- ¿Podemos conocer la verdad?
Sí, podemos conocerla, y de hecho la conocemos. Quien lo niega se enreda en una contradicción práctica, pues pretende que su negación sea tomada como verdadera. La vida diaria está llena de certezas: sé que estoy leyendo esto, que existo y que el mundo que me rodea no es un sueño fabricado por mi mente. La verdad es la adecuación de lo que pienso con lo que la cosa es, y esa adecuación es posible.
- ¿Por qué sería contradictorio negar la existencia de la verdad?
Porque toda negación aspira a ser una afirmación válida. Quien dice «no existe la verdad» o «todo es falso» espera que su interlocutor acepte su frase como cierta. Pero si su frase es cierta, entonces ya hay una verdad, y su argumento se desmorona. Es el famoso boomerang del escéptico: su arma lógica siempre regresa para golpearle a él mismo.
- ¿Qué sucedería si todo conocimiento fuera solo probable?
Sucedería que la vida sería invivible. Si todo fuera mera probabilidad, no podríamos afirmar con certeza que el fuego quema, que el pan alimenta o que nuestra propia madre existe realmente. La vida humana no se sostiene sobre un «quizás», sino sobre la certeza de principios básicos que nos permiten actuar y decidir.
- ¿Es solo probable que nosotros existamos?
No. Nuestra existencia es el punto de partida más firme. Incluso el acto de dudar de la propia existencia la confirma, porque para dudar hay que ser. La duda es un acto de un sujeto; si no hubiera sujeto, no habría duda. La nada no piensa, no duda, no niega. Luego, existir es una verdad tan sólida como la roca.
- ¿Se puede vivir coherentemente sin aceptar ninguna verdad?
Es imposible. La coherencia misma es una forma de verdad. Quien rechaza toda verdad tendría que vivir en un silencio absoluto, pues al hablar ya está presuponiendo que su interlocutor puede entenderle (y esa inteligibilidad es un reflejo de la verdad). La vida racional y la convivencia humana se vuelven un sinsentido si no hay nada firme a lo que asirse.
- ¿Reconocer que nuestro conocimiento es limitado significa negar la verdad?
Al contrario. Reconocer que somos limitados es una muestra de realismo y de humildad intelectual. Una cosa es no saberlo todo (y de hecho, no lo sabemos), y otra muy distinta es no saber nada con certeza. Nuestro conocimiento es como un haz de luz: alumbra muchas cosas, pero no lo ilumina todo. Lo que vemos, lo vemos de verdad, aunque no abarquemos la totalidad.
- ¿Existen verdades evidentes por sí mismas?
Sí, son los principios que hacen posible cualquier razonamiento. El principio de no contradicción («una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo y en el mismo sentido») es el más básico. También lo es que existo, que pienso, o que el todo es mayor que la parte. No son conclusiones, son el suelo firme sobre el que caminamos para construir todo lo demás.
- ¿Qué consecuencias trae negar estas verdades fundamentales?
Negarlas no es un simple error, es dinamitar los cimientos del pensamiento. Sin esos principios, la ciencia se vuelve imposible (porque no habría axiomas), la moral se desvanece (porque no habría bien definido) y el diálogo se convierte en ruido (porque las palabras ya no significarían nada). Es querer construir un rascacielos sobre un pantano.
- Si la verdad no pudiera conocerse, ¿qué ocurriría en la vida diaria?
La vida práctica se paralizaría. Nadie estaría seguro de que el alimento de ayer no sea veneno hoy. La educación sería un absurdo, porque enseñar sería transmitir ignorancia con pretensiones. La técnica, la medicina, la agricultura, todo lo que sostiene nuestra civilización, se basa en el conocimiento cierto de cómo funciona la realidad. Sin verdad, volveríamos a la caverna.
- Si todo fuera solo probable, ¿qué pasaría con nuestras decisiones importantes?
Quedarían a merced del capricho o del instinto. Casarse no sería un compromiso basado en el conocimiento de la persona, sino una apuesta ciega. Educar a un hijo sería guiarlo sin rumbo. Juzgar a un acusado sería una lotería. La dignidad de la persona exige que sus decisiones más profundas se apoyen en la verdad, no en una corazonada.
