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V. Sobre el tipo de razones que se invocan para hacer del esse intensivo una condición de autenticidad tomista

Llegados a este punto, la cuestión ya no puede formularse en términos meramente históricos ni filológicos, sino en términos propiamente filosóficos, casi diríamos, en términos de legitimidad racional: si el tomismo intensivo, en su formulación fabriana, pretende algo más que ser una interpretación poderosa, si aspira a ser la clave necesaria, normativa y constitutiva del tomismo como tal, entonces debe apoyarse en razones que no son accidentales ni retóricas, sino estructurales, esto es, razones que pretendan mostrar que sin esa lectura del esse el pensamiento de Santo Tomás pierde su identidad metafísica más profunda, su coherencia interna, y su capacidad de responder a los grandes problemas del ser.

Veamos algunos argumentos que nos pueden esgrimir.

Argumento 1

Si una disciplina alcanza un grado superior de comprensión de su objeto gracias a un desarrollo teórico posterior, entonces ese desarrollo redefine lo que significa pertenecer auténticamente a dicha disciplina. En física, después de Einstein, no basta repetir a Newton: quien hoy niega la relatividad no es simplemente un físico “clásico”, sino un físico equivocado, porque la relatividad ha mostrado qué es realmente el espacio, el tiempo y la gravedad. No es una interpretación opcional de la física, sino la física misma en su nivel más profundo y verdadero.

De modo análogo el tomismo habría alcanzado en el siglo XX, especialmente con Fabro y sus continuadores, un grado de explicitación metafísica que permite comprender por fin qué quiso decir Santo Tomás cuando habló del esse como acto. Antes, se hablaba de existencia, de actualidad, de forma, de acto, pero faltaba la categoría decisiva: el esse como acto intensivo, como fuente de toda perfección, como principio de jerarquía ontológica. Una vez que esta clave ha sido descubierta, ya no es legítimo volver a una lectura pre-fabriana como si nada hubiera pasado, del mismo modo que no es legítimo hoy hacer física ignorando la relatividad.

Por eso, continúa el argumento, quien hoy se dice tomista, pero rechaza el esse intensivo en sentido técnico no es un tomista alternativo, sino un tomista defectuoso, como sería defectuoso un físico que negara la relatividad. No se trata de pluralismo hermenéutico, sino de fidelidad a la verdad descubierta: el tomismo intensivo sería, así, no una escuela entre otras, sino el tomismo llegado a su madurez científica.

Argumento 2. Argumento del ordo essendi y del ordo cognoscendi

La distinción clásica tomista entre ordo essendi (orden del ser) y ordo cognoscendi (orden del conocer) permite explicar cómo una verdad puede ser ontológicamente constitutiva antes de ser históricamente tematizada y que una estructura puede pertenecer realmente al ente aunque no haya sido todavía formulada explícitamente por los filósofos que la estudian.

Aplicado al esse intensivo, el argumento es el siguiente:

Aunque muchos tomistas anteriores a Fabro —Báñez, Gilson, Cayetano— no hayan formulado la doctrina del esse como acto intensivo en sentido técnico, eso no prueba que tal doctrina no pertenezca realmente a la metafísica de Santo Tomás. Solo prueba que aún no había sido descubierta en el orden del conocimiento. Pero lo que pertenece al ser no depende de haber sido conocido. Así como el oxígeno formaba parte de la estructura real del agua antes de Lavoisier, así el esse intensivo formaba parte de la estructura real del tomismo antes de Fabro. Fabro no habría inventado nada, sino que habría hecho explícito lo que estaba implícito, virtualmente contenido en Santo Tomás, aunque no tematizado conceptualmente. Por eso es legítimo decir que el tomismo auténtico es intensivo, aunque los tomistas del pasado no lo supieran. Ellos eran tomistas de facto, pero no de iure plenamente conscientes. Nosotros, después del descubrimiento, ya no podemos ignorarlo sin abandonar el tomismo verdadero, del mismo modo que hoy no podemos ignorar la estructura molecular del agua.

Argumento 3 Argumento de coherencia sistémica

El argumento de la coherencia sistemática no es un argumento más entre otros, sino el núcleo mismo de toda la pretensión del tomismo intensivo; porque aquí ya no se discute si el esse intensivo es una buena interpretación, fecunda o sugerente, sino si es la condición misma de posibilidad de que exista algo así como un tomismo coherente. La estructura del argumento es clara, casi implacable: Santo Tomás no es un conjunto disperso de tesis, sino un sistema metafísico unitario; ese sistema se articula en torno a la distinción real de esencia y esse, a la participación, a la analogía del ser, a los grados de perfección; y todo ello —se afirma— sólo es inteligible si el esse es comprendido como acto intensivo de perfección, recibido en diversos grados por las esencias finitas. Negar esto, entonces, no sería simplemente discrepar en un punto técnico, sino destruir la inteligibilidad interna del corpus tomista.

