20/10/2026 10:58
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Le entrevistamos sobre su libro: “Cómo recuperar la alegría. Reflexiones neurobiológicas y espirituales” (Espasa, 2026).

El P. Alfred Sonnenfeld es doctor en Medicina y en Teología. Ha sido miembro de la Comisión Ética de la Clínica Universitaria Charité de Berlín y profesor de la Facultad de Medicina de la Universidad Humboldt de Berlín. Actualmente es profesor de Antropología y Ética en la Universidad Internacional de La Rioja y de posgrado en varios másteres de la Universidad Complutense de Madrid.

¿Por qué una sociedad cada vez más conectada parece cada vez menos capaz de experimentar la verdadera alegría?

Podemos estar hiperconectados a través del mundo digital. Podemos tener incluso 5.000 seguidores en Facebook, pero no olvidemos que los vínculos digitales no son verdaderos vínculos. Simulan ser un vínculo, e incluso transmiten el sentimiento de serlo, pero no nos llenan, no nos alimentan. El verdadero vínculo requiere presencia física, contacto visual, olor y tono de voz. Los emojis no consiguen sustituir el significado, la emoción y el tono de voz; no pueden reemplazar la sonrisa. El texto no reemplaza la voz, el vídeo no sustituye al abrazo, y todo esto el cerebro lo sabe de sobra. Solo contribuyen a la soledad digital, que crea una ilusión de compañía que no logra llenar el vacío emocional.

Es mucho más fácil relacionarse a través del mundo digital porque no requiere compromiso. En los mundos virtuales te puedes enfrentar a granujas y seductores, pero sabes que, por lo general, acabará bien. Puedes incluso morir y renacer después de haber estado un rato en una simulación; vives en la ilusión de la compañía, pero sin las exigencias de la amistad. Por el contrario, la conversación cara a cara es un acto muy humano y humanizador. La gente real exige una respuesta a sus sentimientos, y no cualquier respuesta. Una conversación profunda de amistad permite que seamos vulnerables. Sabe atender a las pausas, los titubeos, las asociaciones y a las cosas que se dicen con el silencio. Estar totalmente presente significa estar abierto al rumbo que pueden tomar las cosas.

¿Por qué afirma que la hiperconexión digital es una “epidemia silenciosa”?

Lo que afirmo en el libro es que una hiperconexión digital, es decir, pasar un número excesivo de horas delante de las pantallas, conduce a tener “cerebros pantalla”. La epidemia silenciosa es una enfermedad real y medible; sus consecuencias son desastrosas para las personas, para las relaciones entre ellas, para nuestra capacidad de actuar como seres humanos y para nuestros sentimientos.

¿Cómo influye esta hiperconexión digital en nuestro cerebro y en nuestro estado de ánimo?

Nuestro sistema nervioso está diseñado para respetar tiempos de silencio, tiempos de relajación, tiempos de calma y tiempos de tensión. Este es un ritmo saludable de tensión y relajación, en el que se alternan el sistema simpático y el parasimpático. Por eso es una ayuda poderosa vivir de acuerdo con un buen plan de vida que nos permita atender sanamente a nuestro trabajo y a todas nuestras ocupaciones y, por supuesto también, a nuestros tiempos de oración. También el silencio y respetar los tiempos de silencio son constitutivos para la salud de la persona. Pero, bajo la influencia del mundo digital, el estrés y la estimulación son constantes porque apenas hay calma. Incluso de noche, tantísima gente mantiene el móvil encendido en la mano o cerca de la cama para poder mirarlo en cada momento.

¿Por qué nos lleva a la soledad, a la depresión y a la angustia?

Una de las consecuencias devastadoras de la epidemia silenciosa es la soledad digital. Aunque vivimos hiperconectados, la soledad emocional entre los jóvenes va en aumento. Hace años, la juventud se movía en grupos: compartían juegos, salidas, paseos, excursiones y experiencias colectivas. Eso era vida real, amistades reales, risas frente a frente. Hoy, sin embargo, son cada vez más los jóvenes que eligen aislarse en su habitación, buscando compañía en pantallas que apenas reflejan la realidad de la vida. Se dejan seducir por tendencias e influencers cuyas vidas idealizadas influyen en sus decisiones.

