15/08/2026 08:33
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Javier Garisoain, presidente de la Comunión Tradicionalista Carlista nos habla del Foro Alfonso Carlos I que tuvo lugar el pasado fin de semana en Madrid.

¿Qué supone un nuevo Foro Alfonso Carlos I?

El Foro Alfonso Carlos I es la universidad de verano de la Comunión Tradicionalista Carlista, un evento anual en el que militantes carlistas se reúnen para profundizar en uno o varios temas de los que conforman nuestro programa político. Este año hemos celebrado la edición número XXVII.

¿Por qué este año tratan la Justicia Social?

Hace doscientos años que cualquier momento es bueno para hablar de esto porque la Revolución se ha empeñado a fondo en fomentar toda clase de injusticias. Por otra parte el concepto de Justicia Social ha sido tan manipulado que conviene mucho hacer una aclaración y reafirmación para recordar sus principios básicos. Además, el hecho de que el Santo Padre, León XIV, haya querido elegir su nombre recordando expresamente a León XIII, el gran papa de la doctrina social católica nos anima en nuestra lucha contra las ideologías.

¿Como está la justicia social siempre presente en el ideario y la acción carlista?

El ideal de justicia social es inseparable del Carlismo porque nosotros desde el minuto uno hemos luchado por revertir el desorden que trajo el liberalismo. La Cristiandad, la Hispanidad, no eran perfectas pero tenían claro ese ideal de orden social, ese afán de dar a cada uno lo suyo. Nosotros no defendemos aquel orden con nostalgia sino con la confianza de que, si Dios quiere, esa justicia volverá.

¿Cómo encaja en el principio de subsidiariedad?

El principio de subsidiariedad es fundamental para entender la manera en la que deben estar equilibrados los ejes de libertad y autoridad en una sociedad bien ordenada. En el pensamiento tradicional el poder, respaldado por la autoridad, es servicio y la libertad es responsabilidad de forma que cada uno, cada cuerpo social natural, ha de ser capaz de sacar adelante sus cosas empezando por lo más próximo. El subsidio tiene que estar presente, por supuesto, la ayuda del ente superior será necesaria en muchos casos, pero actualmente se ha sacado de quicio, vivimos en una sociedad de la subvención permanente y eso nos hace esclavos.

¿Por qué siempre debemos guiarnos por lo que nos ha enseñado la Iglesia en su Doctrina Social?

La DSI no es una ocurrencia moderna sino la respuesta de la doctrina perenne del Evangelio a los desórdenes del mundo moderno. La Iglesia tiene una experiencia que, incluso desde un punto de vista puramente material, sería absurdo ignorar.

¿Cómo la Agenda 2030, la inmigración planificada amenazan esta Justicia Social?

Antes las agendas de la Revolución eran más discretas, más al viejo estilo masónico. Ahora son cada vez más visibles, no se esconden. Eso demuestra que están envalentonados porque piensan que han vencido. En este momento el desorden migratorio intencionado o la agenda 2030 parecen nuestro enemigo número uno pero no olvidemos que antes de eso el liberalismo o los socialismos han desplegado otras agendas tal vez más perniciosas que han extendido el materialismo y la apostasía, la destrucción de la familia, el empobrecimiento y la deuda crecientes, etc.

¿Qué ponentes han tenido este año?

Creo que este año hemos tenido un muy buen equipo, un grupo selecto que nos ha ayudado a analizar los problemas y las injusticias sociales así como las vías de solución. Estoy seguro de que todos los ponentes han aportado muchísimo.

Autor

Javier Navascués
Javier Navascués
Subdirector de Ñ TV España. Presentador de radio y TV, speaker y guionista.

Ha sido redactor deportivo de El Periódico de Aragón y Canal 44. Ha colaborado en medios como EWTN, Radio María, NSE, y Canal Sant Josep y Agnus Dei Prod. Actor en el documental del Cura de Ars y en otro trabajo contra el marxismo cultural, John Navasco. Tiene vídeos virales como El Master Plan o El Valle no se toca.

Tiene un blog en InfoCatólica y participa en medios como Somatemps, Tradición Viva, Ahora Información, Gloria TV, Español Digital y Radio Reconquista en Dallas, Texas. Colaboró con Javier Cárdenas en su podcast de OKDIARIO.
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Daniel A. Jaimen

No tiene ningún sentido hablar de «justicia social». Da igual que ese engendro de yuxtaposición teminológica sea el recurso de un tradicionalista o de un podemita porque no tiene ni calado ni fuste conceptual. Por lo pronto, toda justicia es social, con lo que mejor sería, directamente, hablar de justicia y de justicia en cuanto tal. El apellido «social» es como el apellido Expósito, que no permite establecer filiación ideológica o idearia alguna, así como tampoco permite saber, en términos prácticos y reales dos cosas: qué es la justicia, qué actos son justos o injustos y porqué.

