15/08/2026 06:55
Getting your Trinity Audio player ready...

Eduardo Bittar, 37 años, católico nacido en Paraguay. Casado con Raquel, padre de María Isabel y Ana María (hasta ahora). Trabaja como ingeniero civil y, en su tiempo libre, disfruta de pasar tiempo con su familia. A veces juega al fútbol y comparto asados con amigos. Busca lo bueno, lo bello y lo verdadero.

¿Cómo acabó un paraguayo viviendo en Australia?

Estudié una maestría en Ingeniería Civil en Brasil. Uno de mis profesores me ofreció luego la posibilidad de hacer un doctorado en Australia o en el Reino Unido. Consulté con mi esposa, Raquel, si le gustaría la idea de vivir en otro país por algunos años, y me dijo que sí, pero que si íbamos a hacerlo, prefería Australia. Y así fue. Creo que fue una excelente decisión. Fuimos a Australia en el 2018, y nuestras dos hijas, María Isabel y Ana María, nacieron allí.

¿Le costó mucho adaptarse a las costumbres del país?

Sí, no fue fácil. Vivimos en una ciudad hermosa, con muchos espacios verdes y parques para niños por todos lados. Sin embargo, la cultura australiana es distinta: es bastante individualista y, en cierto modo, fragmentada, debido al multiculturalismo que se ha promovido.

Pero esa cierta soledad al principio también nos ayudó: fortaleció nuestro matrimonio, nos permitió conocernos mejor y enfrentar juntos nuestras dificultades.

¿Qué supuso para usted conocer la Misa Tradicional allí?

Un cambio radical en nuestras vidas. Tres acontecimientos importantes coincidieron y transformaron completamente nuestra vida: el COVID, el descubrimiento de la Misa Tradicional y el nacimiento de nuestra primera hija, Isabel.

Hasta entonces íbamos a la parroquia local, pero con la llegada del COVID todo se volvió caótico: mascarillas obligatorias, alcohol en gel en cada rincón (incluso en el altar), el agua bendita retirada… Como la mayoría de los asistentes eran personas mayores, las restricciones se volvieron cada vez más intensas. Luego, el obispo de Perth da una quasi-imposición a que la comunión debía darse en la mano. Y, finalmente, suspendió las Misas públicas, justo en plena Cuaresma, a días de la Semana Santa.

Durante esa suspensión, asistimos a una Misa televisada celebrada por el propio obispo. Recuerdo claramente cómo me sentí en ese momento: mi conciencia no solo no estaba tranquila, estaba rabiada y cuando terminó, me di cuenta de que ya ni siquiera mi razón estaba en paz. Me sentí ridículo frente al televisor. Miré a Raquel y le dije: “Esto está muy mal”. Y ella, me respondió que pensaba exactamente lo mismo.

Cuando se levantó la suspensión de las Misas, le dije a mi esposa que ya no quería volver a la parroquia, que no iba a recibir la Eucaristía de la forma impuesta. Desde los 25 años, por una promesa, solo comulgo de rodillas y en la boca. Le dije que iría a la Misa Tradicional. Raquel, sin dudarlo, dijo que me acompañaría.

Fuimos a la comunidad de la Saint Anne’s Traditional Latin Mass. Raquel me dijo: “No entiendo nada”, y yo le respondí que yo tampoco, pero que debíamos darle tiempo. Sin embargo, algo fue claro desde el principio: la forma en que se recibía al Señor era algo que jamás habíamos experimentado, una reverencia única.

La Misa Tradicional fue, para mí, una verdadera bofetada de humildad. Me hizo comprender que esto no se trata de mí, que mi naturaleza caída jamás podrá “entender” plenamente el misterio sobrenatural que allí acontece. El centro absoluto es Dios. No hay necesidad de repartir protagonismos: esta Misa no gira en torno al sacerdote, ni a los laicos, ni al coro, ni a los lectores, ni a los ministros extraordinarios. Todo está orientado hacia Dios y solo hacia Él. Y detrás del sacerdote, todos estamos al mismo nivel.

