
En otra época y contexto, aunque también en Italia, Henry James reflexionaba acerca de la dicha de “tener a la puerta todo lo bueno y lo malo de la ciudad moderna, pero poder escapar y en media hora dejarlo todo cien millas, cien años atrás”[1]. Una idea tanto o más válida hoy, en que el transporte de alta velocidad ha reducido enormemente el tiempo empleado en recorrer grandes distancias. Apenas tres horas para olvidar el bullicio de la capital de España y pasear, por ejemplo, por el centro histórico de Florencia.
Así, tras dos horas y cuarto en avión desde Barajas hasta el aeropuerto Amerigo Vespucci, un tranvía nos lleva a la estación de Santa María Novella, a las puertas de la preciosa basílica proyectada por Leon Battista Alberti y muy cerca de nuestro alojamiento en la Via Panzani. Llegamos en el ocaso, a tiempo de contemplar los últimos reflejos del sol sobre la campiña toscana y el encendido progresivo de la ciudad bajo un cielo limpio. La temperatura –merece apuntarse– es inmejorable.
Una vez depositado el equipaje, nos dirigimos hacia la catedral, disfrutando de la espléndida noche y de unos deliciosos spaghetti amatriciana en un rinconcito próximo, tranquilo y con vistas al duomo y a la magnífica cúpula de Brunelleschi. Desde nuestra ubicación podemos ver también una parte de la fachada, distinguiendo algunas figuras que la decoran. Y es que, contra la extendida creencia de que Santa Maria dei Fiori es una construcción gótico-renacentista construida en el siglo XV y que su fachada es obra de Giotto, lo cierto es que no se culminó hasta finales del siglo XIX y tanto la fachada como la puerta principal, junto a las excelentes esculturas y relieves que las decoran fueron elaboradas entre 1876 y 1903 por un notable puñado de artistas hoy injustamente olvidados[2].
A la mañana siguiente, temprano, nos dirigimos al Palazzo Pitti, caminando hacia el sur por la Via Tornabuoni. Pasamos por delante del contundente Palazzo Strozzi, hacia el puente de Santa Trinita[3] –curiosamente con acento prosódico en la segunda “i”, contra el uso común italiano que tilda Trinità–, gozando desde su pretil izquierdo de una fantástica vista del Arno y del próximo y célebre Ponte Vecchio, cargado de tiendas y casas sobre sus arcos.
Proseguimos por la Via Maggio –famosa por sus galerías de arte y anticuarios, todavía cerrados a nuestro paso–, y en un visto y no visto alcanzamos nuestro destino, al final de una empinada cuesta. Un ascenso que sin duda realza la imponente presencia del Palacio, pero que a los visitantes de cierta edad les hace echar de menos unas escaleras mecánicas.
Lo primero que nos llama la atención en el Palazzo Pitti[4], incluso antes de entrar, son las finestrae inginocchiate, o grandes ventanas bajas enrejadas, rematadas con un tímpano y apoyadas en unas ménsulas que recuerdan los soportes de un reclinatorio (inginocchiatoio)… así como el Hércules Farnese que recibe al visitante[5].
Ya en el interior, admiramos la magnífica colección de la Galería Palatina, con pinturas de Botticelli[6], Andrea del Sarto[7], Rafael[8], Bronzino[9], Tiziano[10], Caravaggio[11] o Rubens[12], descubriendo también dos excelentes cuadros de José de Ribera, El martirio de San Bartolomé (1629) y un San Francisco de Paula (1643); y una preciosa Virgen con el Niño (1655-60) de Bartolomé Esteban Murillo, en la Sala Marte.
Así mismo, reparamos en la notable serie de retratos a cargo de Frans Pourbus el joven[13] y Giusto Suttermans[14] y algunas joyas aisladas como el retrato de Claudio de Lorena, duque de Guisa, pintado por Jean Clouet; el extraordinario retrato del cardenal Guido Bentivoglio realizado por Van Dyck[15]; la espectacular Judit con la cabeza de Holofernes, de Cristofano Allori; y la serena y magistral Virgen con el Niño e historias de la vida de Santa Ana, pintada por Fra Filippo Lippi.
Todos y cada uno de los salones que componen la Galería Palatina tienen un carácter y un sabor especial, preservado, por fortuna, hasta nuestros días; sin experimentos, reconfiguraciones de espacios ni otras ocurrencias… de modo que el visitante puede disfrutar de unas salas bellamente ornamentadas[16], cálidas y elegantes, que hacen especialmente grato el recorrido. Algunas de estas estancias están presididas en su centro por espléndidas esculturas de mármol, como es el caso de la Venus italica de Antonio Canova, en la sala homónima; La Caridad educadora de Lorenzo Bartolini[17], en la llamada Sala de la Iliada; o la Victoria de Vincenzo Consani en la Sala de Júpiter. Piezas de una calidad excepcional que son un anticipo de la riquísima colección de escultura que alberga la Galleria d’Arte Moderna sita en el mismo Palazzo.
