Antonio Bienvenida, nombre artístico de Antonio Mejías Jiménez, fue un torero de la dinastía torera de los Bienvenida, una de las más gloriosas de la historia, fundada por don Manuel Mejías Rapela, padre de Antonio. Procedentes de Venezuela, se afincaron en Madrid, tras pasar por Sevilla, ciudad natal de su madre, Carmen Jiménez.
En los años 60 del pasado siglo alcanzó el cénit de su carrera y su fama estuvo a la altura de las grandes figuras de la tauromaquia, como lo prueba el hecho de haber salido once veces por la puerta grande de Las Ventas de Madrid. En alguno de esos días de faena memorable, la plaza entera enloquecía y los aplausos se entremezclaban con los gritos de «¡torero, torero!».
En el transcurso de una tertulia organizada por un grupo de jóvenes y a la que invitaron a Antonio para que les hablara sobre su profesión de torero, uno de los presentes le preguntó qué había sentido en uno de sus días de triunfo en la Plaza de Las Ventas, al ser aclamado y llevado en hombros por la calle de Alcalá. Antonio se tomó una breve pausa y respondió: «Pues mira, entre los gritos y aplausos de los aficionados, uno aprende que el mérito no es propio, sino de Dios, que nos ha dado todo: cualidades, voluntad, habilidad profesional… Por todo eso, que tuve muy claro de repente, por encima del ruido y del entusiasmo, le dije: “Conste que todas estas ovaciones son para Ti, Señor. Yo sin Ti, poco valgo. Tuyo es el poder y tuya la gloria”». Algunos subalternos también aseguraron haberle oído decir en voz baja «Para Dios toda la gloria», mientras daba la vuelta al ruedo y era ovacionado tras una faena magistral.
Con su respuesta ante su público entusiasmado, Antonio Bienvenida nos da un ejemplo maravilloso de templanza, reconociendo que ha recibido de Dios las cualidades y habilidades que le ayudaban a brillar en el ejercicio de su profesión, haciendo felices a tantos seguidores y aficionados. Nos enseña que no debemos buscar el aplauso, sino agradecer a Dios los dones recibidos.
Templanza:
La «templanza» es la cuarta virtud cardinal y consiste en moderar los deseos y disfrutar de los bienes que tenemos a nuestro alcance, pero con moderación, sin caer en excesos.
Decimos de una persona que es moderada (templada) cuando no abusa de la comida, la bebida o del placer; por el contrario, cae en excesos quien toma bebidas alcohólicas inmoderadamente, quien enajena la propia conciencia por el uso de estupefacientes, etc. Estas son referencias a elementos externos al hombre, pero tiene la base de actuación –su origen– dentro del hombre. San Juan Pablo II lo explicaba así en la Audiencia general, miércoles, 22 – XI – 1978:
«Es como si en cada uno de nosotros existiera un “yo superior” y un “yo inferior”. En nuestro “yo inferior” viene expresado nuestro cuerpo y todo lo que le pertenece: necesidades, deseos y pasiones, sobre todo las de naturaleza sensual. La virtud de la templanza garantiza a cada hombre el dominio del “yo superior” sobre el “yo inferior”.»
Crecer en la virtud de la templanza es una ayuda imprescindible para tener dominio sobre nosotros mismos, sobre nuestros instintos y nuestras pasiones; por eso, de esta virtud cardinal penden otras virtudes humanas que moderan nuestro actuar en diferentes facetas de nuestra vida cotidiana. Por razones didácticas, en esta primera entrega nos centraremos en lo referente a la sobriedad, dejando la castidad para la siguiente.
Sobriedad:
Por lo general, la sobriedad —moderación, mesura, contención, comedimiento, parquedad, austeridad son algunos sinónimos que cita la RAE— se relaciona con la parquedad, la contención y la austeridad en la mesa (comer y beber), en el vestir, en el uso de las pantallas y en el equilibrio emocional.
