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¿Qué es, en el fondo, eso que llamamos fe? Unos creen que es un salto ciego. Otros, que es un sentimiento. Algunos, que sólo cabe en el ámbito religioso. Pero, antes de hablar de la fe sobrenatural, tenemos que entender una fe más humilde, más primaria, más de cada día. Sin ella, ni siquiera podríamos discutir.

Pero permítanme que, antes de adentrarme en estos vericuetos, tome prestadas las palabras del eximio Doctor Francisco Suárez, quien, al abrir su tratado sobre esta misma materia, nos recuerda con precisión escolástica el lugar que le corresponde:

«Entre estas virtudes, la fe ocupa el primer lugar, no por dignidad —pues mayor es la caridad—, sino por el orden de generación, pues es el fundamento y la base de todo el edificio espiritual» (Suárez, De Fide, Prooemium).

Antes de que la caridad nos abrace, antes de que la esperanza nos haga caminar con rostro en el cielo, está la fe como cimiento. No es la más excelente, pero es la primera. Como los cimientos de una casa: no se ven, pero sin ellos, todo se derrumba. Ese «edificio espiritual» del que habla Suárez —la vida del alma, la relación con Dios, la misma coherencia del pensamiento— no puede alzarse sin una base firme.

1. Hay una fe natural que nace de la evidencia de los primeros principios

Llamo fe natural a esa adhesión inmediata y necesaria que nuestra inteligencia presta a ciertas verdades tan evidentes que no necesitan demostración. Por ejemplo: «una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo», o «el todo es mayor que la parte». No las demostramos: las vemos. Y al verlas, creemos en ellas con una certeza anterior a toda prueba.

Ahora bien, para que no haya confusión, debemos preguntarnos: ¿es este acto de la fe —incluso esta fe tan humilde y primera— un mero movimiento de la voluntad, un deseo de que las cosas sean así? Ciertamente, algunos lo han creído, rebajando la fe a una especie de sentimiento o confianza sin contenido intelectual. Pero el Doctor Suárez, con la fineza que le caracteriza, examina esta cuestión y nos da la clave:

«La fe… significa unas veces una perfección de la voluntad, y otras veces del entendimiento… el asentimiento que prestamos a quien habla es obra del entendimiento» (Suárez, De Fide, Disp. I, Sect. I).

Fijaos: asentimiento. La fe no es un mero sentir, sino un decidirse por una verdad con el entendimiento. Y esa verdad, en el caso de la fe natural, se impone por sí misma: la razón ve que el todo es mayor que la parte y asiente. No puede no hacerlo. Ese asentimiento forzado por la evidencia es ya una fe: una fe natural, cierta, previa a toda demostración.

Esa es la fe que todos vivimos, aunque no la nombremos. Sin ella, no habría ciencia, ni discusión, ni pensamiento ordenado. Porque incluso el que duda de todo, cuando dice «dudo de todo», está ya asintiendo a la verdad de que «es posible dudar», y con ello está usando esa fe primera. Es, como dice Suárez, el fundamento y la base de todo el edificio espiritual, también del intelectual.

2. La importancia de esta fe natural en la vida práctica y especulativa

Quizás se pregunte alguien: ¿y para qué sirve todo esto de la fe natural? ¿No es un asunto de filósofos encerrados en sus estudios?

Les respondo: es lo más práctico y cotidiano que existe. Es el piso que pisamos sin darnos cuenta.

Pongamos un ejemplo muy sencillo. Usted es usted. No lo digo como un trabalenguas, sino como una verdad absoluta. Desde que nació hasta hoy, sigue siendo la misma persona. ¿Cómo lo sabe? No lo demuestra con un silogismo. Simplemente, lo ve. Y si alguien viniera a decirle «usted no es usted, sino otro», no le pediría una prueba: le diría que está mintiendo o que ha perdido la razón. Eso es fe natural: asentir a que una cosa es idéntica a sí misma, y que lo sigue siendo en el tiempo.

