25/08/2026 00:12
Getting your Trinity Audio player ready...

La Madre Olga María del Redentor es Carmelita Samaritana del Corazón de Jesús y una mujer profundamente enamorada de Jesucristo. Su vida y su vocación tienen un centro muy claro: el Corazón de Jesús, ese Corazón humano y divino que para ella es su Vida Inseparable, hogar, escuela, fuente de misericordia y lugar desde el que aprender a mirar y amar al mundo. Apasionada por Cristo y por la misión de anunciar su Evangelio, vive su vocación desde una espiritualidad profundamente contemplativa, pero también muy encarnada y cercana.

En ella se unen el amor apasionado a la Iglesia Católica, la tradición del Carmelo, la experiencia de la oración y la intimidad con Jesús, y un fuerte deseo de salir al encuentro de las personas, especialmente de quienes tienen sed de Dios, pero quizá no encuentran fácilmente un lenguaje para acercarse a Él. Es una persona apasionada, sensible, empática, creativa y profundamente inquieta, con una mirada especialmente atenta a las personas y a las historias que hay detrás de cada rostro. Le gusta comunicar, crear, escribir, hablar, imaginar caminos nuevos y encontrar formas de hacer llegar el Evangelio a lugares donde quizá la Iglesia no siempre consigue estar. También se define por una manera de vivir la fe con alegría, naturalidad y sentido del humor. No entiende la santidad como algo triste o distante, sino como la aventura apasionante de dejarse transformar por el amor de Dios.

Por eso procura hablar de la fe con un lenguaje cercano, sin miedo a reírse de sí misma, a emocionarse, a hacerse preguntas o a entrar de lleno en los grandes temas que afectan al corazón del hombre contemporáneo. En los últimos años ha desarrollado una intensa labor de evangelización en las redes sociales, utilizando especialmente Instagram y otros medios digitales como nuevos “pozos” donde encontrarse con las personas de nuestro tiempo. Desde allí habla de Dios, de la vida, de las heridas humanas, de la vocación, del amor, de la Iglesia y de la espiritualidad con un lenguaje directo, cotidiano y profundamente personal.

Su inspiración nace de una convicción muy sencilla: el mundo no necesita cristianos perfectos, sino cristianos enamorados. Personas que hayan descubierto que el Corazón de Cristo no es una devoción del pasado, sino un Corazón vivo que sigue latiendo por cada hombre y cada mujer. Y quizá por eso, si hubiera que resumir a Madre Olga María en pocas palabras, bastaría con decir que es una mujer enamorada de Jesús, apasionada por la vida, enamorada de las personas y empeñada en una cosa: que todo el que se cruce con ella pueda descubrir, de una manera u otra, que hay un Corazón que le está esperando y le ama con un amor gratuito e incondicional.

¿Qué pasó en su vida para qué de repente sintiese la llamada al Carmelo?

Bueno, en esta primera pregunta habría que decir que no pasó nada repentinamente en mi vida, sino que yo ya llevaba un tiempo largo, bastante largo, sintiendo un vacío grande dentro del corazón. Creo que durante toda mi vida he sido una buscadora incansable de amor, una buscadora incansable de plenitud, de felicidad, de algo que durara y que no se terminara. Y eso el Señor lo fue trabajando dentro de mí, sobre todo el deseo de un amor ilimitado, de un amor sin fin, de un amor siempre fiel… Tenía mucho miedo a entregar el corazón a alguien y que, ese alguien me fallara y me dejara, y no me fuera fiel y me abandonara. Que después de haber dado todo, no recibiera lo mismo. Y entonces, donde tuve certeza y seguridad de esa plenitud de correspondencia a mi amor solo podía encontrarla en Dios

Eso fue un proceso que se fue forjando dentro de mí y Dios fue iluminando mi corazón. Entonces… pronto comprendí que mi lugar era en la vida consagrada. Y después, dentro de la vida consagrada, pues yo, en un principio, no pensaba en el Carmelo, porque tampoco era algo que me resultara muy cercano, ¿no? Es más, las monjas del Carmelo, las Carmelitas Descalzas, me parecían una cosa como bastante anacrónica y bastante arcaica, algo como muy lejano… Entonces… pues como que no me llamaba nada la atención. Pero sí que es verdad que ese deseo mío de plenitud, de fidelidad absoluta, de garantías, de amor sin fin… pues cuando ya vi claramente que tenía que ser la entrega en la vida consagrada, después fui viendo todavía más. Fui viendo que en la vida consagrada había diferentes carismas, y que yo quería un amor único y una vocación dedicada a un amor único y exclusivo. Amar al Amor. Yo quería amar al Amor. Entonces… fui encontrando que esa pasión de amor absoluto que yo buscaba la reconocí en una mujer, Santa Teresa de Jesús.

