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Este texto forma parte del análisis completo del caso:
👉 https://ntvespana.com/27/04/2026/por-que-escribo-tras-xi-capitulos-el-caso-ignacio-escolar-por-ignacio-fernandez-candela/
Vaya por delante mi enhorabuena, a raudales, por el tino, Señoría. Cuando un tribunal condena por daños al honor, no basta con la sanción: puede imponer, además, la obligación de publicar la sentencia en determinados medios de comunicación, a costa del condenado, como forma de restitución pública. No es sencillo ponerle precio al desgarro con esa precisión de orfebre: 1.020 euros en El País, 500 en ABC o La Razón. Como si el honor fuera una mercancía con tarifa y el duelo pudiera fraccionarse en cómodos plazos. Antes, con la misma insolvencia de sensibilidad —acaso humana—, Hacienda ya había rapiñado sobre lo que legalmente aún no existía cuando, sin asimilar todavía la muerte de nuestros padres durante la plandemia de 2020, ya exigía el pago por herencias no percibidas, en usufructo. Qué repugnancia. Yo me gano la vida con honra, conciencia y destreza. Eso no me lo ha tocado nadie.
Nos arrojaron al infierno de perder a nuestros padres en la soledad más perversa de aquel 2020, prohibiendo siquiera llevar flores a las tumbas durante dos confinamientos declarados inconstitucionales por el Tribunal Constitucional con una vulneración de derechos fundamentales. Absoluta impunidad con lo más bajo del oscurantismo conchabado. Un infierno que dantescamente vivimos como un «ajusticiamiento» por sedación protocolaria, una situación difícilmente describible sin recurrir a términos extremos, ante la cual la Justicia, lejos de resarcir, terminó por cerrar con iniquidad sus puertas, dejando la sensación de que nunca se llegó a esclarecer plenamente lo ocurrido en aquel cautiverio dizque sanitario. Allá aquellos que hayan encubierto lo que se restregará en las tumbas, rebozada de gusanos el alma de la traición. Y a ese abismo, su sistema añadió la soga de tributar por herencias fantasmales. No es insolvencia, Señoría; es la jerarquía del alma. La prioridad de un cuidado vital por defenderse básicamente de un sistema que primero recauda y después, si sobra tiempo entre sellos y tasas, se digna a condenar, a mi juicio, de forma profundamente injusta.
Parece que no bastaron los cinco mil euros de condena por un artículo amparado en la libertad de expresión que sufrió una modificación editorial de la que no soy responsable. No bastó ese castigo; también pretenden que pague un «módulo» —una auténtica barbaridad por unas exiguas líneas abusivamente explotadas— para dar bombo a una resolución nacida de una alteración editorial ajena a mi voluntad. ¿Publicidad sobre la condena? La mía, Señoría. La que estoy escribiendo ahora mismo sobre esta vivencia, la que deja rastro y no pasa por caja.
Le confieso que se me quitaron las ganas del «gusto» de conocerla en persona porque llueve sobre mojado en el lodazal de una Justicia en la que dejé de creer hace mucho. Ya vengo de vuelta de los agujeros negros de su sistema. Cómo olvidar cuando un estafador condenado a presidio durante decenas de años por estafa continuada, tras advertir y evitar que timara a miles de personas, me tuvo arrastrado por los juzgados dilapidando mi dinero en recursos. Aquel individuo utilizó las carencias y los agujeros negros de la justicia en su propio provecho porque un juez instructor no se preocupó de saber si lo que parecían calumnias eran, en realidad, verdades. Aprendí entonces que, en ocasiones, los criminales están mejor protegidos que las personas honradas.
Lo viví antes con lo que relaté en La afilada navaja de Ockham. Contra el abuso policial, en defensa de los derechos del ciudadano de bien, dedicado a las Fuerzas de Seguridad del Estado dignas de portar un uniforme: la crónica de una situación salvaje donde cuatro policías, en un caso resuelto judicialmente con hechos probados, quedaron en evidencia al sostener versiones bajo el principio de veracidad que resultaron falsas, intentando engañar a una juez, en el marco de un violentísimo error y posterior abuso policial que narro en mi libro documental del 2009; y aun así, Señoría, cuando intenté ser compensado por la bestialidad vivida, siguiendo el consejo de mi abogado, Alberto Pamos de la Hoz, y con todo excelentemente gestionado, vi cómo tres magistradas dictaban un sobreseimiento que, en mi experiencia y la del abogado, resultó difícilmente comprensible tanto en el fondo como en las formas, dejándome además sin derecho a recurso. Así funciona la Justicia, en ocasiones, para los ciudadanos honrados. Un truco de magia judicial para proteger actuaciones que deshonran el uniforme.
En mi recuerdo y agradecimiento la Ilma., ella sí, Doña Pilar de Luna Jiménez de Parga, que no se dejó engañar por cuatro agentes que intentaban usar sus principios de veracidad para confundirla y ocultar un error policial, derivado en abuso, condenando a un ciudadano inocente que resultó ser la horma de sus zapatos. Mi calvario fue una confusión al conducir una moto de alta cilindrada, vehículo similar en el que habían huido unos violentos atracadores a mano armada.