Otro ejemplo: cuando se levanta por la mañana, ¿cree que el suelo seguirá sosteniéndole? Sí. No se pone a comprobar si de repente las leyes de la física han cambiado. Camina confiado. Esa confianza no es una demostración, es una fe: la fe en que la realidad no es un caos caprichoso, sino que es estable y fiable.

Pues bien, sin esa fe, la vida sería imposible. En lo práctico: si dudara realmente de que el mal debe evitarse, ¿cómo podría tomar decisión moral alguna? En lo especulativo: si negara el principio de que algo no puede ser y no ser al mismo tiempo, no podría ni siquiera terminar esta frase, porque estaría diciendo y negando a la vez.

Esta fe natural es como el aire: no se ve, pero sin él no se respira. Todo lo que pensamos, todo lo que hacemos, está montado sobre ella. Por eso los antiguos la llamaron intellectus principiorum: el hábito de los primeros principios, la luz que ilumina todas las demás luces.

3. Esta fe natural está basada en la experiencia de lo real.

Que sea natural no significa que sea innata. Nadie nace sabiendo el principio de no contradicción. Lo que ocurre es que, al entrar en contacto con las cosas —al ver una manzana y otra manzana, al experimentar que algo es o no es—, la inteligencia, por su propia luz, extrae de esa experiencia de lo real el principio universal.

La experiencia da la materia; la razón, la forma de la necesidad. Por eso un niño no lo sabe al nacer, pero lo intuye al primer encuentro con la realidad. La fe natural del trato con las cosas.

Y esto lo expresó con claridad el mismo Suárez cuando, al hablar de la certeza que nace de la evidencia, escribió:

«Nadie parece poder creer, o asentir por autoridad, a aquellas cosas que tiene ante sus ojos… La evidencia o visión de la realidad… vuelve al intelecto incapaz de ser movido por un testimonio externo» (Suárez, De Fide, Disp. III, Sect. IX, n. 2).

Fíjense bien: si usted tiene algo ante sus ojos, si lo ve y lo palpa con evidencia de lo real, ya no necesita que nadie se lo cuente para creerlo. Y si alguien —aunque sea una gran autoridad— le dice lo contrario, usted no le cree. Se queda con lo que ve.

Pongamos un ejemplo. Usted ve el sol brillar a mediodía. Llega su amigo y le dice: «No hay sol, es de noche». Usted no le cree. No porque su amigo sea mentiroso, sino porque sus propios ojos le dan una certeza que está por encima de cualquier testimonio humano.

Lo mismo pasa con los primeros principios. Cuando usted ha visto muchos (no necesariamente muchos) todos y muchas partes, la razón intuye que «el todo es mayor que la parte». No lo cree porque se lo haya dicho Aristóteles o Santo Tomás. Lo cree porque la experiencia de lo real se lo ha mostrado. Y si alguien le dijera lo contrario, sencillamente no le creería, porque su intelecto se ha vuelto incapaz de ser movido por un testimonio externo por la fuerza imparable de la evidencia basada en la experiencia de lo real, llegando hasta los primeros principios más prístinos y universales.

Así funciona la fe natural: nace de la experiencia de lo real, se apoya en ella, y ante ella callan todas las autoridades humanas. No es un salto en el vacío, sino el peso mismo de la realidad que se impone sobre nuestras mentes.

4. Distinción entre esta fe natural y la fe humana (asentimiento al testimonio de otros)

Empecemos con una verdad incómoda pero necesaria. La fe que depositamos en el testimonio de otros   —la fe humana— es, por naturaleza, falible. Así lo expresa Suárez con su habitual precisión:

«La fe humana es incierta y falible…» (Suárez, De Fide, Disp. III, Sect. XII, n. 8)

Esto significa que cuando alguien nos dice algo, siempre cabe la posibilidad —remota, a veces, pero real— de que se equivoque o nos engañe. El testigo pudo haber visto mal. El amigo pudo haber entendido otra cosa. El libro que leemos pudo tener un error. La fe humana no tiene la necesidad lógica de la evidencia. Por eso es falible.

