10/09/2026 11:37
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Sebastián Schuff es presidente y CEO del Global Center for Human Rights, organización dedicada a defender la vida, la familia y la libertad religiosa allí donde se escribe el derecho internacional. Con sede en Washington D.C., presencia permanente en Ginebra y equipos en varios países de América Latina, GCHR ejerce incidencia jurídica y diplomática ante la ONU y el sistema interamericano. Abogado argentino, Schuff ha desarrollado estrategias que fortalecen la protección de estos principios en el derecho internacional y en la legislación de los Estados.

¿Cómo nace Global Center for Human Rights y con qué objetivos?

A partir del año 2010, en varios países del hemisferio americano, enfrentamos una violenta oleada de ataques contra la vida, la familia, la libertad, a través de los poderes legislativo y judicial.

Argentina, México, El Salvador, Estados Unidos… El mismo relato ideológico aparecía por todos lados con una virulencia que no habíamos visto antes y una estrategia similar. Mientras cada uno peleaba por su país, resultaba demasiado difícil obtener una victoria significativa. Porque el ataque no era solo desde dentro. Venía también desde fuera, o mejor dicho, desde arriba, y con una fuerza arrolladora.

Enseguida entendimos que la ofensiva contra nuestros valores era global, simultánea y coordinada, y que, si seguíamos con la misma estrategia, la derrota sería masiva. Las leyes y políticas contra las que luchábamos ya venían armadas, financiadas e incluso negociadas desde mucho antes. Y decidimos ir «arriba». Primero, a la Organización de Estados Americanos (OEA) y luego, a las Naciones Unidas.

Ahí encontramos todo un vector de ataque —el más importante— sin defensa. Así que armamos un gran equipo para dar batalla en ese nuevo frente. Descubrimos que cada pequeña victoria en el plano internacional tenía un efecto multiplicador, no solo en un país, sino en muchos, en un continente e incluso en todo el mundo.

Y entendimos que teníamos que consolidar un equipo que detuviera los ataques mucho antes de que llegaran a los países, y que fuera el complemento, a nivel internacional, de tantas organizaciones que hoy defienden la vida, la familia y la libertad en cada nación, y que son nuestros aliados.

¿Por qué han decidido defender ante todo la vida, la familia y la libertad religiosa?

No ha sido una elección arbitraria. Estos temas constituyen hoy el núcleo de la batalla cultural y jurídica que define el futuro de nuestra sociedad. Hay tres razones principales.

Primero: porque están en el centro de la agenda de las élites culturales y políticas. Gran parte de las élites académicas, mediáticas y políticas del mundo occidental promueve una visión profundamente transformadora de la antropología humana, de la sexualidad y del papel de la religión en la vida pública. Defender la vida, la familia y la libertad religiosa implica intervenir en el corazón mismo del debate que moldea nuestra civilización.

Segundo: porque definen los fundamentos de la cultura. Toda cultura se organiza en torno a una pregunta esencial: ¿qué es el ser humano? Si una sociedad reconoce que la vida humana tiene dignidad desde su comienzo, tenderá a protegerla. Si considera que la diferencia entre varón y mujer es una realidad significativa, estructurará el matrimonio y la familia sobre esa base. Si reconoce que el hombre posee una dimensión espiritual, valorará la libertad religiosa. Cuando estas realidades se redefinen, cambia toda la arquitectura moral, jurídica y cultural de la sociedad.

Estas cuestiones influyen, además, en la posibilidad misma de evangelizar una cultura. El Evangelio presupone ciertas verdades acerca del hombre: que la vida humana es valiosa, que el ser humano es libre, que existe una diferencia real entre varón y mujer, que la familia es el lugar natural donde se transmite la vida, y que el hombre está abierto a la trascendencia. Cuando esas realidades son negadas sistemáticamente, incluso las categorías básicas para comprender el mensaje cristiano comienzan a desaparecer. Defender la vida, la familia y la libertad religiosa también implica preservar las condiciones culturales que hacen posible o al menos más favorable la evangelización.

