En las inmediaciones de la famosa y siempre concurrida Piazza Navona de Roma, son muchos los lugares de interés y sin embargo a salvo de la ruidosa curiosidad de las masas. Y es que, ya sea por la consideración otorgada en las guías turísticas, o por la inercia de transitar una y otra vez los caminos ya hollados, los “hitos ineludibles” de la eterna Roma no sólo suponen un polo de atracción turística, sino que, por su mismo brillo y popularidad, parecen oscurecer sus aledaños y los despejan de visitantes.
De hecho, en la misma plaza Navona, la célebre Fuente de los cuatro ríos de Bernini y la formidable Iglesia de Santa Inés (Sant’Agnese en Agone)[1], congregan mucha más gente que las discretas fuentes de Neptuno y del Moro (1573-74), obra de Giacomo della Porta[2], o que la antigua Iglesia de Santiago de los Españoles, donde puede contemplarse sin obstáculos una magnífica copia de Santiago el Mayor (1519-1520) de Jacopo Sansovino[3]. Cuán hondo recuerdo conservamos aún de esta última iglesia al anochecer; con sus amplios espacios apenas iluminados con una luz muy, muy tenue… aquella paz, la sensación de recogimiento, el silencio… alegremente interrumpido por la irrupción de un nutrido, heterogéneo y simpático grupo de peregrinas –filipinas, estadounidenses, africanas y sudamericanas; algunas franciscanas (de hábito gris), algunas hermanas de Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción de Castres (de hábito y toca azules), otras civiles– que, según llegaron, iluminaron con velas una capilla y, en perfecta sincronía, se arrodillaron en los escaños y se pusieron a rezar todas juntas…
Así mismo, en un radio de apenas un minuto en torno a la Piazza Navona, encontramos, al norte, la Chiesa di Santa Maria della Pace, con su singularísima pronaos diseñada por Pietro da Cortona[4], el claustro de Bramante[5], la Iglesia de Santa María de las ánimas[6], la Casa-Museo del escritor Mario Praz[7], el Palazzo Altemps, la Iglesia de San Agustín, con sus coloridos y gastados suelos de mármol y la conmovedora Virgen de Caravaggio[8]; al este, San Luis de los Franceses[9], y al sur, el Palazzo Braschi[10], Sant’Andrea della Valle[11] y el Museo Barracco de Escultura Antigua[12]. Y, por suerte, ninguno de estos lugares atrae tanta gente como las terrazas siempre atestadas de la Piazza Navona.
Contigua a la mencionada Iglesia de San Agustín, otra maravilla muy poco visitada es la Biblioteca Angelica. Una biblioteca inaugurada en 1604 y que recibe su nombre del agustino Angelo Rocca (1546-1620) quien donó los más de 20.000 libros, códices y otros documentos de su propiedad al convento romano de San Agustín. Estos fondos se incrementaron con la significativa aportación de Lucas Holstenius, guardián de la Biblioteca Vaticana bajo el pontificado de Inocencio X, en 1661, y, un siglo más tarde, en 1762, con la del cardenal Domenico Passionei[13].
Lo primero que llama la atención de la Biblioteca Angelica es su amplitud y altura, de más de treinta metros. Un sobrecogedor espacio cuadrangular de tres niveles, cubierto de arriba abajo con miles de volúmenes. Escaleras móviles de madera permiten acceder a los libros más altos del primer tramo, pero para subir al segundo y tercer piso es preciso hacerlo por las escaleras interiores destinadas a tal fin. En las cuatro esquinas y sobre altos pedestales podemos distinguir los bustos de algunos agustinos ilustres y de los principales benefactores de la institución: el teólogo Egidio Colonna (1243-1316), el Papa Benedicto XIV[14], el papa Clemente XIII[15] y el historiador y teólogo Enrico Noris (1631-1704)[16]. En la planta baja también pueden apreciarse dos globos terráqueos de los cartógrafos holandeses Willem Janszoon Blaeu y su hijo Joan, y se muestran al público algunos ejemplares muy especiales; como, por ejemplo, una edición de 1481 de la Divina Comedia de Dante Aligheri comentada por Cristoforo Landino y Alessandro Vellutello, y otra ilustrada por el virtuoso grabador Gustave Doré.