Pero cuidado: que sea falible no significa que sea siempre falsa, ni que sea inútil. Sería un gravísimo error despreciar la fe humana en el testimonio del otro. El hecho de que algo pueda fallar no impide que, de hecho, acierte muchas veces, y que sin ella no podríamos vivir.

Aquí Suárez nos da la otra cara de la moneda. La fe humana no es sólo riesgo; es también necesidad. Y nos recuerda algo fundamental:

«Sin este género de conocimiento y asentimiento, no pueden los hombres gobernarse, ni vivir en sociedad humana, porque la mayor parte de las acciones humanas se fundan en alguna fe… no habría amistad, ni contrato humano alguno, si uno no creyera a otro». (Suárez, De Fide, Disp. III, Sect. I, n. 8)

Piénsenlo un momento. Usted sabe cómo se llama porque alguien —sus padres— se lo dijo. Usted sabe que esto que estas letras que usted está leyendo dicen lo que usted está descifrando o decodificando en su cabeza, y sabe que una palabra de este escrito suena como suena porque alguien se lo enseñó. Usted tiene una visión del mundo, una idea de lo que es justo o injusto, hermoso o feo, porque creyó a sus maestros, a sus mayores, a su comunidad. Todo eso es fe humana.

Nadie nace sabiendo su nombre. Nadie inventa solo el lenguaje. Nadie reconstruye desde cero la ciencia o la historia. La mayor parte de lo que sabemos, lo sabemos porque creemos a otros. Y eso no es debilidad, sino sabiduría práctica. Como dice Suárez, sin esa confianza básica en el testimonio ajeno, no habría amistad, no habría contrato, no habría sociedad.

Detengámonos un momento. Quien desprecia la fe humana debería responder estas preguntas:

  • ¿Cómo sabe usted su propio nombre? ¿Lo descubrió por sí mismo, o se lo creyó a sus padres cuando apenas balbuceaba? ¿O porque aparece en su ID o DNI? ¿Y si le mienten las instituciones para que no conozca su verdadera identidad? Sin fe humana, usted no tendría nombre, ni apellido, ni historia que le ancle a este mundo.
  • ¿Cómo firma usted un contrato de trabajo? ¿Pone su firma porque ha examinado la honestidad infinita de su empleador con una certeza matemática? ¿O confía —con una fe humana razonable— en que la otra parte cumplirá lo pactado? Sin fe humana, no hay trabajo, no hay salario, no hay sociedad.
  • ¿Cómo recoge usted su título universitario? ¿Cómo sabe que su título está ubicado en los folios que dice la Universidad estar? ¿Y si tal Universidad en verdad no existe y es una fachada que puede ser descubierta y su título invalidado? ¿O ha confiado en que sus profesores, los examinadores y la institución no le han engañado? Sin fe humana, no hay certificado que valga, ni saber que se herede.
  • ¿Cómo sabe usted que hubo una Independencia, o una Revolución (1), o que tal general venció en tal batalla? ¿Estuvo allí? ¿Lo vio? ¿O lo leyó en libros que otros escribieron, basándose en documentos que otros guardaron, transmitidos por generaciones que no conocía? Sin fe humana, la historia de su país no sería más que un rumor sin fe, y usted no sabría de dónde viene ni quiénes lucharon por lo que hoy tiene.
  • ¿Cómo sabe usted que alguien le ama? ¿Le han mostrado sin velo alguno su consciencia más íntima como prueba para que usted confíe? ¿O cree —con una fe humana que no es evidencia, pero es razonable— en lo que esa persona le dice con sus palabras y sus gestos y sus actos? Sin fe humana, el amor sería mudo, y nadie podría decir «te quiero» esperando ser creído.

Así que, cuando alguien menosprecia la fe humana porque es «falible», recuérdele esto: sin esa fe falible, usted no sabría nada de lo que sabe, no sería nada de lo que es, y no podría hacer nada de lo que hace.