Tercero: porque los organismos internacionales funcionan como laboratorios normativos para la legislación mundial. Una parte muy significativa del trabajo de la ONU, la OEA y los sistemas regionales de derechos humanos gira en torno a estas cuestiones: relatorías, resoluciones, comisiones y conferencias dedican enormes recursos a promover interpretaciones sesgadas sobre género, protección de la vida humana o educación afectiva, mediante estrategias lingüísticas muy precisas que modifican progresivamente el significado de nociones fundamentales del derecho internacional. Y lo que primero aparece en un informe o una recomendación internacional termina, con el tiempo, transformándose en leyes nacionales, decisiones judiciales o políticas públicas que afectan a millones de personas. Esos debates no son abstractos: son el punto de partida de cambios jurídicos concretos.

Por eso concentramos nuestros esfuerzos en defender, en ese ámbito, tres pilares: la vida humana desde la concepción, la familia fundada en la complementariedad entre varón y mujer, y la libertad de profesar la fe como garantía esencial de toda sociedad libre.

¿Cree que Estados Unidos puede arrastrar al resto del mundo a apostar por la vida?

Sí, creo que Estados Unidos tiene capacidad real para influir en esa dirección, pero es importante entender cómo opera dicha influencia. Estados Unidos no solo es una potencia económica o militar. También es una potencia cultural, jurídica e institucional. Muchas de las ideas que luego se expanden por el mundo —para bien o para mal— nacen o se consolidan allí: en sus tribunales, en sus universidades, en sus fundaciones, en sus medios y en su política exterior.

Durante décadas, gran parte de la agenda internacional en temas de aborto, género o redefinición de la familia fue impulsada precisamente por instituciones norteamericanas, tanto públicas como privadas. Por eso, cuando se produce un cambio cultural o político en Estados Unidos, suele tener efectos en cadena en el resto del mundo.

Ahora bien, también es importante ser realistas. Ningún país puede, por sí solo, transformar la cultura global. Lo que sí puede hacer Estados Unidos es abrir espacio político y cultural para que muchos otros actores —estados, organizaciones de la sociedad civil, comunidades religiosas y ciudadanos— puedan defender la vida con mayor libertad.

Si Estados Unidos vuelve a afirmar con claridad principios como la dignidad de toda vida humana, el valor de la familia y la importancia de la libertad religiosa, ello tendrá inevitablemente repercusiones internacionales. No porque el mundo simplemente imite a Estados Unidos, sino porque muchas de las estructuras que moldean el debate global pasan, de una u otra manera, por Washington.

En ese sentido, el liderazgo de Estados Unidos puede ser muy importante. Pero la defensa de la vida no dependerá solo de un país: dependerá de una alianza cultural y moral mucho más amplia entre pueblos, instituciones y personas que creen en la dignidad de la vida humana.

¿Cuáles son los principales ataques que recibe la familia?

El principal ataque es psicológico, profundamente cultural y, en el fondo, espiritual. El individualismo radical, potenciado por la ideología de género, se convierte en una mezcla fatal para la familia. Para el hombre actual no tiene sentido la familia porque no tiene sentido la vida. Desconoce el valor infinito de la dignidad humana, por lo que se trata a sí mismo y a los otros como a objetos finitos. La familia se convirtió, para muchos, en una amenaza a su placer y a su libertad.

En Naciones Unidas, pocos saben definir qué es un ser humano, un hombre o una mujer. Imposible proteger lo que se desconoce. Y las principales víctimas son los niños y los jóvenes, que han quedado desarmados en un mundo que no pueden comprender. Si no lo revertimos, en unas décadas las consecuencias serán catastróficas. Por eso la batalla legal en defensa de la familia debe complementarse con la batalla cultural y espiritual. Las tres son necesarias.

¿En qué lugares del planeta se vulnera más la libertad religiosa?

La respuesta evidente son los países donde se persigue y se mata a los cristianos por su fe. Pero hoy quiero señalar una violación menos visible y, en cierto sentido, más peligrosa por su alcance: la que se produce en los propios organismos internacionales.

Allí, la libertad religiosa —que los tratados reconocen como un derecho fundamental y previo al Estado— está siendo progresivamente subordinada a los llamados principios de diversidad, equidad e inclusión (DEI, por su sigla en inglés). Bajo ese esquema, la fe deja de ser un derecho que los Estados deben garantizar y pasa a ser una conducta tolerada, condicionada a que se someta a una nueva antropología.

