Queridos lectores:
La educación que transmitimos hoy a nuestros hijos, en su afán por ser práctica y funcional, ha olvidado algo esencial: ofrecerles héroes dignos de admiración. Se les enseña a resolver problemas técnicos, a dominar herramientas digitales, a desenvolverse en un mundo competitivo, incluso muchos padres han logrado tener una pericia en hacer hijos atletas de alto nivel; pero rara vez encontramos a padres que hayan presentado a sus hijos la figura de Aquiles luchando por su honor, la astucia de Ulises frente a los peligros del mar, la entereza de Horacio defendiendo el puente, la tenacidad de Aníbal cruzando los Alpes o la mirada profunda de Platón preguntándose por la justicia. ¿Quiénes son los héroes de los hijos de ahora? ¿Un deportista? ¿Un científico? ¿Un youtuber? ¿Un tiktoker? ¿Un super héroe de películas? ¿Un cantante? Han de saber que los héroes que nuestros jóvenes escogen los toman por sí mismos, sin guía ni criterio, tal selección suele ser dada por el mercado o la superficialidad que el momento les ofrecen: personajes efímeros, famosos por su notoriedad, por su capacidad de generar serotonina, pero en ausencia de grandeza trascendental. Y así, sin darnos cuenta, los nuevos niños, adolescentes y jóvenes han sido privados de la «brújula de vida» de siempre, la que, con la ayuda de los relatos de los grandes, los lleva a vislumbrar el más allá, más acá.
Hay una verdad que la historia y la literatura nos enseñan una y otra vez: los grandes personajes siempre han tenido héroes, pero no cualesquiera, y no son seleccionados al azar, sino de manera intencional por los padres, directa o indirectamente. Alejandro Magno dormía con la Ilíada bajo la almohada, buscando en Aquiles el modelo de su propia gesta; el Cid Campeador encarnaba para los cristianos la figura del caballero justiciero y leal; el propio Carlomagno se veía a sí mismo como un nuevo David, un rey ungido por Dios para restaurar la grandeza del imperio. Lo que para nosotros son leyendas y mitos —Hércules y sus doce trabajos, el viaje de Eneas hacia el Lacio, la defensa de las Termópilas— para ellos eran fuentes de vidas a seguir, ejemplos que encarnaban el valor, la lealtad, la prudencia y la fortaleza. Pero no confundamos el seguir con imitar, pues cuando alguien ama uno de estos héroes es imposible no darse cuenta de sus defectos, pero tales defectos, por amor a ellos, hacen despertar en uno el deseo de superar los propios defectos que vemos reflejados en ellos, y así, crecemos en virtud. La hazaña de estos grandes se confunde con la leyenda porque la leyenda es el eco que el heroísmo deja en la memoria de los pueblos, y los pueblos que olvidan a sus héroes, que no los transmiten a sus hijos, condenan su memoria al silencio y su espíritu a la mediocridad, tal como hoy sucede, adolescentes y jóvenes que dicen querer ser grandes, pero al ir a la esencia de tal grandeza, grande es la superficialidad de la idea de grandeza a la que se aspira y se tiene por grandeza.
Si queremos cambiar el mundo —y no es este un deseo vano, sino la tarea más noble que tenemos entre manos— una parte no accidental de esa empresa consiste en devolver a nuestros hijos la posibilidad de amar a estos héroes. No se trata de imponerles una lista de nombres ni de obligarles a memorizar fechas y batallas, no queremos espantarlos ¿o sí?; se trata de despertar en ellos el asombro, de contarles historias que los hagan soñar, de mostrarles que la grandeza humana es posible, que el error no nos condena si luchamos para superarlo y enmendarlo, que el sacrificio por el otro y muchos otros tiene sentido y que la virtud merece ser perseguida, porque la vida sin virtud querida, no es vida. Porque quien ama a Aquiles, amará la valentía; quien admira la prudencia de Ulises, aprenderá a pensar antes de actuar; quien se emociona con la defensa de las Termópilas, sabrá que hay causas por las que vale la pena dar la vida. Y en un mundo que parece haberse rendido al cinismo, que todo lo relativiza y que se burla de los ideales, formar hijos capaces de amar a los héroes clásicos es formar hijos con una columna vertebral que los sostenga contra las tempestades. Esa es, en definitiva, una tarea importante para con los hijos, hombres que forjarán el futuro del mundo.
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