

Gobernó Francia, primero como rey absolutista para, después, pasar a hacerlo como monarca constitucional. 🇫🇷 (Santiago García Lucio 2024)

¿Fue el soberano tan pésimo monarca?

Procedemos, tras unas pinceladas biográficas a un análisis algo más en profundidad de la figura del monarca, el cual, para tratar de entenderle, esbozamos a continuación:

HISTORIA DEL REY

Huevos, panceta, Baicon, jamón, queso fresco, queso curado, carne roja poco hecha y muy hecha, pan, pescado, gelatina, helado, galletas, melocotón, melón, membrillo, atún, pez espada, alubia, judía, soda, vino, agua, gaseosa, cerveza floja, cerveza fuerte, chocolate, tostadas, mermelada, patata, lechuga, ensalada, col, maíz, aguacate, fresa, arándano, plátano, natillas, chocolate a la taza, miel, percebe…

Aquella mesa alargada a más no poder bien hubiera podido reventar de repletez. Desde luego, nadie hubiera podido culparla. ¡Jamás se vio! ¡Ello es así! Mesa tan magníficamente dispuesta ¿A sus mandos? ¡¡Una sola persona!!

Cariacontecido, burlón, aquel rostro ufano parecía burlarse del mundo entero, ajeno quizá, al dolor que el mismo, en cualquiera de sus manifestaciones o derivados pudiera estar sufriendo incluso en aquel mismo instante.

  • ¿Y las lentejas? ¿Y el garbanzo? —prorrumpió aquel, voz en cuello, contrariado a más no poder — Denisse… ¡¡¡Denisse!! — las paredes de aquel noble edificio casi parecieron temblar bajo el yugo de tan desatada furibundia

Al punto un hombrecillo menudo, achaparrado se dejó sentir en aquella estancia.

       —Si…sire… — bajo sus notoriamente afeminadas maneras podía sentirse un temblor absolutamente desmedido

  • ¿Y el resto de mi comida, lerdo? ¿¡Para qué estáis vosotros aquí?!, ¡¡Por los Clavos de Cristo!!

Súbitamente una fría, demencial sonrisa hubo de dejarse sentir en su rostro. Glaciales, aquellos ojos no parecían humanos.

  • Dime, Denisse. ¿Cuál se supone que es tú trabajo — notoriamente aquella voz tonante hizo énfasis en el «se supone»
  • Servíos la cena, milord. Yo soy vuestro cocinero.

El terror, los sudores fríos asomaban ya, incontrolables, a los ojos de aquel hombrecillo. Descontroladas, algunas gotas de sudor se dejaban sentir sobre su vestimenta.

  • Eras — Aquella palabra sonó aterradora, acerada, gélida, igual que una espada atravesando un pecho — Eras, querido Deniss. Eras — llevándose la mano a la cara, ensayado gesto teatral, el hombre dio unas palmadas, las cuales hicieron resonar, ecosa, toda la estancia.

—Pero…Pero… — las lágrimas ya habían comenzado a aflorar.

  • ¡Llamaba, sire!
  • Mi leal Gerome. Llévate a esta sabandija de aquí. ¡Mi augusta presencia no puede soportarlo ni un minuto más!
  • A sus órdenes, milord

Mientras desandaba el camino, apenas un instante antes de acariciar el pomo de la puerta, Jerome volvió a recibir «el alto». Se detuvo.

  • Ah, Gerome
  • ¿Sí, sire? —El tono del avezado general reflejaba inquietud, ¿la sombra de la duda, tal vez? Sabía lo que se vendría a continuación. Nada podía hacer
  • ¡¡Ejecútalo!!
  • Sire, yo…
  • Así se te ordena
  • Pero yo… — volvió a intervenir Denisse, echo un ovillo en el suelo, sus ojos estaban arrasados por las lágrimas— Come demasiado. Los doctores ya se lo han reconvenido

A un gesto de aquella mano, Jerome, fiel y leal, se llevó a Denisse, colocándolo automáticamente lejos de la presencia de aquel

  • ¿Comer en exceso, yo? ¡¡Puedo hacer lo que me plazca, por Belcebú!!

Rabiosas las palabras de aquel abogado volvieron a acudir raudas a su cabeza: ¿Sabe porqué hay tanta gente necesitada? ¿Es acaso que su lujoso estilo de vida devora, en un día, lo que un millar de hombres necesitaría para subsistir?

  • Ese idiota de Robespierre. ¿Pero quién se habrá creído que es? — farfulló al tiempo que, engullendo un huevo, eructaba violentamente.