Influidos por el ambiente y también por nuestra tendencia a satisfacer caprichos, podemos crearnos necesidades de cosas materiales que son, en realidad, superfluas, exponiéndonos al riesgo de hacernos esclavos del capricho en la comida, en la posesión de cosas, en el uso del tiempo, en el uso del dinero o en el deseo de ver y conocer; por el contrario, somos más libres cuando ponemos todos esos bienes a nuestro servicio.
Aclaremos, no obstante, que es bueno que disfrutemos y gocemos de todos los bienes que Dios ha creado para nuestro deleite. En el primer capítulo del Génesis, Dios afirma cada día que Su creación es buena «Y vio Dios que era bueno» [Génesis 1,18], declara después de establecer un sistema para iluminar la Tierra y separar la noche del día. Pero también le dice a Adán: «Mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, de cierto morirás». Dios le dio libertad a Adán para disfrutar de todo el huerto del Edén, pero le puso un límite. De igual modo somos libres para gozar de todas las cosas buenas, pero con moderación, sin caer en la esclavitud que supone buscar esos bienes como fin de nuestra vida.
«Pienso también que esta virtud exige de cada uno de nosotros una humildad específica en relación con los dones que Dios ha puesto en nuestra naturaleza humana. Yo diría la “humildad del cuerpo” y la “del corazón”. Esta humildad es condición imprescindible para la “armonía” interior del hombre, para la belleza “interior” del hombre. Reflexionemos bien sobre ello todos, y en particular los jóvenes y, más aún, las jóvenes en la edad en que hay tanto afán de ser hermosos o hermosas para agradar a los otros. Acordémonos de que el hombre debe ser hermoso sobre todo interiormente. Sin esta belleza todos los esfuerzos encaminados al cuerpo no harán —ni de él, ni de ella— una persona verdaderamente hermosa».
San Juan Pablo II. Audiencia general, miércoles, 22 – XI – 1978.
Orientaciones para crecer en la virtud de la sobriedad.
A partir de las ideas que se han expuesto, cada quien, según sus circunstancias, puede proponerse metas y propósitos de mejora. No obstante, a modo de muestra, damos a continuación algunos criterios:
En la mesa, no empezar a comer hasta que todos estén servidos; nos serviremos menos de lo que nos apetece y comeremos todo lo servido; estar especialmente vigilantes para moderar la ingesta de bebidas alcohólicas.
Tanto en nuestra casa, como cuando nos invitan, debemos comer siempre de todo. Rehusar la comida es una descortesía, salvo que exista una buena razón —alergia a algún tipo de alimento, por ejemplo—.
Esmerarse en el cuidado de la modestia, que inspira la forma de vestir, de hablar y de comportarse con equilibrio ante los demás y frente a las modas o presiones sociales.
– Por respeto y consideración hacia los demás, es conveniente aprender a usar la ropa más adecuada para cada situación —trabajo, excursión, deporte, celebración familiar, etc—.
– Debemos estar vigilantes para evitar que los dictados de la moda nos esclavicen. Conviene, eso sí, observarla y seguirla cuando lo consideremos oportuno.
Conformarnos con lo que tenemos, sin caprichos ni envidias;
Cuidar las cosas propias o ajenas que usamos, utilizándolas adecuadamente y hasta el final, manteniéndolas en buenas condiciones.
Aceptar con deportividad las correcciones que recibimos, dirigidas a nuestra mejora.
En el ámbito de las emociones o sentimientos, hemos de ejercitarnos en el control emocional y el equilibrio, evitando efusiones abruptas, ya sean alegres o tristes. Refrenar nuestras posibles reacciones airadas ante una supuesta agresión, verbal o física.
Cuando hablemos de hechos o cosas que se refieren a nosotros, evitaremos la jactancia de poner de relieve todo lo que pueda enaltecernos, citarnos como ejemplo, etc. No debemos ni siquiera aparentar que buscamos decir siempre la última palabra.
Cuando hablemos de cosas que se refieren a los demás, debemos ser generosos para elogiar lo que han hecho bien.
Compartir las cosas propias con los demás, sobre todo con los que más necesiten de ellas, sin exigir nada a cambio.