- ¿Entonces la verdad es realmente accesible al ser humano?
Sí, porque estamos hechos para ella. Nuestra inteligencia es como un ojo espiritual cuya finalidad es ver la realidad tal cual es. Es cierto que podemos equivocarnos, que el camino es arduo y que a veces vemos borroso, pero el hecho de que podamos reconocer el error prueba que tenemos una idea, aunque sea imperfecta, de lo que es acertar.
- ¿Por qué es importante defender la posibilidad de la verdad?
Porque defender la verdad es defender la dignidad del ser humano. No somos animales guiados por el instinto; somos seres que podemos conocer la realidad y orientar nuestra vida según lo que las cosas son. Defender la verdad no es soberbia, es responsabilidad. Significa afirmar que el bien y el mal existen más allá de nuestras opiniones, y que merece la pena vivir a la luz de lo real, no a oscuras, empujados por el impulso ciego. La verdad nos hace libres, porque nos permite vivir conforme a la realidad y no conforme a la ficción.
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Reconocer que nuestro conocimiento es limitado no significa negar la verdad porque para eso existe, tanto en lógica como en matemáticas, la idea de condición suficiente y la idea de condición necesaria. Es decir, no es necesario saberlo todo acerca de un objeto o de una realidad para poder efectuar una inferencia sólida a partir de lo que conocemos, que no es una totalidad del objeto.
Lo de la «soberbia», pues depende. Para el catecismo, la soberbia es un pecado mortal pero no lo es para la epistemología. Yo prefiero decir que la soberbia es para quien se la trabaja, parafraseando una cierto dictum revolucionario. Ya vendrán otros a tacharnos de soberbios, de petulantes o de pedantes pero ése es su problema. También vendrán a adularnos alabando nuestra «humildad» pero eso también es un problema porque esa humildad no es moral sino el pretexto social eufemístico para reforzar el comportamiento de los que no hieren la envidia ajena, colectiva o «social». La verdad debe presidir toda consideración y juicio, tanto la verdad de aseveraciones sobre el mundo no personal como la verdad de aseveraciones respecto de uno mismo y de los demás. Las personas más dotadas, por el hecho de serlo, se percatan de que lo son. Eso no es «soberbia» sino realismo pero realismo que molesta mucho. En Expaña hoy, por ejemplo y por desgracia, está muy mal visto llevar razón y expresarse bien ya no digamos. Los farfullantes y los sindicatos de energúmenos no lo perdonan.
Si todo el conocimiento fuera de lo probable, pues sería todo estadística y ésta da para mucho. El problema de fondo es que la probabilidad es de aplicación al ámbito fenoménico o extenso y no al fundamental prefenoménico, ontológico, lógico, matemático y existencial. Es ahí donde surgen certezas fundamentales y éstas no tienen porque ser tautologías como se apunta en el punto 7. Es más, todo el mundo fenoménico es probabilístico y cuando hablamos de modelos teóricos o causales damos un paso más allá de lo que la «maya» (la ilusión hindú) verdaderamente entrega.
El enfoque serio y sistemático del asunto de la verdad (también el de la justicia, por cierto) comienza con una teoría de la verdad, como pueda ser la de Tarski o la de Santo Tomás. La verdad -en un sentido básico y analítico- es una propiedad de las relaciones entre proposiciones y su referencia. En un sentido cristiano y en un sentido platónico, la Verdad como transcendental no es la verdad de una observación de las ciencias naturales o de la vida cotidiana.
El problema práctico de la verdad no es que andemos todos buscándola sino que tenemos que bregar con toda una sociedad que, como lombrices que se retuercen ante la luz solar para enfangarse más aún. la elude. El relativismo moral y cognoscitivo va desde la pereza moral hasta la hostilidad hacia toda autoexigencia o hacia toda norma y propósito objetivo y superior.
Personalmente conocí a una persona relativista moral recalcitrante. Son peligrosísimas. A nada le veía sentido. Todo era relativo. Incluso su propia existencia. «Si muero mañana, qué más daría», decía.