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La cizaña del dogma siempre termina ahogando al sembrador. Durante años, la intelectualidad de la izquierda radical y el activismo de salón han cultivado un relato perverso para amparar, blanquear y santificar la usurpación de la propiedad privada. Con una frivolidad pasmosa y una retórica buenista, despojaron de amparo a miles de familias trabajadoras a las que condenaron al infierno de la indefensión jurídica, tildando su drama de «propaganda alarmista» mientras aplaudían el atropello desde la superioridad moral de sus trincheras.
Pero la realidad es una jueza implacable que no entiende de carnés políticos ni de eslóganes prefabricados. Resulta casi poético observar cómo colapsa el dogma cuando la ideología toca a la puerta de casa y los mismos teóricos que justificaban la okupación ajena descubren, entre sollozos e incredulidad, que el delito también se alquila. Las «palabras» que antes sobraban para dar cobertura teórica al usufructo ilegítimo se vuelven de pronto inexistentes cuando el patrimonio expoliado es el propio.
Esa es la verdadera dimensión de la hipocresía: la tragedia ajena era un mal necesario en nombre de la utopía social, pero el tropiezo propio es un drama intolerable que requiere la inmediata empatía del público. La propiedad privada no es un concepto elástico que se moldea según la conveniencia del activista de turno, sino la piedra angular de la libertad humana y de la seguridad jurídica. Quien alimenta a las fieras de la ilegalidad no puede pretender que estas le muestren respeto cuando decida poner un inmueble en el mercado.
El cinismo de este doble rasero revela hasta qué punto la ingeniería social de la extrema izquierda vive desligada del sufrimiento real que ella misma causa. No hubo compasión alguna para las miles de víctimas anónimas a las que destruyeron la vida, arruinaron los ahorros de toda una existencia o sumieron en un calvario judicial infinito bajo el amparo de leyes concebidas para blindar al delincuente. Para ellos solo hubo desprecio, etiquetas de «extrema derecha» o la soberbia indiferencia del poder.
Se han dado casos de militantes y votantes tradicionales de la izquierda que, tras ser víctimas de «inquiokupaciones» o allanamientos en sus propiedades, han denunciado en medios de comunicación la indefensión a la que los aboca la actual legislación antidesahucios y el marco normativo promovido por Podemos. Estos episodios ilustran el mismo patrón: la doctrina ideológica del blanqueamiento de la usurpación colapsa de forma inevitable en cuanto la realidad del delito toca la puerta del propio propagandista.
Hoy, transcurridos años de aberración okupa, la justicia poética coloca a cada cual en su sitio y desnuda la vaciedad de una doctrina liberticida que se desmorona en cuanto le toca pagar la factura de sus propios estragos. España no necesita la tardía ni plañidera toma de conciencia de quienes recogieron las tempestades que ellos mismos sembraron, sino una restitución inmediata del orden constitucional, la protección sagrada de la propiedad y un castigo legal e inflexible para todo el que atente contra el fruto del esfuerzo ajeno.
La ruina moral de este colectivismo subvencionado radica en su absoluta incapacidad para asumir las consecuencias de sus propios dogmas. Pretenden gozar de las garantías, la seguridad jurídica y los rendimientos económicos del libre mercado cuando les conviene alquilar, mientras pontifican sobre la desobediencia y amparan la usurpación cuando el afectado es el vecino. Esa escoria conceptual, construida a base de demagogia y soberbia de cátedra, se estrella frontalmente contra la realidad de un país al que han pretendido anestesiar a fuerza de propaganda.
No hay margen para la piedad dialéctica ni para el abrazo consolador frente a quienes han ejercido de bomberos pirómanos de la convivencia civilizada. La lección es tan amarga como incontrovertible: cuando se destruye el principio de autoridad y se dinamitan las bases de la propiedad privada, la carcoma no distingue entre el ciudadano de a pie y el agitador que le prendió fuego al edificio. La restauración del orden exige señalar sin vacilaciones esta miseria intelectual hasta erradicar por completo la impunidad del okupa y la complicidad de su protector.
RES NON VERBA
Autor

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Ignacio Fernández Candela es escritor, pintor y columnista internacional Muck Rack, autor de 17 libros y miles de artículos. Con más de 35 años de trayectoria en muchos medios de prensa escrita y digital como El Imparcial, Rambla Libre, Diario 16, Levante y ÑTV España entre otros, desarrolla una obra que combina análisis sociopolítico y creación artística, con más de 500 pinturas y cincuenta exposiciones individuales.
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Perfil de autor, obra literaria y trayectoria indexada en Google con Google Knowledge Panel.
Propietario y editor de ÑTV ESPAÑA desde julio del 2023 hasta julio del 2025.
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