Es incorrecto intercalar en la conversación frases como «¿ha comprendido?», «¿entiende?»…; es mejor decir: «¿me he explicado?».
Evitar la charlatanería: prometer lo que no se puede cumplir, o ser indiscretos en lo que se cuenta o se pregunta (preguntando seremos atentos y sobrios, haciéndolo por interés y procurando no herir la intimidad).
Huir de los ambientes en los que se «trapichea» con drogas, sean del tipo que sean, pues todas conducen a la destrucción de la persona. Tengamos la valentía de decir «no», que es igual de largo que «sí», pero mucho más difícil cuando nos falta convencimiento y seguridad.
Si piensas asistir a una fiesta en la que te van a ofrecer bebidas alcohólicas y deseas a rechazarlas, es muy conveniente que te anticipes y sepas cómo vas a manejarte, para no tener que improvisar en el último momento, que es el peor.
Te ayudará reflexionar y decidir sobre cuestiones prácticas como las siguientes:
– ¿Qué vas a beber? Tener claro qué tomarás (agua, un refresco, un zumo o una bebida sin alcohol) evita dudas en el momento. Sé inteligente: una tónica con hielo y limón tiene el mismo aspecto que un gin-tonic cargadito de ginebra, y no te hace daño.
– Valorar cuánto tiempo quieres quedarte. Saber que puedes marcharte cuando lo necesites da tranquilidad.
– Ir acompañado de alguien de confianza que conozca tu situación y pueda apoyarte si aparece un momento difícil.
– Comer algo antes de salir para no llegar con hambre, que a veces se confunde con ganas de beber.
– También ayuda recordar tus motivos para no beber justo antes de entrar.
En nuestros días se ha hecho imprescindible el uso de las pantallas (TV, móvil, ordenador, internet, etc.). Aprendamos también en este campo a utilizarlas con moderación:
No poner límites al uso, sobre todo por la noche, además de dificultar el necesario descanso, puede provocar diferentes trastornos en la salud física y el bienestar.
Es de buena educación mantener el móvil apagado o en silencio —y si estuviese encendido, no contestar— durante los momentos de reunión familiar (comida, sobremesa, juegos, etc.). Y lo mismo cuando estamos conversando, en reuniones con otras personas o participando en algún evento que así lo exige, o cuando comprendemos que su sonido puede molestar a los demás.
Mantenernos al margen de las redes sociales y apagar el móvil es una buena ayuda para crear un entorno de trabajo ordenado y tranquilo que favorezca la concentración. El orden exterior reduce el estrés y mejora el orden mental.
Consideraciones finales
Crecer en la virtud de la sobriedad nos da más dominio sobre nosotros mismos y nos ayuda a ser moderados en las actividades que debemos realizar, proporcionándonos un razonable bienestar y un adecuado equilibrio, tanto exterior como interior. Las personas que desisten de esta lucha interior y se abandonan a excesos en la comida, la ingesta de bebidas alcohólicas, el uso de drogas, etc., además de atentar contra el respeto a su propia dignidad, se exponen a consecuencias negativas para su salud y bienestar.
Debemos evitar la arrogancia y altanería en las diversas formas de relacionarnos con los demás —reuniones, debates, etc.—, teniendo claro que no somos superiores y aceptando que existen otros puntos de vista que también debemos valorar. Procuremos no aparentar desinterés, y mucho menos desprecio, hacia otra opinión discrepante.
No está de más advertir de que hay empresas de telecomunicaciones que se dedican a estudiar cómo dirigirse a los potenciales clientes, especialmente a los jóvenes, para generar hábitos consumistas, ofreciendo continuamente más aplicaciones, mejores juegos (o que mejoran la versión anterior), un móvil de mayor capacidad, un ordenador con mayor resolución o con mejor tarjeta gráfica y más velocidad, etc. En este sentido, es importante tener claro que no es necesario —ni posible— estar siempre «al día».
Película recomendada: «Siete novias para siete hermanos», 1954, Stanley Donen. Encantadora comedia con interesantes enseñanzas sobre templanza.
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