«Social» parece hacer alusión a la beneficencia y benevolencia hacia el desvalido pero eso no es justicia sino caridad. Las virtudes cardinales son de aplicación estatal. Las virtudes teologales no lo son y mezclarlas con lo de aplicación estatal crea problemas mentales colectivos serios. Aparte priva al individuo y a la sociedad en cuanto tal de la responsabilidad personal y directa de ser caritativo o participar en actos de caridad.

Parece obvio que tanto unos como otros se apuntan a uso pragmático, de resorte conductual en la audiencia, de ofuscación autocomplaciente, profanando y abusando de un término sacro como es el de la Justicia para apuntalar posiciones diversas y heterogéneas sin tomarse la molestia intelectual y reflexiva de desarrollar o de explicitar si no una teoría clásica de la Justicia, con su correspondiente filosofía política, su filosofía del derecho y, en último término, su axiología transcendente.

Hakenkreuz

¿Y quién os nombró jueces para establecer vuestra «justicia social» a vuestra subjetiva conveniencia «social»?

Hakenkreuz

Aquí cada cual quiere instrumentalizar a la Santa Iglesia Católica Apostólica a su propia conveniencia mundana y política abusando sobremanera de la Infinita Misericordia de Dios que quiere que todos se salven. Una instrumentalización como la de los judíos, que instrumentalizaron la Revelación por medio de su judaísmo fariseo y seduceo, atando cargas pesadas a espaldas de los fieles y no queriendo quitarlas ni con el dedo (actitud propia de todo político), como bien les reprochó el Señor.

Juez es Dios. El Juicio es cosa de Dios Nuestro Señor, concretamente de Jesucristo Nuestro Señor. Es el Señor el que juzgará a toda nación y a todo poderoso conforme a lo establecido en Mt 25, 31-46. Ese es el Juicio Final. Todo el que se erija en juez en esta vida, por mucha «justicia social» con la que quiera mentir y engañar a los demás, tendrá que ser medido con la misma ley que aplica y juzgado por el Señor. Y de nada valdrá ser indulgente con uno mismo e impío con los demás.
Como bien nos transmite el Apóstol amado del Señor, el Juicio (particular, el de cada alma) consiste en que la Luz (Nuestro Señor) vino al mundo, pero los hombres prefirieron la oscuridad, porque sus obras eran malas. ¿Cómo ni iba a querer el malvado, el que rechaza al Señor, ocultarse como se ocultó Adán y Eva tras cometer el pecado original? Para el que ama a Dios no hay secreto alguno que ocultar.
¿Qué se oculta tras ese lenguaje difuso y confuso, nada claro, turbio, no contenido en las Sagradas Escrituras en modo alguno, ni del que habla santo o santa alguna a lo largo de la historia de la salvación, de la «doctrina social», la «justicia social», el «principio de subsidiariedad» (justificación de la política y del intervencionismo, que no del abandono en la divina providencia que el Señor enseñó), la «solidaridad» y el «bien común» (¿no sería mejor predicar la salvación de las almas o del bien sin adjetivo alguno?¿bien común de quién, de qué grupo, de qué personas?)?
¿No se estará protestantizando a la Santa Iglesia Católica Apostólica para convertirla en la «Iglesia social y democrática de derecho opinable, discutible, dialogable, nada dogmático y subjetivo», verdad?
¿Seguro que los obispos hoy día son sucesores de los apóstoles nombrados por el mismo Señor como los doce, es decir, santos varones sin tacha, y no funcionarios políticos asalariados (que no pastores) nombrados por los políticos a dedo o separados por políticos (quizá como al P. Santiago Cantera) para servir a la política que no a Dios, incluso sin importarles que el rebaño de fieles se disperse?

La caridad, principal virtud teologal, jamás puede ser delegada al Estado, es decir, no se puede hacer de ella una especie de Korban, como hacían los fariseos con el deber de honrar a los padres (hoy la delincuencial «seguridad social»). Es el hombre o la mujer, criaturas de Dios, los que en uso de su libre albedrío han de ejercer la virtud de la caridad, pues sin caridad no hay salvación posible (romper con el pecado, guardar los mandamientos del Señor, especialmente el de la caridad y guardarse del mundo y los anticristos, resumen de la vida del verdadero cristiano o católico).
Los impuestos para redistribuir la renta de unos a otros NO son, en modo alguno, caridad, sino ROBO. Defender los impuestos es defender la esclavitud y una gran hipocresía judía farisea defender los impuestos como si fueran «caridad», como por desgracia hacen muchos herejes incluso dentro de la Iglesia, engañados inequívocamente por el demonio y sus secuaces y falsos doctores. Y hacer uso del Nuevo Testamento, de las cartas paulinas o de los Evangelios, para tratar de «justificar» el robo, es decir, los impuestos, es falsa doctrina, propia de embaucadores del demonio. Y los ladrones no heredarán el Reino de Dios, avisados estamos (1 Co 6, 9-11, téngase muy en cuenta esto, precisamente en estos tiempos de tanto protestantismo y subjetividad). Repítase: no se puede delegar en el Estado lo que ha de hacer la criatura de Dios, la caridad.

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