Una manera radical de vivir el enamoramiento de Jesucristo lo vi también en ella. Y a partir de ahí, me fui dando cuenta de que el Carmelo era eso que yo estaba buscando. Aunque de entrada me descuadró muchísimo, porque yo he sido siempre un alma inquieta: siempre he querido hacer muchas cosas, verlo todo, saber, viajar, moverme, aprender… Y de repente, el Carmelo era como truncar todo eso de raíz y asumir eso así me costó un poco, la verdad. Pero también aprendí que las cosas no tenían que ser propiamente planeadas, sino que Dios tenía un plan que era mucho mejor que el mío. Pero desprenderme de mi plan y abrazar el de Dios -estamos hablando de 16-17 años que tenía yo entonces- de entrada no me resultó nada sencillo. Pero volvemos a lo de siempre: cuando uno está enamorado, está enamorado. El enamoramiento es más fuerte. Y para mí, la persona de Jesucristo siempre ha ejercido una fascinación difícil de explicar. Él es toda mi vida. Él es mi Vida inseparable, el amor de mi vida. Entonces, con tal de estar con Él… pues yo hago lo que sea. Y en ese momento… “lo que sea” era ser Carmelita Descalza. Y bueno, pues ahí me puse a ello, me fui.

¿Le costó mucho quemar los navíos?

Me costó mucho quemar las naves, no, porque tengo una manera de ser que… soy muy apasionada. Entonces, cuando ya una cosa me entra en el corazón… ¡pues ya está! Entonces fui absolutamente feliz desde el minuto cero, e incluso antes. Antes de ingresar en el convento yo ya había quemado mis naves. Yo ya sabía que iba al Carmelo para siempre y me daba igual lo que me fuera a encontrar, en el sentido de que si me dicen que tengo que andar cabeza abajo, pues aprenderé; si me dicen, yo qué sé… no sé cómo explicarme. Me da igual lo que haya que hacer. Sé que es ahí. Sé que Él me espera ahí. Sé que el amor de mi vida está ahí y yo hago lo que sea con tal de estar con Él, ¿no? Entonces, quemar todas las naves no me supuso mucho esfuerzo. Una vez que me enamoré, me entusiasmé de esa vocación.

Y deseaba esa manera de vivir con todo mi ser. Si: he deseado siempre, con todas mis fuerzas, el plan de Dios, la Voluntad de Dios y la felicidad… y sentir el corazón lleno. Y solamente he logrado sentir el corazón lleno estando con Él, haciendo lo que Él me pedía, y así lo sentía. Aunque no deja de haber un cierto desgarro, y no se deja de sentir la renuncia, ¿no?, y la separación física y material de todo lo que tú amas… de todo lo que ha sido tu vida hasta ese momento. O sea, en ese sentido, sí que lo sentí. Porque no soy un ser sin sentimientos, duro, frío… no soy una piedra. Pero una cosa es que sintiera la renuncia y otra cosa es que no me costó mucho quemar las naves, porque… Jesucristo, para mí, es digno de que hagamos por Él cualquier sacrificio. O sea, Él merece todo. Todo: todo mi amor y toda mi vida. Y darle lo poco que tengo, que no es nada, pero dárselo todo.

¿Cómo una joven muchacha se fue acostumbrando a vivir en clausura, en una vida de silencio, oración y penitencia?

