15/08/2026 05:29

España, hoy, es débil. Los poderes más o menos ocultos que han manejado la Farsa democrática del 78, con la inestimable ayuda de los abundantes donjulianes y de los asignados obispos Oppas españoles, la han sometido finalmente. Nadie puede entrar en la casa del fuerte y robar sus tesoros si primero no lo inmoviliza bien. Y eso es lo que se ha hecho con el pueblo español desde hace cinco décadas: atarlo bien atado.

Las ciudades y las naciones, más que por sus enemigos, se ven arruinadas por sus costumbres. No son las paredes ni los muros los que hacen a la polis, sino los ciudadanos. Por lo tanto, entre otras muchas cualidades y virtudes, es necesario conservar la religiosidad en la ciudadanía, si se quiere que las sociedades prosperen. Este es el objetivo más sano, en contra del materialismo soez, para el progreso cabal de las naciones.

Dicho lo anterior, tal vez convenga insistir en lo notorio: religión y religiosidad son conceptos diferentes. Es decir, se puede ser profundamente religioso y no practicar ninguna religión. Y viceversa. No se trata, pues, aquí de auspiciar una religión, sino de recordar, incluso de salvaguardar, el don religioso innato que posee el ser humano. Otra cosa es la forma que dicha vivencia personal y emocional acaba tomando en cada individuo, que dependerá tanto del entorno como de él mismo. Es como el que tiene talento artístico: está ahí desde su nacimiento, pero necesita estímulo, cultura y práctica para desarrollarse.

Mientras que la religión es un sistema estructurado de creencias, prácticas, normas morales y rituales que giran en torno a lo divino o lo sagrado, la religiosidad es una vivencia personal y emocional. Sus naturalezas, pues, son distintas: institucional y doctrinal la de la religión; individual y espiritual la de la religiosidad. Y, sobre todo, mientras que la religión -o religiones- la eligen los hombres a lo largo de su vida, la religiosidad tiene una raíz intrínseca en el ser humano, pues éste se halla predispuesto de manera natural a concebir algún tipo de creencia espiritual o religiosa, como lo han demostrado todas las culturas conocidas a lo largo de la historia.

Desde su infancia, el género humano desarrolla la capacidad de atribuir intenciones a otros, incluso a seres invisibles o sobrenaturales. Y, de manera paralela a su expansión mental, va sintiendo la necesidad de explicar -o de explicarse- lo inexplicable (muerte, sufrimiento, razón de la existencia, origen y sentido del universo), lo cual le ha llevado a la creación de mitos, dioses y sistemas religiosos. La religiosidad, por tanto, es anterior y más esencial que la religión, que aparece como una expresión secundaria de aquella.

Mas a pesar de su preeminencia, muy pocos seres humanos buscan hoy en la otra vida lo que han descuidado adquirir en ésta. Y no sólo no lo buscan, sino que consideran inútil y ridículo intentarlo. Los hombres viven obsesionados por lo banal, cometiendo la insensatez de querer dar sentido a su vida a través de fetiches creados por el capitalismo multinacional de la mano de lóbis y grandes grupos de presión mediática. Pero dar sentido a la vida significa precisamente huir de lo superfluo y elegir un código superior de valores. Sin duda, la confusión y desesperanza sociales, tienen su origen, sobre todo, entre otros motivos, en el abandono del sentimiento religioso. No se puede vivir sin espiritualidad.

El hombre actual es un zombi que consume y gasta, a imagen de los modelos impuestos por el Sistema, y que acoge y divulga las consignas proclamadas por éste. No se le pide que sea virtuoso, sabio u honesto; se le pide que se siente ante un televisor y no haga preguntas que pongan en duda las normas vigentes. En general, este hombre, lejos de rebelarse contra la arquitectura globalista, se somete, con devoción o desinterés, a ella. La plenitud material a que aspira el hombre oprimido por el capital-socialcomunismo cumple subjetivamente una función específica: la de compensar el vacío religioso a que le ha condenado la posverdad. Un Nuevo Orden que le empuja a convertir en bienes primarios lo que, en rigor, no son más que bienes subalternos.

Ante esta perspectiva, el moralista, como antaño el profeta, mezcla las expresiones figuradas con las propias al estilo profético, con el fin de que el espíritu sobrio se esfuerce útil y saludablemente en buscar un sentido espiritual. Empero, la pereza carnal y la rudeza ignorante y holgazana se contentan con la corteza, que es la letra, y, desechando el espíritu, desestiman de paso la religiosidad. De ahí que, a usanza de los profetas, que gustan de emplear metáforas para adornar o velar su pensamiento, podemos hablar de un mar que presenta a sus muertos -muertos en vida- dando a la imagen del mar el sentido de este mundo turbulento y proceloso que es, en general, la vida de los mortales, y, en particular, la de los españoles coetáneos.

Esta vida mortal, en la que el hombre se ha adaptado a la vanidad y a la codicia y en la que sus días pasan como la sombra, es, en definitiva, efecto de la ira divina. Y, sin embargo, a despecho de esta ira, sale el sol sobre buenos y malos y cae la lluvia sobre justos y delincuentes. En esta vida, tan llena de penas y tan degradada por la miserable corrupción, la Naturaleza no deja de mostrar el curso de su misericordia. No obstante, sin duda, las lágrimas les sirven de pan día y noche a los hombres, pues es raro el tiempo en que no rieguen sus lechos o momentos de descanso con ellas.

Tiempos éstos en que los hombres abandonan su fe y sus mejores sentimientos y se alarman o desesperanzan con engaños y con ciertos relatos, noticias o discursos, dejándose seducir de todas las maneras posibles por los malhechores y por los apóstatas y desleales. Todo ello en vez de oponerse a su esclavitud, enfrentándose con firmeza a cuanto se dice e idolatra, hasta llegar a poner su asiento en el templo de la verdad. El hecho es que, paulatinamente, se ha ido obrando la estrategia del desafuero, convirtiéndose ahora todo en obstáculo para la razón y la virtud, por no haber impedido a tiempo que los perversos -y pervertidos- levantaran sus muros y tendieran sus cepos. Y así, aceptando el artificio del error y creyendo en la mentira, han acabado complaciéndose en la maldad.

El caso es que, carente de religiosidad y de lucha, entre otras muchas indigencias más, España desfallece. Y si una nación como España se extinguiera, el hecho constituiría no sólo una imagen de la ruina y de la destrucción de una idea, de un destino en lo universal, sino también de la destrucción de una civilización; incluso de la aniquilación del mundo entero.

 Quiere esto decir, guardando todas las distancias temporales e intemporales precisas, que la patria -España- es como la Iglesia. La subsistencia de ambas se conserva, o por mejor decir, se conquista con la fe y por la fe; y perdida la religiosidad y la fe, nadie puede ya acogerse a sus templos, ni, en otro orden de cosas, habitar sus campos, culminar sus cumbres, surcar sus mares o venerar la Creación en el alma de sus obras y de sus crónicas. Este pensamiento de un corazón firme y generoso es el que ha hecho tantos mártires cuales no ha tenido ni podido tener -ni tendrá- el Mal y sus legiones.

Autor

Jesús Aguilar Marina
Jesús Aguilar Marina
Madrid (1945) Poeta, crítico, articulista y narrador, ha obtenido con sus libros numerosos premios de poesía de alcance internacional y ha sido incluido en varias antologías. Sus colaboraciones periodísticas, poéticas y críticas se han dispersado por diversas publicaciones de España y América.
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