En conclusión, a todo esto, tenemos dos tipos de fe, ambas legítimas, pero muy distintas:

Una es la fe natural (basada en la experiencia de lo real y puesta sobre los primeros principios prístinos y universales de la realidad misma) que asiente porque la verdad es evidente por sí misma. No depende de nadie. La razón ve que «el todo es mayor que la parte» y no puede negarlo. Es una fe cierta, necesaria, inmune al error, porque está puesta en los primeros principios. Pero, por otra parte, está la fe humana que asiente porque otro, cuya autoridad acepta, lo dice. Es falible —siempre podría equivocarse—, pero también es indispensable. Sin ella, no sabríamos quiénes somos, ni de dónde venimos, ni cómo llamar a las cosas.

Una es la luz directa de la razón sobre la realidad. La otra es el hilo de confianza que teje la vida en común. Ambas son formas de fe. Pero sólo la primera es, por sí misma, infalible.

No quiero que nadie entienda mal lo que hemos dicho en los puntos anteriores. Por ello empiezo aquí una aclaración por la vía de la distinción:

Primero: la fe natural no es la experiencia bruta de los sentidos. No es «lo que siento, miro o escucho». Eso es percepción sensible, y puede engañarme. Un remo metido en el agua parece quebrado, y no lo está. Un espejismo parece agua, y es arena. El sentido puede errar. La experiencia sensible me da la materia, pero no es la fe natural.

Segundo: la fe natural tampoco es el resultado de un razonamiento o de una ciencia. No se llega a ella por silogismos ni demostraciones. Y la ciencia también puede equivocarse: hubo científicos que «demostraron» que el Sol giraba alrededor de la Tierra, y estaban equivocados. El razonamiento puede errar porque parte de premisas falsas o porque encadena mal los pasos.

Entonces, ¿qué es la fe natural? Es la intuición directa e inmediata del entendimiento a los primeros principios. Cuando la razón, después de haber tenido experiencia sensible de lo real, capta de golpe —sin discurso, sin pasos intermedios— que «el todo es mayor que la parte» o que «una cosa no puede ser y no ser a la vez», eso es fe natural.

Y aquí viene la gran diferencia: la fe natural no puede errar. ¿Por qué? Porque no depende de los sentidos (que a veces engañan), ni del razonamiento (que a veces se equivoca). Es una luz directa de la razón sobre la estructura misma de la realidad, que es estable, necesaria e inmutable.

Pongamos un ejemplo para que se vea la diferencia:

  • Experiencia sensible (puede errar): veo una vara dentro del agua y me parece quebrada. Mi sentido me engaña. Por eso no construyo un principio universal sobre la base de una sola percepción.
  • Razonamiento científico (puede errar): un astrónomo del siglo XV calcula la posición de los planetas con la teoría geocéntrica y obtiene un resultado que luego se demuestra falso. Su razonamiento era válido en apariencia, pero las premisas eran erróneas.
  • Fe natural (no puede errar): una vez que entiendo que «el todo es mayor que la parte», no hay poder humano ni argumento que me haga dudar de ello. Si alguien me dijera lo contrario, no le creería, porque mi propia razón ve la verdad con una luz que no depende de nadie más que de lo real mismo.

5. La fe sobrenatural y su diferencia con la fe natural

Hasta aquí hemos hablado de dos tipos de fe: la fe natural (que asiente a los primeros principios por evidencia propia) y la fe humana (que asiente al testimonio de otros hombres, necesaria pero falible). Ahora toca hablar de una tercera, la más alta: la fe sobrenatural, también llamada fe divina o teologal.

¿En qué se diferencia de las anteriores? En algo fundamental: su fundamento.

La fe natural se apoya en la evidencia de la razón sobre lo real: veo que el todo es mayor que la parte y no puedo dudarlo. La fe humana se apoya en el testimonio de otro hombre, que puede ser sabio y veraz, pero siempre es falible. La fe sobrenatural, en cambio, se apoya en el testimonio del mismo Dios, que ni engaña ni puede ser engañado.

Por eso Suárez, siguiendo al Apóstol, describe la fe sobrenatural como algo que no nace de la persuasión humana, sino de la virtud divina:

«La predicación nuestra no está en palabras persuasivas de la sabiduría humana, sino en manifestación del Espíritu y de la virtud, para que vuestra fe no esté en sabiduría de hombres, sino en la virtud de Dios» (Suárez, De Fide, Disp. III, Sect. I, n. 3).