Entonces me defendí así:
Señoría, ante el principio de veracidad de estos cuatro policías que paradójicamente intentan engañarla a Usted, yo solo quiero contraponer las palabras de Rees Wilson Premio Nobel de Física en 1926, quien decía que la conducta es la única prueba de la sinceridad de nuestro corazón: y con la misma sinceridad y con la misma integridad con la que me he dirigido por mi vida durante cuarenta y cinco años, me presento ante Usted con pruebas para demostrarle mi inocencia.
Salvo esta luz entre tanta sombra de la justicia que temen los ciudadanos honrados, no tengo el ánimo de pisar un juzgado, como ciudadano honrado a carta cabal, repito, ni para tomarme un café. Y en el Juzgado de Paz, sabedores de nuestras tragedias con nuestros padres, nos aconsejaron hacer caso omiso y así declararme en rebeldía. Aquel desgaste acumulado se simultaneó con otro desgaste extremo: postrado en una cama de hospital durante dos meses, a punto de amputarme la pierna por bacterias resistentes tras el ataque brutal de nuestro perro —pit bull; milagrosamente sin secuelas físicas ni estéticas—, mientras ustedes seguían con esa inercia judicial en defensa del honor ajeno. Sume a eso un infarto y seis stents tras una reacción alérgica al naproxeno, que fue mi pasaporte de ida y vuelta al otro barrio.
Todo un bagaje de sacrificio al que añadir esta sentencia que, a mi juicio, resulta profundamente injusta, y de la que puede sentirse muy satisfecha moralmente.
Y otra…
Cuando el sistema prefiere arramblar con todo antes que investigar conforme a derecho, la confianza se convierte en un lujo que ya no podemos permitirnos.
Y es que, Señoría, ¿cómo confiar en una Justicia que, en ocasiones, se mueve con la torpeza de un elefante en una cacharrería? En el caso de ÑTV España, todo parte de una querella por un artículo en la que ni siquiera se identificó correctamente al editor responsable en el momento de los hechos. Lejos de depurar esa cuestión esencial durante la instrucción, se ha optado por una vía expansiva que ha terminado por arramblar también con el editor actual, sin considerar siquiera que la titularidad del medio pudo haber cambiado con el tiempo, como sucede con cualquier proyecto empresarial vivo.
En lugar de realizar una labor precisa y quirúrgica para determinar responsabilidades concretas, se ha extendido el alcance de la acción hasta afectar a quien nada tenía que ver con la publicación original. Una tras otra, las piezas de este dominó de despropósitos han ido cayendo por la falta de una mínima diligencia en distinguir el trigo de la paja. Se acaba así condenando por bulto en lugar de investigar con el debido rigor.
Una tras otra, una tras otra, una tras otra… La soberbia no es compatible con la autocrítica para mejorar las condiciones de lo lastrado con una insensibilidad rayana en la inhumanidad. A qué responsabilidad están llamados tantos, sin ser conscientes de lo que implica en el bagaje personal e intransferible fuera de todo sistema imperfecto. Mi concepto de la Justicia verdadera es otro, por mis experiencias sufridas, y mucho más determinante, universal y convenido con el juicio de la muerte del que nadie se escapa. Una justicia implacable y equilibrada, infalible.
Por otro lado, el envío certificado con mis bienes ya está en camino. Entre los 1.020-500 euros de su módulo de lujo y los 7,41 de mi burofax hay un abismo ético. Porque lo que se sostiene con la sangre y la verdad no necesita pagarse dos veces. Pero no se preocupe que tendrá el abusivo módulo del edicto sobre la mesa. El dinero de la honradez desparramado inútilmente por los derroteros de un destino, aciago será, y una sentencia.
No me considero, con todo lo que llevo cargado en estos años, una víctima, Señoría. Toda adversidad conlleva en sí la semilla de un mayor beneficio, decía Napoleon Hill, y esta no ha sido excepción. Incluso cuando su intención haya sido, acaso de forma involuntaria, otra bien distinta, le agradezco ese impulso punitivo que, lejos de quebrarme, ha reforzado mi determinación y ha dado mayor alcance a lo que escribo, siento y hago con Dios como mi guía y la suerte de una conciencia muy sana.
Sobre condenar a inocentes por ser familiares de un fallecido… Con Dios quede el cuidado de los desprotegidos…
Me quedo con aquella advertencia universal: «Con el mismo juicio con que juzguéis, seréis juzgados».
Coda – Serie completa
Para quien desee recorrer el conjunto de esta serie:
https://ntvespana.com/?s=el+caso+ignacio+escolar
Ignacio Fernández Candela
(Para quien desee seguir otras líneas de mi trabajo)
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Autor

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Ignacio Fernández Candela es escritor, pintor y columnista internacional, autor de 16 libros y miles de artículos. Con más de 35 años de trayectoria en medios como El Imparcial y ÑTV España, desarrolla una obra que combina análisis sociopolítico y creación artística, con más de 500 pinturas y cincuenta exposiciones individuales.
Información en buscadores de Internet e IA. También como Ignacio F. Candela
Fue propietario y editor de ÑTV ESPAÑA desde julio del 2023 hasta julio del 2025.
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