Ha sido pintado, «grosso modo», el que sería el retrato del último Rey de Francia —qué se dice pronto— siendo éste y no otro quien acabase con la estirpe real francesa, cambiando así la Historia para siempre.

Así pues, solo por eso, independientemente de que lo hiciese mejor o peor —Todo depende del cristal conque se mira, que decía Campoamor (Ramón de Campoamor 2019)— el mentado soberano cuenta, entre las páginas de la Historia, con un nombre grabado, como quien dice, en letras de oro —Volvemos a repetir— independientemente de otras muchas consideraciones que pudieran hacérsele.

Cierto es que, a su modo, el monarca trató de conducir a Francia por encima de todas y cada una de las crisis manifestadas en su reino dando, a su manera, lo mejor de sí mismo, aunque, eso sí, siempre con escasa fortuna, resultando todo infructuoso.

Y esque, tal vez, ¿Quién sabe? De haberse conducido de otra manera, la República Francesa no sería tal vez hoy una realidad. Pero esto es, esto es claro, Historia Ficción, ejercicio siempre sano para la mente pero, a fin de cuentas, eso solamente.

Respecto a las palabras de David Bell (Profesor para la Universidad Johns Hopkins), — A continuación las parafraseamos— «Siempre la última persona con la que hablase podía hacerle cambiar de opinión». «Estas no son las cualidades que tendría que tener un líder» dejamos dicho, sin ningún género de duda, que todas ellas son ciertas.

De atenerse a ellas podrá colegirse fácilmente que el Rey era, sencillamente, un veleta. Una de esas personalidades que se arriman al Sol que más calienta bailando al son que otro toca siendo, en definitiva, un ser de escasa o nula personalidad, un ser no apto para comandar los mandos de nave alguna.

Vamos más lejos. Y esque, de atenernos a las palabras del antes mentado, dicho gobernante sería sin el más mínimo género de duda, la peor elección posible de cara a la supervivencia de su pueblo, el francés.

Jack Censer, (profesor de la Universidad George Mason) tampoco iba a dejarle, por su parte, en muy buen lugar. —Lo vemos— «Luis no solo no estaba interesado en gobernar, tampoco lo estaba en amar y las primeras noches no le hizo mucho caso a su mujer ni por extensión a su matrimonio».

Y esque otra de las funciones de su Majestad hubiera sido la de ofrecer un heredero a la Corona, cosa esta que, a juzgar por los regalitos dispensados, no debió de salir demasiado bien. ¡En efecto! ¡Su Real Majestad llegó incluso a ser objeto de sonada chanza, véase esta simpática cancioncilla dedicada por el pueblo merced a su afición a la cerrajería!

Luis, el cerrajero

Tanto le cuesta encontrar ¡Oh, sí!

Su agujero

Aquel por donde

meter su llave

La cosa, sin embargo, no iba a terminar ahí, llegando a ver la luz sátiras pornográficas Rey-Reina o folletos obscenos donde se trataba a esta de «vulgar ramera».

El rey se muestra, de seguir a Censer, en suma, como una persona apática, simploide, pobre, carente de motivación o entusiasmo alguno ¿No te motiva gobernar? ¿No te motiva amar? ¿Qué lo hace entonces? ¡La respuesta, huelga decirlo, tampoco fueron sus súbditos! ¡Un auténtico desastre, vaya!

El desinterés de Luis XVI por el sexo llegaría a ser percibido por su pueblo como falta de hombría. Problema que terminaría por perseguirle durante no poco tiempo.

¿Qué le movía entonces? Amar, no te gusta; tus súbditos, tampoco; gobernar, menos. La respuesta, esto es claro, solo podía ser una: y esa una era la comida. ¡Aquel ser, insaciable demostraría a las claras ser toda una suerte de tragaldabas!

¿Sabe porqué hay tanta gente necesitada?

¿Es acaso que su lujoso estilo de vida

devora, en un día,

lo que un  millar de hombres

necesitaría para subsistir?

(Maximilen Robespierre)

Farquhar, autor de A Treasury of Royal Scandals iría aún más lejos para terminar tildándole de «quinceañero totalmente incompetente sin ningún tipo de distinción».

Sencillamente, en aras de todo lo visto, dicha descripción —Podemos presumirlo— no vendría a alejarse demasiado de la realidad, guste o no—.

Y esque teniendo todo el poder en sus manos, véase esto en el más amplio sentido de la palabra, el gobernante terminaría dejándose ir para, como rey absolutista, pasar a convertirse en monarca constitucional.