¿Cómo te puedes acostumbrar? Pues te acostumbras a todo cuando tú tienes el corazón lleno y eres feliz. O sea, Jesucristo tiene la capacidad de llenar el corazón, de hacer feliz, de cambiarte por dentro, de poner sentido a todo aquello que te toca vivir. Y porque lo que menos importa es lo que pasa por fuera. Al final, lo que importa es lo que pasa por dentro, y lo que pasa por dentro es tan bonito, tan sumamente precioso, que da sentido a todo lo exterior. Aunque a veces te puede costar, evidentemente. Con 18 años recién cumplidos hay cosas que te cuestan. La clausura como tal no me costó mucho, porque, ya te digo: era tan feliz que estar siempre en el mismo sitio no me planteaba problema; porque el problema no es el sitio, sino el sentido de esa permanencia en ese lugar. Y sabes que estás haciendo lo mejor, aquello que Dios soñó para ti y, al final, lo que te va a hacer feliz a ti y, en consecuencia, al mundo. Porque ser feliz yo y vivir mi propia vocación es un bien no solo para mí, sino para toda la Iglesia y para toda la humanidad. Entonces… acostumbrarme a la clausura en principio no fue muy complicado. No fue lo más difícil. El silencio me costó un poquito más, porque yo soy muy ruidosa, muy bullanguera y muy parlanchina. La oración y la penitencia… yo sabía a lo que iba. Yo sabía a qué iba al convento. No llegué ahí y, de repente, me encontré con que hacen dos horas de oración al día y rezan la Liturgia de las Horas y hay que hacer cierta penitencia… No me pilló de sorpresa. Sabía a que iba. Y cuando tú eres llamada a algo… pues lo abrazas, no solo con paz, sino con ilusión, con ganas, con deseo… porque la vocación enciende dentro de ti el deseo de eso. El gusto, a veces acompaña y otras veces no. Pero siempre he tenido conmigo el deseo de Dios, y el deseo de Él y de lo que Él quiere.

Entonces… bueno… hay cosas que, efectivamente, te cuestan más que otras, pero al final… hay un proceso humano que va acompañando al proceso espiritual y la verdad es que es precioso. Yo opino que, si hay algo que es bonito y de lo que me siento privilegiada en la vida religiosa, es ver florecer a una postulante, ¿no? Y ver cómo aquella que llegó, pues… con sus ideas, sus conceptos, sus miedos, sus dudas, sus perplejidades… se va afianzando en el Señor, va arraigando a Cristo en su corazón y va floreciendo de verdad. Y va saliendo de ahí… esa mujer consagrada que Jesucristo ha pensado desde la eternidad, y que Él está llamando. O sea, Él trae a una chica a la vida consagrada para llamarla, para que salga de ella esa mujer consagrada, esa monja que Dios sueña desde la eternidad y a la que está llamando a esa realidad. Pero eso no sucede al día siguiente. Es un proceso. Se va formando un capullo y, al final, ese capullo rompe, revienta y nos muestra una flor preciosa. Pero estamos hablando de un proceso y hay que darle tiempo. Y bueno, no es que sea especialmente difícil, pero se necesita la gracia de Dios, y estar enamorada de Cristo, obviamente.

¿Cómo fue el proceso de sentir el llamado a fundar un nuevo carisma dentro de la espiritualidad carmelita y su docilidad a lo que la Iglesia fuese determinando al respecto?

Bueno… pues efectivamente esto fue un proceso. Pues, a ver… una llamada es una llamada, ¿no? Y el Señor llama y, con la llamada, viene la gracia y viene la luz, primero para empezar a caminar. Esto… «de caminante no hay camino, se hace camino al andar»… pues tal cual, literal. Se hace un camino conforme el Espíritu Santo va mostrando. Y, por otro lado, es muy bonito. Es una grandísima responsabilidad y significa agarrarse muy fuerte al Señor, porque no sabes dónde poner el siguiente pie. Hay que ir viendo: «¿Y ahora dónde, Señor? ¿Y ahora qué quieres? ¿Y ahora de qué manera? ¿Y ahora qué nos dice la Iglesia esto? ¿Y ahora…?». Comprendes que esto lo tenemos que vivir de esta manera, o mejor prefieres que lo vivamos de esta otra… ¿? O sea, todo esto es un proceso y la verdad que ha sido muy hermoso. Y, efectivamente, dentro de nuestra espiritualidad carmelita ha sido una luz nueva que hemos recibido, donde hemos visto que hay muchas maneras de vivir el mismo carisma, con perspectivas diferentes que el Espíritu Santo va mostrando. Ser hijas de Santa Teresa es algo innegociable para nosotras y ahí estamos, ¿no?

Y, bueno… hemos tratado, efectivamente, de ser dóciles a lo que la Iglesia ha ido determinando al respecto y ahí seguimos: intentando siempre caminar, por supuesto, cobijadas en la Iglesia, al amparo de la Iglesia. Porque sin la Iglesia Católica donde las Carmelitas Samaritanas del Corazón de Jesús no somos, no existimos, no tenemos razón de ser. Ese amor a la Iglesia, ese amor apasionado a la Iglesia que tenía nuestra Santa Madre Teresa de Jesús, sabiéndonos hijas de la Iglesia ante todo, es un legado precioso que hemos recibido y que es una seña de identidad. Porque la Iglesia es Jesucristo, la Iglesia es el Cuerpo Místico de Jesús. La Iglesia es mucho más que una institución jerarquizada, con un grupo de eclesiásticos y… ¡¡No!! es mucho más que eso. La Iglesia es el misterio mismo de Cristo. De Cristo Jesús, que ama a la Iglesia, como dice San Pablo, como una verdadera esposa, y ha dado su vida por ella, que ha nacido de su costado. Y nosotras vivimos y somos y respondemos a Dios desde esa Iglesia nacida del Costado de Jesucristo.

