15/08/2026 04:00

Algo que hemos constatado con orgullo en nuestro reciente viaje por Inglaterra, aparte de una inesperada simpatía por la selección española de fútbol, es el aprecio de los ingleses por la pintura española del siglo XVII, y por Murillo y Velázquez en particular. Un interés que se advierte en el privilegiado lugar reservado a nuestros artistas en las grandes pinacotecas de Londres; tanto en la National Gallery, en la Wallace Collection, o en la Apsley House, como en la Dulwich Picture Gallery… y cuya vigencia se manifiesta también, por ejemplo, en la gran exposición sobre Zurbarán que alberga actualmente la citada Galería Nacional en la capital británica.

Sin ánimo de detenernos en cómo llegaron estas pinturas a donde están, ni entrar en los pormenores concretos de cada una de ellas, baste decir que, a la postre, los ingleses fueron los mayores beneficiarios del expolio napoleónico[1] llevado a cabo en España principalmente por el mariscal Soult[2] y José Bonaparte[3]. Pues, si bien la mayoría de las obras que engrosaron en París el llamado “Museo Napoleón” fueron restituidas a sus legítimos dueños tras el Congreso de Viena en 1815, muchas piezas adquiridas en subasta por coleccionistas[4] no pudieron serlo, y otras fueron cedidas por Fernando VII[5].

En la gran sala de Pintura Española que forma parte de la colección permanente de la National Gallery se exhibe un notable conjunto de obras de Murillo: Joven bebiendo (1655-60); Niño apoyado en un alféizar (h. 1665); Cristo sanando al paralítico en el estanque de Betesda[6]; San Juan Bautista en el desierto (1660-70); Retrato de Don Justino de Neve (1665); Autorretrato (1668-70); o Las trinidades celestial y terrenal (1675-82), es decir, Jesús, María y José por un lado, y Dios, Cristo y el Espíritu Santo por otro. Así como una completa selección de Velázquez que permite apreciar su evolución técnica desde una primera etapa hasta la plena madurez: Inmaculada Concepción (c. 1618); Juan Evangelista en Patmos (1618-19); Cristo en casa de Marta y María (1618); Cristo contemplado por el alma cristiana (1625); Felipe IV vestido de gala en marrón y plata (1631-32); la famosa Venus del espejo (1650); y dos retratos extraordinarios: del Arzobispo Fernando de Valdés (1640-45), y el último conocido de Felipe IV (c. 1656). Aunque también merecen citarse una Inmaculada Concepción (h. 1628) de Alonso Cano, y una gran pintura del mejor discípulo de Velázquez, Juan Bautista Martínez del Mazo (h. 1650): el Retrato del Capitán General de la Armada Adrián Pulido Pareja (h. 1650).

Por otra parte, en las afueras de Londres, al Sur, visitamos la Dulwich Picture Gallery, disfrutando de un buen puñado de Murillos entre los que se cuentan: La chica de las flores (1665-70); Adoración de los Reyes Magos (1660-65); Tres chicos (h. 1670); Invitación al juego de la argolla (h. 1665-1670); o La Virgen del Rosario (h. 1675-80). Unas pinturas que revelan con destreza la fuerza espiritual del catolicismo e ilustran una época; que dan protagonismo a tipos modestos, populares, y nos muestran sus costumbres, las de nuestros antepasados, sin efectismos ni crudeza, sino cargados de humanidad y de luz[7].

Igualmente, en la Apsley House, el gran palacio de Wellington sito en la esquina sudeste de Hyde Park, contemplamos tres obras de Velázquez: El aguador de Sevilla (c. 1620); Retrato de un hombre (h. 1635-45) y Retrato de Inocencio X (1650). Obras excelentes a las que cabe añadir un magnífico Retrato de Francisco de Quevedo, copia de taller del realizado por el pintor sevillano[8]; dos pinturas del maestro José de Ribera: Santiago el Mayor (c. 1630) y San Juan Bautista (c. 1650), y otras tres de Murillo: un Retrato de un hombre desconocido (h. 1650); San Francisco recibiendo los estigmas (h. 1650)  e Isaac bendiciendo a Jacob (h. 1650-55). Sin olvidar, por supuesto, el Retrato ecuestre de Wellington, realizado por Goya en 1812 tras la batalla de Salamanca.