En las estanterías identificamos las Moralia de Platón, Aristóteles, Plutarco y Séneca; Las Enéadas de Plotino (205-270); la Periégesis de Pausanias (siglo II)[17], traducida por Romolo Quinto Amasseo[18]; la Historia Natural de Plinio; el excelente y pionero tratado sobre fauna marina titulado Aquatilium animalium historiae (1558), de Hipólito Salvianus (1514-1572), abreviado como De piscibus (de los peces); Plantae per Galliam, Hispaniam et Italiam observatae, iconibus aeneis exhibitae (1714), de Jacques Barrelier[19]; el famoso Herbario de Gherardo Cibo (1512-1600), pintor y botánico conocido como Cingoli[20]; dos ediciones de Plantarum Historiae Universalis Oxoniensis (1699), de Robert Morison; Opera omnia (1687), de Marcello Malpighi; el Hortus Romanus del naturalista e ilustrador Giorgio Bonelli (1793)… y, por supuesto, algunas muestras del interesantísimo y raro catálogo de pensadores cristianos y obra sacra de esta biblioteca: así, las obras completas de Tertuliano (siglo III) [21]; de San Próspero de Aquitania (siglo V)[22]; del jesuita Luis de Molina (1535-1600)[23]; la Biblia hebraica de Daniel Bomberg (1524); el “Nuevo Testamento siriaco-latino” (1569) de Immanuel Tremellius (o Tremelio); una Vulgata Sixtina[24] de 1603; los Comentarios del dominico Nicolaus Gorranus sobre los Evangelios (1617); la Biblia Políglota complutense (en hebreo, griego, latín y arameo) en ocho volúmenes (1522); una edición de 1553 de la “Biblia espannola de Ferrara”[25]; la Biblia Sacra[26] (1572) en hebreo, caldeo, griego y latín; el Pentateuco de Elías Hutter (1587); la Biblia políglota del teólogo luterano David Wolder (1596) en cuatro idiomas (griego, latín, versión latina de Pagninus y traducida al alemán por Lutero); una “Biblia espannola de Amsterdam”[27] (1661); la Biblia protestante de David Martin de 1744; dos Biblias protestantes de Robert Stephanus (una de 1532 y otra de 1557); la Biblia italiana (1711-12) de Matthias von Erberg; una Biblia ilustrada de Francesco Pagnoni de 1865; o la llamada Vulgata Benedictina encargada por Pío X en 1907.
Textos, en definitiva, que nos hablan del esfuerzo por conocer y entender; que nos muestran las querellas teológicas que han sacudido la Cristiandad; que revelan la importancia de las traducciones y nos incitan al estudio de las fuentes originales.
NOTAS AL PIE DEL DOCUMENTO
[1] Asesinada en el contexto de la persecución de cristianos bajo el imperio de Diocleciano en el siglo III. En este templo, diseñado por Girolamo y Carlo Rainaldi y terminado por Francesco Borromini, pueden admirarse obras excelentes como la Muerte de Santa Cecilia, de Antonio Raggi; la Lapidación de Santa Emerenziana (hermana de leche de Santa Inés), por Ercole Ferrata; la Muerte de San Alejo, de Govanni Francesco Rossi; la Sagrada Familia, con San Juan, Santa Isabel y Zacarías, de Domenico Guidi; el Martirio de San Eustaquio, de Melchiorre Caffà; el monumento funerario del Papa Inocencio X, realizado por Giovanni Battista Maini en 1729; San Sebastián, por Pier Paolo Campi; el fresco titulado “Santa Inés introducida a la gloria del Paraíso”, de Ciro Ferri y Sebastiano Corbelli, y “las virtudes cardinales” de Giovanni Battista Gaulli. La magnífica decoración de estuco estuvo a cargo de Ercole Ferrata, autor a su vez de la fabulosa estatua de Santa Inés entre las llamas (1660), y fallecido antes de ver terminado su trabajo.
[2] Giacomo della Porta (1532-1602) fue un escultor y arquitecto formado con Vignola y Miguel Ángel. No tiene parentesco con el escultor Guglielmo della Porta (1515- 1577), discípulo también de Miguel Ángel.
[3] La original se encuentra hoy en la no muy distante Iglesia de Santa Maria in Monserrato.
[4] Esta recoleta iglesia alberga frescos de Rafael y preciosas esculturas de Cosimo Fancelli.
[5] Convertido desde hace algún tiempo en cafetería para snobs y sede de lamentables exposiciones “alternativas”.
[6] Antigua Iglesia del Sacro Imperio Romano Germánico y hoy Iglesia de los alemanes. En ella cabe destacar una pintura de la Sagrada Familia (1521-22), realizada por Giulio Romano y el sepulcro del Papa Adriano VI, elaborado por Giovanni Mangone (h. 1480-1543) y Niccolò di Raffaello di Niccolò dei Pericoli, más conocido como il Tribolo (1497-1550). Este apodo significa abrojo, que es una planta espinosa, porque, al parecer, en la escuela, Nicolás era un chaval puñetero.
[7] Vivienda atestada con los objetos que fue atesorando a lo largo de su vida y que describe en el libro titulado La casa de la vida (1958).
[8] La Virgen de Loreto o de los peregrinos (1604-06), obra del gran Michelangelo Merisi. Sin olvidar la Virgen con el Niño y Santa Ana (1511-12) de Jacopo Sansovino, situada entre dos columnas de la nave principal en una hornacina bajo el fresco del Profeta Isaías, obra del joven maestro Rafael Sanzio.
