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Rafael Domingo Oslé (Logroño, 1963) es catedrático de Derecho Romano y titular de la Cátedra Álvaro d’Ors del Instituto Cultura y Sociedad de la Universidad de Navarra. Se licenció y doctoró en Derecho por esa universidad, ambas veces con premio extraordinario, como discípulo de Álvaro d’Ors, y fue decano de su Facultad de Derecho. Entre 2011 y 2023 enseñó en la Universidad Emory de Atlanta como Spruill Family Professor of Law and Religion y codirigió el programa sobre cristianismo y derecho de su Center for the Study of Law and Religion. Es coeditor del Journal of Law and Religion (Cambridge University Press), doctor honoris causa por dos universidades y miembro de la Academia de Jurisprudencia de La Rioja. Ha publicado treinta y cinco libros y más de cien artículos académicos sobre historia jurídica, derecho global, derecho y religión, y espiritualidad. Entre ellos figuran The New Global Law (2010), Roman Law: An Introduction (2018), Law and Religion in a Secular Age (2023) y The Oxford Handbook of Christianity and Law (2023), que coeditó con John Witte Jr. En La Esfera de los Libros ha publicado El sentido del cristianismo (2025).

Le entrevistamos en esta ocasión sobre su último libro en esta misma editorial: El perdón. Una sabiduría silenciosa.

¿Por qué decidió escribir un libro sobre el perdón precisamente ahora?

Llevaba años escuchando a personas heridas. En más de cuarenta sesiones sobre el perdón, tanto en España como fuera de ella, mucha gente me ha contado lo que le hicieron y lo que le costó perdonar, o por qué no lo consiguió. Ese material pedía orden. El empujón definitivo llegó en enero de 2025, con la muerte de un amigo muy cercano con quien había discutido sobre el perdón durante casi siete años. Pocas semanas después escribí la primera línea. Mientras redactaba, me alegró ver que León XIV ponía el perdón en el centro de su pontificado.

¿Por qué llamarlo «sabiduría silenciosa»?

Los perdones que más me han enseñado no se pronunciaron nunca. San Juan de la Cruz pasó más de ocho meses encerrado en una celda oscura de Toledo por sus propios hermanos de hábito, sufriendo azotes semanales. Cuando se fugó, las descalzas quisieron que les contara su calvario y él se negó. De sus carceleros no dijo jamás una palabra de crítica: callaba el agravio para que no creciera al nombrarlo.

Edith Stein dejó escrito en su testamento que ofrecía su vida por Alemania. Las SS la sacaron del Carmelo de Echt y la asesinaron en Auschwitz el 9 de agosto de 1942, el mismo día en que llegó, sin esperar nada de sus verdugos. Es una sabiduría que no se aprende en las aulas: cualquier persona accede a ella si perdona, haya estudiado o no.

Viniendo del mundo del derecho, ¿Cuándo se dio cuenta de que la justicia se queda corta si no entra en juego el perdón?

Me di cuenta poco a poco, explicando a mi alumnado la definición de Ulpiano: «La justicia consiste en dar a cada uno lo suyo». El derecho entiende por «lo suyo» lo que un juez puede ordenar, como una pena, una indemnización o una restitución. Sin embargo, a cada persona se le debe también algo que ninguna sentencia puede otorgar: al culpable, la posibilidad de no quedar reducido para siempre a su peor acto; a la víctima, la libertad de no vivir encadenada a su herida. Eso solo lo da el perdón, y el perdón lo conceden las personas: ningún tribunal puede ordenarlo. Por eso sostengo que la justicia, en su sentido pleno, consiste también en dar a cada uno su perdón.

¿Se puede perdonar a alguien que ni siquiera admite su error o que no quiere ver la verdad?

Sí. El perdón nace de la libertad interior del herido y puede darse aunque el otro no lo pida ni reconozca su culpa. La reconciliación, en cambio, pide más: que el ofensor admita el daño y repare lo que pueda.

León XIV se lo explicó en junio, en la vigilia de Barcelona, a una joven cuyo padre había intentado matar a su madre y que todavía no lograba perdonarle. Le dijo que perdonar no obliga a volver a la relación de antes —sobre todo cuando ha habido violencia—, y que se puede renunciar al odio y a la venganza aunque ese vínculo no se recupere. Añadió que en el perdón se avanza paso a paso.