Fíjense: no se trata de que la razón sea despreciable, sino de que, en la fe sobrenatural, la razón no es el fundamento. El fundamento es Dios mismo que habla.

Y aquí aparece la gran diferencia con la fe humana. La fe humana es útil, necesaria, pero falible. La fe sobrenatural, en cambio, es infaliblemente cierta:

«La fe humana es incierta y falible… la fe divina es infaliblemente cierta… No puede haber edificio más firme que su fundamento» (Suárez, De Fide, Disp. III, Sect. XII, n. 8).

Si Dios es quien habla, su palabra es tan firme como Él mismo. Por eso el cristiano no cree «a ver si es verdad» o «con una probabilidad alta». Cree con una certeza que supera toda certeza humana, porque se apoya en la verdad primera, que es la misma verdad de Dios.

Ahora bien, esta fe sobrenatural tiene una característica que la hace muy distinta de la fe natural. La fe natural ve la evidencia: no puede no ver que el todo es mayor que la parte. En cambio, la fe sobrenatural no ve lo que cree. Cree sin ver. Y precisamente por eso tiene mérito. Como recuerda Suárez con las palabras de Pablo y de Cristo:

«La fe es argumento de las cosas que no aparecen… Bienaventurados los que no vieron y creyeron» (Suárez, De Fide, Disp. III, Sect. VII, n. 3).

La fe sobrenatural no es un salto ciego, porque tiene un fundamento sólidísimo: la palabra de Dios. Pero ese fundamento no es una evidencia racional como la del todo y la parte. Es una autoridad infalible que, sin mostrarme la cosa, me asegura que es verdadera. Por eso es fe, no ciencia; por eso es mérito, no necesidad; por eso es don, no simple ejercicio de la razón.

*Duda

Quizás alguien, después de leer los puntos anteriores, se pregunte: Si hay tres tipos de fe —natural, humana y sobrenatural—, ¿entonces hay tres verdades distintas? ¿Son independientes entre sí? ¿Puedo creer una y no las otras sin contradicción? Buena pregunta. Y merece una respuesta clara.

No, hay tres verdades distintas. Hay una sola verdad, pero tres modos distintos de adherirse a ella. Lo que cambia no es la verdad, sino el fundamento inmediato por el que asentimos.

La fe natural y la fe humana no son autosuficientes. En última instancia, la verdad de los primeros principios, base de la fe natural, parte de la experiencia de lo real en este mundo, creado por Dios y quien es su base primera, fundamento absoluto; la verdad de lo que alguien dice, tiene por fundamento absoluto y base primera también en Dios, quien creó a este hombre y el mundo, así como con su omnipotencia divina mantuvo a tal hombre y el mundo, para que tal persona viviera y dijera lo que vivió o escuchó en su vida. Así, ya que todo tiene su fundamento último en Dios y Dios no se puede contradecir, la verdad, venga de donde venga, es una por su unidad en su fundamento último, Dios.

Así que tanto la verdad que capto por mí mismo frente a lo real (fe natural) como la verdad que recibo de otro (fe humana) tienen el mismo fundamento último: Dios, que es la verdad primera y el creador de todo lo que es.

Y como Dios no se contradice a sí mismo, la verdad no puede contradecirse. Una cosa no puede ser verdad por un camino y falsa por otro. Si la razón me muestra algo con evidencia, y la fe humana me trae un testimonio en contrario, debo revisar porque algo falla: o mi razón se equivocó, o el testimonio no es fiable, o lo he entendido mal. Pero la verdad en sí misma es una, porque su fuente es una.

Lo mismo ocurre con la fe sobrenatural, que veremos ahora: Dios se revela, y lo que revela no puede contradecir ni a la razón ni a la sana tradición humana, porque Él es el autor de todo.

Tres modos de conocer. Una sola verdad. Un solo fundamento: Dios.

