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En el Trastevere, a apenas unos metros de la preciosa Villa Farnesina, se encuentra la Galleria Corsini, un palacio-museo alejado del circuito turístico habitual, a pesar de contar con una magnífica colección de pintura y escultura y estar asociado al Palazzo Barberini (Galleria Nazionale d’Arte Antica).

Bajo la lona vertical en la fachada que anuncia su ubicación, entramos al edificio por un monumental paso de carruajes sin hallar ninguna señal que indique el acceso a la Galería, así que nos asomamos a la garita del portero, quien nos muestra, a unos veinte metros al fondo, una elegante y ancha escalera de piedra –de pie largo y tabica corta– que conduce al primer piso. En un rellano, en sendas hornacinas, observamos dos estatuas romanas cuyos rostros no parecen corresponder con la edad de sus cuerpos, algo frecuente cuando se trata de representar a emperadores romanos, que obedece a la reutilización de motivos y cánones griegos para realzar el carácter “heroico” de los efigiados[1].

Al final del segundo tramo de escaleras, desembocamos en un amplio espacio decorado con más estatuas, y Venus y Cupido[2] en su centro[3]. Desconcertados por la altura y dimensiones de la estancia, apenas iluminada por la débil luz crepuscular de un ventanal, dudamos por un momento que la puerta entreabierta en uno de los muros sea, efectivamente, la entrada a la Galería.

Traspasado el umbral, nos recibe un gran salón que nos recuerda al Palazzo Spada o a la Galleria Doria-Pamphilj: la altura de los techos; los enormes vanos verticales en los gruesos muros, guarnecidos por gastadas contraventanas interiores de madera; la disposición de los cuadros en diferentes niveles; los zócalos generosos y bellamente decorados; las lámparas; los anchos marcos de mármol realzando las puertas; las consolas barrocas, con patas y fiadores ricamente ornamentados con complejos motivos florales… Aunque, si en los palacios antes citados el piso se halla cubierto por losetas cerámicas, el interior de la Galería Corsini presenta un suelo de terrazo con sencillos dibujos geométricos. En cualquier caso, todos los elementos están conjuntados armónicamente para producir un efecto cálido y luminoso.

Esta concepción del conjunto como un todo, en el que cada elemento contribuye a un fin mayor sin perder su carácter individual, es más atractiva, a nuestro entender, que la fría ordenación de las obras propia de los museos modernos. Y la razón es sencilla: en el Palazzo Pitti[4], en la Galleria Doria-Pamphilj, en el Palazzo Spada o en la Galleria Corsini, o en el Palacio de Cerralbo, en la Casa Chatsworth[5] o en la Apsley House[6] cada elemento contribuye a la habitabilidad del espacio, más allá de que, en ocasiones, su ubicación impida o dificulte una óptima observación.

La Galleria Corsini transmite encanto y elegancia, pero, sobre todo, resulta acogedora porque conserva el alma de quienes la concibieron y habitaron. Sus suelos gastados, cada objeto y cada detalle subrayan el valor de una educación esmerada y del tiempo bien empleado. Ese tiempo al que alude con frecuencia Chateaubriand[7] cuando escribe de Roma: “Tampoco los hombres son muy distintos de esas ruinas que van a cubrir el suelo una tras otra: la única diferencia que puede haber entre ellos, como entre estas ruinas, es que unos se precipitan ante unos cuantos espectadores, y los otros caen sin testigos”[8].

En este sentido, La Muerte de Adonis y un extraordinario San Jerónimo mirando una calavera, ambos del maestro José de Ribera, enfatizan la fugacidad de la existencia;  dos retratos de perfil de “viejos barbados” (h. 1609), de Rubens, nos hacen reflexionar sobre la belleza de lo sencillo, honrado y verdadero; y todos proclaman la inmortalidad de los temas representados y de sus artífices; como sucede con la excepcional Virgen de la leche de nuestro Bartolomé Esteban Murillo; con el conmovedor San Juan Bautista (1604-1606) de Caravaggio; o con las aleccionadoras crueldades de Judith y Holofernes (h. 1715-20), de Giambattista Piazzetta, o la Tortura de Prometeo (1646-48) de Salvatore Rosa.

Por otra parte, las salas de la Galleria Corsini exhiben también una notable colección de esculturas, entre las que destacan un busto de terracota del Papa Alejandro VII Chigi[9], modelado por Gian Lorenzo Bernini; una preciosa Bailarina con un dedo en la barbilla, de Luigi Benaimé[10] (1795-1878), inspirada en una pieza realizada entre 1809 y 1814 por Antonio Canova[11]; así como una delicadísima Psique llevada por dos céfiros, realizada en mármol por el inglés John Gibson[12] (1790-1866), cuyo estilo y finura en el tallado de las alas, traslúcidas, nos remiten a su coetáneo Pietro Tenerani (1789-1869)[13]. De hecho, la misma Galleria Corsini alberga dos alegorías aladas de la Caza y de la Pesca respectivamente, obra de Tenerani, que ilustran lo apuntado.