Los jóvenes están casi siempre conectados y les cuesta muchísimo mantener una conversación cara a cara. Y así no aprenden una cosa que hoy es esencial para la vida y para el trabajo: la empatía. De ahí que podamos decir que la hiperconectividad aviva el narcisismo y la falta de empatía: uno se mira a sí mismo y pierde la capacidad de ponerse en el lugar del otro, porque mirar al otro requiere atención y presencia. Muchos neurobiólogos piensan que, a partir del año 2030, la soledad será el motivo principal para la aparición de problemas psíquicos y psiquiátricos.

¿Por qué destaca la extraordinaria capacidad del cerebro para cambiar estos malos hábitos y regenerarse?

La buena noticia que llega de la mano de la neurobiología es que nuestro cerebro está capacitado para aprender y cambiar constantemente, adaptándose a los pequeños o grandes retos de la vida. El cerebro goza de una gran plasticidad —neuroplasticidad es el término científico—, es maleable y moldeable, con gran capacidad de adaptación ante las nuevas circunstancias, incluso en edades muy avanzadas.

¿Cómo la espiritualidad y tener un sentido en la vida impactan positivamente en las neuronas y en el estado de ánimo?

Necesitamos vínculos y relaciones con los demás; el sentido de pertenencia es una necesidad del cerebro sano. Lo contrario —vivir en soledad, impuesta o buscada— es uno de los factores de riesgo más comprobados para enfermar y perder capacidades cognitivas. El uso descontrolado de los móviles está destrozando nuestros cerebros e impide el desarrollo de la neuroplasticidad que nos ayuda a superar las dificultades de la vida.

Pero he de añadir algo fundamental: las pantallas efectivamente están diseñadas para que nos hagamos adictos, por ejemplo, a Instagram, pero, no obstante, hemos de subrayar que en la mayoría de los casos la culpa se debe a la falta de templanza. La hiperconexión es también un déficit de gobierno de uno mismo. Por eso es tan importante madurar. Esto implica vivir serenamente y, para eso, vivir coherentemente. El que vive en el autoengaño, el que lleva una vida doble, el que abraza la mentira, no puede alcanzar la felicidad. Sin prudencia, la valentía se convierte en temeridad; la justicia, en rigidez; la generosidad, en ingenuidad. El prudente no improvisa ni reacciona: observa, escucha y actúa en el momento preciso.

¿Por qué salir del individualismo y abrirse a los demás nos hace recuperar la felicidad?

Así como el ser humano es por naturaleza social (nuestro cerebro es relacional, por eso necesitamos tanto los buenos vínculos) y únicamente podremos ser felices siendo solidarios y contribuyendo con nuestra vida al bien común, de igual modo hemos de entender que el ser humano, por naturaleza, por su biología, y no solamente a través de su espíritu, está orientado hacia una vida buena, hacia una vida humanitaria. Llevar una vida prosocial contribuye a que nuestros genes trabajen mejor. Ciertamente los genes no nos dicen en qué consiste llevar una vida buena, pero al vivir con esa actitud y tendencia hacia el bien, estos contribuyen a que las prolongaciones de las neuronas de nuestro cerebro segreguen unas sustancias que podemos entender como «abono para el cerebro» y que con Gerald Hüther hemos acordado en denominar «sustancias mensajeras neuroplásticas». Es, por tanto, la actitud interior de una persona, con un propósito vital en cada etapa de su existencia, la que favorece nuestra salud corporal y psíquica y, además, nos coloca en una posición adecuada para solucionar mejor los retos del futuro. Este descubrimiento ha sido calificado por muchos científicos como un antes y un después.

¿Qué pequeños hábitos diarios recomienda para empezar a recuperar la ilusión?

La ilusión no se espera: se reconstruye a base de gestos pequeños y diarios, convirtiendo cada jornada laboral en un día festivo. Sabe ver las cosas bajo el influjo de la virtud de la templanza, una palabra que procede de temperare en latín, y que quiere decir mezclar las cosas en su dosis justa. Así, la persona templada en su deseo de conocer es alguien que no se queda absorbido por lo inmediato, sino que consigue ir siempre más allá. Desarrolla una actitud abierta, atenta y silenciosa que le predispone para alcanzar el corazón de las cosas. Entonces, el mundo le habla. El mundo es bello. Sabe vivir ilusionadamente abierto al detalle, no saltando como una mariposa de flor en flor.

