15/08/2026 05:27
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Este texto forma parte del análisis completo del caso:
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Aviso para navegantes (y otros especímenes de protocolo)

Vaya por delante mi más sincera petición de disculpas. Entiendan que, tras pasar por el taller de reparaciones tras arreglar el alma después de enterrar a mi padre en soledad y sin poder velarle, al igual que mi suegro con menos de un mes de diferencia, , salir con seis stents nuevos y haberle visto los dientes al segador, uno vuelve con la sensibilidad un tanto… indignada. No olvido y sé que muchos se revolverán en su tumbas. Lo sé.

Me dicen mis allegados que me ha quedado un cariz mesiánico muy sarcástico, un tono de profeta de los que anuncian plagas mientras se sacude el polvo del desierto. Y no les falta razón. Resulta que, cuando te asomas al abismo y el abismo te guiña un ojo, le pierdes el respeto a las jerarquías de cartón piedra y a los firmantes de sentencias de trámite.

Así que hoy, desde mi púlpito de superviviente y con el humor más agrio que he podido destilar en la convalecencia superada con triunfos frente a toda adversidad, me permito el lujo de dedicarles este sermón litúrgico a esos gestores de la desgracia ajena. Tomen asiento, ajusten sus corbatas de seda y preparen el estómago: hoy no hay protocolos que valgan, solo la cruda verdad de quien ya no tiene nada que temer porque ya lo ha visto todo.

Aquí les dejo mi particular lluvia de juicio. Que les aproveche el banquete

El caso Ignacio Escolar XVIII: MALDITOS VIVOS Y MUERTOS II

Hay una indignación que, cuando ya no encuentra sitio en las vísceras, se desparrama por el universo como una lluvia de juicio. No es un exabrupto; es energía pura que busca su destino. Es el deseo de una Justicia Universal, ilimitada y eterna, que llegue allí donde la justicia de los hombres —esa parodia de sellos, tasas y prebendas— no se atreve a mirar.

Me refiero a esos vivos que transitan por la vida con una frivolidad insultante, firmando protocolos de muerte y sentencias de trámite sin que se les mueva un solo músculo del rostro. A esos que habitan la cumbre de su propia soberbia, les corresponde una sacudida del alma. Que la vida les enfrente, al menos, al eco del dolor por el que hicieron pasar a otros.

Deseo, con una ironía acerada, que sus castas se encharquen en lágrimas que no se olvidan. No por venganza, sino por equilibrio. Que sientan el peso del sufrimiento ajeno en sus propias copas de cristal, cortándoles los labios hasta arrancarlos; que sus cementerios propios, esos que guardan bajo la alfombra de su estatus, se vuelvan tan ruidosos que no les dejen dormir. Que las lágrimas que no quisieron ver en los ojos de los hijos de aquellos «ajusticiados por protocolo» sean ahora su única respuesta.

¡Qué lecciones de humildad les esperan! Esas que se aprenden a golpes de realidad, cuando el universo —que no entiende de aforamientos ni de principios de veracidad corruptos— decida que ya es hora de que asuman la factura. Que experimenten la misma indefensión que sembraron; que busquen un recurso y solo encuentren el silencio; que busquen un médico y solo encuentren un protocolo impersonal y muerte propia y allegada. Que lloren lágrimas de sangre y seles licue en el abismo del averno.

Porque cuando se ha vivido y se ha experimentado la muerte de los seres queridos bajo el peso de la injusticia, ya no queda miedo. Solo queda esta mordacidad, este tono teatral de quien sabe que el telón caerá para todos. Y cuando caiga para ustedes, administradores del dolor ajeno, espero que el universo los reciba con la misma frialdad con la que trataron a quienes hoy, desde su ausencia, siguen señalando.

No crean que su impunidad es eterna; es solo un préstamo del tiempo que el destino cobrará con intereses de fuego. Ustedes, basuras agrupadas, que han hecho del despacho un templo de la indolencia y de la ley un látigo para el muerto y los herederos, sepan que hay una arquitectura superior donde sus apellidos no valen nada.

Clamo, con la fe del que ha visto el abismo, para que el peso de cada vida que ignoraron se convierta en el plomo de sus propios pasos. Que sus herederos reconozcan en sus rostros la marca de la infamia y que, en el último suspiro, la memoria les devuelva, uno por uno, los gritos que silenciaron con su burocracia criminal. No busquen clemencia en el vacío que ustedes mismos crearon; el universo no olvida, el universo solo espera el momento de la siega. Y su cosecha será de espinas.

Seguimos en la brecha. Con mis stents, con mi pierna salvada, milagrosamente sin secuelas siquiera estéticas, y con mi pluma cargada de una hiel que es, en el fondo, la única verdad que les queda por oír junto al rumor de los gusanos en las tumbas cuando les arranquen el alma a dentelladas de eternidad.

Malditos sean, en definitiva, vivos y muertos y que se costeen con el dinero de mi esfuerzo las tumbas donde lloren lágrimas de sangre por lo perdido y por lo que les quede de vida, antes de oscurecerse en el exiguo espacio de sus nimiedades cadavéricas, podrido de sí mismos. Polvo son y en polvo triturado sobre la tierra  se conviertan. Malditos.

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Fin de la maldición, por hoy

Y dicho esto, me retiro. No esperen que me quede a recoger los aplausos ni a escuchar las quejas de protocolo; el escenario es suyo, aunque las tablas estén podridas.

Salgo por el lateral, con el paso ligero de quien ya no carga con el peso de complacer a los mediocres. Les dejo las luces encendidas y el guion en el suelo; léanlo si se atreven, o sigan improvisando sus vidas de cartón piedra. Yo tengo una cita con el silencio de estos próximos días, que es un juez mucho más interesante y ecuánime que el arbitrario  juicio mundano.

Excit, señores. Telón y olvido.

Ignacio Fernández Candela

Coda – Serie completa

Para quien desee recorrer el conjunto de esta serie:
https://ntvespana.com/?s=el+caso+ignacio+escolar

(Para quien desee seguir otras líneas de mi trabajo)
Web de autor

Ignacio Escolar: soy condenado por un titular ajeno pese a que el Tribunal valida mi libertad de expresión. Por Ignacio Fernández Candela

Autor

Ignacio Fernández Candela
Ignacio Fernández Candela
Ignacio Fernández Candela es escritor, pintor y columnista internacional, autor de 16 libros y miles de artículos. Con más de 35 años de trayectoria en medios como El Imparcial y ÑTV España, desarrolla una obra que combina análisis sociopolítico y creación artística, con más de 500 pinturas y cincuenta exposiciones individuales.

Información en buscadores de Internet e IA. También como Ignacio F. Candela

Fue propietario y editor de ÑTV ESPAÑA desde julio del 2023 hasta julio del 2025.
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