Así mismo, no podemos dejar de mencionar el excelente conjunto de piezas de pequeño formato que alberga el palacio, procedentes de los tres talleres de bronces artísticos más reputados de la Italia barroca: Foggini, Susini y Montauti. Piezas a escala de la Venus de Médici[14]; de Ganímedes y el águila; de Diana cazadora; de Menelao sosteniendo el cuerpo de Patroclo[15], o del Sátiro danzante[16], realizadas por Antonio Montauti (1663-1744). El Laocoonte, Plutón raptando a Proserpina y Bóreas raptando a Orizia, de Giovanni Battista Foggini[17] (1652-1725). Un León atacando a un toro y otro León atacando a un caballo, de Antonio Susini (1558-1624); así como una reducción de autor desconocido del Bautismo de Jesús de Antonio Raggi (cuyo original en mármol se encuentra en la cercana Iglesia de San Juan Bautista de los Florentinos). Es decir, una notabilísima colección, a la que debe sumarse el magnífico Hércules niño matando la serpiente del ilustre Alessandro Algardi (1595-1654) y un pintoresco conjunto titulado Pequeños faunos sobre una cabra y un papagayo, de Gaspare Bruschi (1710-1780).

En definitiva, un palacio deslumbrante no sólo por la calidad de las obras que reúne, sino por la atmósfera que las envuelve, y que, sin duda, merece ser visitado.

 

NOTAS AL PIE DEL DOCUMENTO

[1] Un ejemplo muy evidente y tardío de esta práctica lo encontramos en la estatua de Napoleón como Marte pacificador (1803-1806), realizada por Antonio Canova. Esta pieza en mármol se encuentra en la Apsley House  de Londres y su réplica en bronce preside el patio del Museo Brera de Milán.

[2] Un tema muy repetido derivado de la Venus púdica. En el Museo del Prado hay dos versiones; una de 1807 de José Ginés; y otra de Giovanni di Benedetto Bandini datada hacia 1543-53.

[3] La última vez que visitamos este palacio, en 2017, la pieza en cuestión estaba situada en una esquina.

[4] En Florencia.

[5] En Derbyshire, Inglaterra.

[6] En Londres.

[7] Chateaubriand (1768-1848), autor de la célebre obra El Genio del Cristianismo (1802),  fue secretario de la embajada de Francia con Napoleón, en 1800, cargo al que renunció por desavenencias con el emperador. A la muerte de éste, fue embajador en Roma de 1827 a 1830.

[8] Viaje a Italia, Carta desde Roma al señor Joubert, 12 de diciembre de 1803. Editorial José J. de Olañeta, colección Terra Incógnita, Palma de Mallorca, 2007,  p.50. Idea muy similar a la contenida en el célebre epitafio latino: Corpus humo tegitur / Fama per ora volat / Spiritus astra tenet: “El cuerpo está cubierto por la tierra / La fama vuela de boca en boca / El espíritu ocupa los astros”. En referencia a la mortalidad del cuerpo, a la inmortalidad del legado y a la trascendencia del alma. Tallado en el monumento fúnebre del cardenal Paolo Parisio di Cosenza, en la Basílica de Santa Maria degli Angeli e dei Martiri, en Roma.

[9] El busto en mármol, terminado por Bernini en 1657, se encuentra en el Palazzo Chigi, en Ariccia, al sudeste de Roma.

[10] Escultor tardo-neoclásico, estudió en Roma en el taller de Bertel Thorvladsen (1779-1844), coincidiendo con Pietro Tenerani (1789-1869), Emil Wolff (1802–1879) y Pietro Galli (1804-1877).

[11] La escultura original de mármol se encuentra en la National Gallery of Art de Washington. Existe una réplica en yeso en la Galleria Agnelli, en Turín.

[12] Como el pintor Edward Burne-Jones o John Ruskin, Gibson fue un enamorado de Roma, donde vivió desde 1817 hasta su muerte, cuarenta y nueve años después. Sus restos se encuentran enterrados en el cementerio no-católico de la ciudad eterna.

[13] Discípulo de Antonio Canova, esculpió varias piezas de temática y acabado similar, como la Psique abandonada (1817), expuesta en el Palazzo Braschi, o Psique desolada (1869), en la Galleria de Arte Moderna de Roma. Tenerani está enterrado, junto a su mujer Lilla Montabbiio (1811-1886), en la Basílica de Santa Maria degli Angeli e dei Martiri, muy cerca de la Estación de Termini.

[14] Venus púdica del siglo I a.C., expuesta en la Galería de los Uffizi, en Florencia. Los brazos de esta estatua fueron añadidos en el siglo XVII por el reputado escultor Ercole Ferrata (1610-1686).

[15] Original de Giambologna en la Loggia dei Lanzi de Florencia.

[16] Original griego del siglo II a.C., cuya copia romana en piedra puede contemplarse en el Louvre.

[17] Foggini es el autor del célebre Porcellino (1684) de la Galería de los Uffizi –réplica del situado en el Mercado Nuevo de Florencia, realizado en 1633 por Pietro Tacca, y copia a su vez de una escultura griega del período helenístico–.

Autor

Santiago Prieto
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