Visto así, esto es un hecho, la descripción de «Quinceañero totalmente incompetente» le viene, ciertamente, como anillo al dedo. ¿Cómo vas a conservar el poder si cada persona con la que hablas tiene la capacidad de hacerte cambiar de opinión? ¡Es absurdo!

Aquel hombre, sencillamente, cavó su propia tumba. La cavó y no lo sabía ¡Pobre ingenuo!

Su final se hallará, sin embargo, en la archiconocida «Fuga de Varennes», marcador de su Destino, momento en el cual terminará por acusársele de traición, llevándole así a la muerte en la guillotina el 21 de enero de 1793.

No resulta, desde luego, sencillo defender a un Rey que, diciéndose incondicional de la Revolución decide, a espaldas de su pueblo, darse a la fuga caminito de Varennes llevando consigo a toda su familia.

Hablando en plata: aquel hombre vendió a su pueblo, dejando desprotegidos a aquellos a quienes tenía el deber de defender, guiar y amparar. ¡Vergonzoso!

Dediquémosle un instante. ¿Cómo te sentirías tú si tu padre huye de casa? Entiéndase por tú padre aquel que te pone un plato de comida en la mesa. ¿No te sentirías mal? ¿No se lo reprocharías? ¿Volverías, siquiera, a mirarle a la cara? Exactamente así fue como debió sentirse el pueblo francés. ¡Indignante, ¿verdad?!

Al pueblo aquello, es obvio, no le sentó muy bien. Tras días y días en Asamblea finalmente se decidiría, tildándole de traidor, llevarlo a la guillotina, verdugo revolucionario haciendo, finalmente, rodar su real testa el 21 de enero de 1793.

Rompemos, a continuación, un par de lanzas a favor del malhadado monarca: Primero: Que comenzase a gobernar a la prematura edad de 20 años. Su frase, sencillamente, parte el alma —Ciertamente no es fácil pronunciarla sin llorar o, cuanto menos, sin derramar alguna lágrima— «Protege, Señor, a aquellos que reinan demasiado jóvenes». ¡Aquel niño, esto es claro, no eligió, a sabiendas, su Destino, quizá, carga demasiado pesada a sus jóvenes hombros!

Queda dicho por otro lado, que cosas como la inenarrable crisis demográfica que asoló Francia —Véase el capitulo anterior— ni son ni podrían haber sido, en modo alguno, obra de aquella mano, por incompetente que esta fuese.

Sobre una interesante teoría

La teoría que a continuación va a exponerse aquí es de índole personal, esto es, de cosecha propia, no estando certificada por autoridad médica alguna pero, eso sí, —esto es claro— siempre con base en la Ciencia Médica. (Santiago García Lucio 2024).

Dedicada a su Majestad el Rey, consiste en hablar de un cierto grado de «Retraso madurativo» (Santiago García Lucio 2024).

Sentamos, a continuación, los cimientos:

  • Retraso madurativo: «Luis no solo no estaba interesado en gobernar, tampoco lo estaba en amar y las primeras noches no le hizo mucho caso a su mujer ni por extensión a su matrimonio», (Jack Censer, profesor de la Universidad George Mason).

Pese a que el comentario de Censer pueda servir, si se quiere, de base indiciaria hemos sido nosotros quienes, tirando del hilo, hemos llegado a esta conclusión valiéndonos, entre otras, de las tesis freudianas. (Adrián Triglia (2016).

  • Acerca de la personalidad del monarca y de cómo esta precipitó los acontecimientos (y 3)

Nos apoyamos ahora en Sigmund Freud, Padre del Psicoanálisis, de cara a seguir ofreciendo un retrato más pormenorizado, no sin antes hacer acopio de los datos pertinentes para dicho análisis (Adrián Triglia 2016):

«María Antonieta es guapa, le gusta que la gente la considere atractiva y llega con la intención de conquistar a su marido y a su nueva familia», apunta Evelyne Lever, autora del libro Maria Antoniette: The Last Queen of France (Lever, 2006).

Sencillamente, por incompetente quinceañero que uno sea, tal vez sea quizá ponérselo incluso demasiado fácil. «Así se las ponían a Felipe II», que canta el refrán, ¡pues ni por esas!:

«En el interior el esplendor de la ceremonia ilumina el palacio mientras los recién casados se dirigen a su habitación real. En una ceremonia que simbólicamente asegura la concepción de un heredero los cortesanos del Rey presencian el momento en que la joven pareja se mete en la cama por primera vez la gente está encantada y se crean grandes expectativas, pero una vez cerradas las cortinas se ve claramente que no será tan fácil engendrar un heredero». (Channel, n/c).