Christian de Chergé, prior de los monjes de Tibhirine, llevó ese perdón unilateral al extremo. En su testamento, escrito más de dos años antes de que lo asesinaran, se dirigió también a su futuro verdugo, cuyo nombre ignoraba: «Y a ti también, amigo del último instante, que no habrás sabido lo que hacías».

¿Cómo se concreta este perdón en el día a día en una sociedad tan polarizada y crispada como la nuestra?

En el libro hablo del «suelo del perdón», que se cultiva con respeto y tolerancia. Respetar a alguien significa admitir que su dignidad no depende de que yo apruebe lo que piensa o hace. Con ese punto de partida se puede discrepar sin humillar.

La polarización sigue un recorrido muy conocido. El adversario pasa a ser enemigo, y al enemigo se le acaba expulsando. Hoy esa expulsión se llama cancelación. La cancelación reduce a una persona a su peor minuto y olvida que nadie cabe entero en su propio error. En la vida diaria propongo gestos pequeños, como no contestar a una ofensa del modo más destructivo posible o dejar sin enviar esa réplica que solo busca ganar la discusión.

De todos los autores y pensadores que cita en el libro, ¿Cuál le tocó más de cerca a nivel personal?

Johan van der Vyver. Fuimos colegas en la Facultad de Derecho de Emory, en Atlanta, durante doce años. Los dos nacimos un 21 de febrero —él veintinueve años antes que yo— y lo celebrábamos juntos con nuestro amigo John Witte. Era afrikáner, denunció el apartheid desde dentro y perdió por ello su cátedra en Potchefstroom.

Cuando hablábamos de Sudáfrica, sostenía que la reconciliación de su país llegó gracias a un salto moral colectivo, que hicieron posible Tutu y Mandela, pero también una minoría de afrikáners que predicaron contra el sistema cuando costaba muy caro hacerlo. Murió en Pretoria en mayo de 2023, a los ochenta y nueve años, todavía en activo.

¿Qué le diría a esa persona que no perdona porque siente que es una muestra de debilidad o de sumisión?

Que perdonar no obliga a callar ni a renunciar a la justicia. Catalina de Aragón defendió hasta el final la validez de su matrimonio y la legitimidad de su hija, y aun así perdonó a Enrique VIII sin exigirle que reconociera el daño ni que se arrepintiera.

Nadie tiene derecho a exigir a una víctima que perdone ni a meterle prisa. Quien no perdona, sin embargo, sigue viviendo en el lugar exacto en el que lo hirieron, sometido al daño que recibió.

Al cerrar el libro, ¿le quedó la sensación de haber respondido a lo que le planteaba su amigo Adrián durante esos siete años?

Responderle no era mi propósito. Escribí el libro para entenderme a mí mismo y comprender a los demás, aunque Adrián lo recorre de principio a fin. Era un jurista escéptico, con heridas muy antiguas, que decía no saber perdonar y no querer aprender. Durante años discutimos sin que ninguno convenciera al otro.

La respuesta, finalmente, la dio él. Cuando llegué al hospital ya había fallecido, y una enfermera me entregó una hoja escrita a toda prisa. Empezaba con una palabra que nunca le había oído: «Perdóname». Y seguía: «Creo haber perdonado. Intento perdonar a tu Dios, aunque no lo logro del todo».

Autor

Javier Navascués
Javier Navascués
Subdirector de Ñ TV España. Presentador de radio y TV, speaker y guionista.

Ha sido redactor deportivo de El Periódico de Aragón y Canal 44. Ha colaborado en medios como EWTN, Radio María, NSE, y Canal Sant Josep y Agnus Dei Prod. Actor en el documental del Cura de Ars y en otro trabajo contra el marxismo cultural, John Navasco. Tiene vídeos virales como El Master Plan o El Valle no se toca.

Tiene un blog en InfoCatólica y participa en medios como Somatemps, Tradición Viva, Ahora Información, Gloria TV, Español Digital y Radio Reconquista en Dallas, Texas. Colaboró con Javier Cárdenas en su podcast de OKDIARIO.
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