Por otra parte, en la Wallace Collection descubrimos, en su salón principal, un buen puñado de pinturas de Murillo: La Anunciación (h. 1665-70); El casamiento de la Virgen (h. 1670); José arrojado al pozo por sus hermanos (h. 1670); La adoración de los pastores (h. 1665-70); La Sagrada Familia con San Juanito (h. 1670); una Virgen y el Niño (16); una Virgen con el Niño, San Juan  Bautista, San Francisco de Asís y las Santas Justa y Rufina (h. 1665-68); y Santo Tomás de Villanueva dando limosna (h. 1670). Así como varias obras de Velázquez: Retrato del Príncipe Baltasar Carlos (c. 1632); Dama con abanico (c. 1640) y El príncipe Baltasar Carlos en la escuela de equitación (c. 1640-45)… y una Asunción de la Virgen (h. 1700), realizada por el principal seguidor de Murillo, Francisco Meneses Osorio.

Óleos que ponen sobre la mesa el peso central de la Caridad cristiana en la obra de Murillo[9], la sensibilidad y pericia excepcionales de Don Diego Rodríguez de Silva, y la profunda y fecunda huella dejada por ellos en notables figuras con frecuencia olvidadas como Carreño de Miranda, Martínez del Mazo o Meneses Osorio, y, por supuesto, en la admirada retina del observador.

NOTAS AL PIE DEL DOCUMENTO

[1]Este saqueo no sólo afectó a España, sino a todos los países invadidos por Napoleón, abarcando un largo período entre 1794 y 1814. Es decir, desde las primeras campañas de Napo­león en Bélgica, Holanda y Alemania en 1793-94, hasta su derrota en 1814. En 1797, por el Tratado de Tolentino, se expoliaron las colecciones del Vaticano y el Patrimonio de Roma; en 1798, los caballos de San Marcos y otras piezas de Venecia; Nápoles cayó en 1806; en 1807 Florencia; y España fue invadida en 1808.

[2]Responsable del robo de cientos de obras de arte, entre las que se cuentan, entre otros, más de 80 cuadros de Zurbarán, más de cuarenta de Murillo y cuarenta de Alonso Cano.

[3]Aparte del célebre “equipaje del rey José”, interceptado y confiscado por Wellington, muchas obras de arte habían salido de España antes de la apresurada huida francesa en 1813; como, por ejemplo, la “Dama del abanico” de Velázquez, a manos de otro hermano de Napoleón, Luciano Bonaparte. Esta obra se expone actualmente en la Wallace Collection.

[4]Véanse coleccionistas como George Watson Taylor, o el marchante y coleccionista de arte suizo Noël Desenfans y su socio británico Sir Francis Bourgeois.

[5]El conocido por los británicos como “The Spanish Gift”: más de ochenta obras procedentes de la “maleta del rey José” regaladas por Fernando VII a Wellington como gesto de agradecimiento por su apoyo en la lucha contra los invasores franceses.

[6]Milagro narrado en la Biblia (Juan 5:1-18).

[7]La elección de tipos populares y el protagonismo otorgado a chavales de la calle es una constante en la producción de Murillo; véanse Niños comiendo melón (1645-50), Niños jugando a los dados (h. 1665-1675) o La abuela espulgando a su nieto (h. 1660), los tres expuestos en la Alte Pinakothek de Múnich; Muchacho con un perro (h. 1655-60), en el Hermitage; o Joven mendigo espulgándose (h. 1650), en el Museo del Louvre.

Tales motivos “costumbristas” encontrarían un notable eco en el llamado naturalismo decimonónico, específicamente en los fanciulli (chavales) o pescatorelli (niños pescadores) napolitanos, representados en múltiples ocasiones por los escultores Vincenzo Gemito, Achille D’Orsi o Giuseppe Renda.

[8]El original se considera desaparecido. Existe otra copia de este cuadro, atribuido sin más especificaciones a la escuela madrileña, en el Instituto Valencia de Don Juan, en Madrid.

[9]Son muchos los cuadros que lo certifican: Santo Tomás de Villanueva dando limosna (h. 1668), en el Museo de Bellas Artes de Sevilla; San Diego de Alcalá dando de comer a los pobres, (h. 1646); Santo Tomás de Villanueva niño repartiendo sus ropas entre los pequeños mendigos (c. 1667), en Cincinnati (Ohio); Santo Tomás de Villanueva dando limosna a los pobres (c. 1678), en el Museo Norton Simon de Pasadena (California); y, por supuesto, la serie para el Hospital de la Caridad en Sevilla: La multiplicación de los panes y los peces (h. 1669-73), Curación del paralítico (1668);

Santa Isabel de Hungría curando a los tiñosos (1672); o San Juan de Dios transportando a un enfermo (h. 1672).

Autor

Santiago Prieto
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