Semanas después nació Isabel, y fue bautizada según el rito tradicional por el padre Michael Rowe. Ese bautismo fue una experiencia que jamás habíamos vivido: profunda y misteriosa. Por primera vez sentimos con claridad que allí estaba ocurriendo algo realmente serio. Raquel quedó profundamente impactada.

Desde entonces, la Misa Tradicional es el centro de nuestra vida espiritual. Yo, personalmente, encontré en ella lo que llevaba buscando desde que volví a acercarme a la Iglesia a los 24 años. En ese tiempo, busqué a Dios en todos aquellos lugares donde hoy se repite constantemente que está: en los pobres, en los marginados, en los olvidados. Participé en numerosas actividades de caridad: acompañé a personas en situación de extrema pobreza, a enfermos terminales, a jóvenes privados de libertad. Y aunque todas esas experiencias me ayudaron a crecer en muchos aspectos humanos, nunca sentí que había encontrado realmente lo que estaba buscando. Fue en Australia —paradójicamente, uno de los países más seculares del mundo— donde encontré a Dios por completo. Encontré la verdad. Y la verdad me hizo libre.

¿En qué medida le ayudó a mejorar su vida de piedad?

En absolutamente todo. La Misa Tradicional me inspiro a buscar orden: orden en el alma, en la vida cotidiana, en el hogar. Siento que ese orden ritual de la misa inspira al orden en todo. Se distingue claramente entre lo sagrado y lo mundano, y eso permite comprender mejor el sentido de cada cosa. La Misa Tradicional no solo fue un rito, sino que también me conectó con la tradición que cambió mi modo de ver el mundo, como veo la política, la economía entre otras cosas.

Como matrimonio, entendimos nuestra vocación: nos abrimos plenamente a la vida y a la voluntad de Dios. Pusimos las prioridades en su lugar: lo eterno por encima de lo inmediato. Raquel decidió que su vocación más importante era ser madre, y dejó su trabajo fuera de casa cuando nació Isabel. Yo entendí que mi deber principal era ser padre y que todo lo que hago es para ellas y nada para mí.

Rezamos el Rosario en familia todos los días (o casi todos los días), y la prioridad número uno es transmitir la fe católica a nuestros hijos. Nuestra biblioteca se va llenando de buenos libros católicos. Isabel no va a guardería: pasa los días con su mamá, aprendiendo más que nada de lo cotidiano, escuchando buena música y leyendo buenos libros. No nos sentimos cómodos tercerizando el trabajo más importante de nuestras vidas en estos tiempos críticos y estamos incluso evaluando dar clases en casa.

Todos estos cambios no fueron fáciles para nosotros. Somos una generación que fue convencida a perseguir “sueños” que en realidad son productos de marketing: carreras, éxito, títulos, empoderamiento. Pero la Tradición nos enseñó otra cosa: que la vida se trata de servir, de amar, de sacrificarse, y eso es lo queremos hacer.

Lo mejor de todo es que estos cambios lo vivimos acompañados de una comunidad profundamente viva y joven, formada por muchas familias jóvenes y numerosas. No estamos solos. Antes de la implementación de Traditionis Custodes, la comunidad de Saint Anne’s reunía a cerca de mil fieles. Lastimosamente, hoy está algo dispersa, pero continúa firme. Para nosotros, los amigos que hicimos allí son como una familia.

¿Por qué decidió hacer por primera vez la peregrinación París-Chartres?

Había escuchado testimonios de personas que la hicieron, y desde entonces pensé: “Algún día me gustaría participar”. Este año tenía días libres acumulados y mi esposa quería visitar familiares en Italia que hacía tiempo la invitaban. Cuando le pregunté qué mes prefería para viajar, me dijo junio. Inmediatamente busqué en internet y vi que la peregrinación de Chartres también era en junio. No lo dudé: le propuse planear el viaje y le dije que quería participar. Pensé que quizás más adelante, con más hijos, sería más difícil. Era el momento ideal.

¿Por qué lo hizo con el capítulo español Covadonga?

Ni Paraguay ni Australia tienen capítulo propio. Pensé entonces en sumarme a uno de España, por quien siento un cariño muy especial.