A buen entendedor pocas palabras bastan. Luis XVI no solo era «un quinceañero incompetente» incapaz de tomar una sola decisión, sino también un marido bastante cuestionable.

«Luis no solo no estaba interesado en gobernar, tampoco lo estaba en amar y las primeras noches no le hizo mucho caso a su mujer ni por extensión a su matrimonio», dijo Jack Censer, profesor de la Universidad George Mason.

Pasarán años antes de que se produzca la consumación del matrimonio. La ausencia de un heredero pronto hará que surjan rumores en todo el país que continuarán persiguiendo a la pareja en los años venideros.

Visto el contexto pasamos ahora al prometido análisis. Y es que, según Sigmund Freud el centro de nuestros problemas vendría a hallarse en el sexo.

Freud va a hablarnos de un total de cinco etapas, glosadas aquí por orden cronológico, a saber:

  • Fase oral: Durante el primer año de vida, que concentra el placer sexual a la cavidad bucal, lo que se traduce en la lactancia materna.
  • Fase anal: Entre el año y los tres años, el infante obtiene satisfacción a través del control de los esfínteres.
  • Fase fálica: Comienza la manipulación de los genitales –y aquí es donde se debe resolver el complejo de Edipo–.
  • Latencia: Seis años. El niño debe centrarse en lo académico y lo social en vez de en lo genital.
  • Fase final o genital: Doce años. Se produce la pubertad.

Si bien lo idóneo es que se resuelvan todos los conflictos inherentes a cada etapa, no es lo que siempre ocurre según Freud. Todo lo contrario: es habitual que se produzcan fijaciones concretas en una etapa, bien por una frustración en la gratificación o bien por un exceso. También se pueden dar regresiones causadas por traumas o cuando el menor no está preparado para las demandas de la siguiente etapa (Pinilla, 2022).

Puede inferirse claramente que el monarca sufrió de lo que clínicamente se conoce como «retraso madurativo», esto es, quedar varios peldaños por debajo de su media de edad, en este caso, en el escalafón sexual, destapándose así como incompetente también en dicha materia.

Tuvo fimosis, habrá quien me alegue —deformidad que convierte la excitación sexual en algo extremadamente doloroso—. «El apetito de Luis por la comida es incuestionable, pero el sexual está claro que no entra dentro del menú. María Antonieta está desesperada»; «María Teresa, madre de María Antonieta se cuestionaba: “Si una mujer tan guapa como mi hija no puede hacerle funcionar ¿Qué es lo que pasa?”». El monarca, todo parece apuntarlo, sencillamente ni lo intentó.

Puede verse claramente, además, que dicha enfermedad no resulta para nada incompatible con nuestra freuidiana tesis: a los doce años con la llegada de la pubertad llega también la adolescencia y, con ella, el interés por el opuesto sexo (de ahí que se llame fase genital, todo lo cual no podría ser más explícito) encontrándonos, en este contexto, con un Rey de quince años, esto es, tres años por encima de la mentada fase genital ¿Acredita o no acredita esto un «retraso madurativo» incuestionable aún con independencia de la fimosis?

Conocemos ya la importancia del Rey de Francia, Luis XVI, a la postre en los anales de la Historia por haber sido, que se dice pronto, el último Rey de Francia.

Hemos visto, además, —No nos hemos quedado ahí— sus actuaciones con respecto a su país, sus principales rasgos de personalidad e incluso si pudo ser o no ser un hombre afectado por la patología clínica del «retraso madurativo», apoyándonos para ello en la notoria figura de Sigmund Freud, Padre del Psicoanálisis, por ende, voz incontestable.

Llegamos, ahora sí, con esto, al fin de nuestro programa tercero, habiéndonos dedicado íntegramente a hacer un esbozo acerca de la Francia Prerrevolucionaria en dos campos: Rey y personalidad y posible «trastorno madurativo» del mismo.

¡Lo bueno se hace esperar!, canta el refrán. Porque, como suele decirse, esto no es un «Hasta siempre», sino, de todo corazón lo esperamos, un «Hasta la próxima». ¡¡Hasta el próximo programa, Convulsos!!

Luis XVI historia del rey
Luis XVI historia del rey

Autor

Santiago García Lucio
Santiago García Lucio
Experto en Revolución Francesa de relevancia Nacional e Internacional, (Argentina, Colombia, Venezuela, México, Chile).

Propietario y Editor de ÑTV ESPAÑA. Periodista y corrector editorial.
Cuenta con una colección de libros (Tiempos Convulsos - Historia de la revolución francesa).

Cuenta, además, con un Podcast especializado ubicado en Youtube (Tiempos Convulsos - Historia de la revolución francesa).
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