Así, la doctrina del esse intensivo deja de ser una tesis entre otras, y pasa a funcionar como una regla hermenéutica absoluta: sin ella, los textos de Santo Tomás quedarían fragmentados, inconexos, incapaces de articular una metafísica del ente como tal. No se trataría ya de que una lectura sea más profunda que otra, sino de que fuera la única que salva al tomismo de la incoherencia. Quien no asume el esse intensivo —en sentido fabriano— no estaría simplemente leyendo a Tomás de otra manera, sino leyendo algo que ya no es Tomás, porque habría perdido el principio unificador que da sentido a la distinción real, a la participación, a la jerarquía ontológica, a la analogía del ser.

Argumento 4 Lectura Genética y doctrinal

Este argumento en favor del tomismo intensivo se apoya en una lectura genética y doctrinal del propio desarrollo intelectual de Santo Tomás de Aquino. No se trata simplemente de reunir citas aisladas, sino de advertir una dirección interna en su pensamiento: desde una metafísica todavía marcada por categorías aristotélicas hacia una comprensión cada vez más radical del ser como acto. En este proceso, las obras de madurez ocupan un lugar normativo, pues es en ellas donde el Aquinate alcanza la expresión más plena de su metafísica. Por eso, no todas las formulaciones tomistas tienen el mismo peso hermenéutico; las posteriores no sólo completan a las anteriores, sino que las reordenan desde un principio más profundo.

En los textos tardíos, el esse aparece inequívocamente como el acto fontal de toda perfección. Cuando Tomás afirma que “el ser es la actualidad de todos los actos y la perfección de todas las perfecciones” (De potentia, q. 7, a. 2, ad 9), no está describiendo el existir como un hecho, sino como la fuente misma de toda actualidad. Del mismo modo, cuando enseña que “el modo en que cada cosa es, es el modo en que es perfecta” (Contra Gentiles I, c. 28), vincula directamente el grado de ser con el grado de perfección, lo que implica que el esse se recibe de manera cualitativamente diversa en los entes. Y cuando precisa que “el ser no recibe más o menos, sino que las cosas que participan del ser lo reciben más o menos” (Summa Theologiae I, q. 4, a. 1, ad 3), establece con claridad que el esse es acto pleno en sí, pero participado según medidas diversas, lo que fundamenta la noción de intensidad del ser.

Esta estructura metafísica se ve confirmada por el uso explícito que hace Tomás de la noción de intensidad al hablar de las formas y de sus grados de perfección, como cuando distingue entre cantidad extensiva e intensiva al analizar la blancura (De Veritate, q. 2, a. 10). Si la forma se predica según una intensidad cualitativa, y si el esse es el acto de toda forma, entonces el ser mismo debe entenderse como acto recibido en diversos grados de plenitud. Así, la doctrina del esse intensivo no aparece como una construcción moderna superpuesta a Tomás, sino como la explicitación sistemática de lo que su pensamiento tardío ya contiene en su núcleo metafísico más profundo. En esta perspectiva, interpretar a Santo Tomás desde el esse como acto intensivo no es una opción entre otras, sino la consecuencia necesaria de seguir fielmente la dirección última de su propia metafísica.

Argumento 5

Este argumento completa y sella los anteriores, pues ya no apela sólo a la coherencia del sistema ni al desarrollo interno del Aquinate, sino a la necesidad misma que brota de los textos de su madurez cuando son leídos conjuntamente. Si el esse es, como afirma Santo Tomás, la actualidad de todos los actos y la perfección de todas las perfecciones; si las cosas no reciben el ser de modo uniforme, sino según mayor o menor participación; y si, además, toda forma recibida en un sujeto se recibe según una medida intensiva de perfección, como muestra explícitamente la analogía de la blancura en De Veritate (q. 2, a. 10), entonces el esse no puede ser comprendido sino como acto intensivo de realidad. No se trata aquí de una metáfora sugerente, sino de una estructura ontológica: acto, participación y gradación exigen una noción cualitativa del ser, y esa noción es precisamente la de intensidad metafísica.

En este marco, la analogía de la blancura no cumple una función meramente ilustrativa, sino estrictamente metafísica. Así como la blancura no se predica de los cuerpos sólo en cuanto está o no está, sino en cuanto está más o menos plenamente presente según el sujeto que la recibe, así también el esse, que es el acto de toda forma, debe predicarse según una mayor o menor plenitud de participación. Y como el esse no es una forma entre otras, sino el acto por el cual toda forma es real, su intensidad no es accidental ni secundaria, sino constitutiva del modo mismo en que un ente es lo que es. La jerarquía ontológica de los entes, su mayor o menor nobleza, su proximidad o lejanía respecto del ser pleno, sólo se vuelve inteligible si el esse es entendido como acto intensivo.

De este modo, la lectura del esse como acto intensivo no aparece como una opción interpretativa entre otras, sino como la consecuencia necesaria de asumir en serio, y sin reducciones, los textos tardíos de Santo Tomás y la estructura analógica que él mismo establece entre las formas y el ser. La metafísica tomista, leída desde sí misma, conduce así inevitablemente a una comprensión intensiva del esse, en la que la realidad no se mide por el simple hecho de existir, sino por el grado de plenitud con que el ser es participado.

Por todo lo dicho en esta parte, voy a proceder a desentrañar cada uno de estos argumentos.

Autor

Carlos Quequesana
Carlos Quequesana
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