La operación es sutil pero constante: en resoluciones, informes y recomendaciones, la libertad religiosa aparece cada vez más acompañada de la advertencia de que «no puede invocarse» frente a las agendas de género y de derechos sexuales. Es decir, se invierte la jerarquía: se pretende colocar una determinada ideología sobre la sexualidad por encima de la verdad sobre Dios y sobre el hombre, y por encima de la conciencia de miles de millones de creyentes.

Cuando eso se consagra en el derecho internacional, la violación no ocurre en un solo país: se exporta a todos a la vez. Un cristiano puede ser perseguido con violencia en una nación, pero cuando la propia arquitectura de los derechos humanos redefine la fe como un obstáculo para la inclusión, la libertad religiosa queda herida en todo el mundo. Esa es la batalla que damos en Ginebra y en Washington.

¿Cuáles han sido los principales logros de ustedes en estos años de andadura?

El Caso Beatriz fue, sin dudas, una victoria paradigmática. Pero para entenderla hay que contar la historia completa, porque durante años se contó a medias.

Beatriz era una joven madre salvadoreña con lupus, una enfermedad autoinmune que le hacía la vida muy difícil. En 2013 quedó embarazada de una niña con anencefalia, a la que le puso nombre: Leilani Beatriz, «niña del cielo». Leilani nació, fue acunada por su madre y murió a las pocas horas. Beatriz visitaba su tumba y le hablaba. Años después, en 2017, Beatriz falleció por complicaciones tras un accidente de tránsito, sin ninguna relación con aquel embarazo.

Sobre esa historia, las organizaciones abortistas internacionales construyeron un relato falso: que Beatriz había muerto por no poder abortar, y que su caso debía servir para que la Corte Interamericana declarara el aborto como un derecho humano en todo el continente. Era el intento de fabricar un «Roe vs. Wade» para América Latina, por vía judicial y sin que ningún pueblo lo votara.

Nuestro trabajo fue desideologizar el caso: contar la historia verdadera, exponer los conflictos de interés de las organizaciones peticionarias y documentar las presiones extraordinarias que sufrió la Corte. Y la verdad se impuso. En su sentencia, la propia Corte confirmó que la muerte de Beatriz no tuvo relación con su embarazo, rechazó declarar el aborto como derecho humano y se negó a calificar como tortura la negativa a practicarlo.

La sentencia marca un punto de inflexión en la jurisprudencia de la Corte, que vuelve a respetar la soberanía de los países y la letra y el espíritu de la Convención Americana. Dos años antes, por la tendencia que seguía el sistema interamericano, muchos daban este caso por perdido. Hubiera sido catastrófico: si los tratados pudieran reinterpretarse a discreción por los poderes de turno, hubiera entrado en crisis la seguridad jurídica en todo el continente. Este fallo asegura, al menos por un buen tiempo —si seguimos haciendo bien las cosas—, que la Convención Americana siga siendo un baluarte del derecho a la vida.

Luego hay procesos de los que somos partícipes que están evidenciando mejoras. Logramos que muchos países vuelvan a dar a los organismos internacionales la importancia que tienen para preservar el Estado de Derecho, y que los gobiernos se preocupen de que funcionen bien y rindan cuentas. Como ejemplo: cuando Global nació, la Corte Interamericana y la CIDH estaban compuestas casi en su totalidad por jueces y comisionados ideologizados y activistas. Sin embargo, comenzamos este 2026 con una composición mucho más equilibrada.

La reciente renuncia del comisionado Arif Bulkan también fue un logro importante. Denunciamos una incompatibilidad manifiesta —que estaba pasando inadvertida— entre su función de comisionado, que exige imparcialidad, y su activismo público en las mismas causas sobre las que debía decidir. Su renuncia dio lugar a un nuevo comisionado que, muy probablemente, será mucho más respetuoso de la Convención y de sus normas.

