Fue nuestro Álvaro Vitali —el Jaimito del cine italiano que debutó en Satyricon de la mano de Fellini—; parodió el histrionismo de Raphael, la voz rasposa de Aznavour y el vibrato de Julio lglesias; catapultó La Ramona al pináculo de la fama el verano del 76, solo unos meses después de la muerte de Franco; vivió su época dorada durante la Transición junto a Pajares en las astracanadas de Mariano Ozores, hasta que Pilar Miró les negó el pan y la sal, y aquellas comedias picantes murieron de inanición; tocó fondo con «La Ruleta de la Fortuna» en la televisión de los noventa; lo sacó del ostracismo Santiago Segura, ofreciéndole un cameo en «Torrente 4: Lethal Crisis», donde coincide con el detective casposo, recién salido de la cárcel, en la cola de un comedor social; posteriormente le dio más juego en la quinta entrega de la saga, «Operación Eurovegas», metido en la piel de Cuadrado, un butronero calzonazos, casado con Mari Carmen (sin sus muñecos); y pondrá el broche de oro a su carrera, póstumamente, en «Torrente, Presidente» —que verá la luz el próximo 13 de marzo, esto es, dentro de escasos 3 días—, asistido por un ventilador porque estaba aquejado de una insuficiencia respiratoria.
«Esteso era ahora un juguete roto», ha declarado estos días su amiga Jenny Llada, que compartió reparto con él en alguna de aquellas comedias de destape y enredo de Mariano Ozores, ideadas por José María Reyzabal —propietario de «lzaro films»—, en la última planta del edificio Windsor, el gigantesco rascacielos que una noche de invierno de 2.005 ardió como una tea, acaso una metáfora de esas películas subidas de tono que los nuevos guardianes de la moral hoy arrojarían a la hoguera.
«Los Bingueros», «Los Energéticos», «Los Liantes»…y así hasta nueve películas realizó Mariano Ozores con el tándem Esteso/Pajares en un lustro y, ya sin el concurso de su pareja fetiche, rodó «¡Qué vienen los socialistas!».
Y vaya si vinieron…
El título tenía mucho de premonitorio.
Cuenta Ozores en sus Memorias —«Respetable Público»— que el ascenso de Pilar Miró a la dirección general de Cinematografía significó el certificado de defunción de sus filmes, que calificó de «películas para fontaneros».
Y es que ella, desde su superioridad moral, abogó por un «cine de autor», pretendidamente de «calidad» o que tuviese un «interés especial», con un indudable sesgo político.
No fueron las únicas damnificadas las películas de Ozores, también las de «serie B» de fantaterror de Jess Franco y Paul Naschy serían excluidas de las subvenciones.
Ciertamente, los vodeviles de Ozores no tenían la sofisticación de las comedias de Lubitsch ni el glamour de las de George Cukor ni eran las «screwball comedies» de Gregory La Cava.
El suyo era un humor carpetovetónico, de trazo grueso y gags fisicos y visuales —slapsticks—, donde salían hombres rijosos en calzoncillos y señoras medio en cueros, exhibiendo muslamen y lencería fina.
Pero conectaban con el público.
Y hacían reír al personal a mandíbula batiente con una bolsa de palomitas entre las manos, evadiéndose de sus quehaceres diarios por un rato.
Ya lo dijo Rafael «El Gallo» de Ortega y Gasset cuando le contaron que era catedrático de Metafísica: «Tiene que haber gente pa to».
¿O no?
A fin de cuentas, Mariano Ozores, Esteso y Pajares se ganaron las habichuelas y engordaron las arcas del Estado.
No como otros…
Aquellos polvos trajeron estos lodos: un gobierno nodriza que amamanta a sus conmilitones, como la loba Luperca a Rómulo y Remo.
A día de hoy, el cine español está dopado: recauda cada año en taquilla la mitad de las subvenciones que recibe.
O, dicho de otro modo, gasta el doble de lo que gana, con lo cual resulta a todas luces deficitario.
Berlanga rodó «El verdugo»; Saura, «La caza»; Buñuel, «Tristana»; y Bardem, «Calle Mayor», sin tocar el bolsillo del contribuyente.
Tan solo con su talento.
Aunque el gremio saque pecho todos los años en la gala de los Goya, cayendo en la autocomplacencia y obsequiándonos con sus soflamas políticas propias de estómagos agradecidos, la inmensa mayoría de sus películas son a todas luces deficitarias.
Para este viaje no se necesitan alforjas…
Autor
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Miguel Espinosa García de Oteyza es licenciado en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid.
Ha desarrollado su actividad profesional en la Bolsa, la Banca y la Empresa.
Hijo del que fuera ministro de Hacienda de Franco, Juan José Espinosa San Martín, Miguel es también autor de tres libros. El más reciente, "Mi tío robó los diarios de Azaña y otras historias familiares".
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