¿Cómo se podría resumir su carisma y qué aporta de nuevo a la Iglesia?

Yo resumiría nuestro carisma en una palabra: corazón. Las Carmelitas Samaritanas del Corazón de Jesús hemos nacido para descubrir, contemplar y reparar el Corazón de Cristo, y desde ahí salir al encuentro de cada persona, especialmente de quien está herido, solo, sediento de amor… o alejado de Dios. Nuestra vocación tiene dos iconos preciosos, que nos representan muy bien: la mujer samaritana, que se encuentra con Jesús junto al pozo y, después de experimentar su misericordia, se convierte en anunciadora, y el discípulo amado, Juan, que reclina su cabeza sobre el Pecho de Jesús y aprende allí los secretos de su Corazón. Contemplación y misión, intimidad con Cristo y entrega a los demás.

Siempre intentando vivir en ese equilibrio. ¿Y qué aportamos de nuevo a la Iglesia? Pues… yo diría que no pretendemos inventar nada nuevo, porque el Evangelio siempre es nuevo. Lo que queremos es vivir con una intensidad nueva, con una ilusión renovada, algo que la Iglesia lleva dos mil años anunciando: que Dios tiene Corazón, un Corazón verdaderamente humano y sensible, como el de cualquiera de nosotros, que Dios ama al hombre personalmente y que ese amor puede transformar una vida. En un mundo como el nuestro, tan acelerado, tan herido y, muchas veces, tan anestesiado afectivamente, sentimos que nuestra misión es recordar que el corazón humano tiene sed de Dios. Más en realidad, más que recordarlo, lo nuestro es acompañar a quien descubre esa sed, y conducirlo hacia la fuente del Agua Viva. Queremos ser mujeres profundamente contemplativas, pero también profundamente cercanas, alegres, disponibles… capaces de entrar en las heridas de nuestro tiempo y decirle a cada persona: hay un Corazón que te estaba esperando, hay un Amor gratuito, fiel y desinteresado, que no se cansa de ti. Por eso, si tuviera que resumir nuestro carisma en una frase, diría: vivir junto al Corazón de Jesús para llevar su misericordia al mundo entero.

¿Cuáles son las principales heridas y conflictos que tiene el católico del siglo XXI?

Yo creo que el católico del siglo XXI tiene una herida bastante grande y es que, muchas veces, no sabe muy bien quién es. Vivimos en una sociedad que nos bombardea constantemente con mensajes sobre quién tenemos que ser, qué tenemos que pensar, cómo tenemos que vivir… y, en medio de todo eso, a veces el cristiano termina un poco despistado, incluso con cierta vergüenza de decir: «Pues sí, yo creo en Jesucristo». Y me parece que hay otra palabra que define mucho nuestra época: anestesia. Tenemos de todo… información, entretenimiento, redes sociales, estímulos continuamente… pero nos cuesta muchísimo parar. Nos cuesta estar en silencio. Nos cuesta preguntarnos: “¿Pero yo qué estoy buscando? ¿Qué me pasa por dentro? ¿Tengo sed de algo que no sé ni nombrar?” Y luego está, por supuesto, la soledad. Esto es muy curioso, porque nunca hemos estado tan conectados y, sin embargo, hay muchísima gente que se siente profundamente sola. Tenemos cientos de contactos, conversaciones, seguidores… pero el corazón necesita algo mucho más sencillo y mucho más profundo: sentirse amado de verdad, conocido, acogido… mirado sin tener que demostrar nada. Y aquí creo que los cristianos tenemos algo precioso que recuperar. Porque a veces hemos presentado el cristianismo como un “tienes que hacer esto, no puedes hacer aquello, tienes que cumplir…”.