A pesar de la pésima enseñanza que recibimos en nuestros colegios sobre la historia de España —incluso en instituciones católicas—, hace años que vengo estudiando por mi cuenta y me liberé de la leyenda negra. Me siento profundamente orgulloso de tener herencia hispánica. Mi hija lleva el nombre de la gran reina Isabel, y espero que pronto la reina católica sea canonizada. Además, vivir en un país anglosajón como Australia me permitió ver, por contraste, todo lo que España hizo en América. Luego, buscando en internet encontré al capítulo de Covadonga, cuya peregrinación ya había oído hablar por el padre argentino Javier Olivera Ravasi. Me contacté con José María, quien fue muy amable y me ayudó en todo hasta el último día de la peregrinación.

¿Qué le impactó de la presencia de familias y jóvenes?

Me impactó muchísimo el contraste entre los días que pasé en Italia y lo vivido en Chartres. Estuve varias semanas en Italia y tuve la sensación de que ya casi no hay jóvenes, y mucho menos niños al menos en la región donde estuve. Como no encontré una Misa Tradicional cerca de donde estaba, asistí a varias misas Novus Ordo, y me entristeció ver que varios templos ya no tenían misa, que en las misas casi no había familias y que la mayoría de los asistentes eran personas muy mayores. La Iglesia parecía estar muriendo en el corazón de la cristiandad.

Y luego, en Chartres, fue como si Dios dijera: “No pierdan la esperanza”.

Miles de jóvenes rezando, asistiendo con reverencia a la Misa, cantando himnos con fervor. Familias numerosas, padres jóvenes, niños… Era una imagen llena de vida y de esperanza. Me encantaría que mis hijos vivieran eso en el futuro.

¿Por qué destacaría, dentro de su carácter internacional, la unidad en la fe y las costumbres?

Me conmovió profundamente ver a personas de tantas nacionalidades y lenguas diferentes unidas en una misma fe. Todos rezábamos el mismo Ave María, cantábamos el mismo Regina Caeli, mientras caminábamos con dolor.

Tuve la bendición de entrar a la catedral de Chartres para la Misa final, y ese momento en donde miles nos arrodillamos y, con la mano en el pecho, repetimos en voz baja: Domine, non sum dignus ut intres sub tectum meum, sed tantum dic verbo, et sanabitur anima mea, fue algo único.

Una misma Misa para todos. Un mismo idioma para todos. Creo que el latín, como lengua sagrada, visibiliza esa unidad profunda. Siento que no hay experiencia más verdaderamente universal que lo que viví en Chartres.

¿Cómo le va a ayudar la experiencia para crecer en la fe durante el año?

La peregrinación fue una inyección de esperanza. En tiempos donde incluso algunos pensadores hablan ya de “tiempos del anticristo”, ver miles de jóvenes deseosos de volver al orden cristiano, de restaurar la tradición en sus vidas, en sus familias, en sus comunidades… fue un verdadero consuelo.

Ojalá Dios nos dé pronto la posibilidad de participar también de la peregrinación de Nuestra Señora de Covadonga que tiene un valor histórico muy importante para nosotros. Y que en el futuro, estas peregrinaciones se conviertan en una tradición familiar, y que mis hijos, y los hijos de mis hijos, puedan también vivirla.

Autor

Javier Navascués
Javier Navascués
Subdirector de Ñ TV España. Presentador de radio y TV, speaker y guionista.

Ha sido redactor deportivo de El Periódico de Aragón y Canal 44. Ha colaborado en medios como EWTN, Radio María, NSE, y Canal Sant Josep y Agnus Dei Prod. Actor en el documental del Cura de Ars y en otro trabajo contra el marxismo cultural, John Navasco. Tiene vídeos virales como El Master Plan o El Valle no se toca.

Tiene un blog en InfoCatólica y participa en medios como Somatemps, Tradición Viva, Ahora Información, Gloria TV, Español Digital y Radio Reconquista en Dallas, Texas. Colaboró con Javier Cárdenas en su podcast de OKDIARIO.
Suscríbete
Avisáme de
guest
0 comentarios
Anterior
Reciente Más votado
0
Deja tu comentariox
ÑTV España
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.