En esta Galería encontramos una delicadísima “Psique abandonada” (1816), de Pietro Tenerani; un divertido y tierno “Chiquillo a caballo de una escoba” (1875), de Francesco Barzaghi; la muy literaria y sugerente “Pia de’ Tolomei e Nello della Pietra”[18] (1861), a cargo de Pio Fedi; los emotivos “Viejo comiendo sopa” (1890-1900), “La derelitta”[19] (c.1894) e “Il Ciccaiuolo”[20] (1900-01), de Domenico Trentacoste; la bella “Susana” (1868-72), de Odoardo Fantacchiotti; las entrañables escenas de Adriano Cecioni[21]; las dramáticas “La via perduta” (1920) y “Abandonada” (1931), de Alimondo Ciampi; las conmovedoras “Orante”, “Sagrada Familia” y “Vuelta de correos”[22], de Augusto Rivalta; la patriótica “Ehma” (1852), de Salvino Salvini; las expresivas terracotas de Urbano Lucchesi[23]… y un larguísimo etcétera de obras y autores de calidad que testimonian la pujanza de la escultura italiana más allá del Renacimiento y del Barroco.
En definitiva, un fantástico santuario del Ottocento, a la altura del Palais D’Orsay francés o de las galerías homónimas de Roma o Palermo, y, sin duda, –pensamos mientras paseamos por los jardines de Bóboli y las imágenes de las obras contempladas todavía reverberan en nuestra cabeza– otra razón de peso para visitar Florencia.
NOTAS AL PIE DEL DOCUMENTO
[1] Vacaciones en Roma, 1873, Abada Editores, Madrid, 2019, p. 52. Y en otro pasaje (p. 44), Henri James afirma: “no hay más que una carrera en coche de alquiler entre nuestro pesimismo y uno de los logros más grandes de la Humanidad”.
[2] Recordemos aquí sus nombres: Ulisse Cambi (1807-1895), Salvino Salvini (1824-1899), Tito Sarrocchi (1824-1900), Giovanni Paganucci (1827-1889), Lote Torelli (1835-1896), Adriano Cecioni (1836-1886), Augusto Passaglia (1838-1918), Raffaelo Pagliaccetti (1839-1900), Giambattista Tassara (1841-1916), Amalia Dupré (1842-1928), Urbano Lucchesi (1844-1906), Antonio Bortone (1844-1938), Emilio Gallori (1846-1924), Adolfo Galducci (1850-1922), Cesare Zocchi (1851-1922), Rinaldo Carnielo (1853-1910) Ettore Ximenes (1855-1926), Dante Sodini (1858-1934), Giovanni Giovannetti (1861-1927), Giuseppe Cassioli (1865-1942).
Transcurrida poco más de una centuria desde la instalación de la última pieza, algunas de las esculturas de la fachada están siendo sustituidas por copias a causa del desgaste debido a los agentes atmosféricos.
[3] Diseñado por Bartolomeo Ammannati a instancias de Cosme I de Médici, está construido con la característica “pietraforte” florentina. Las estatuas que ornamentan sus extremos, realizadas en 1608, representan las estaciones: la Primavera, de Piero Francavilla (h. 1553-1616); el Verano y el Otoño de Giovanni Caccini (1556-1613) y el Invierno de Taddeo Landini (h. 1550-1596).
El puente de Santa Trinita recibe su nombre por la cercana Basilica de Santa Trinita, famosa por los frescos de la Capilla Sassetti realizados por Ghirlandaio en el último tercio del siglo XV. Menos conocidos, pero también de excelente factura, son los frescos de la Capilla Bartolini Salimbeni, obra de Lorenzo Monaco, y el Cristo crucificado de Felice Palma (1583-1625), sobre el altar de la Capilla Usimbardi.
[4] Empezado a construir por el banquero Luca Pitti en 1458, el Palacio Pitti fue adquirido en 1549 por Leonor Álvarez de Toledo, esposa de Cosme I de Médici. Permaneció en manos de los Médici hasta 1737, cuando fallecido Juan Gastón de Médici, el último de la dinastía, fue adquirido por su sucesor al frente del Gran Ducado de Toscana, Francisco de Lorena y Borbón Orleáns. Lo que explica la presencia en sus colecciones tanto de obras de la colección Médici como de la Casa Lorena.
El diseño del palazzo lo debemos al arquitecto Luca Fancelli, discípulo de Brunelleschi, aunque posteriormente Bartolomeo Amnannati añadió dos alas al palacio.
[5] Esta pieza es una réplica de la perteneciente al cardenal Alejandro Farnesio (1520-1589), actualmente en el Museo Arqueológico de Nápoles, copia a su vez de un original atribuido a Lisipo. Se trata de una copia romana del siglo II restaurada por el escultor Valerio Cioli por encargo de Cósimo I de Médici.
