15/08/2026 10:24

¿Habéis leído, queridos lectores, aquella obra inmortal de Sienkiewicz que lleva por título Quo Vadis? Yo la he leído hace poco, y confieso que una cosa me dejó pasmado, más que las fieras, más que el fuego, más que los martirios. Me refiero al séquito de Nerón. Ese César loco, mal poeta, matricida, pirómano y violador de vestales, hizo toda suerte de maldades: incendió Roma, asesinó a su madre Agripina, a su hermano Británico, a su esposa Popea, y luego culpó a los cristianos para entretener al populacho con crueldades. ¿Y qué hacía su corte? Aplaudir. Le llamaban «Dios», le vitoreaban sus versos ridículos, le organizaban los juegos, le buscaban nuevas víctimas, le justificaban cada crimen. Petronio mismo, el inteligente, el refinado, el que veía la podredumbre, seguía en la corte porque le era cómodo. Todos callaban, todos sonreían, todos medraban. Y yo me preguntaba, leyendo aquellas páginas: ¿cómo es posible que nadie se levantara? ¿cómo es posible que tantos hombres libres prefirieran la servidumbre voluntaria antes que el riesgo de decir «basta»? Pues he aquí la respuesta, que no es antigua, sino bien actual: el provecho personal. Mientras Nerón no les tocara sus villas, sus esclavos, sus banquetes y su economía, todo lo demás era tolerable. ¡Ay, necios! Creían que el monstruo se detendría ante sus aplausos.

Y entonces, queridos lectores, he cerrado el libro y he mirado a España, y he visto el mismo espectáculo, la misma comedia de aplausos y silencios. Mirad lo que ha sucedido desde que aquel régimen que llaman «franquismo» fue periódico de ayer. Inscribieron al «Partido Comunista de España» como partido legal, como si la hoz y el martillo no hubieran asesinado a curas y monjas. Quisieron cerrar el Valle de los Caídos, profanar la memoria de nuestros muertos, callar para siempre las historias de los héroes que pelearon por España, y lo llamaron «ley de memoria histórica». Vinieron con la ley LGTBI+, que enseña a nuestros niños que el matrimonio es capricho y que el hombre puede ser mujer; la ley del aborto, que convierte el vientre materno en cementerio; la ley de eutanasia, que hace del médico un verdugo. Y mientras tanto, las fronteras son un coladero, y nadie sabe quién entra, ni con qué intenciones, ni con qué dios. Y todo esto, ¿ante qué respuesta? Ante el mismo silencio, la misma pasividad, la misma cobardía que en la corte de Nerón. Es que muchos de los españoles, queridos lectores, dicen: «Mientras no me suban los impuestos…», «Mientras no me quiten mi empleo…», «Mientras pueda seguir con mi hipoteca y mi coche y mis vacaciones… qué más da».

Y siguiendo el ejemplo de Nerón, saben los enemigos de España que todo tirano necesita un enemigo, un cuco, un espantajo al que señalar para que el populacho vuelque su ira y olvide sus propias cadenas. En Roma eran los cristianos, a quienes se culpó del incendio y se entregó a las fieras. ¿Y hoy? ¿Quiénes son los cristianos modernos? Los mismos: los cristianos que defienden la familia, los que se oponen a la eutanasia y al aborto, los que rechazan la ideología «LGTBI+», los que piden fronteras seguras, los que piden que se dignifique la Iglesia de Jesucristo Nuestro Señor, los que aman su Patria, lo que sueñan con que Cristo reine en toda la sociedad. A ellos se les llama «fascistas», «ultras», «negacionistas». Ellos son retratados como los culpables de todos los males de España y de Europa. Y mientras la multitud los apedrea con insultos, los gobiernos aprueban leyes para silenciarlos, y los bonos y los favores mantienen callado al rebaño. ¡Ay, queridos lectores! No seáis ese rebaño. No vendáis vuestra alma por un bono. No aplaudáis al Nerón que mañana os echará también a las fieras.

Autor

Carlos Quequesana
Carlos Quequesana
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