[9] En ella podemos contemplar otras tres pinturas de Caravaggio: La llamada, La inspiración y el Martirio de San Mateo (1600); una excelente decoración de estucos a cargo de Giovanni Maria da Coldrerio, Giovanni Domenico y Antonio Gallo; y una magnífica Juana de Arco (1903) tallada por André César Vermare (1869-1949).
[10] Alberga una destacada colección, entre las que destacan las vedutte (vistas) de Ippolito Caffi (1809-1866); tallas de Bernini, François Duquesnoy, Lorenzo Ottoni, Francesco Mochi, Domenico Guidi o Filippo della Valle… de Christopher Hewetson, Bertel Thorvaldsen, Ettore Ximenes, Giovanni Volpato y un sorprendente número de piezas de Pietro Tenerani.
[11] Reconocible en la distancia por su gran cúpula, diseñada por Carlo Maderno, en su fachada podemos contemplar las estatuas de San Cayetano de Thiene y San Sebastián, de Domenico Guidi y las de San Andrés Apóstol y San Andrés Avelino, de Ercole Ferrata. En el interior, merece destacarse el relieve titulado “Ángel anunciando a la Sagrada Familia la huida a Egipto” (1675), de Antonio Raggi, en la capilla Ginetti.
[12] Espacio muy estimable por su colección de piezas de la Antigüedad, y especialmente acogedor por la conservación de sus espacios, los cálidos suelos de madera, la biblioteca y su silencioso patio… un milagro apenas a unos pasos de la muy transitada Via del Corso.
[13] Este cardenal era amigo del Papa Benedicto XIV y desempeñó una notable labor a su servicio. Por su encomienda supervisó la catalogación de la Biblioteca Vaticana, la traducción al italiano de numerosas obras (de contenido sacro y profano) para incorporarlas a la Biblioteca, y añadió a la Biblioteca Vaticana los más de 32.000 volúmenes por él reunidos en el Palazzo della Consulta.
[14] Hombre culto y con inquietudes, promovió numerosas iniciativas en el campo humanístico.
[15] El veneciano Carlo della Torre di Rezzonico (1693-1769) fue elegido Papa con el nombre de Clemente XIII en 1758. Sucesor de Benedicto XIV, ejerció el cargo hasta su muerte once años después. Opuesto a la supresión de los jesuitas exigida por las coronas de España, Francia y Portugal, asistió a la expulsión de la Orden de Portugal en 1759, de Francia en 1764 y de España en 1767.
[16] Pregonaba el estudio directo de las fuentes y rechazaba la mediación escolástica jesuita. Se vio involucrado en las diferentes controversias generadas por las interpretaciones de San Agustín realizadas por los agustinos Lutero, Michael Baius, Jansenio y Quesnel. El Papa Inocencio XII le nombró custodio de la Biblioteca del Vaticano en 1692, y bibliotecario de la Santa Iglesia Romana en 1700.
Su busto se atribuye a Francesco Moratti (1669-1719), autor, entre otras obras, de la colosal estatua de San Simón (1704-09) en la archibasílica de San Juan de Letrán.
[17] Primera “guía de viajes” de la Historia en la que Pausanias nos ofrece un recorrido por la Grecia Antigua describiendo su historia, geografía, costumbres, ritos y arte.
[18] Erudito italiano nacido en 1489 y fallecido en 1552. Traductor al latín de la Anábasis de Jenofonte y autor de De latinae languae usu retinendo, en defensa de la preeminencia del latín como lengua culta. Está enterrado en la iglesia de San Agustín.
[19] Naturalista dominico nacido en 1606 y muerto en1673.
[20] No debe confundirse con el pintor y arquitecto Ludovico Cardi, llamado el Cigoli (1559-1613) por su lugar de nacimiento, Villa Castelvecchio di Cigoli, en la región de Toscana.
[21] Ad nationes (refutación de las acusaciones falsas contra los cristianos y crítica de la mitología y la moralidad paganas); Apologeticum (reivindicación del cristianismo); Ad Scapulam (sobre la persecución de los cristianos); De spectaculis (sobre espectáculos paganos); De oratione (sobre la oración); De baptismo (sobre el bautismo) y De patientia (sobre la paciencia).
[22] Discípulo de San Agustín. Autor del influyente De gratia Dei et libero arbitrio.
[23] Autor de La Concordia (sobre la Gracia y el libre albedrío, 1588) y de De Iustitia et Iure (1600).
[24] Encargada por el Papa Sixto V en 1590.
[25] Traducción del Antiguo Testamento al ladino por el marrano portugués Duarte Pinhel y dedicada a Ercole II d’Este, duque de Ferrara.
[26] También conocida como Biblia Regia, encargada por Felipe II a Benito Arias Montano en 1568.
[27] Traducción al ladino del Antiguo Testamento realizada por sefarditas asentados en los Países Bajos.
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