6. La importancia del cultivo de la recta razón y la fe natural para la fe sobrenatural

Quizás algún lector se pregunte: Si la fe sobrenatural es un don de Dios que supera a la razón, ¿para qué sirve cultivar la recta razón y la fe natural? ¿No sería mejor dejar la razón de lado y «creer nomás»?

No, eso sería un gravísimo error.

Es verdad que la razón natural, por sí sola, no puede alcanzar la certeza de la fe sobrenatural. El mismo Suárez lo afirma con claridad:

«La sola evidencia natural de que Dios es la primera verdad no basta para fundamento de la fe sobrenatural, sino que es necesario que esa misma verdad sea conocida por fe» (Suárez, De Fide, Disp. III, Sect. VI, n. 6).

Es decir: no basta con que mi razón me diga «Dios existe y es veraz» para que yo pueda, sólo con eso, creer el misterio de la Trinidad o la Encarnación. La fe sobrenatural requiere un don más alto: la misma verdad de Dios conocida por fe, no sólo por razón. Es decir, del punto A (la razón) al punto B (la fe sobrenatural) no basta sólo la razón y el esfuerzo humano, ahí estamos ante el misterio.

Pero esto no significa que la razón sea inútil o estorbo. Al contrario. La razón bien cultivada basada en la fe natural bien cimentada en los primeros principios, es la preparación para recibir la fe sobrenatural. ¿Por qué? Porque, como dice Suárez siguiendo a toda la tradición:

«La gracia supone la naturaleza… la fe sobrenatural supone la natural, y la perfecciona» (Suárez, De Fide, Disp. III, Sect. VI, n. 2).

La gracia no destruye la naturaleza. La fe sobrenatural no anula la razón natural. La presupone y la perfecciona. Es como construir una casa: los cimientos (fe natural, recta razón) no son la casa entera, pero sin ellos la casa se hunde.

Pongamos un ejemplo sencillo. Usted no puede creer que Cristo resucitó si antes no tiene una idea clara de qué significa «resucitar», qué es un muerto, qué es un vivo. Eso lo da la razón natural. Tampoco puede creer que Dios se ha revelado si antes no tiene una idea clara de que Dios existe y puede comunicarse con los hombres. Eso también lo puede alcanzar la razón, aunque sea de modo imperfecto.

Si usted descuida su razón, si no educa su mente a saber razonar, es decir, si se acostumbra a repudiar los temas profundos, a repetir lo que escucha en la televisión o en redes sociales, a negar los primeros principios, si se entrena en la dudapatía (dudar de todo porque le da la gana dudar), y en responder con frases clichés, entonces cuando alguien le hable de la fe sobrenatural, su mente estará incapacitada para reconocer los signos de la revelación. No porque la fe dependa de la razón, sino porque una razón torcida no puede ver la credibilidad de lo que se le propone.

Así que, querido lector: cultive su razón. Ame la luz natural de los primeros principios. Ejercítese en la fe natural, que asiente a lo evidente. Aprenda a nadar en lo profundo, pero sin ahogarse; en fin, aprenda a saber razonar correctamente, porque esa razón bien ordenada, ese respeto a la verdad que se impone por sí misma, es el mejor terreno para que, cuando Dios quiera, pueda brotar la semilla de la fe sobrenatural.

La fe sobrenatural no es irracional. Es supra-racional. Y para volar alto, hacen falta alas, sí, pero también un suelo firme desde donde impulsarse. Ese suelo es la recta razón y la fe natural. No las desprecie. Al contrario, agradézcalas, cultívelas, y estará preparado para recibir, si Dios lo concede, la más alta de las luces.

Bibliografía

  • Suárez, Francisco, S.J. De Fide Theologica. En Opera Omnia, Editio Nova, a Carolo Berton, Cathedralis Ecclesiae Ambianensis Vicario. Tomus Duodecimus. Parisiis: Apud Ludovicum Vives, Bibliopolam Editorem, Via vulgo dicta Delambre, 5. MDCCCLVIII [1858].

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Autor

Carlos Quequesana
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