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Se preguntaba Pablo Motos en su programa acerca de la tragedia de Urda y Adamuz, dónde está el dinero. Esa es la única pregunta básica que hay que hacer para saber por qué no se ha perfeccionado la vía férrea ni el otrora orgullo de la alta velocidad en tren. La respuesta es corrupción. No hay dinero por corrupción mucho más magnificada que lo que creemos saber sobre Pedro Sánchez y el desgobierno criminal.

Navegar a 250 kilómetros por hora mientras en la mesa de mando se apagan las luces que deberían situar los trenes en circulación es la paradoja más trágica y absurda de nuestra modernidad. Nos hemos acostumbrado a vendernos la ilusión del progreso a través de trenes relucientes, con diseño aerodinámico y tecnología puntera, mientras en las entrañas del sistema, donde verdaderamente se custodia la vida de los pasajeros, los profesionales se ven obligados a trabajar con herramientas sacadas de un rastrillo informático de los años noventa. El reciente episodio en el entorno de Atocha no es una simple anécdota técnica, sino la plasmación aterradora de lo que ocurre cuando la ingeniería de vanguardia sobre los raíles choca de frente con la desidia y la obsolescencia en los puestos de control.

¿Cómo es posible que en un nodo ferroviario crucial se pierda la ubicación exacta de un Ave y de un Iryo? La respuesta no hay que buscarla en un despiste humano, sino en la degradación de un instrumental que ha rebasado con creces su vida útil. Cuando un software caduco colapsa o las pantallas CRT sufren el consabido pantallazo en negro, el convoy no se detiene en la vía, pero desaparece por completo del mapa digital. En ese instante preciso, el controlador deja de ver la realidad para pasar a imaginarla, intentando recomponer a ciegas y por pura estimación mental la posición de cientos de toneladas de acero que se desplazan a velocidad vertiginosa.

Lo verdaderamente perverso de esta situación es la peligrosa costumbre que genera la precariedad. Los trabajadores se ven forzados a convivir a diario con monitores que parpadean, sistemas que se cuelgan y programas lentos e incapaces de ofrecer un refresco de datos en tiempo real, terminando por normalizar lo que debería ser una alarma intolerable. Intentar dirigir el tráfico de la alta velocidad en un cuello de botella saturado mediante comunicaciones de voz y pantallas a oscuras es un ejercicio de temeridad absoluta, una ruleta rusa donde se exige al ser humano la infalibilidad que el propio sistema le niega.

Cargar la tinta sobre el eslabón final de la cadena ante una situación de emergencia operada a ciegas es una trampa cobarde para escurrir el bulto. La seguridad real de un país no se mide por lo bonitos que lucen los trenes en las fotos de inauguración, sino por la solidez invisible de la tecnología que los guía desde la sombra. Cuando la instrumentación falla y la pantalla se funde a negro, el accidente deja de ser una fatalidad impredecible para convertirse en la consecuencia inevitable de haber dejado la alta velocidad en manos de la prehistoria informática.

La cadena de mando política no puede quedar indemne cuando la negligencia en la gestión de fondos públicos deriva en un riesgo gravísimo para la vida de miles de ciudadanos. Existe una responsabilidad penal insoslayable tanto en la figura del ministro de Transportes, Óscar Puente, como en la del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, por una omisión del deber de diligencia en la custodia y ejecución de los recursos públicos.

La Unión Europea ha destinado partidas presupuestarias millonarias expresamente finalizadas para la modernización, digitalización y seguridad de las infraestructuras ferroviarias clave en España; la decisión política de no canalizar prioritariamente esas inversiones hacia la renovación urgente de los sistemas de control e instrumentación obsoletos, dejando a los profesionales operando a ciegas en puestos estratégico, trasciende la mera incompetencia administrativa. Efectivamente, ¿dónde está el dinero?

Se trata de una inacción consciente frente al deterioro manifiesto del sistema que, al desviar o paralizar la ejecución de fondos de seguridad vitales concedidos por Europa, encuadra directamente su gestión en un horizonte de eventual imputación penal por imprudencia grave y prevaricación omisiva ante la creación de un peligro cierto y previsible sobre las vías.

RES NON VERBA

Ignacio Fernández Candela

 

La macabra lotería de Óscar Puente: Homicida de Adamuz y Urda. Por Ignacio Fernández Candela

Autor

Ignacio Fernández Candela
Ignacio Fernández Candela
Ignacio Fernández Candela es escritor, pintor y columnista internacional Muck Rack, autor de 17 libros y miles de artículos. Con más de 35 años de trayectoria en muchos medios de prensa escrita y digital como El Imparcial, Rambla Libre, Diario 16, Levante y ÑTV España entre otros, desarrolla una obra que combina análisis sociopolítico y creación artística, con más de 500 pinturas y cincuenta exposiciones individuales.

Información en buscadores mundiales de Internet e IA. También como Ignacio F. Candela

Perfil de autor, obra literaria y trayectoria indexada en Google con Google Knowledge Panel.

Propietario y editor de ÑTV ESPAÑA desde julio del 2023 hasta julio del 2025.
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