Esta mirada que va de flor en flor puede ser el síntoma de un auténtico desarraigo; puede significar que la persona ha perdido la capacidad de habitar en sí misma. Más o menos conscientes de nuestro vacío interior, buscamos huir hacia afuera, hacia el mundo de la distracción, y paradójicamente abandonamos el único lugar donde encontraremos a aquel que puede saciar nuestra sed.

San Agustín lo expresó de esta manera: “Y he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te andaba buscando; y deforme como era, me lanzaba sobre las bellezas de tus criaturas. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Me retenían alejado de ti aquellas realidades que, si no estuviesen en ti, no serían”.

¿Cómo se puede encontrar alegría en una rutina diaria que resulta monótona aparentemente?

No propongo huir de la monotonía, sino habitarla con presencia. La pérdida de alegría no viene de que los días se repitan, sino de que los atravesamos sin estar en ellos: la rutina se vuelve monótona cuando se convierte en piloto automático, no cuando se repite. Un mismo gesto, hecho con atención, es distinto cada día.

Cosas pequeñas, no cosas nuevas para todo. La alegría se recupera por hábitos y por la sorpresa que el cerebro necesita; pero esa sorpresa no exige una vida distinta, exige variaciones dentro de la vida que ya tienes. Un camino nuevo al trabajo, un libro distinto, un hobby que no te exige nada, cambiar el orden de algo que haces siempre. «Algo que sorprenda al cerebro», no algo que lo revolucione.

Recuperar el entusiasmo infantil. Me fascina el asombro de un niño de 3 o 4 años. Se saben entusiasmar 30 o 40 veces al día y saben vivir en el presente, saben, como diría Tarkovsky, esculpir el tiempo. La clave no es hacer más cosas, sino mirar lo cotidiano con la misma curiosidad con que un niño mira lo que ya ha visto mil veces. La ducha, el café de la mañana, el trayecto: todo eso es nuevo si lo miras de verdad.

El juego y el flow. La vida adulta pierde la ilusión, en parte, porque deja de jugar. Hablo en el libro del juego y del flow como estados en los que uno se pierde en lo que hace y deja de mirarse. La rutina monótona es la rutina en la que uno se mira todo el rato desde fuera; el flow es exactamente lo contrario, y se puede encontrar en algo tan pequeño como cocinar, leer, tocar un instrumento o caminar sin objetivo.

¿Cómo procura aplicar a su vida estas ideas?

¿Cómo conseguir todo esto? La contestación para mí es sencilla: imitando a Jesucristo. Vivir, como diría San Pablo, siendo alter Christus, ipse Christus. Imitar a Jesucristo, como diría Ratzinger, significa recorrer un camino orientado contra la fuerza de gravedad del egoísmo, del afán de obtener lo puramente material y del deseo de conseguir el mayor placer, que se confunde con la felicidad. La imitación de Cristo es un camino por aguas agitadas y turbulentas. De ahí que solo nos sea posible recorrerlo cuando estamos dentro del campo gravitatorio del amor de Jesucristo, dirigimos a Él nuestra mirada y somos sostenidos por la nueva fuerza gravitatoria de la gracia: ella nos allana el camino —que por nosotros mismos no podemos recorrer— hacia la verdad y hacia Dios.

Autor

Javier Navascués
Javier Navascués
Subdirector de Ñ TV España. Presentador de radio y TV, speaker y guionista.

Ha sido redactor deportivo de El Periódico de Aragón y Canal 44. Ha colaborado en medios como EWTN, Radio María, NSE, y Canal Sant Josep y Agnus Dei Prod. Actor en el documental del Cura de Ars y en otro trabajo contra el marxismo cultural, John Navasco. Tiene vídeos virales como El Master Plan o El Valle no se toca.

Tiene un blog en InfoCatólica y participa en medios como Somatemps, Tradición Viva, Ahora Información, Gloria TV, Español Digital y Radio Reconquista en Dallas, Texas. Colaboró con Javier Cárdenas en su podcast de OKDIARIO.
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