Y claro, ¡con ese panorama cualquiera sale corriendo! Y hemos olvidado lo más importante: que antes de una norma hay una Persona. Que el cristianismo no empieza diciendo “tienes que hacer”, sino diciendo: “Hay Alguien que te ama”. Jesucristo no viene a complicarnos la vida. Viene a encontrarse con nosotros en nuestra vida real, con nuestras heridas, nuestras contradicciones, nuestras pobrezas, nuestras preguntas… y a decirnos: “Yo estoy aquí”. Por eso creo que una de las grandes heridas del católico de hoy es precisamente haber perdido la conciencia de su propia identidad y, sobre todo, la experiencia de ser profundamente amado por Dios. Porque cuando uno no sabe quién es… busca su identidad en cualquier sitio. En la opinión de los demás, en el éxito, en la imagen… en las redes, en tener razón, en pertenecer a un grupo… Y acabamos agotados. Yo creo que necesitamos volver al corazón, a lo esencial. Volver a descubrir que somos criaturas amadas, que tenemos un Padre, que tenemos un hogar… y que nuestra vida tiene un sentido. Que tenemos un alma inmortal y un destino eterno… Y ahí está, para mí, uno de los grandes retos de la Iglesia en este siglo: despertar al hombre de esa anestesia y volver a ponerle delante la pregunta fundamental: “¿Sabes que eres amado?” Porque cuando una persona descubre de verdad que Dios la ama… cambia todo. Y entonces ya no vive buscando desesperadamente quién es. Empieza a vivir desde lo que es: un hijo amado.

¿Qué le diría a aquella joven que vea esta entrevista y de entrada tenga inquietud de conocerlas?

Le diría: “no tengas miedo”. Y, sobre todo, no tengas miedo de hacerte preguntas. Si estás viendo esta entrevista y dentro de ti hay una pequeña inquietud, una curiosidad, un “¿y si Dios me estuviera llamando a algo más?”, no lo ahogues enseguida. No te asustes. No pienses: “¡Madre mía, a ver si voy a acabar siendo monja!”. Simplemente, pregúntale a Dios. Dile: “Señor, si esto viene de Ti, enséñame qué quieres de mí”. Y luego ven a conocernos. Sin compromiso. Sin tener que saber nada. Sin tener que llegar con una vocación debajo del brazo. Noooo. Simplemente ven, mira cómo vivimos, habla con nosotras, reza con nosotras, haz preguntas… y déjate sorprender. Porque una vocación no se descubre normalmente de golpe. Es un camino. Dios va poniendo pequeñas luces, pequeños deseos, pequeñas -o grandes- inquietudes… y una va aprendiendo a reconocer su voz. Y te diría también algo muy importante: no confundas no tener vocación con tener miedo. Tener miedo es muy humano… y que algo te cueste… no significa que Dios no lo quiera.

A veces pensamos: “Yo no podría ser religiosa porque tendría que renunciar a tantas cosas”. Y yo siempre digo: ¡espera, espera! Primero descubre lo que Dios te está ofreciendo. Porque cuando Dios llama, no viene a quitarte la vida. Viene a darte una vida que quizá tú sola no te habrías atrevido ni a imaginar. Lo que si te garantizo es que la vocación es un regalo, no una faena que Dios te hace. Y si tienes inquietud por conocernos, escríbenos. De verdad. No hace falta que tengas las cosas claras. No hace falta que estés segura. Solo hace falta que tengas el deseo de buscar. Y si esa inquietud la ha puesto Dios en tu corazón, tranquila… Él sabe perfectamente cómo llevarte. Yo solo te diría: No tengas miedo de mirar hacia dentro. No tengas miedo de preguntarle a Dios. Y no tengas miedo de descubrir que quizá tu felicidad está en un lugar y en una manera de vivir que todavía no habías imaginado. Porque a veces creemos que estamos buscando a Dios… y resulta que es Dios quien lleva mucho tiempo buscándonos a nosotros.

Autor

Javier Navascués
Javier Navascués
Subdirector de Ñ TV España. Presentador de radio y TV, speaker y guionista.

Ha sido redactor deportivo de El Periódico de Aragón y Canal 44. Ha colaborado en medios como EWTN, Radio María, NSE, y Canal Sant Josep y Agnus Dei Prod. Actor en el documental del Cura de Ars y en otro trabajo contra el marxismo cultural, John Navasco. Tiene vídeos virales como El Master Plan o El Valle no se toca.

Tiene un blog en InfoCatólica y participa en medios como Somatemps, Tradición Viva, Ahora Información, Gloria TV, Español Digital y Radio Reconquista en Dallas, Texas. Colaboró con Javier Cárdenas en su podcast de OKDIARIO.
Suscríbete
Avisáme de
guest
0 comentarios
Anterior
Reciente Más votado
0
Deja tu comentariox
ÑTV España
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.