Por otra parte, desde el año pasado trabajamos con presencia permanente en Ginebra, donde sesiona el Consejo de Derechos Humanos. Allí se libra una verdadera batalla por el significado de las palabras y por el valor de cada ser humano. Y los resultados llegaron. Sesión tras sesión, términos de la ideología de género que hasta hace poco se incorporaban por consenso, casi sin debate, hoy encuentran resistencia organizada: se cuestionan, se llevan a votación, se caen. Cada vez más delegaciones se animan a decir que no, porque saben que ya no están solas y que hay quien les provee argumentos jurídicos sólidos en tiempo real. Este mismo año, la Comisión de Población y Desarrollo de la ONU cerró en Nueva York sin conclusiones acordadas: no hubo documento, porque ya no se puede imponer un lenguaje contrario a la vida y a la familia sin pagar un costo. Hace apenas unos años eso era impensable. El monopolio ideológico sobre el lenguaje de los derechos humanos se está terminando.

¿Por qué consideran que Washington y Ginebra son dos de los grandes epicentros mundiales de toma de decisiones?

En Washington están la OEA y la CIDH, y es el epicentro del poder de Estados Unidos, que está retomando una agenda de defensa de los valores de Occidente. En Ginebra se debate y decide el significado de los derechos humanos»y las palabras con las que se escribe el derecho internacional. Son los dos nodos decisivos: un buen trabajo ahí tiene impacto realmente global.

Por eso Global tiene hoy su sede central en Washington D.C. y oficinas en Ginebra, con un equipo de abogados y diplomáticos que trabaja de manera permanente ante la ONU y el sistema interamericano.

¿Cuáles son los principales objetivos que tienen en la actualidad?

GCHR defiende lo más valioso de la humanidad: la vida, la familia y la libertad, allí donde se define el futuro del mundo. Nuestros ejes de trabajo son tres. Primero, procurar que el derecho internacional sea fiel a los tratados que los países suscribieron. Segundo, detener el activismo judicial que se hace a través de litigios estratégicos, que intentan manipular el derecho internacional para intereses particulares muy peligrosos. Y por último, que los países garanticen que quienes ocupan cargos en los organismos internacionales estén realmente comprometidos con los tratados firmados y cumplan bien su misión.

Durante años, los organismos internacionales fueron manipulados por agendas ideológicas. Los Estados se están dando cuenta de que, en esa situación, los organismos se vuelven, más que un gasto inútil, una amenaza para el orden internacional. Que vuelvan a funcionar correctamente para cumplir los tratados —que son muy buenos— tendría un efecto decisivo para la defensa de los verdaderos derechos humanos fundamentales. Y cada avance que logremos en estos espacios alivia significativamente las batallas que se enfrentan en cada país.

¿Cómo se puede colaborar con ustedes?

Hay muchas maneras de colaborar. Quienes deseen apoyar económicamente nuestro trabajo pueden hacerlo aquí: https://secure.anedot.com/supportgchr/donate

Pero el aporte no es solo financiero. Es fundamental que quienes ejercen responsabilidades de gobierno comprendan en profundidad cuanto sucede en los organismos internacionales. Del mismo modo, las organizaciones de la sociedad civil que trabajan estos temas y hacen llegar su voz a los tomadores de decisión son actores estratégicos: su incidencia fortalece las defensas institucionales de cada nación.

A todos los invitamos a seguir nuestras redes y suscribirse a nuestro newsletter en contact@gchr.org para recibir análisis, alertas y oportunidades de acción.

Instagram: globalcenterforhumanrights Facebook: Globalcenterforhumanrights X: globalcenter4hr

Autor

Javier Navascués
Javier Navascués
Subdirector de Ñ TV España. Presentador de radio y TV, speaker y guionista.

Ha sido redactor deportivo de El Periódico de Aragón y Canal 44. Ha colaborado en medios como EWTN, Radio María, NSE, y Canal Sant Josep y Agnus Dei Prod. Actor en el documental del Cura de Ars y en otro trabajo contra el marxismo cultural, John Navasco. Tiene vídeos virales como El Master Plan o El Valle no se toca.

Tiene un blog en InfoCatólica y participa en medios como Somatemps, Tradición Viva, Ahora Información, Gloria TV, Español Digital y Radio Reconquista en Dallas, Texas. Colaboró con Javier Cárdenas en su podcast de OKDIARIO.
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