[6] Madonna col Bambino, Pequeño Juan Bautista, Retrato de hombre joven desconocido y Retrato de donna.
[7] Anunciación (1512), Disputa sobre la Trinidad (1520). Sagrada Familia (1520), Piedad con los santos (1523), Historias de José (1520), San Juan Bautista (1528), Virgen con cuatro santos (1530).
[8] La Donna Gravida o mujer encinta (1505-06); la Madonna dell’ Impannata o Virgen de la ventana con celosía (1513-14); mujer llamada “la velata”; Virgen con el Niño (1505); La visión de Ezequiel (c.1518); Virgen del Baldaquino (1507) y retratos de Guidobaldo de Montferrato (c 1508), del cardenal Bibbiena (c.1516) y del humanista Fedra Inghirami (c. 1509).
[9] Retratos de Cosme I de Médici (1546-48), Guidobaldo della Rovere (1532), Laudonia de Médici (c. 1555), y el bufón Nano Morgante (1553).
[10] Ecce Homo, Cristo, Santa Magdalena, retratos de Felipe II, Pietro Aretino (1545), Hipólito de Médici, Andrea Frizier y El concierto.
[11] Cupido dormido, Baco, el singular escudo con Medusa; Venus, Vulcano y Amor y retrato de Alof de Wignacourt (1608).
[12] Las consecuencias de la guerra (1637-38), Los cuatro filósofos (1611-12), retrato de Kaspar Scioppius y un pequeño boceto de las Tres Gracias.
[13] Pintor de cámara de María de Medici, segunda esposa del rey de Francia Enrique IV y regente durante la minoría de edad de Luis XIII. Entre sus retratos en el Palazzo Pitti cabe citar los de Eleonora de Médici, Margarita Gonzaga o el de un jovencísimo Luis XIII.
[14] Discípulo de Frans Pourbus el joven, fue pintor de cámara de los grandes duques Cosme II de Médici, Fernando II de Médici y Cosme III de Médici. En el Palacio Pitti se exponen, entre otros, los retratos de Margarita de Médici, Mattias de Médici, Fernando II de Médici, Eleonora Gonzaga o Fernando II de Habsburgo.
[15] En la Galería Palatina del Palacio Pitti también se expone otro retrato suyo de William Petty.
[16] Las paredes están forradas de terciopelo (velluto soprarizzo de seda, elaborado por la prestigiosa y antiquísima firma Luigi Bevilacqua), los suelos son ricos y variados, lámparas de araña en todas las estancias, hermosas molduras, guirnaldas y todo tipo de filigranas de estuco, mobiliario del siglo XVIII… y frescos decorando los techos de las veintiocho salas que conforman la Galería Palatina, realizados por Pietro da Cortona y su discípulo Ciro Ferri en el siglo XVII, y por Luigi Sabatelli entre 1819 y 1825.
[17] El modelo en yeso de esta pieza junto a otros muchos del mismo autor pueden verse reunidos en la Galería de la Academia de Florencia. En la Galleria d’Arte Moderna del Palazzo Pitti también se hallan expuestos un modelo a menor escala del monumento a Nikolaj Demidov (1840) y el retrato de Carlotta Barbalani.
[18] Según unos, Pia de’ Tolomei, injustamente acusada de adulterio por su esposo Nello, fue encerrada en su castillo de la Maremma para morir de malaria. Según otros, Nello la arrojó por una ventana del castillo de la Pietra en 1297 porque deseaba desposarse con Margarita Aldobrandeschi. Sea cual fuera el caso, la escena elegida por el escultor Pio Fedi muestra a Nello recibiendo fríamente las muestras de afecto de su esposa mientras maquina su venganza. En la base de mármol figura una frase extraída del Canto V del Purgatorio de la Divina Comedia de Dante: “ricorditi di me, che son la Pia; Siena mi fé, disfecemi Maremma”. Es decir: “Acuérdate de mí, que soy Pía; Siena me hizo, Maremma me deshizo”.
[19] Mujer abandonada.
[20] Un muchacho pobre y descalzo busca en el suelo con un farolillo mientras con la otra mano guarda una colilla previamente recogida del pavimento.
[21] “Reunión en las escaleras” (1884-86) muestra a un niño pequeño con una tostada en la mano asediado por un perrito; “Niño con un gallo” (1868) retrata a un churumbel llorando mientras agarra con fuerza a un gallo que se resiste e intenta zafarse; “La madre” (1878-79) alzando a su hijo en brazos; las terracotas “Golpe de viento” y “Viento en popa” representando a dos mujeres jóvenes sufriendo el embate del aire.
[22] La escultura muestra a una mujer joven leyendo de pie y con mucha atención una carta.
[23] “El rosario” (c. 1880) e “Il cantastorie” o el narrador (1884).









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